El ferroviario que nunca fue

Me he preguntado muchas veces de donde ha nacido ese entusiasmo mío por los trenes…
porque ya cumplí 72 años y sigo prácticamente babeando cuando se me presenta la oportunidad de ver una fotografía, una revista, un libro, una película, hasta un juguete o un tren “en vivo y a todo color” como dicen por ahí.
A modo de presentación, quiero decir que soy el cuarto hijo y último miembro de una familia normal y corriente, curiosamente sin relación con los ferrocarriles de Costa Rica. A partir de los cuatro años y hasta que contraje matrimonio veinte años después, viví con mis padres, una especial tía y mis tres hermanos, dos hombres y una mujer en ese orden, en calle 19 entre avenidas 2 y 6, en San José.
Y es a partir de esa edad, cuatro años, que iniciaré este viaje por mi pasión ferroviaria. Si tengo el honor de que me acompañe, ayúdeme a entender este misterio. Y espero que Ud. disfrute también conmigo.
El Ferroviario que nunca fue…
A los cuatro años, realmente uno no se puede dar cuenta de muchas cosas que pasan a su alrededor. Pero, yo noté que por la esquina de mi casa había una línea de tren, parecida a la que yo tenía en mi tren de cuerda que me había traído “el Niño”, y que con cierta frecuencia pasaban por ahí, tocando el pito. Mi papá me dijo que eran eléctricas y me explicó que iban tocando por medio de una pieza especial, un alambre que colgaba sobre ellas, y de cuyo contacto ocasionaba que salieran chispas.
Fue entonces que comencé a salir en carrera de la casa cuando oía el pito de la locomotora, que estaba próxima a pasar por la esquina. Tal vez es bueno aclarar que en ese tiempo los niños podíamos salir de la casa hasta la acera con cierta libertad, dado que no había grandes peligros como ocurren en estos tiempos.
No está de más señalar que comencé a pedir en la “carta al Niño” un tren prácticamente hasta por ahí de los 7 años. Me gustaban mucho, pero me aburría al rato ya que el tren solo daba vueltas, por lo que comenzaba a usarlos sin línea y si se le reventaba la cuerda, pues de cierta manera mejor, porque eso me permitía empujarlo hacia donde yo quisiera. Todavía guardo entre mis chunches, un motor de cuerda que todavía funciona. Por alguna razón, desarmé la locomotora y por años estuvo conmigo hasta que se perdió la parte que cubría el motor, y solo conservo éste como un recuerdo muy preciado.
Epílogo
Realmente fueron muchos más los viajes que realicé. Muchos a Toro Amarillo. En otra oportunidad viajé de la Finca Los Diamantes, cerca de Guápiles, hasta Limón en un motocar del Banco Nacional, ya que iba con un colega que trabajaba en la Agencia de Limón, y habíamos participado en un seminario en dicha finca.
Siendo Regente de la Cooperativa de Atenas, realizaba las visitas yéndome en tren hasta la estación de Rio Grande, tomaba el autobús a Atenas y luego de la visita, usaba el autobús hasta la estación del tren y regresaba a San José en tren.
Como se ha podido enterar el amable lector, que haya llegado hasta aquí, ¿Cómo explicar esta locura? ¿Tiene Ud fiel lector alguna idea que me ayude a entender esto?
Las fotografías que aparecen fueron tomadas de Facebook , no se pudo conocer el o los autores de ellas…
Rodrigo Fernández Herrera
