MI ÚNICA HERMANA, DORIS MARÍA

(La maestrita)

El pasado 25 de marzo del 2020, ¡murió mi hermana!

Quisiera, en su memoria, hacer una pequeña historia con los recuerdos que tengo de ella a lo largo de mi vida.

RODRIGO FERNÁNDEZ HERRERA

25 de Mayo 2020

Nuestra niñez

El relato que a continuación hago, se inicia en la casa que habitamos en calle 19 entre avenidas 2 y 6, número 238. 

Era mayor que yo, cuatro años de diferencia, y como mis hermanos mayores me llevan nueve y siete años respectivamente, pues Doris se convirtió en mi compañera en toda clase de actividades.

Quizá el recuerdo más antiguo que guardo con especial cariño, es el verme compitiendo con ella para ver cuál de los dos armaba más rápido seis rompecabezas. En uno de mis cumpleaños me regalaron una caja que traía 12 rompecabezas, bastante grandes, con motivos distintos de la vida de los indios de América del Norte. Entonces nos repartíamos al azar seis cada uno, y los desarmábamos poniéndolos en el piso de la sala. Cada uno de ellos tenía un color distinto por detrás, por lo que uno podía escoger cualquiera e irlo armando en el marco correspondiente. Y a la cuenta de tres comenzábamos y a toda velocidad íbamos colocando las piezas,  hasta que alguno de los dos lograba hacerlo primero. Algunas veces ganó ella y otras gané yo. Pero me veo en esos momentos y me divierte tanto como si fuera hoy.

Otro recuerdo era juntarnos, para escuchar en un viejo radio de color negro, las transmisiones de las series de «Tamacún, el vengador errante», «El Capitán Silver» y «El matrimonio Ideal», éste último era un poco más tarde y como coincidía con la hora de la cena, generalmente lo llevábamos al comedor y lo escuchábamos en familia disfrutando, y riéndonos. Para las nuevas generaciones que puedan leer estas letras les aclaro que estoy hablando de una época que no había televisión ni teléfono celular. 

Doris ya asistía a la escuela Perú, por lo que debía hacer sus tareas, mientras yo jugaba con mis juguetes (carros y corrientemente trenes de tucos que yo me había ido construyendo, utilizando serrucho, martillo y clavos de una pulgada, que papá guardaba en su «cuarto de «chunches» al fondo de la casa). 

Cuando ella terminaba sus tareas, comenzaba a jugar con sus muñecas, recuerdo que tenía varios muñecos de «celuloide» que era una especie de plástico, y eran rígidos con movimiento de brazos y piernas, hacia adelante o atrás y la cabeza que podía dar la vuelta completa y con los ojos y boca pintados sobre el plástico. Una pequeña presión sobre el plástico y se hundía y entonces había que con los labios hacer succión para que se volviera a alinear la figura. ¡Claro, ese, era mi trabajo!  Con pequeños trozos de tela que Doris se conseguía de ropa que ya no usaba o que mamá le regalaba, les hacía prendas a sus muñecas, y viéndola a ella aprendí a enhebrar las agujas y hacer costuras y pegar botones; algo que me ha servido para salir de más de un apuro a través de mi vida. 

De esa época, un recuerdo imborrable, lo constituye una cocina eléctrica de un solo fuego, que consistía en una armazón de metal que sostenía una estructura cuadrada de ladrillo con unos canales a través de los cuales se ponía una resistencia que servía para calentar cosas. Entonces, en esa «cocina» me dijo Doris un día, que iba a hacer una «comida», para que jugáramos de «casita». Y en unas ollas de aluminio de juguete puso arroz y unas papas. El tiempo pasó y nada que estaban listas, por lo que de un momento a otro, dijo: «voy a sacarlos ya, y los vamos a comer». Yo contento de que ya íbamos a comer la comida hecha por Doris, me alisté con otro plato de juguete y un tenedorcillo de plástico. Los sacó de la ollita y me sirvió un poco de arroz y una papa mediana, y me dijo «pruébela usted primero». Claro, el arroz duro y la papa casi cruda me toco comérmela, ¡y ella nunca los probó, siquiera!   

