VIAJES EN AVION (saliendo o llegando a La Sabana)

Esto lo escribí como práctica del curso de Mecanografía en 1959 y aprovechando los pasajes de mi vida en esos años. Decidí dejarlos sin revisión de ortografía y redacción por ser los primeros intentos de escritura. Les solicito su comprensión al respecto. ¡Muchas gracias!

Rodrigo Fernández Herrera

Mi primer viaje en avión fue el miércoles santo de 1959 (edad 14 años); mis compañeros de viaje fueron mi hermano Francisco (Chicho) y mi primo Edgar Chamberlain (Carajito). Compramos pasajes en LACSA y nuestro destino era Guápiles y el pasaje de ida y vuelta, nos costó treinta y seis colones por persona.

Ya en La Sabana, preguntamos en que avión nos trasladarían, y nos contestaron que en el TI-1003 que es un C-47 convertido en comercial.

Estábamos Edgar y yo contemplando la salida del TI-1020 de Aerolíneas Nacionales cuando anunciaron la salida de nuestro vuelo, por lo que no la oímos y fue hasta que vimos que un señor corría hacia nuestro avión que nos dimos cuenta y en un santiamén nos reportamos y corrimos, logrando entrar primero que el señor que habíamos visto. Tomamos el último y penúltimo asientos de la derecha, Chicho se sentó conmigo y el sobrecargo de apellido Guerrero, con Edgar. Estaba tan emocionado que no me di cuenta en que momento arrancaron los motores. Comenzó a moverse el avión hacia el final del aeropuerto, puesto que el viento soplaba de este a oeste. Nos detuvimos frente a los hangares de Sabana Norte donde se encuentran las compañías Alpa y Tan, para esperar que aterrizara una avioneta. Recuerdo que aquí le llamé la atención a Edgar acerca como hacía al zacate, el viento impulsado por las hélices de los motores, a lo cual respondió: “sí, que canela”. 

Al llegar al final de la pista, dimos vuelta y comenzó a correr el avión cada vez con más velocidad. “Ya levantó atrás”, “mirá la callecilla”, “ya despegamos”, “que bruto más hachero para elevarse”, “qué brutal se ven los aviones allá abajo”, “y San José” esos fueron los comentarios que se desarrollaron entre los tres, del final de la pista a la entrada de San José.

Ahí no más el primer vacío, luego nos cruzamos los siguientes comentarios entre el vacío y la ciudad de San Isidro de Coronado: “mirá el Paseo Colón”, “el hospital”, ”La Merced”, “el Parque Central”, “la Catedral”, “la casa de Papa juan”, “mi casa”, “la de los Trejos”, “la Universidad”, “Guadalupe”, “ya vamos llegando a mi patria”, “mirá la iglesia”(aquí reconoció Edgar un camión de pasajeros de Moravia, pero no recuerdo el nombre),”la carretera a Moravia”, “ahí está tu casa”, “los pinos”, “ahí está Arcelia robando huevos”, “mirá Purral”, “que lugar más feo”, “San Isidro”(qué linda se veía la iglesia de San Isidro, desde el aire!).

Todavía se veía San Isidro, cuando comenzamos a ver nubes y nubes y nubes, al rato se abrieron por unos 15 segundos y pudimos apreciar una selva impenetrable que parecía una coliflor. Otro rato de nubes y entonces otro hueco de estos para lograr ver un corte brutal de un bosque. 

Vimos más adelante (ya aquí no había nubes) la línea del ferrocarril, luego dimos dos vueltas sobre Guápiles y perdimos altura; por cierto que nos fijamos en unas palmeras de las cuales pasamos muy cerca, después el “edificio” del aeropuerto, en el cual se encontraba muchísima gente, de seguido tocó tierra muy bien adelante, pero atrás pegó en algo pero siempre aterrizamos bien, avanzamos hasta el final de la pista, desde donde nos devolvimos terminando así el ¡PRIMER VIAJE EN AVIÓN! 

Mi segundo viaje fue el de regreso de Guápiles, y fue el sábado santo de ese mismo año, pero no me correspondió ni el mismo avión ni los mismos compañeros de viaje, sino que fue en el DC-3 matrícula TI-1006, que antes de ser de LACSA había sido de PAA y mi compañero era mi primo Hugo Chamberlain (Goyo).

