MI TIA MARÍA

Entre las cosas maravillosas que me han pasado en la vida es haber tenido a una tía tan especial como la hermana de papá que en vida se llamó María del Pilar Fernández Aguilar. Cuando por cosas de la vida papá tuvo problemas económicos, ella no dudó en hacer un apartamento en el fondo de la casa para ella vivir ahí y cederle a nuestra familia su casa y de esa manera poder nosotros vivir, sin presiones de ninguna especie.

Yo llegué a esa casa como lo indiqué anteriormente a los cuatro años y desde ese momento tuve dos madres, la madre biológica amorosa y cariñosa que fue mi madre, y la postiza, que velaba por nosotros en cuanta cosa ella pudiera intervenir. Si estábamos enfermos, pues ella nos preparaba gelatina o sopa especial o algún dulce. Nos invitaba a acompañarla cuando debía salir de la casa a visitar a alguien o a hacer alguna compra. Con solo decir Tía, ya todos entendíamos de quien se estaba hablando. Las demás tías, cuando nos referíamos a ellas debíamos agregarle tía tal para aclarar de cual hablábamos.
¿Pero por qué hablo de ella en un escrito de trenes? Bueno, por la simple razón que era una aficionada del tren. Desde su infancia y juventud se tuvo que movilizar en tren si quería ir de su casa en Guayabos de Curridabat, al colegio de Sión en San José donde asistía como alumna regular. O si debía acompañar a mí abuela a Cartago a visitar a sus hermanos, lo hacía en tren.

esperando el tren. Niño Alfonso o Adrián
Ella contaba que cuando su cuñado Juan Trejos Quirós, llegaba a “marcar”, con su hermana Emilia, a la casa de la familia que estaba situada de lo que hoy se llama la “casa de Figueres”, hacia el Norte, se pasa la línea del tren,(que precisamente a la derecha estaba la estación “Curridabat”), se sigue subiendo, se hace una vuelta a la derecha, casi al final de la cuesta a la izquierda antes de la curva a la izquierda, adonde hoy hay unas lujosas casas, ahí estaba la casa de mis abuelos, en una extensa finca de café. Pues bien, don Juan al llegar la hora de despedida, tenía que estar pendiente del pito de la locomotora, porque al sonar, él tenía que bajar ese trecho en carrera y llegar a tiempo a la estación para tomar el tren, y mi tía María gozaba cuando contaba que su futuro cuñado, se sostenía con una mano el sombrero y que la parte de atrás del saco se le levantaba por la carrera.
Pues bien, ya viviendo en calle 19 en San José, un día me dice ella:
––“Rodrigo, ¿no me acompañaría mañana a Cartago a visitar unas primas que tengo allá? Pienso que quizá al no ver una cara muy segura, de inmediato agregó:
–“nos iríamos en tren y volveríamos en camión de pasajeros” De inmediato le contesté que sí.
Llegamos a la estación poco antes de las 8 de la mañana que era la hora de partida del tren. Cuatro carros de pasajeros y el carro correo formaban el tren pero aún no habían pegado la locomotora. Rápidamente pasamos por la boletería y un señor uniformado marcó los tiquetes, uno blanco de adulto y uno rosado para menores. Pasamos y mi tía escogió un asiento con ventana del lado derecho del tren y me explicó:
–“De este lado la vista es más bonita”.
No habíamos terminado de sentarnos cuando por la línea de la par pasó la locomotora y la pusieron al frente del tren. Un suave golpe nos indicó que ya estaba enganchada la máquina.
