DOS HECHOS HISTÓRICOS EN LA ESCOLARIDAD DE EDGAR
Para el Taller Cuentos y memorias
Edgar es el menor de cuatro hermanos, dos hombres y una mujer, en ese orden forman la familia, cuyos padres han luchado por dar a sus hijos una buena educación.
Corre el año 1950 y a Edgar lo han matriculado en el kínder Maternal ubicado al costado norte de la Escuela Buenaventura Corrales en San José. El primer día su madre lo lleva hasta el sitio, ubicado a unas siete cuadras de su casa. Al llegar, Edgar rápidamente comienza a jugar con unos carritos y hace amistad con los nuevos amigos. No da muestras de ansiedad cuando su madre se despide de él.
En su casa trabaja Ofelia, quién es hija de Remigio, un señor mayor que se gana unas extras limpiando las casas del vecindario. Ofelia debe ser hija de una aborigen, porque no se parece a su padre, siendo ella muy bajita, de pelo y ojos muy negros, con la piel color café oscuro, boca pequeña con una dentadura blanquísima y un carácter bastante fuerte.
Es quién debe acompañar a Edgar, a dejarlo y traerlo del kínder. Es divertida la pareja, porque Edgar es más alto que Ofelia, y a ojos extraños entender quién cuida a quién es difícil, a no ser por las órdenes que de vez en cuando dice Ofelia, llamando la atención a Edgar al cruzar las calles o al caminar por las aceras.
Edgar disfruta el tiempo que pasa con sus compañeros, porque les dan plasticina, lo cual le permite crear toda clase de animales y cosas, y ni que decir de los tucos de figuras geométricas con las que juega, haciendo castillos y puentes. A la hora de la merienda, el fresco de frutas, le encanta, acompañado con galletas «maría».
Y así pasa el año, por lo que sus padres deben matricularlo en primer grado para el siguiente curso lectivo. Edgar quiere que lo matriculen en la escuela donde estuvieron sus hermanos: la escuela Juan Rudín. Y finalmente lo aceptan en dicho centro educativo, situado más o menos a un kilómetro de su habitación. (Cuándo sus hermanos asistieron ahí, vivían en casa de sus abuelos, situada a media cuadra).
Y así transcurrió ese primer grado, siendo el único del barrio que asistía a ese centro educativo. Todos los demás iban a la Escuela Buenaventura Corrales.
Fue un año de viajar un kilómetro, solo, hasta la escuela y regresar. En esos años, las calles de San José tenían muy poca circulación de vehículos, y la gente con que se encontraba Edgar iba apurada para su trabajo.
En 1952, Edgar fue trasladado a la Escuela a la que asistían sus primos, vecinos del barrio. Ese año estrenó un bulto de cuero, para llevar sus útiles. Éste tenía una tapa que se continuaba de la parte de atrás, hacia adelante y se doblaba por encima para alcanzar, al frente, dos cierres que aseguraban su contenido. Esta curvatura dejaba abierto un espacio a ambos lados a los que Edgar rápidamente les encontró utilidad como veremos.
En su casa se vivía una condición económica ajustada, por lo que no siempre Edgar lograba obtener algunas monedas para comprar algún alimento que mitigara el hambre que sentía conforme avanzaba la mañana. Un día le pidió a su mamá le alistara algún pan para enfrentar las ganas de comer. Ella así lo hizo y él siguió llevando un bollo de pan de veinticinco céntimos, que era de un tamaño como la mitad de un baguette actual, pero sin bolsas de aire, era puro pan, le llamaban «melcochón» en la panadería. Su madre le agregaba mantequilla, de la de leche de vaca, y jalea de guayaba.
Para llevarlo a la escuela, Edgar lo colocaba de último en su bulto aprovechando los agujeros laterales que dejaba la tapa y lo cerraba, dejando el bollo bien prensado y así llegaba a la escuela.
En el recreo grande, era corriente verlo comiéndose el bollo como si fuera una flauta y era la envidia de muchos. Y así transcurrieron los días, las semanas y los años, hasta que un día ingresó a la escuela doña Olga Ramos en calidad de subdirectora.
En un recreo, doña Olga llamó a Edgar y le pidió que le dijera a su madre que le partiera el pan en pedazos, para que no estuviera comiendo con todo el bollo a la vez. Y… eso echó a perder todo el orden porque ya no podía acomodar el pan en el bulto y todo cambió. Edgar todavía lamenta el nombramiento de doña Olga.

linda historia pa, un recuerdo de infancia muy bonito
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Muchas gracias, realmente imborrables recuerdos! Gracias por leerlo!
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