Despegó el avión, en el mismo sentido, que habíamos aterrizado el pasado miércoles y el día estaba muy despejado. Hugo al principio iba muy bien, sin mareo y sin nada malo, hasta me iba señalando el nombre de cada uno de los ríos, que por allá abundan (Toro Amarillo, Blanco, Costa Rica, General, Sucio, etc.) un rato lo pasamos sin hablar, sólo un pequeño comentario sobre lo intrincada selva sobre la cual volábamos, pero como a los tres o cuatro minutos pasamos por un caserío, en el cual Chicho, según Goyo, se había perdido. Seguimos adelante y pronto después de haber pasado sobre una gran cantidad de ranchitos que se encontraban como regados por el lugar, salimos sobre la carretera que lleva a Puerto Viejo, exactamente sobre la catarata que hay en una curva yendo hacia allá. Aquí el avión comenzó a doblar hacia el sur, por lo que pude apreciar la imponente catarata, también pude reconocer un camión de pasajeros que presta servicios entre San José y Sarapiquí. Al comenzar el avión a “brincar” la montaña que separa aquél lugar de la Meseta Central, fue cuando Hugo comenzó a hacer unas “caritas” y a decir “ya me voy a arrojar” ,”qué mareo” y otras exclamaciones por el estilo, y yo diciéndole: “mirá que bonito”, “cómo te vas a vomitar por aquí”, y entre más le decía más verde se ponía, hasta que al final “botó el rancho”, y yo para no ver, ni oír, ni oler mejor volví a ver para afuera y entonces vi que ya entrábamos en la meseta central y se veía una serie de carreteras, caminos y veredas, que no pude reconocer casi ninguna. Logramos admirar la iglesia de Santo Domingo, vi La Sabana a lo largo, pasamos por el Country Club cerca de Escazú en donde vi una serie de calvas que se estaban bañando en la piscina. Más adelante pude observar el puente de los Anonos y por fin, el colegio de La Salle, un bajonazo y aterrizamos, poniendo así fin al SEGUNDO VIAJE EN AVIÓN! 

Mi tercer viaje fue informal, puesto que lo planeamos dos días antes de salir el avión. Lo realizamos el sábado 18 de julio de 1959, por casualidad nos correspondió el avión TI-1006, el mismo del segundo viaje. 

Tenía como compañeros a mis primos Juan José Trejos y Edgar Chamberlain, al primero le costó conseguir el permiso, pero al fin lo dejaron ir. Según nos dijeron en la oficina, el avión salía a la una y media de la tarde y ahí llegamos Edgar y yo en taxi para recibir la noticia de que nuestro avión saldría hasta las dos y media porque un avión de la compañía se había descompuesto en Parrita y que el nuestro tenía que transportar los pasajeros de ese vuelo, y el otro avión andaba en Limón que era para dónde íbamos y se acababa de ir cuando llegó Juan José, con Jose Joaquín, su padre, y sus hermanos Alonso, Álvaro , y su tía Eugenia, madre de Edgar, llevándose la misma sorpresa que la nuestra al saber los de la hora de partida. 

Se fueron porque Jose tenía prisa y entonces nos quedamos esperando que llegara nuestro avión y para matar el tiempo entramos al DC-3 TI-1023 de Aerolíneas Nacionales para que Juan José lo conociera.

Al fin llegó el avión que andaba en Limón y entonces todos presurosos Edgar, yo y Juan José, (en ese orden) nos pusimos a la par de la puerta y cuando abrieron dimos los pasajes y salimos corriendo hacia el avión, Edgar tomó la primera ventana a la derecha, yo la segunda y Juan José la tercera. 

Arrancaron los motores del avión y rodamos hasta el final de la pista para devolvernos con velocidad y despegar del aeropuerto. Claro está que el día estaba muy bonito y pudimos apreciar San José. Una vez en el aire el avión tomó una ruta bastante al norte de la ciudad, por lo que pudimos ver la Peni que por cierto estaba con todas las latas del techo, despintadas y viejas. Continuamos viendo otras cosas como la estación del ferrocarril al Atlántico, la calle 19 y una serie de cosas bonitas. 