De pronto, el señor que nos había perforado el tiquete, se movió hacia una campana color bronce, brillante, que se hallaba en uno de los postes que sostenían el techo, la hizo sonar jalando un mecate que colgaba de ella. El “gong” de la campana hizo que de inmediato el maquinista tocara un corto pitazo de la máquina y los chorros de vapor comenzaron a salir a ambos lados de la locomotora, cuyo número aún no había podido ver. Lentamente fuimos saliendo y nuevos pitazos alertaron al de las barras de seguridad de la calle de Guadalupe que ya íbamos a pasar. Poco a poco fue tomando velocidad y pronto estábamos pasando por Ambos Mares. Claro, la fuente de información de las estaciones que íbamos pasando era la Tía. Ella iba diciendo “ya vamos a pasar por:” Así pude saber de la espuela del beneficio Dent, San Pedro, Fuentes, Curridabat, Sánchez, en donde a poco pasar por ahí, gracias a una curva amplia hacia la derecha y un puente, con los cimientos de piedra, pude ver el número de la locomotora, era la 53. Seguimos y pasamos por Herrán que ofrece al viajante una hermosa estampa con un lago artificial, patos y cisnes, macollas de caña de bambú en sus orillas y al fondo una casa muy bonita, todo con cantidad de flores de distintas especies; en fin un cuadro bellísimo. Al poco rato, la primera parada: Tres Ríos. Aquí se subió una señora con un canasto y nos ofreció, una vez que el tren reinició su marcha, unas golosinas que mi Tía llamó “maíz crudo”, y compró una bolsita y me ofreció. Así pude probar esa delicia originaria y típica de Cartago. También en este sector un señor con un uniforme con saco y un quepis especial con una placa sobre la visera, que decía: “Conductor”, entró al carro en que viajamos y comenzó a pedir los tiquetes y con una maquinita especial los perforaba.
La subida se hizo más pesada, y se notó un esfuerzo mayor de la locomotora, bajó velocidad el tren, pero no importó porque el panorama de las fincas cafetaleras de Tres Ríos lo obligaba a uno a ver para todas partes y apreciar los montes y laderas que rodean este lindo lugar, junto con los puentes que permiten el paso del tren por encima de donde bajan límpidas aguas. El ascenso aunque despacioso, fue constante y pronto llegamos a un bosque de ciprés, y, se veía hacia abajo, una estructura de cemento y piedra con un águila que semeja el símbolo nazi de ingrata memoria en esos años recientes de la posguerra. Mi Tía no supo explicarme con claridad de qué se trataba eso, pero si se veía bonito. Era como un jardín especial. Casi de inmediato entre los árboles se apreciaban los camiones y carros que se movían por la carretera que comunicaba San José con Cartago, de pronto un puente sin barandas, y en curva ofrecía una espectacular vista sobre los montes y la carretera citada. ¡Qué impresionante momento! Seguimos la marcha y pronto se sintió un aire más fresco, y pareció que habíamos alcanzado el punto más alto de la subida, porque el tren comenzó a moverse más rápidamente. El ambiente cambió totalmente y aparecieron potreros con vacas y en uno de los potreros observé una imagen religiosa y le pregunté a Tía de que se trataba y ella me contestó que era una imagen de Cristo Rey.

Llegamos a un lugar adonde hay un apartadero y una tornamesa para dar vuelta a las locomotoras. Ochomogo, según me informó mi tía,
–“el alto de Ochomogo”,
y el tren comenzó un descenso bastante empinado, con varias curvas que culminaban en una recta y llegamos a un puente que está sobre el río Reventado. Al poco rato entramos a la ciudad de Cartago, y llegamos a la estación, en donde había una considerable cantidad de pasajeros esperando el tren. Nos bajamos y terminó el viaje a Cartago, en tren. Luego de hacer las visitas en tres casas diferentes fuimos al garaje de donde salen las “station wagon” para San José, y regresamos.
En otra oportunidad, mi hermana Doris y yo le propusimos a mi tía que por qué no íbamos a conocer Turrialba. Pero que fuéramos en tren, agregué yo. Por supuesto, ya sabíamos que no necesitábamos rogar mucho. Se señaló fecha y llegada ésta pues al tren se ha dicho.