En tardes que no llovía, todos los primos solíamos salir a la calle, y hacíamos dos equipos, y utilizando el cuadro que dejaban los límites de los bloques de concreto de la calle, jugábamos «bate», usando como tal nuestro brazo derecho (no recuerdo que hubiera algún zurdo) usando una bola azul medio desinflada.  ¡Doris se sumaba a nosotros en el juego, siendo la única mujer del barrio! ¡Y generalmente el equipo en que ella estaba era el ganador!

Los domingos, teníamos nuestro propio programa, en el cual papá siempre estaba presente y en algunas oportunidades mamá también, pero Doris y yo éramos infaltables. 

Bañados, vestidos con «ropa de domingo», desayunados, y a caminar para no llegar tarde a misa de 9 a la iglesia de la Soledad. 

 Doris se sentaba en las bancas de las niñas, yo en la de los niños, y papá de pie junto a una de las columnas. Recuerdo de estas misas el terror que sentía, si llegaba «Nene», un niño, un poco mayor que yo, pero con Síndrome de Down, y se sentaba cerca. No lograba estar a gusto porque él no tenía tranquilidad, se movía mucho y hablaba y yo no le entendía nada.

Terminada la misa algunos domingos íbamos de visita al parque Bolívar, otros, caminábamos hasta el Mercado Central, a la Soda Tapia a comernos un helado, luego tomábamos el tranvía y nos dirigíamos a la Sabana, adonde veíamos algún avión despegar o aterrizar y luego nos montábamos nuevamente en el tranvía para llegar hasta la parada de la Logia Masónica y caminar los 150 m para llegar a almorzar a la casa. ¡Inolvidables domingos!

Otro recuerdo lo guardo con mucho cariño es la Semana Santa en que Doris participó en la procesión llevando la Palabra «Sed Tengo». Hubo un momento difícil porque los que iban a llevar en «andas» a Doris, llegaron un poco pasados de licor y papá muy molesto tuvo que buscar quién la pudiera llevar con un mínimo de seguridad. 

Otra actividad memorable junto a  Doris se daba los 1ero de enero. Era de rigor, vestir la mejor ropa, zapatos bien embetunados, a los de ella les pasaban una pasta blanca para que fueran ¡impecablemente blancos! Luego a misa a la Soledad como todos los domingos. Luego a hacer «visitas», en orden estricto, primero a la casa de Victoria Gei, quien normalmente nos regalaba unas galletas o algún confite o chocolate.  En una oportunidad se volvió a nosotros y nos dijo: «¿querrán un vermutico estos niños?  Doris y yo nos volvimos a ver y no sabíamos que contestar, volvimos a ver a papá que nos veía esperando nuestra respuesta. Finalmente Doris dijo que sí, y a partir de ese año, siempre esperábamos la oferta del «vermutico». 

La visita siguiente era donde Amira Castro Fernández una señora mayor con unos ojos verdes y una mirada tan dulce como no la he vuelto a ver nunca. Era pariente de nosotros por Fernández, y vivía junto con una hermana de mi abuelo materno de nombre Esperanza Herrera Paut.  Primero la visitábamos en una casa situada en la confluencia de la avenida 6 con la calle Central Alfredo Volio. Era un edificio de tres pisos construido de bahareque, y ellas vivían en el último piso al cual se subía por unas lóbregas escaleras. Al salir de este túnel se encontraba uno con un patio interior cubierto de vegetación con gran cantidad de macetas con helechos que le daban un aspecto muy bonito. Este edificio fue derribado para construir lo que en un tiempo se conoció  como la Farmacia Jara, necesaria no solo para medicinas sino como punto de referencia para muchas direcciones a lo tico. Ellas se trasladaron a una casa nueva que habían construido justo a la par de la casa de mis abuelos o sea «de la Farmacia Jara, 50 m al Este».