Un poco más adelante nos deleitamos con la vista de la Universidad, la ciudad de Tres Ríos, que por cierto es una de las más bien hechas en cuanto a cuadrantes se refiere; hay que hacer hincapié en la vista de  La Carpintera, que se alza majestuosa a nuestra derecha. Pasamos sobre el Alto de Ochomogo y volamos sobre el valle del Guarco que se veía brutal con los diferentes colores de verde y café. Más adelante nos encontramos el cauce del río Reventazón, que de por sí se veía de largo, aquí recuerdo que le dije a Edgar que se fijara en la sombra de nuestro avión. Logramos ver a la perfección Tunnel Camp y después entramos en una selva bruta, si cabe la expresión. 

Fui a la cabina del piloto y este me dijo: “mire, ya se ve el mar” y en realidad cuando alcé la vista me pude dar cuenta de lo próximos que estábamos por llegar. Volví a mi asiento y Juan José me preguntó que qué era lo que había en tan gran cantidad debajo de nosotros y pude que era un mar de matas de banano. Salimos al Atlántico exactamente sobre Moín, para penetrar un par de kilómetros sobre el mar y comenzar a doblar hacia el sur, pasando sobre la ciudad de Limón, apreciando una serie de barcos que estaban en los muelles o sino aquí o allá.

Dimos una vuelta para el este y luego siguiendo hacia el norte, perdiendo altura y aterrizar por último en el aeropuerto de la provincia de Limón, donde se encontraba el DC-3 TI-1005 que minutos antes de nosotros había salido de San José. Aquí termina el TERCER VIAJE EN AVIÓN. 

Mi cuarto viaje ocurrió el 19 de julio de 1959, o sea al día siguiente del tercer viaje y fue el regreso de Puerto Limón a San José. Regresamos en el avión TI-1006. Como habíamos esperado demasiado tiempo para apartar los lugares, habíamos quedado casi al final de la lista y como llaman de acuerdo con ella, nos correspondió asientos muy adelante, tan adelante que íbamos Edgar y yo en los dos primeros lugares del lado derecho y Juan José venía en la ventana del segundo asiento del lado izquierdo. 

Como estos aviones no tienen puerta entre la cabina de los pilotos y la de los pasajeros, quedamos Edgar y yo muy bien para ir viendo los movimientos que efectuaban los pilotos. 

Aproveché un momento para pedirle al piloto que nos diera una vuelta sobre la isla La Uvita. Encendieron los motores accionando unas perillas que están situadas sobre la cabeza del piloto (en el avión, por supuesto), jalan una y al momento meten otra y la hélice comienza a dar vueltas. Una vez arrancado el motor del lado derecho proceden con el motor del lado izquierdo, luego comprueban la dirección del viento, la cantidad de gasolina, la hora , que por cierto eran las cuatro y veinticinco cuando despegamos, aceleran los motores moviendo unas palancas que están en el centro, un poco atrás del piloto, avanzamos hasta el final de la pista para devolvernos con velocidad por la pista , el copiloto con un movimiento rápido hecho hacia atrás una palanca colorada y el tren de aterrizaje comienza a retractarse, pasamos sobre la ciudad y tomamos fotografías y luego, siempre tomando altura pasamos sobre la isla La Uvita, a la cual pudimos ver perfectamente, le tomamos fotos y luego, siempre tomando altura, nos dirigimos a tierra de nuevo para adentrarnos con dirección a San José.  Poco a poco íbamos dejando atrás la costa que por cierto es muy regular. Una vez perdida de vista la costa, vimos unas nubes que parecían salir de la tierra tal como árboles, muy bonitas por cierto. Al poco rato divisamos el volcán Irazú, pasamos del lado izquierdo de la Carpintera; seguimos asomados y le dije a Edgar: “mirá como brinca ese tornillo que va ahí, debe ser por la vibración del motor”.