De nuevo, la salida fue a las 8 en el tren cuyo destino final era Limón. Luego de comprar los tiquetes, y que el señor de uniforme los tomara y los marcara. Nos montamos, en el momento en que iban a enganchar la locomotora y en esta oportunidad, era la 51. ¡Cómo me gustaba ese color negro de las máquinas, y el blanco, de los elegantes números! Tras el sonido de la campana de la estación, y el pito corto del maquinista, alertando al personal del tren, éste comenzó a moverse, lentamente pero al ratito ya tomamos velocidad, otra vez a disfrutar todo lo que se nos ponía a la vista, incluyendo las estaciones que íbamos controlando cuidadosamente.
En la estación de Tres Ríos estaba otro tren esperando que nosotros pasáramos para continuar viaje hacia San José. La locomotora era la 54 y llevaba cuatro carros tanques plateados con la leyenda; TEXACO en letras negras y un cabús amarillo. Al llegar a Cartago, gran cantidad de pasajeros tomaron el tren. En broma le dije a tía:
–“Solo faltó de montarse su primo Lalo”
(Don Eladio Aguilar, era un primo muy estimado por mi tía y una de las visitas que habíamos hecho en la anterior oportunidad.) Y ahora sí, todo era nuevo de aquí en adelante, ¡qué emoción! En una espuela al otro lado de la estación estaban dos carros cajón: uno rojo de madera y otro plateado de metal. Nuevamente pito corto del maquinista, y nos comenzamos a mover. Pasamos el mercado, lleno de productos frescos que se veían deliciosos. Una recta larga y casi al final al comenzar una curva a la derecha, apareció ante nuestra vista la Basílica de la Virgen de los Ángeles. Seguimos y al ratito pasamos por una estación que decía: “El Radio” y se apreciaba una torre alta y delgada a un lado de la estación. Pero el tren no se detuvo, adonde sí lo hizo fue en la siguiente estación:
–“Paraíso” según comunicó en voz alta el conductor.
Se bajaron algunos pasajeros y otros se montaron, nuevamente en movimiento y casi de inmediato de la partida, la carretera que conduce a Turrialba pasa por debajo de la línea del tren. Un poco más allá, un puente impresionante, sin barandas, que pasa sobre el río Páez. Se observaba una vista muy bonita sobre el valle de Orosi, las plantaciones de café y caña de azúcar determinaban el panorama. Pasamos las estaciones de El Yas y Santiago, que servían a pueblos muy típicos de agricultores de la provincia de Cartago.
Una vez que pasamos Santiago llegamos a uno de los puentes más espectaculares de la vía, el puente sobre el río Birrís. Un puente en forma de prisma cuadrangular, al que se llega por medio de una curva que desemboca en el inicio del puente que tiene una longitud de 167 pies, y se halla a gran altura sobre el río. ¡Impresionante!.
De pronto se abrió ante nuestros ojos una espectacular vista sobre el río Reventazón que se luce en el fondo de un gran cañón, y al otro lado del río se observa una plantación de caña de azúcar en lo que parecen unas terrazas de pendiente suave en dirección al río y terminan en un corte casi perpendicular que acaban en una planicie al lado del río. Ahí se observa en su base unas instalaciones que me parecieron la casa de máquinas de una planta hidroeléctrica. Arboles gigantescos se sostienen de alguna manera en el borde del acantilado al lado de la línea del ferrocarril por donde pasamos y le dan una vista increíble a esa maravillosa y espectacular panorámica.
El tren hace una curva cerrada a la izquierda y entramos en un cañón en cuyo vértice se encuentra la estación de Quebrada Honda, una vista espectacular. Seguimos adelante y luego de un pequeño trecho llegamos a la estación de Juan Viñas. Ahí nuestro tren entró en el apartadero porque a los pocos minutos, en sentido opuesto, llegó el tren de pasajeros conocido como: “el pachuco” que se mantuvo en la vía principal, la locomotora 57 llevaba este tren que se componía de cinco coches de pasajeros y el último que era el carro salón, que se caracterizaba por tener un balcón completo en la parte de atrás.
Cantidad de pasajeros subiendo o bajando del tren, en un verdadero tumulto en donde había vendedores de golosinas y comidas de diverso tipo. Unos minutos más tarde, la 57 hizo sonar su pito y “el pachuco” reinició su marcha y el nuestro también en sentido opuesto.
