De mis años de colegio, recuerdo con mucho cariño, la amistad que siempre tuve con Edgar Salgado León y Rodrigo Cedeño Gómez. En muchas oportunidades fuimos a la finca de mi tío Alfonso Fernández aprovechando los viajes que en su “pick up” realizaba o sábados en la tarde o domingos por la mañana, situada en un sector intermedio entre San Rafael y Ojo de Agua en la provincia de Alajuela. Y compartimos muy agradables momentos.
Pero quiero mencionar una ocasión muy especial en que acordamos ir a pasar dos días en tienda de campaña. Yo les propuse que fuéramos en tren. Pedimos nuestros respectivos permisos con Alfonso, y con nuestros padres, quienes aceptaron que lo hiciéramos. Con todo en regla, nos propusimos estar listos a las nueve de la mañana en la estación del ferrocarril al Pacífico para irnos en el tren de las 9:15 a.m.
Cada uno con su mochila con algo de ropa, algo de comida y, Edgar y yo, con nuestras respectivas escopetas, una calibre 44 de él y la 16 que me había regalado mi hermano. Y ahí estuvimos puntualmente y nos montamos en el tren.
El recorrido ya lo he narrado, anteriormente, por lo que me limitaré a decirles que oímos las historias de Salgado, sobre su papá, que había sido ferrocarrilero, con gran interés.
Nos bajamos en la estación de San Rafael, y con las cosas al hombro iniciamos la marcha hacia la finca, que quedaba como a unos tres kilómetros de distancia.
Al llegar saludamos a Noé Castillo que era el mandador de la finca y le expusimos nuestros planes, que incluía que Juana, su mujer, nos preparara en la mañana el café para lo cual le entregamos una bolsa y unos huevos que habíamos comprado en una pulpería en San Rafael, y nos fuimos a buscar adonde armar la tienda de campaña. Nos ubicamos en un sector de la finca, que había sido sembrado pero ya la cosecha se había recogido y la tierra permanecía suave para que no fuera tan dura la dormida. Era cerca de donde había un molino de viento para extraer agua del subsuelo.
Fueron muy agradables las dos noches que pasamos y disfrutamos viendo las estrellas y conversando “muchachadas” sobre el colegio, o algunas aventuras que nos habían pasado con las “cacerías” de los pobres animales que habíamos encontrado. Comimos a veces emparedados hechos en el sitio por nosotros y en otras ocasiones le pedimos auxilio a doña Juana, que nos ofreció aparte de los desayunos correspondientes, unos platos de arroz y frijoles que al ser cocinados en cocina de leña, los disfrutamos muchísimo, acompañado por un fresco de limón ácido “legitimo” que hicieron que aquello fuera un verdadero manjar.
Pero todo tiene su fin, y no había más remedio que regresar para lo cual alistamos todo de nuevo y a caminar de regreso a la estación para tomar el tren que nos llevaría a San José.
Tenía dieciocho años cuando inicié una relación formal con la que cinco años después sería mi esposa. Ella es la tercera de seis hermanos, y sus padres una pareja formada por un Despachador de trenes del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico y una maestra de escuela.
Algunos conociendo mi afición por los trenes se dejaron decir en forma jocosa, que yo había iniciado mi noviazgo, para hablar de trenes con el futuro suegro. Pero no fue así.
Resultó que unos tres años después, para un fin de año mi suegro me comentó: “Había sacado unos tiquetes de los que me dan por ser funcionario del ferrocarril, pero se van a perder porque vencen el 31”. Entonces le pregunté:
–“¿y… quién puede usarlos?” (Era el 30 de diciembre), y me respondió,
–“yo nada más tengo que decir quién los usa y se los entregan”.
Entonces le dije que si me daba uno, yo iría. Entonces mi futuro cuñado, Jorge Santiago, exclamó:
–¿Puedo ir yo?, por lo que quedamos en ir los dos al día siguiente.
Llegamos a la estación poco antes de las 9 de la mañana, pues el tren salía a las 9:15, presentamos los tiquetes y nos montamos en el tren de once coches y la locomotora 23.