Y la última visita era en casa de don Fabio Baudrit González y doña Mercedes Moreno de Baudrit, donde nos atendían en una elegante sala con unos muebles muy grandes y cómodos con unas alfombras que llamaban nuestra atención. 

Luego regresábamos a tiempo para almorzar. Todo el recorrido era a pie. 

El tiempo de la adolescencia de Doris

Pero es ley de vida crecer, y así comenzaré esta etapa con Doris en el Colegio de Sión. Muchos recuerdos de las «ferias»  que se hacían, supongo que para recaudar fondos, y permitían el ingreso de gente de todas las edades, y sobre todo la «muchachada», entonces ingresábamos a ver juegos y comer algún bocado de los que se ofrecían en venta. Pasábamos la tarde conversando con las amigas y los amigos. Era muy agradable.

Aparte de esas celebraciones el primer lunes del mes había proyección de películas en las cuales podían entrar los familiares de las alumnas, previo pago de setenta y cinco céntimos, y como estaba en otra etapa de la vida, a Doris no la dejaban ir si no era con un acompañante, el cual sobra decir que era yo. 

Y así se estableció la costumbre que adonde fuera Doris yo iba con ella, si era al cine, corrientemente con su amiga y compañera Consuelo Herzog, que a su vez iba con su hermano Mario o en su defecto con su mamá doña Ondina. Obviamente ellas iban juntas hablando y atrás en cortejo Mario y yo, o  doña Ondina y yo. A la salida del cine riguroso paso por la Avenida Central para que ellas vieran «muchachos», sobre todo un «machillo» en un Mercedes Benz gris, que le interesaba a Doris y su acompañante, que le interesaba a Consuelo. Y así ellos daban varias vueltas y las miradas entre ellos se sucedían,  cada vez, con una interrupción de las conversaciones, mientras pasaban. Seguíamos caminando hacia el este, subiendo la cuesta del Bellavista por la avenida segunda y al llegar a la esquina de la calle 19 nos separábamos, Consuelo y su acompañante continuaban 150 m más para llegar a su casa, y Doris y yo bajamos la cuesta para llegar a la nuestra. 

Otra de las actividades en las que me correspondió acompañar a Doris fue en los partidos de volibol, ya que ella demostró tener mucha habilidad para ese juego y formó parte del equipo del Sión por varios años. Recuerdo que los equipos finalistas eran el Sión y la Lincoln. Y era divertido ver el contraste de los uniformes: Sión vestido blanco con unos adornos rojos y de enaguas hasta bajo la rodilla. Lincoln: pantaloneta ceñida al cuerpo, color negro y camiseta azul.  Un año quedaron de segundas pero los dos siguiente ganaron. Las finales eran en el llamado «estadio Mendoza» 150 m al oeste de la equina noroeste del Liceo de Costa Rica. 

La época de bailes de sus compañeras, no me correspondió a mí, acompañarla, eso era responsabilidad de mis hermanos, principalmente Jorge Manuel. 

Cuando ella llegó a quinto año, yo estaba en segundo y el Padre Idoate, les ofreció darles lecciones de Filosofía un día por semana pues iban a ingresar a la Universidad de Costa Rica, al año siguiente y tendrían que recibir esa materia. Bueno… pues ahí estuve presente y claro que no entendí casi nada. Estaban las compañeras de Doris y yo, aparte del Padre. Un bostezo completo.

Vida Estudiantil Universitaria

Ella en la Universidad, yo en el Liceo, sólo nos veíamos en la casa y en algunas actividades los fines de semana, o en vacaciones que hacíamos paseos a Pizote o al balneario Ojo de Agua.  En esta etapa, Doris, hizo una buena amistad con Emilia Piñeres, y en varias ocasiones fuimos a dicho lugar de recreo. A Emilia la acompañaban algunos hermanos y con nosotros iban ocasionalmente algunos primos.

Y terminé el colegio, e ingresé a la Universidad, a Estudios Generales. Doris ese año terminaba su carrera en Biología.

