El MAQUI

Fueron tan numerosas las veces que fui a “ver trenes” con papá, que el saludo al maquinista de la 10 se convirtió en una cosa tan común que yo lo sentía como un amigo. Además un día lo vi pasando al frente de mi casa y salí en carrera a saludarlo. Era otro momento importante para mí. Cada día que lo veía, le preguntaba de todo y lo comencé a llamar el “maqui” Un día le pregunté por su nombre y me contestó 

–“Federico Loaiza”. 

En otra oportunidad, se me ocurrió preguntarle cuál era la mejor máquina del ferrocarril y como no me contestó le seguí preguntando cada vez que lo veía, hasta que un día seguro cansado de oír esa misma pregunta me contestó: 

–“Sin duda es la 58”. 

La 58! . Mi máquina, la mejor, la más fuerte. “Mi máquina”

Hoy me imagino que él me dijo eso para que yo dejara de preguntarle, pero para mí fue una santa palabra, a partir de ese momento la locomotora preferida y de la cual hasta hoy soy fanático fue la 58, la más potente, la más linda, la mejor de todas, en fin ¡mi locomotora! 

Pasaron los años, y un sábado estando en el mismo lugar con papá, veo que la 10 sale del patio con cinco carros cajón, y se detiene igual que siempre casi al frente de donde estábamos; pensé “van a acomodar esos carros”. Pero no, “el maqui” detuvo la máquina y buscando a papá le dijo: 

–“Voy para Ambos Mares, a dejar estos carros, ¿Ud. me permitiría a Rodrigo para que vaya con nosotros? Vamos y volvemos”. 

Papá se volvió para donde estaba yo y me dijo:

–“¿Qué le parece?”

Lo único que dije fue 

–“diay” 

y pensé que el corazón se me había saltado por la boca junto con mí respuesta. Con una mezcla de emoción y miedo puse un pie en la escalinata de la 10 y entre papá y el maqui me ayudaron a subir. 

–“Paráte ahí” me dijo el maqui,

y me coloqué de manera que la puerta de la caldera me quedaba como de medio lado, había tantas cosas en aquella hermosa locomotora de vapor, que yo no sabía para dónde ver, si para afuera para ver la línea, o al maqui, o al ayudante, o a la puerta de la caldera, de donde se podía ver las llamas, o todos los relojes que marcaban diferentes cosas, o las válvulas, que me parecieron montones, o a la palanca que sostenía el maqui. Pude oír el pito de esa locomotora que casi nunca se oía por ser máquina de patio ya que al llegar a Ambos Mares (lugar en donde había un apartadero y donde se intercambiaban carros el Ferrocarril al Pacífico y la Northern), pitó para avisar a los que pudieran pasar rumbo a Barrio Escalante o hacia la pulpería La Luz, del inminente paso del tren.

En ese lugar estaba la 11 eléctrica del Pacífico, una máquina de patio también, con cuatro carros que debíamos llevar nosotros. Una vez hecho el cambio de carros, vi cuando la 11 llevaba rumbo al Pacífico, los carros que habíamos jalado con la 10. Nada más recuerdo, de esos mágicos momentos, que a los maquinistas de la 11 les hizo mucha gracia que yo anduviera en la 10 y me saludaron amablemente cuando pasaron a nuestro lado. 

Esta es la locomotora tanque número 10 y el maquinista que aparece en ella, es don Federico Loaiza, de quién tengo recuerdos especiales y cito en esta publicación. El me invitó a subirme en ella cuando yo tenía unos 6 años, quizá menos.

Regresamos adonde nos esperaba papá y el maqui volvió a detener el tren y me ayudaron a bajar. Bautizado con fuego de caldera de la 10, a los 6 años de edad, calculo ahora. Creo que jamás olvidaré los minutos transcurridos de ese magnífico sábado. Gracias a papá y al maqui, por demostrarme su cariño con ese viaje especial.

Creo que a partir de esa experiencia tuve la seguridad de que yo quería ser maquinista cuando fuera mayor. Así comenzó la ilusión que nunca se cumpliría, pero que siempre he disfrutado.

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