No voy a comentar en detalle el viaje pues sería repetir las bellezas que ofrecía a la vista del viajante, esa linda, vía a Puntarenas. Pero sí diré que llegamos pasado el mediodía al “puerto”. Nos bajamos del tren y comenzamos a caminar por el “Paseo Cortés”, al poco rato el sol de esas horas, nos hizo buscar sombra y tomar algo, por lo que fuimos donde están las sodas, iniciando la entrada del muelle, hacia el Oeste. Pedimos un “Churchill” y lo disfrutamos mucho por el calor que hacía. Fuimos luego al muelle y al poco rato como eran las 2:30 nos acercamos a la estación, para tomar el tren de regreso, ya que debíamos estar en San José, para alistarnos e ir al baile de fin de año. Una pequeña pero inolvidable aventura ferroviaria.
Siempre me picó la curiosidad, por conocer el llamado “Ramal de Zent”, los trenes de pasajeros con rumbo a San José usaban el “Ramal de Saborío”, ya fuera el de las 8 de la mañana o el “pachuco”, por lo que el misterio de cómo sería esa porción del ferrocarril no me dejaba tranquilo.
En una oportunidad, le pregunté a un conductor que cuál tren de pasajeros usaba esa línea. Me informó que los trenes locales y el de Guápiles la usaban.
Con esa información, me propuse algún día ir por ahí en el “tren local”.
Esta se presentó, estando ya casado. Un día mi primo Francisco Chamberlain, me dijo que cuando quisiéramos ir a Limón, podíamos ir a visitarlos. Él era abogado de una importante empresa de esa zona, y tenía su residencia ahí.
El tren local, iniciaba su recorrido saliendo de San José a las 5 de la mañana, por lo que mi esposa, y yo estuvimos puntualmente en la estación del Atlántico, para comprar el tiquete y montarnos en el único coche de pasajeros que llevaba. Normalmente el tren lleva un carro cajón, uno plano, uno ganadero y el de pasajeros. La locomotora que iba a conducirnos era la 43. Y comenzó la aventura.

Para los que no están muy informados del movimiento de trenes, quiero decir que el local, se encarga de parar en casi todas las estaciones que hay en el trayecto, y recoge o descarga mercaderías, animales, frutas, hortalizas, granos, etc., que los trenes regulares no suelen transportar porque son estaciones pequeñas, casi sin población; algunas de bandera, (que deben su nombre a que la gente indica, con una bandera, que lo que está en el andén es para llevar a algún destino, que si el propietario no está presente al momento del paso del tren, un papel indica dónde o a quién entregarlo en tal otra estación) o que las cantidades son pequeñas y no siempre hay cosas para transportar, lo que no amerita que un tren regular se detenga.
Así que, salimos de San José. Aparte del personal del tren o sea dos brequeros y el conductor, íbamos, un señor que por su vestimenta no dejaba dudas de que era un agricultor, mi esposa Mimi, y yo.
Pero más que contar las cosas que nos sucedieron en esa ocasión, es conveniente resaltar el aspecto social que existía con el movimiento de ese tren. Así, el agricultor que nos acompañaba hizo su recorrido hasta una estación llamada “Las Mesas”, a la que posiblemente no tenía otro modo de llegar a ese lugar y a esa hora. Pero como él, muchas otras personas se subieron y se bajaron un poco más adelante, a veces en estaciones de bandera. Fue muy interesante ver como el tren se detenía, y una persona cargaba dos sacos de frijoles, en el carro cajón, y tomaba el coche de pasajeros en que íbamos, y posteriormente se bajaba en otra estación, más importante como Turrialba, o Siquirres, o el mismo Limón, donde era fácil comerciar su producto. De esta forma vimos como en una ocasión cargaron dos cerdos, varios racimos de plátanos, una yegua con su potrillo, e infinidad de productos que necesitaban vender para poder vivir. O simplemente usaban el tren como único medio para trasladarse a un determinado centro de población para hacer alguna diligencia de las muchas que son necesarias para poder tener una finca, o una casa en condiciones y a derecho.


En fin, con ese tipo de movimiento, el tren avanzaba relativamente poco porque eran muchas las paradas y los ratos que había que esperar para poder realizar lo que cité anteriormente, bajar o subir cosas a alguno de los carros del tren, o bien, esperar por el cruce de algún otro tren de pasajeros o de carga. En la estación de “Las Lomas” cruzamos con el otro local que había salido de Limón, a la misma hora, que nosotros de San José. Nos llamó la atención que los maquinistas de nuestro tren y el conductor y brequeros se pasaron al otro tren y los que venían en el otro se hicieron cargo del nuestro, o sea, intercambiaron trenes. Lo cierto es que eran como las doce y media del día cuando llegamos a Siquirres, y aunque habíamos comido algunas cosas, la verdad ya teníamos hambre.