 Me acuerdo perfectamente que había una especie de peña, y yo le dije a Edgar : ”sale vacío” y me contestó: “no que va a ser” y frun un vacío como pocas veces había sentido en mi vida (4 vuelos, je, je), al rato, pasamos sobre San José,  lo que pasa es que se estaba poniendo muy nublado, y cuando se despejó, lo que vimos fue la iglesia de Santo Domingo de Heredia y volvimos la cara y observamos La Sabana que se ve brutal desde el aire, por cierto que en ese momento iba aterrizando el Curtiss C-46 de matrícula TI-1009 de LACSA, dimos una vuelta y en ese momento sin perder tiempo Edgar y yo fuimos a la cabina de los pilotos, el descenso fue tranquilo, el copiloto con un movimiento rápido, haló la palanca roja hacia adelante echando afuera el tren de aterrizaje. Cuál no sería nuestra sorpresa al ver que estaban, en el edificio del aeropuerto: papá y mamá, Arnoldo, Humberto, Alonso, Álvaro, Jose y Clarita, nosotros como estábamos en la cabina los saludamos desde ésta, Edgar le pasaba por delante la mano al piloto para saludar. Fuimos los últimos en bajarnos del avión y con esto, termino de narrar el CUARTO VIAJE EN AVIÓN (no en carabela como Colón)

El quinto viaje en avión sucedió de la siguiente manera: eran las 4:30 cuando oí en la calle el taxi que había contratado para que me transportara al aeropuerto de La Sabana. Me sorprendí porque yo le dije que pasara a las 4:40, rápidamente me terminé de peinar, les dije, a papá y mamá, adiós y corrí al taxi. Y comenzamos a transitar por las desiertas calles de San José, luego de que me preguntara el chofer que si por la Avenida Central, o por la avenida 4, contestándole yo que por la última que había citado.

En el trayecto de mi casa al aeropuerto, pude apreciar que la madrugada estaba de un azul de lo más bonito, y brillaban aún las estrellas y la luna. Llegamos a nuestro destino y el marcador del taxi fijaba una cantidad de tres colones con sesenta céntimos. El chofer me dio uno de los cupones de LACSA, con los que hacen una rifa para un pasaje gratis a México. 

Luego de pagar y darle las gracias al taxista, entre al edificio y solo un pasajero había llegado (¡por dicha existía alguien más fiebre que yo!), me dirigí a las oficinas de LACSA, en la cual me reporté. Poco a poco fueron llegando pasajeros hasta que ya casi ni se podía respirar (un poco exagerado). En eso voy viendo a una amiga que vive en la otra manzana y conversé un rato con ella y luego fui a la terraza, con el fin de ver irse el avión DC-3 TI-1006 de LACSA con destino a Palmar y Golfito. Bajé y en ese momento llamaron para el vuelo: Puntarenas, Nicoya, Santa Cruz y Cañas. El avión asignado era un Curtiss C-46 para 44 pasajeros y cuya matrícula era TI-1009. Rápidamente fui a pararme cerca de la puerta y cuando la abrieron, dije al encargado: “Fernández, a Puntarenas” y poniendo un visto bueno en la hoja, me dijo “pase” y rápidamente entre de primero al avión y me senté en el último lugar del lado derecho, como a los tres minutos fueron llegando el resto de pasajeros.

Mientras volví a ver hacia fuera de la ventana y vi el 1006 que en ese momento iba despegando con todas las luces de navegación encendidas. Encendieron el motor derecho y gritaron de pronto: “un momento, que faltan unas ruedas”, luego de un rato otro gritó “van en la panza”. Encendieron los motores y pusimos rumbo al final de la pista, al llegar a ese punto dimos vuelta y mientras “calentaban” los motores, le di una ojeada al periódico La República, que gentilmente fue repartiendo el aeromozo. Cuando estuvo listo, comenzó el avión a correr por la pista y pude ver el TI-10023 de Aerolíneas Nacionales que estaba esperando que nosotros despegáramos. Al sentir que el avión estaba en el aire, vi para afuera y observé los dos únicos aviones que quedaban cerca del edificio, y un momento después vi a San José con todas las luces encendidas y ahí no más el vacío del rio Torres, dimos vuelta y pude apreciar la belleza y majestuosidad con que se levanta el volcán Irazú, luego Moravia, Santo Domingo de Heredia, el aeropuerto El Coco, que por cierto tenía las luces encendidas, la planta Electriona y ahí no más comenzó el avión a moverse mucho, para arriba, para abajo, para los lados y en ese momento nos ofrecieron café, y yo como no había desayunado, ni lerdo ni perezoso acepté de buena gana, tenía que sostener el vaso en alto y siguiendo los vaivenes del avión, pero valió la pena porque: ¡que café más bueno! Tomando y viendo para afuera, fui observando lo que se me ponía a la vista, y… ¡qué bonita es Costa Rica!