Seguimos adelante y pasamos por una estación llamada “La Gloria” en donde hicimos una breve parada. Luego de un rato de viaje otra parada en la estación de Tucurrique, con una linda vista sobre el cañón del río. Ésta fue la última parada para llegar a Turrialba, pero antes, pasando por las estaciones de Chiz, Las Pavas y Florencia.
La llegada a Turrialba es espectacular. La línea del tren hace una bajada desde un cerro alto situado al Oeste de la ciudad, lo que nos permitió verla en todo su esplendor. El tanque de agua para las locomotoras nos indicó que llegábamos al patio de la estación. La locomotora 40, otra de las “ñatas”, esperaba pacientemente nuestra llegada, con un tren de carga cuyo destino final era San José. Nos bajamos del tren y nos dirigimos al parque a almorzar, porque mi Tía había llevado un almuerzo frío, el cual consumimos a la sombra de unos bellísimos árboles, Qué rico me supo el huevo duro con tortilla y el emparedado de carne con lechuga y tomate. ¡Qué inolvidable viaje!
En otra oportunidad me dice Tía:
–“Rodrigo, Virginia me invitó a ir a pasar unos días a la finca, porque ellos van a pasar unos días allá. ¿A usted le gustaría ir conmigo? “
(Virginia era su sobrina Virginia Trejos Fernández, casada con Enrique Macaya Lahmann y la finca estaba situada en San Joaquín de Flores). No dudé en contestar que sí. Pues a alistar maletas. Pero lo mejor de todo fue cuando me dijo que nos íbamos en el tren de las 5 de la tarde.
Llegamos a la estación como a las 4:45 p.m. y Tía se dirigió a la boletería a comprar los tiquetes. Nuevamente el señor de la puerta perforó los mismos y le ofreció subirle la valija al tren. Cuatro coches y el carro correo esperaban por nosotros. Pude observar cuando pegaron la locomotora al tren. Era la número 50. Me encantaba ver esas locomotoras de vapor, con su penacho de humo y sus sonidos especiales que le parecían decir a uno que aquella mole de metal tenía vida. Su negro color con el marco de las ventanas de la cabina, de color rojo y su número con unos trazos especiales, de color blanco en ambos lados, y en la parte posterior del tender, que para mí la hacían lucir bellísima.

Al ser las 5 de la tarde sonó el esperado campanazo de la estación indicando que era hora de partida, casi de inmediato se oyó el pitazo corto de la locomotora y comenzamos a movernos. ¡Qué emoción! Iba a conocer otra parte del ferrocarril, que para mí era una novedad. Pude observar al conductor haciendo la señal de partida al maquinista y los chorros de vapor de los pistones me indicaron que le habían ordenado a la locomotora que se moviera más rápido. Pasamos el puente plateado que está en el costado Oeste del patio, y que se aprecia desde el parque Nacional, por unos instantes vi el edificio de mi escuela y pasamos por el puente negro que está sobre la avenida 5, y a cuyo lado está la entrada a la Fábrica de Hielo. El pito continuado de la locomotora sonó en cada paso de calle. Yo iba embelesado escuchando el sonido del tren, pero sobre todo de la locomotora a la cual no le perdía el ojo en cada curva favorable desde la ventana en la que iba. Pronto pasamos la carretera que lleva a Tibás. Y al ratito comenzamos a bajar por un lado del río Virilla y Tía me dijo:
–“Ya vamos a llegar al puente del Virilla”
y como por encanto se apareció el puente que impresiona por su tamaño y por la altura sobre el río a la que pasa. Yo conocía la historia de la tragedia que ocurrió en 1926 en ese puente, porque en el álbum de fotos que dejó mi tío Paco, están unas fotos y mi Tía me lo había explicado todo. Una vez pasado el puente, se sintió que la máquina tiraba del tren con más fuerza para vencer la pendiente y llegar a Santa Rosa de Santo Domingo.
