MI CALLE

Debido al encierro provocado por la pandemia, he tenido que buscar cómo aprovechar el tiempo. Así que me he dedicado a escribir recuerdos de lo que me ha tocado vivir.
Entre ellos está una vez que visité a mis padres, yo ya estaba casado y con hijos, pero acostumbraba pasar a saludarlos y a estarme un rato con ellos. Lo que van a leer ocurrió uno de esos días, en que las circunstancias que se presentan hicieron volar mi mente y capturar algunos de mis recuerdos.
La historia inicia así:
Todo comenzó cuando en la mañana, por teléfono, me comuniqué con mamá para, como a menudo lo hago, preguntarle cómo se encontraban papá y ella. Luego de una breve conversación, me preguntó si iba a ir en la tarde a tomar café. Dudé por un instante, repasando mentalmente qué tenía que hacer y al no encontrar nada le contesté afirmativamente y quedé de llegar alrededor de las tres de la tarde.

Debido a que no tenía nada que hacer, inadvertidamente salí de la oficina antes de lo previsto, por lo que llegué alrededor de las dos y veinte minutos, dejé mi vehículo en la avenida segunda, exactamente al frente de un pequeño triángulo que hace la bifurcación de la citada vía, en su intersección con la calle 21.
La tarde era esplendorosa, el viento del norte soplaba por primera vez, luego de un “temporal” fuera de época que había mantenido con lluvia estilo octubre, el mes de diciembre. La temperatura fresca, el grito de los pericos, el viento frío, el cielo nublado pero con sol colándose por entre las nubes y el estar en el “barrio” de mi niñez y juventud me dieron un golpe emocional que me sumergió en los recuerdos… y al caminar bajando la cuesta por calle 19, la presa de vehículos, tratando de salir por un solo carril, debido a estar automóviles estacionados a ambos lados de la vía, me obligó a detenerme y contemplar aquel desorden que se me antojaba como una legión de intrusos que invadieron “mi calle”.
Sí…”mi calle”, aquella en la que debido al escaso tránsito de vehículos, podíamos jugar “bate” (beisbol mejengue ro) aprovechando las líneas de asfalto que sellaban los bloques de concreto de la calle…y se agolparon en mi mente torrentes de recuerdos, las aceras por donde aprendí a usar el velocípedo y años más tarde me deslicé en “patineta”, no de fábrica como las de ahora, sino hecha con mis manos utilizando las patines abandonados de mis hermanos mayores y las herramientas de papá.