Al rato divisé la línea del ferrocarril, luego unos montes o montañillas, que en conjunto dan una impresión muy bonita (hago constar que todo esto con el movimiento más bárbaro del avión, desde San José hasta que nos acercamos a Puntarenas, que tal vez por ser más plano, cesaron los vacíos). Volviendo al punto de los montes que cité, se presentó a mi vista lo que me llamó más la atención: ¡la planta hidroeléctrica La Garita, que vista más fantástica!, es algo por lo que Costa Rica tiene que estar orgullosa. 

Más adelante vi el mar, el terreno se presentaba más llano, las reses en los potreros parecían como si fueran diminutos granos de arroz. De pronto se encendió un letrero en inglés y español: “fasten your seat belts” y “no smoking” y comenzamos a perder altura, el suelo se iba aproximando rápidamente y al fin las ruedas hicieron contacto con el campo de aterrizaje “La Chacarita”, terminando así mi QUINTO VIAJE EN AVÓN. 

El sexto viaje fue el lunes santo cuya fecha fue 29 de marzo de 1961. Íbamos de cacería a Guápiles, Chicho y yo. Nos correspondió el mismo avión en que había ido la primera vez o sea el C-47 TI-1003, de LACSA. Partimos de La Sabana, a las 9 de la mañana, ocupábamos el primer lugar de atrás hacia delante de la fila de la derecha. Después de despegar de oeste a este, nos dirigimos al noreste y fue en ese momento que me fijé en dos colegios: primero el Liceo de Costa Rica, en donde pensé y lo comenté con Chicho: “mirá, allá debía estar yo, a estas horas, deben estar en la mitad de Historia Contemporánea, ¡y yo, camino a Guápiles!”. Luego el otro colegio fue el de la Inmaculada en San Pedro, que lo vi a lo lejos, ciertos pensamientos pasaron por mi mente con respecto al segundo año de ese colegio. 

Un poco más adelante, varió un poco el rumbo, hacia el norte y pasamos al oeste de Moravia y de la carretera a San Isidro de Coronado, siguiendo el rumbo de una carretera, que según Chicho, lleva al Alto de la Palma. El día estaba maravilloso, despejado completamente y el sol brillando con todo su esplendor. De pronto, entramos en las vecindades de las montañas que están al norte de San José. Recuerdo que volví a ver hacia la capital y se veía a lo lejos. De nuevo viendo desde mi ventana pude apreciar la belleza de nuestras montañas y conforme el avión avanzaba más, iban apareciendo precipicios y montañas completamente cubiertos de árboles, y en el fondo de dos depresiones de estas, se veía un río. Algo que me llamó la atención es la gran cantidad de cataratas que hay en esa región, altas y bajas, pero todas  caudalosas. Claro está que no se veía ni un milímetro de tierra, todo eran árboles y más árboles, no pude evitar el pensamiento de que caer ahí es difícil que lo encuentren a uno. 

A los pocos minutos miré hacia adelante y se veía un gran claro en la inmensa llanura de árboles, y los ríos como el Toro Amarillo, el Sucio, etc. Pasamos por el caserío de Toro Amarillo, distinguiendo el “aserradero” de Santiago Chamberlain. Pasamos al oeste de la casa del baquiano Marcial y luego dimos una vuelta hacia el norte, y pude ver hacia el sur y distinguí el campo de aterrizaje, dicha vuelta fue muy cerrada, tanto que casi que podíamos ver lo que estaba debajo de nosotros, entre ellos la sombra del avión y unas reses. Bajaron los “flaps” y comenzamos a perder altura, hasta que suavemente el avión se posó en el suelo guapileño, aterrizando de norte a sur, terminando aquí el SEXTO VIAJE EN AVIÓN.