Ahí hubo una parada y algunas personas descendieron del tren y otras subieron. Continuamos el viaje. El tren se movía entre cafetales, y no hubo sonido del pito sino hasta que llegamos al cruce con la carretera que lleva de San José a Heredia. Una amplia curva y luego una subida y llegamos a la estación que sirve a esta cabecera de provincia. Mucha gente bajó y algunos subieron. El pito indicó la reanudación del viaje y luego de unos minutos otra parada en la estación de San Francisco, unos se bajaron pero lo mejor es que le pusieron agua a la locomotora aprovechando el tanque que está en ese punto. Continuamos y el sol se ponía, dejando un cielo multicolor bellísimo. Un rato después el conductor pasó informando que llegábamos a San Joaquín. Virginia estaba esperándonos. El tren se detiene en la calle a un costado de la iglesia de San Joaquín.
Aparte del viaje inolvidable en tren, quiero agregar que los días en esa finca fueron especiales. Con los primos, Ana Victoria, Gabriel y Emilia María, pasé unos agradabilísimos ratos. Esa finca tenía una piscina, una casa agradable, amplia, de paredes elevadas, estaba cultivada con árboles frutales, principalmente naranjas y mandarinas. Pero quiero destacar a don Jaime, el mandador de la finca, excelente persona de la que guardo imborrables recuerdos, pero lo traigo a colación por lo siguiente: resulta que don Jaime era algo mayor y poseía una dentadura postiza que con gran facilidad, sin usar sus manos con la lengua la sacaba de su boca pero sin que se le cayera. Al día siguiente de haber llegado, lo conocí, estaba cerca de la piscina y me recibió amablemente con un saludo y de inmediato sacó su dentadura y yo salí en carrera buscando a mi tía o a cualquiera otra persona. ¡El susto fue mayúsculo! En esos años ni siquiera sabía de la existencia de las chapas.
Muchos años después, estando yo ya casado y padre de mi primer hijo, hice el último viaje en tren con Tía. Ya no estaban las máquinas de vapor. Por esos años salíamos a almorzar a potreros, o ríos, o volcanes, con papá, mamá, tía, mi hermana Doris y su esposo Pablo, Francisco mi hermano y su esposa María Elena, que por el tiempo que hablo ya tenía sus tres hijas. Resultó que un día oímos hablar del restaurante Turrialtico, (no es necesario aclarar que era en Turrialba sobre la carretera Rústica a Limón) y decidimos ir a ese lugar. Entonces yo propuse que fuéramos en tren, pero por comodidad para los adultos mayores otros dijeron que mejor fuéramos en automóvil. Finalmente Tía dijo que ella iría en tren conmigo, y mis sobrinas Ana Elena y María del Pilar, se apuntaron también con nosotros. Y para allá nos fuimos saliendo en el tantas veces mencionado tren de las 8, solo que en esta oportunidad yo llevaba una cámara para tomar lo que en ese tiempo se llamaba cine súper 8, y quedó grabado parte del viaje. Como ya he descrito el viaje a Turrialba, no lo voy a detallar. Nada más quiero destacar que la Tía disfrutó mucho este su último viaje en tren y además indicar que me sentí muy bien por el apoyo de la nueva generación (mis queridas sobrinas). Fue un viaje especial.
Gracias Tía por todo ese cariño especial que me diste.

Demasiados recuerdos de Tía, la tocaya!!! Y ese viaje a Turrialba fue inolvidable!!!
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Así se suceden los recuerdos imborrables! Nacen de pronto y se quedan por siempre! Y de tía se podria hacer un libro completo! Que mujer! Fue la abuela que no tuve! Gracias por leerlo!
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Maravilloso relato! Recuerdo el paseo en tren al Turrialtico, y tengo un lugar especial para Tía en mi corazón. Cómo me chineó!
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Ese sentimiento de “Chineo” lo tenemos todos, fue ella tan especial con los sobrinos y sobrinos nietos y diría con cualquiera que se cruzara en su camino! Gracias por tu tiempo leyendo parte de lo que disfrutamos!
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