Al ingresar yo a Agronomía, al año siguiente, ella se matriculó conmigo en materias como Fruticultura y Maquinaria Agrícola, y fue mi compañera de aula por primera vez. Participando además en las giras de campo con el profesor de Fruticultura que había sido profesor de ella en Anatomía Vegetal, el Ingeniero Leonel Oviedo. 

¡Fue un año que siempre recordaré con gran cariño!

Cuando yo estaba adelantado en mi carrera, me sucedió una anécdota que me gustaría relatar. Un día, no llegó un profesor y luego teníamos otra materia, por lo que nos fuimos a parar en la acera por donde pasaban todos los estudiantes hacia la U o hacia San Pedro. Éramos varios compañeros entre ellos Tony Ruiz, y la idea era de pasar el rato. Al cabo de un tiempo, pasó un amigo de Tony, que al parecer venía muy malhumorado y se quedó con nosotros conversando, y contó: «vengo de un laboratorio donde la profesora que es una h%&, me entregó un examen con una nota malísima. Es una desgraciada» y siguió hablando pestes de ella. Entonces Tony le preguntó: «¿Y quién es la profesora?»  A lo que respondió: «Una tal Doris Fernández». Entonces Tony señalándome le contestó «te presento al hermano».  Fue divertido ver como se le transformó la cara en un gesto de desesperación y me dijo» Ay, mae, no le diga nada porque entonces no tengo ninguna posibilidad de pasar ese curso» «Mae, perdóneme» «Por favor no le diga nada».

Doris me dijo: «que hombre horrible» «¿cómo se llama?», pero la verdad es que yo no escuche el nombre cuando Tony me presentó. Luego se rió imaginando la situación.

Conociendo lo estricta que era ella, no me extrañó que algunos estudiantes no dieran la talla y ¡ella no fallaba en su rectitud!

1968, año matrimonial (Llegó la vida seria)

Así fue, el orden lógico de edades se rompió cuando anuncié mi compromiso, el 19 de diciembre de 1967. El matrimonio con Mimi, quedó acordado para el sábado30 de marzo de 1968. Siendo yo el tercero, en contraer matrimonio, de los Fernández Herrera.

Sin embargo Doris y el «machillo» (cuyo nombre era Pablo Gorini Looser)  habían iniciado un noviazgo años antes, pero le habían diagnosticado un tumor en los pulmones, para lo cual fue llevado a Suiza, país de origen de sus padres, donde lo operaron y le dijeron que debía esperar cinco años para estar seguro de que el tumor no volvería.  En 1968 cuando se cumplieron los cinco años, decidieron casarse el 6 de julio de 1968. O sea el mismo año entramos en la vida seria. 

En 1970 nació mi hijo, Rodrigo Antonio, y en 1971, Alfonso el hijo de Doris siempre con un cariño y amor de hermanos, estuvimos muy unidos compartiendo fiestas de cumpleaños, cenas de navidad, paseos entre otros. En 1978 nació mi hija María Gabriela, que significó el último miembro de los nietos de Adrián y María, un año antes había nacido Paula, hija de Doris.

Fueron muchas veces que Alfonso y Paula fueron con nosotros,  a la finca de Tarrazú, de paseo o de temporada también. 

1982, año siniestro para la familia

En julio de1982, con motivo de las vacaciones de medio año, aprovechamos una invitación, a Doris y Pablo y a Mimi y a mí, de parte de  un compañero mío de trabajo, el licenciado Franklin Tiffer, cuya suegra tenía una casa en Puntarenas, y para allá nos fuimos. 

Pablo, Alfonso, Rodrigo Antonio y yo, iniciamos un partido de futbol en la piscina que se prolongó bastante tiempo, hasta que nos llamaron que nos saliéramos porque ya casi iba a estar el almuerzo listo. Preguntamos si había tiempo de ir un ratito al mar, y nos informaron que sí. Llegamos y nos metimos y pues hicimos las actividades normales, que se pueden hacer en compañía de niños en el mar. Pablo se sumergió un momento y luego observé,  que salió y se sentó en la playa. Rápidamente les dije a los hijos que nos saliéramos y fui adonde él se encontraba y le pregunté si le pasaba algo. Su respuesta: «Vieras que raro, al sumergirme sentí que me faltó el aire, casi me ahogo». 