Era una tabla vieja de forma rectangular a la cual le había hecho un agujero, para, mediante un tornillo con forma de gancho, sostener una regla a la cual le había fijado en cada extremo unos tucos de madera que con un eje sostenían una rueda. Otras dos ruedas iban juntas exactamente debajo de donde me sentaba, o sea en la parte posterior, con lo cual se formaba un vehículo apoyado en tres puntos. Esta era mi patineta la cual utilizaba, como ya dije, sentándome y poniendo los pies en los extremos de la regla que sobresalía al ancho de la tabla y de esta manera podía conducirla pasando diestramente por toda la “geografía” de las aceras que tenían rajaduras, tapas, huecos, entradas de garaje, entre otros.
Deleitándome con estos pensamientos me vi de pronto al frente de la casa de mis padres, había subido las gradas que conducen a un corredor en donde está tres puertas iguales que sirven de acceso a la vivienda y estaba al frente de un candado que impedía la apertura de un portón metálico, indicación inequívoca de que mis progenitores no estaban…
Nuevamente mi mente me llevó de regreso a mi niñez y recordé cuando no se necesitaban en esa, mi casa, portones de metal, debido a que había en San José gente honrada que con solo que se pensara de ellos, como capaces de tomar algo ajeno, se les caía la cara de vergüenza; y así sin buscarlo, me acordé de las peripecias para abrir la puerta ya que tenía que poner la pierna izquierda en uno de los bordes de los rectángulos que la adornaban, apoyaba la derecha en una jardinera que está junto a la puerta, empujaba con mi mano izquierda la ventanilla, que la puerta tenía en una posición central, y la metía en busca de la perilla mientras con la mano derecha me sostenía de la agarradera de la puerta y con un golpe de cadera la empujaba . Más difícil y más largo escribir esto que el tiempo empleado en abrir aquella puerta con mi agilidad infantil.
Pero lo más importante vendría ahora, como no estaban mis padres me devolví y me quedé esperándolos en la entrada del jardín, en donde una vez hubo un portón. Solía pararme ahí en las tardes a esperar que pasara el “autobús del María”, o sea el que llevaba las muchachas del colegio María Auxiliadora hacia San Pedro, el cual llegaba por la avenida 10 doblaba por la calle 19, pasaba al frente de mi casa y en la esquina doblaba al este por la avenida segunda. También esperaba que pasaran las del colegio de Sión, éstas a pie, bajaban hacia el sur pasando al frente de mi casa.
Estaba en esas meditaciones cuando torné la cabeza hacia el norte y vi la inconfundible figura de mis padres que venían comenzando a bajar la cuesta en la otra cuadra y por la acera del frente. Lentamente y cogidos del brazo (¡como siempre!) caminaban… papá con sus anteojos en el extremo de la nariz, ayudado no solo por el apoyo de mamá, sino también con un bastón color crema, ponía atención a la acera por la que caminaba, lo observé de arriba abajo, su figura un poco doblada por los años, la gris cabellera un poco desordenada por el viento, vestía una camisa de manga larga (¡como siempre!) color crema y un pantalón café, la faja y los zapatos negros. Mamá con un porte, que gracias a Dios, no pierde, se veía altiva, derecha, venía viendo justamente hacia donde yo estaba, su gastada vista, posiblemente le impedía distinguirme, pero por su sonrisa adiviné que ella sabía que yo estaba ahí. Vestía una enagua gris y una blusa color vino, zapatos negros. Mientras bajaban la cuesta un sentimiento indescriptible de alegría y murria se mezclaban en mi cabeza. Por una parte el verlos juntos de tan avanzada edad, pensaba en el regalo que Dios me hacía y meditaba en cómo habían podido encarar con éxito un sinnúmero de problemas de toda índole dentro de los cuales, pensé, de salud, económicos, alegrías y tristezas… y verlos ahí juntos valiéndose por sí mismos, repito es un don de Dios que mientras viva se lo agradeceré.
Por otra parte verlos así tan mayores y acordarme (como lo hice) de papá llegando de la librería, lugar en donde trabajaba, unos quince minutos antes de las doce del día, vestido sencillamente, con una camisa de manga larga, con las mangas arrolladas a mitad del brazo, corbata negra, con un nudo pequeño de una sola vuelta y un pañuelo blanco, en la bolsa de atrás del pantalón, que indefectiblemente se asomaba casi en la mitad de su longitud porque había sido introducido rápida y descuidadamente. Yo era un niño, y lo esperaba para irlo a “topar” en la esquina y nos saludábamos con un “quiubor”. Saludo que respondía a un “secreto” no escrito entre nosotros. Ahora lo veo en la esquina esperando que cese el río de vehículos para cruzar la calle y con un paso un poco falso la atraviesa finalmente.
Titubeo un momento si ir a toparlos o no en carrera, como antaño, pero finalmente prefiero verlos de largo y mantenerme así, hundido en los recuerdos, disfrutando, melancólicamente, de aquellos instantes que ahora sé que nunca se borrarán de mi mente.
Al llegar, los abracé y besé con efusión porque así lo sentía después de todo ese golpe sentimental. Entonces mamá abrió el portón y la puerta e ingresamos. Cuando el café estuvo listo, nos sentamos a la mesa, yo había llevado un pan dulce y unos bizcochos, y en medio de una linda conversación dimos cuenta de todo.
Al finalizar, papá nos invitó a jugar Triomino, (juego como el Dominó, pero con fichas triangulares con un número en cada esquina) que ellos acostumbraban a jugar todas las tardes cuando estaban solos. En algunas oportunidades, lo acompañaban con un café, otras con un ¡vino! Acepté gustoso la invitación a jugar y lo estuvimos haciendo hasta casi las seis de la tarde, cuando les tuve que decir que tenía que irme porque me esperaban para la cena en mi casa.
Realmente una tarde tan linda como pocas veces la he vivido, en compañía de mis recuerdos, pero sobre todo, ese tiempo con mis progenitores a quienes debo todo.



Me lo pude imaginar todo 😍
El detalle del pañuelo de Tata ¡me encantó recordarlo!
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Buenísimo!!!
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Gracias!
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Qué dicha poder disfrutar viendo a los papás bajando por la acera de enfrente, y como siempre del brazo!
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Así es! Un momento mágico que lo guardo con mucho cariño en mi mente! Gracias por tu comentario! Que estés muy bien, pronto!
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