El sétimo viaje estuvo a punto de complicarse, pues era el viaje de regreso de Guápiles y yo había salido al pueblo el Viernes Santo por la tarde y me correspondía arreglar lo de los pasajes y equipajes. En la noche fui a Guápiles a buscar el encargado de LACSA en aquel lugar, difícil de encontrar pues el Viernes Santo no hay electricidad, por lo que tuve que ir preguntando persona por persona y ya cuando me preparaba para volver a Toro Amarillo me lo encontré y pude apartar los lugares. 

Al día siguiente fui a dejar los equipajes y eran las 8:40 cuando regresé a Toro Amarillo a devolver el caballo. A las 8:50 no había aparecido Chicho y el avión salía a las 9:15 y había que recorrer tres millas para llegar al campo de aviación. Como a las nueve apareció Chicho y nos fuimos. 

Al poco rato de estar ahí llegó el DC-3 TI-1006 (que por cierto como al mes y medio de esto, se estrelló en el monte Arenal, matándose ambos pilotos, quedando el avión completamente destrozado. Después de esperar a que descargaran y cargaran, entramos como una tromba y tomamos el primer asiento de la derecha. Al poco rato, encendieron los motores y despegamos de sur a norte, doblamos al oeste y enseguida tomamos rumbo al sur, vimos lo pintoresco que es el suelo de Costa Rica, los ríos General, Generalito, Sucio y otros, cabe llamar la atención de un farallón que vimos, de piedra completamente descubierto con una gran cueva por debajo, que tenía por lo menos, que tenía por lo menos unos 200 o 250 metros de altura. 

Salimos a la Meseta Central por un lugar rarísimo, que ni Chicho ni yo sabíamos dónde estaba.  Hubo un vacío grande que casi nos cambia para siempre la situación del estómago. De pronto a la izquierda vimos San José y luego a la derecha el aeropuerto El  Coco y Santa Ana, empezamos a perder altura y llegamos a La Sabana. Había un DC-3 de la Fuerza Aérea Nicaragüense. En el edificio nos esperaban doña Elena, Marielena y don Enrique Madrigal. Concluyó así el SETIMO VIAJE EN AVIÓN.  

2 comentarios el “VIAJES EN AVION (saliendo o llegando a La Sabana)

  1. Cuando era chiquito, empezando en 1958, viví a una cuadra de La Sabana, o como decían los ticos, 200 varas al sur, 100 varas al este del aeropuerto. Me encantaba ese lugar y sus aviones. A mis dos hermanos les gustaban también, pero yo era el verdadero fanático. Recuerdo bien los C-47 los C-46 de LACSA, y de Aerolíneas Nacionales también. El TI 1009 C de LACSA fue la Gran Dama de la flota, por lo que recuerdo; a los domingos la prepararon meticulosamente para el vuelo a Miami. Ella tenía un lounge.

    Soy norteamericano, y vivo ahora, retirado, en el oeste de Yucatán, Mèxico, que parece bastante con Guanacaste. Tenía 8 años cuando llegué a San José, y ahora tengo 74. Pero los recuerdos de Costa Rica jamás saldrán de mi corazón. Estudié 4 años en la Escuela Metodista en San Pedro. Toda santa tarde que volvía a casa, y después de hacer mis tareas escolares, corrí al aeropuerto. Allá los trabajadores de mantenimiento me trataban como un tipo de mascota. Me enseñaron mucho ellos, y reconocí en tu blog los números de los aviones. Aunque no me permitieron, claro, yo eventualmente cometí a mi memoria cómo se hacía la secuencia de incendiar los motores, y la posición de los flaps para el arranque.

    Y qué coincidencia: Mi primer vuelo en un C-47 fue de Guápiles a San José, creo que en 1960. Fuimos allá por el tren de la Northern (creo que así era el nombre) a visitar amigos de manejaban una finca.

    Muchísimas gracias, Don Rodrigo, por haver despertado estos recuerdos tan preciosos. Tu país fue otra mamá para mí.

    Saludos,
    Chris

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    • Estimado señor! Muy agradecido por haberme leído. Pero sobretodo por haber contado su historia en Costa Rica y su “fiebre” por los aviones . Muy agradable su narración. Concuerdo con usted que el 1009 era el “tramito de dominguear”, seguido del 1007. Gracias de nuevo y que esté muy bien ! Saludos!

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