Preguntamos cuánto tiempo íbamos a estar ahí, y si podíamos bajar, y dejar las maletas en el tren. Nos informaron que unos treinta minutos y que claro que podíamos bajar y las cosas quedaban bien en nuestro coche. Descendimos del tren y comenzamos a caminar, habíamos recorrido unos 150 metros cuando vimos que el tren comenzó a moverse, por lo que nos devolvimos corriendo para alcanzarlo. Pero todo fue una falsa alarma nada más estaban acomodando el tren. Pero con eso ya no estábamos tranquilos, por lo que fuimos y compramos cualquier cosa en paquete y nos fuimos a montar otra vez en el tren.
Al rato, el pito de la locomotora nos informó que el viaje continuaba, serían pasadas la una y treinta minutos, cuando dejamos atrás Siquirres y entramos en el puente sobre el río Pacuare, ¡qué belleza de puente y de río! En la estación de “Madre de Dios”, entramos en el apartadero, porque hacía poco tiempo, el Pachuco nos alcanzó y lo veíamos un poco atrás de nosotros, por lo que la razón de entrar en el apartadero era permitirle pasarnos. ¡Ese tren había salido de San José a las doce con veinte minutos y nosotros siete horas antes! Pero bueno, allá los precisados.
Luego de pasar y parar en varias otras estaciones como Bataan y Matina, y atravesar un largo puente, llegamos a Estrada, donde nuestra máquina estuvo acomodando unos carros y tomamos dos carros cajón para llevarlos con nosotros. ¡Al fin iba a conocer el ramal de Zent!

Serían como las cinco con treinta minutos de la tarde cuando llegamos a la estación de Zent donde dejamos los carros cajón y el ganadero con la yegua y su cría. Continuamos hasta llegar a la Refinadora, donde nos dio la noche y su oscuridad y con ella, los mosquitos que atacaron sin piedad. La locomotora estuvo acomodando unos carros tanque por un largo rato, y nuestro coche no tenía luz, por lo que no había mucho que hacer, la oscuridad era total y sólo se veían las luces de los carros que pasaban por la carretera.
A las nueve de la noche llegamos a Limón, después de un recorrido que iniciamos a las cinco de la mañana, o sea, 16 horas antes.
Nos esperaba mi primo en la estación y nos contó que él llegó como a las cinco de la tarde, a la estación y preguntó por la llegada del tren Local, y le informaron que ese tren no tenía hora de llegada. Extrañado el funcionario por el interés de mi primo, que mucha gente sabía quién era, le dijo
–“¿Don Francisco y por qué le interesa ese tren?”.
–“Es que en ese tren vienen unos primos” fue su respuesta.
Entonces el funcionario a su vez respondió
–“Ah no don Francisco, debe estar equivocado, en ese tren ni los empleados del ferrocarril vienen desde San José”
Nos reímos bastante los tres al oír ese comentario.
En el año 1969, yo laboraba en el Servicio Meteorológico Nacional, en tiempos en que estaba desarrollándose un proyecto, de la Organización Meteorológica Mundial de las Naciones Unidas, que consistía en la colocación de estaciones meteorológicas de diversos tamaños en todo el territorio nacional.
El diseño de las estaciones las hacía un consultor de ese organismo, y algunas partes como los techos para albergar los instrumentos, se fabricaban en un taller contratado para ese fin.
Resultó que en Chacarita, Puntarenas debía instalarse una estación meteorológica tipo B, cuyo diseño implicaba un techo muy grande y unas “casetas” para la localización de los instrumentos, difíciles de transportar hasta allá. Dado lo anterior sugerí que lo lleváramos en tren. Se hicieron las gestiones correspondientes y se determinó que lo más práctico era llevarlo en un carro cajón en el tren local en una fecha determinada.
Cuando llegó el día llegamos a la estación temprano, porque el tren salía a las 6 de la mañana, Hipólito Rodríguez quién era el conserje del Servicio Meteorológico y yo. El día anterior habíamos llevado todo al carro cajón en que viajarían las citadas estructuras.
Para Hipólito era su primer viaje en tren, lo que me dio oportunidad de irle explicando y enseñando todo lo que sucedía con el movimiento de trenes.