Así comenzó lo que serían sus últimos meses en este mundo.

Vinieron, entonces exámenes de laboratorio, consultas médicas, radiografías, y como resultado los médicos decidieron operarlo, en el Hospital San Juan de Dios, el día 21 de octubre de 1982. 

Pedí permiso para no ir al trabajo ese día y poder acompañar a Doris. Mamá también estuvo con nosotros. Nos dijeron que se iba a atrasar un poco la operación por cuanto recién  habían llegado los documentos de los médicos que habían operado a Pablo años antes en Suiza, y el doctor quería estudiarlos antes de practicar la operación. Fuimos a la capilla a pedirle a Dios que nos acompañara en ese trance que se iba a iniciar en breve. Mamá tenía que ir a preparar el almuerzo de papá por lo que nos quedamos solos Doris y yo. 

Un tiempo después, una enfermera nos avisó que ya lo iban a pasar a la sala de operaciones, que si queríamos verlo lo esperáramos en un punto que nos indicó. Estando ahí, de pronto se abrieron las puertas y apareció Pablo en una camilla, con unas mangueras en la nariz conectadas a un tanque metálico, le dio una libreta a Doris, se dieron el último beso, en una forma incomoda por la obstrucción de las citadas mangueras,  y luego Pablo me vio y vi en aquellos ojos celestes el pánico que sentía, sólo pude decirle: «que te vaya bien», esos momentos los he llevado en mi memoria muy frescos y… ¡siempre me estrujan el corazón!  Sería el último momento que vi a Pablo con vida. 

La operación se extendió por más de seis horas, en las que rezamos, nos abrazamos, pero casi no hablamos. Era ya cerca de las siete de la noche, cuando salió el doctor y habló con Doris, quién imperturbable escuchó el pronóstico poco alentador, de lo que podía pasar en pocas horas.  Doris me llevó a mi casa y en el trayecto me dijo, que había muy pocas posibilidades, ya que al abrir encontraron que el tumor había invadido los pulmones. 

Comí algo, hablé con Mimi, y me fui a acostar muy cansado. Como a medianoche, sentí que me tocaban la pierna y me desperté, era Mimi que me dijo: «Pablo se murió», «Doris acaba de llamar avisando». Me levanté y me alisté y me fui a la casa de Doris. Tenía los ojos enrojecidos, pero delante mío,  no lloró, un fuerte abrazo y las preguntas, «¿sabés que hacer?», «ni idea», «esto debe tener un trámite legal «, «busquemos un abogado». «Yo tengo el número de Frank» dijo Doris y me lo dio para que yo llamara. Me contestó Yolanda, quién le pasó el teléfono a él y cuando le dije la razón de mi llamada se quedó en silencio unos momentos. Nos pusimos de acuerdo y quedamos que pasaríamos por él para las vueltas que se pudieran hacer. Manejé yo, Doris en el asiento del acompañante y Frank atrás.

Fuimos a la Funeraria Polini. Ellos entraron y yo me quedé afuera cuidando el carro, pero como tardaban, decidí entrar y Doris escogía el ataúd, y me dijo «que desagradable momento», «escoger todos los detalles del funeral». No recuerdo cuantas cosas más hicimos pero si recuerdo que fui a retirar la «constancia de defunción «al Hospital. 

¡El funeral fue en la mañana del 22 de octubre!  

Doris con una fortaleza envidiable, quedó viuda y sacó adelante a sus hijos, su matrimonio duró 14 años. Siempre me mantuve cerca de ella ayudándola en lo que yo pudiera, reparaciones en la casa, consejos, cambio de llantas desinfladas, en fin de todos los ejemplos que se puedan imaginar. 

En marzo de 1994, me dijo que si yo no la acompañaría a ir a traer a Paula que se encontraba en un intercambio en Chicago. Le respondí: «podríamos ir en tren», y… ¡picó el anzuelo! 

Llegamos a Miami un sábado, el vuelo, un poco atrasado y para peores, no había manga para nuestro avión, vi el reloj y eran la 1:45 y el avión detenido esperando el lugar para poder desembarcar. El tren salía de la estación a las 3 pm. A las 2:15 haciendo fila en migración. Eran las 2:30 cuando salimos del aeropuerto. Tomamos un taxi y Doris le dijo al chofer: «le doy $20 dólares extras si nos lleva antes de las tres a la estación del Ferrocarril» Dos minutos para las tres y estábamos entrando al parqueo de la estación. Sin tener idea, de que tren teníamos que tomar, llegamos en el momento en que el conductor hacía la señal para salir, pero Doris chifló y yo grité con lo que llamamos su atención y de inmediato detuvo la salida, mientras íbamos a la ventanilla a presentar los tiquetes  que se habían comprado en Costa Rica. Finalmente ya en el tren respiramos profundo. El tren iba a Nueva York, pero nosotros nos quedábamos en Washington, adonde llegamos el domingo alrededor de la una. Esta parte del trayecto fue muy agradable.  Un rato después de la salida de Miami, decidimos investigar el tren y comenzamos a pasar por todos los coches y encontramos un «coche soda», donde vendían, refrescos, emparedados, café, pasteles, ¡hasta sopa!,  en fin comida rápida, con un microondas a disposición de los clientes. Además el resto del coche tenía mesas individuales, para dos y para cuatro personas. Nos antojamos de una sopa de lentejas, y nos sentamos a ver el atardecer y a conversar… fue un rato mágico en que hablamos de todo,  hasta de un viaje en tren a Turrialba que habíamos hecho cuando éramos niños, con Tía.  

Llegamos a Washington, y descendimos del tren. Debíamos esperar la salida del que nos llevaría a Chicago que salía a las cuatro de la tarde. Recorrimos la estación, muy grande, con tiendas y toda clase de servicios para los pasajeros que viajan con diferentes destinos. Debido a la nieve, el tren se atrasó y salimos a las 6 de la tarde, viaje nocturno hasta que amaneció cuando íbamos por el estado de Indiana y pudimos ver la belleza de las fincas, todas con su casa, un silo y un galerón para el tractor. Estaban comenzando a alistar las tierras para la siembra. Llegamos a Chicago, como a las once de la mañana y teníamos tres días para conocer la ciudad y visitar desde el Edificio Sears hasta el Museo del Transporte. Uno de esos días nevó y pude ver, por primera vez,  ese fenómeno natural tan especial.  Luego nos encontramos con la familia con la que Paula había estado y regresamos en avión a Miami. 

En los últimos años del siglo veinte, y principios del veintiuno, Doris me siguió invitando a acompañarla y visitamos Nuevo México, en dos oportunidades, en una de ellas fuimos hasta Durango, en el estado de Colorado e hicimos un viaje en un tren turístico, con locomotoras de vapor, el Ferrocarril se llama Durango-Silverton, sólo que por ser invierno llegan hasta la mitad, se almuerza y se regresa. Una experiencia muy linda, porque además en ese viaje iban Paula y mi hija María Gabriela, que recién había obtenido el bachillerato.  En otra oportunidad fuimos a Phoenix, Arizona, y aprovechamos para ir al Cañón del Colorado, y la noche que pasamos ahí era luna llena, por lo que fuimos a verla salir y fue un espectáculo bellísimo. Luego fuimos a Las Vegas. En fin fue una época de viajes en que pude compartir mucho con Doris y tengo muchos recuerdos de esos viajes, lugares que visitamos y anécdotas que nos hicieron reír, y a veces estuvimos acongojados, pero al fin no pasó nada, solo susto. 

Y llegamos al 2012… ¡inicio del fin!

En el 2010, Doris cumplió 70 años y por reglamento debía pensionarse, por lo que así lo hizo.

Tiempo después, comenzó, con algunos síntomas que pensamos nosotros eran por la edad. 

Me llamaba dos o tres veces por semana para decirme que estaba muy preocupada, que no encontraba las llaves, o que le habían abierto el armarito de puertas con vidrio, o que no encontraba el celular, entre muchas otras excusas, con lo que después de conversar vía telefónica con ella, tenía que irme para su casa para ver «la gravedad» de lo sucedido. Muy pocas veces tenían fundamento, pero lograba aclarar el asunto y ella más tranquila estaba de acuerdo de que me podía regresar a mi casa.

Pero en el 2012, durante una visita de Alfonso, se hizo un contrato para una reparación general de la casa de ella, que incluía, cielo rasos, pisos de madera, techo y sistema eléctrico y tubería de agua, entre otras muchas que no recuerdo en este momento, que por su magnitud en algún momento Doris debía salir de la casa. Afortunadamente Adrián, sobrino y ahijado de ella, le ofreció hospedaje por el tiempo que durara dicha remodelación. 

Y ese fue el detonante que causó su enfermedad, casi a diario  me decía que no le iba a alcanzar el dinero para lograr ese arreglo, con lo que tuve que hacerme cargo de todo con el ingeniero contratista. Fui con Doris al Banco adonde me autorizó a firmar cheques, porque tenía un desorden con éstos, ya que la tensión que le ocasionaba no podía escribir cantidades o nombres y hasta fallos en la firma.  Además, Francisco Carreras que por años había sido el mecánico de los carros de ella y de Pablo, me llamó para decirme que Doris le había dicho un día que no sabía dónde estaba.   Entonces me vi obligado a decirle a ella, que no podía manejar más. Afortunadamente me hacía caso en todo lo que yo le decía, lo que me facilitaba mis cuidados para ella. 

Mientras ella estaba en casa de Adrián, me propuse conseguir alguna persona que se hiciera cargo del cuido los días sábado y domingo, para que la empleada de Doris saliera ese día dejándola, con compañía, lo cual finalmente se logró. También era necesario tener el dictamen de un médico especialista, el cual me recomendaron, hice averiguaciones y pedí cita con él. 

Lamentablemente me dijo que confirmaba que Doris estaba con Alzheimer, en sus inicios, pero que con el paso del tiempo iría empeorando y  podría ponerse hasta violenta. Y así sucedió, sin llegar a la violencia.

En el 2017, en una visita de Alfonso, su hijo, se acordó que mi sobrina,  María del Pilar,  se haría cargo del manejo de las cuentas de Doris, y él haría los pagos, por lo que mi participación terminó en esos aspectos.

A principios del 2020, estaba almorzando con Gabriela, mi hija,  que había venido en visita relámpago, cuando recibí una llamada de María, la muchacha encargada de Doris, asustadísima gritando me dijo que algo le había pasado a Doris, que estaba como muerta. Salí en carrera, y al llegar pedí una ambulancia privada, porque la que había pedido María, no aparecía. Alfonso ordenó que la llevaran al Calderón Guardia. Le había dado un derrame y estando en el Calderón, horas después de haber llegado y no recibir atención, le repitió y entonces si la atendieron. Quedó con problemas de caminar, y de hablar. Gracias a la intervención de Emilia Piñeres, un sacerdote le llevó la Unción de los Enfermos. Los últimos días fueron de gran presión, ya que no comía, y no se levantaba de su cama. Por medio del celular de María le hablamos al oído y pude despedirme de ella. ¡Hasta que, iniciando el día 25 de marzo, pasadas las doce de la noche, María me comunicó que había fallecido!

Han transcurrido dos meses desde aquél día, y aunque la Doris que conocí, comenzó a irse lentamente en el 2012, no he podido superar el profundo hueco que en mi sentimiento ha dejado su partida definitiva. Maltratado todavía más con la imposibilidad de darle un abrazo y beso de despedida en su lecho de muerte y de  asistir a su funeral por razón de la Pandemia…

Muy triste, por fortuna dos de mis hijos, los varones, me representaron en esa distanciada despedida. 

Espero que haya logrado dejar en claro, lo que Doris significó para mí: hermana, amiga, compañera, confidente, «maestrita» como le decía papá solo para citar algunas facetas de ella en mi vida. 

Olvidé citar que cuando ella cumplió 15 años yo iba a cumplir 11, no tenía dinero para comprarle un regalo, por lo que decidí hacerle unos versos. No creo que la Épica lo haya notado. Lo cierto es que con los años se me extraviaron pero si recuerdo que comenzaban así: 

«Mi única hermana, de Dios favores…» ¡vaya que tenían profecía esos versos!

¡Gracias Doris María por tu presencia en mi vida!

11 comentarios el “MI ÚNICA HERMANA, DORIS MARÍA

  1. Una historia llena de amor y al mismo tiempo tristeza por nuestros seres queridos que se nos adelantan. Don Rodrigo, admiro su versatilidad para expresar estos momentos de su vida, tener la valentía de compartir para comprender que la vida no es fácil, pero vale la pena vivirla. Dios le bendiga siempre

    Me gusta

    • Realmente fuimos muy cercanos! Le agradezco sus comentarios y sobretodo que me leyera! Fueron momentos inolvidables para mí, los buenos y los tristes! Muchas gracias de verdad!

      Me gusta

  2. Una belleza de historia. Se notan la admiración ry el amor que le tenías a Doris !

    Me gusta

  3. Fue una mujer muy valiente! Muy cercana a mí! Y le doy gracias a Dios por haberla podido disfrutar en tantas ocasiones. Te agradezco tu tiempo empleado en leerme. Muchas gracias!

    Me gusta

  4. ¡ Magnifica descripción de tus vivencias con Doris ! Sin duda el amor, el cariño y el respeto entre ustedes fueron siempre una luz para los demas. Saludos.

    Me gusta

  5. ¡Que lindo papi!
    Hace que el rompecabezas en mi cabeza tenga mas sentido. Me hubiera encantado poder estar ahí cuando tío Pablo vivía. Sin duda tía Doris era una mujer fuerte y decidida que marcó la vida de muchos.

    Me gusta

    • Gracias Gaby, si estuviste pero muy pequeña , no habías cumplido 4 años cuando él murió! Me alegro que te sirviera para entender lo que Doris significó para mí! Un abrazo 🤗

      Me gusta

  6. Hola don Rodrigo, espero algún día lea estas líneas. Soy Grace Alpízar. Me ha conmovido mucho los relatos aquí narrados y que encontré de pura casualidad. Doña Doris fue mi profesora del curso de Microtécnicas (UCR, Escuela de Biología). Ella me dio la oportunidad de llevar ese curso (pues yo no estudié Biología, sino Agronomía) y luego de ser asistente del mismo, así que pude compartir muchos momentos con ella. Recuerdo que siempre tenía puesta Radio Universidad y nos decía que en su casa -supongo que de niños- creo que era su papá quien les ponía una sinfonía u otra pieza clásica y ella y sus hermanos tenían que adivinar el nombre y compositor!! WOW, eso me sorprendió muchísimo. Excelente profesora y un ser muy humano, muy especial.

    Me gusta

  7. Doña Grace, le agradezco mucho que me honrara con su lectura de una de las partes más lindas de mi vida y de las más tristes. Pero así es la vida. Si terminó su carrera de agronomía, somos colegas! Primera vez que una alumna de Doris se hace presente ( y con lindo mensaje ) en mi blog . Sinceramente muy agradecido!

    Me gusta

  8. Hola don Rodrigo! Estimado colega! Gracias a Dios terminé la carrera y luego obtuve una Maestría en Entomología, soy bichóloga certificada! 🙂

    También recuerdo la microbús Volskwagen de doña Doris, ella le tenía mucho aprecio y ahora la comprendo, pues también me encanta mi carrito, también algo entrado en años! Saludos!

    Me gusta

Replica a Ana Isabel Herrera Sotillo Cancelar la respuesta