Como era de esperarse, fuimos parando en toda clase de estaciones y la gente usó el tren para transportar las cosas más variadas. Solo iba un coche de pasajeros, el carro cajón con nuestra carga, otros dos carros cajón que no supe que llevaban y un carro ganadero, todos llevados por la locomotora 24.
Nos encontramos con varios trenes, unos de carga, otros de pasajeros y el tren de pasajeros que había salido a las 9 a.m. de San José nos alcanzó en la estación de Orotina. Seguimos viaje, y muchas personas se bajaban o subían en nuestro carro, pero estaban poco tiempo porque iban a estaciones cercanas con alguna encomienda, como sacos de frijoles, elotes, frutas en caja, animales de granja, que dependiendo de la cantidad podían ir en nuestro carro. En Coyolar bajaron del tren unas vaquillas que iban en el carro ganadero.
A las once y cuarto, llegamos a la estación de Chacarita, en donde nos esperaban unos operarios que estaban construyendo la estación para ayudarnos a llevar todo lo transportado.
Debo reiterar la parte social que encierra este tren, ayudando a los pequeños productores a transportar sus cosechas a un mercado potencialmente más atractivo, para ganar unos colones más. Un viaje muy aleccionador e inolvidable.
Trabajando para el Servicio Meteorológico Nacional, me correspondió supervisar la construcción de la estación tipo A, que con el apoyo de la OMM de las Naciones Unidas, se construyó en el aeropuerto de Limón. Por esa razón viajé muchas veces a Limón, unas veces en tren y otras en avión.
En uno de esos viajes, me correspondió regresar en tren, saliendo en el Pachuco en la mañana, debido a que se había hecho largo el trabajo durante el día, lo que me obligó a pernoctar en esa ciudad.
Me llamó la atención que el tren llevaba además del carro salón, sólo cuatro coches de pasajeros, por lo que la locomotora estaba directamente unida a los coches de pasajeros y entonces, al comenzar el viaje, decidí caminar hasta el primer carro y de paso darme cuenta de quienes compartían el tren conmigo. Al llegar al final del primer coche me salí al balcón del carro y me asomé viendo hacia la locomotora. Dio la casualidad que el maquinista volvió a ver en ese momento, por lo que lo saludé. Entonces él haciendo un gesto con la mano me dio a entender que entrara a la cabina. Yo me llevé la mano al pecho para decirle si hablaba conmigo, y el volvió a levantar el brazo para indicarme que sí, que era conmigo. Entonces no lo pensé dos veces y con mi maletín en la mano, me pasé a la locomotora 40.

Al llegar a la cabina, él me abrió la puerta y entré. Entonces me dijo, que el ayudante no iba a viajar en la locomotora sino que iba a estar llegando a ver si necesitaba algo, por lo que su asiento iba a estar desocupado, que si yo quería viajar ahí lo podía hacer. Bueno, no puedo describir la alegría que sentí porque el asiento del ayudante es al lado izquierdo de la máquina y entonces viniendo de Limón significaba que iba a ver todo el río Reventazón en su esplendor, aparte de la inmejorable vista de la línea que me ofrecía ese lugar.
Recuerdo que el primer puente que pasé en esa privilegiada posición fue el que está sobre el río Moín. Fue una experiencia única que nunca más se repetiría.
Encontrarnos con otros trenes en las diferentes estaciones, que aguardaban el paso del Pachuco, que era el tren principal; el paso sobre el puente del Reventazón, las entradas y pasos por los túneles fueron sorpresas lindísimas. Fueron las horas más agradables que he pasado en un viaje en tren. El poder ir viendo de primero las curvas, la gente que camina al lado de la vía, la sonrisa de la gente que espera el paso del tren y lo sigue hasta que se pierde, es una experiencia única.
Lamentablemente no se me ocurrió preguntarle el nombre al maquinista que me regaló este hermosísimo viaje. En la recta que está antes del cruce de la calle de entrada a barrio Escalante, me dijo “Bueno, tengo que pedirle que se pase al tren porque no puedo llegar a la estación con usted aquí.” Le contesté “No hay cuidado, gracias y no tengo cómo agradecerle esta oportunidad que me ha dado. Gracias de verdad”, y tomando mi maletín me dirigí rápidamente fuera de la locomotora y pasé a los coches de pasajeros, para finalmente acabar ese exclusivo viaje.
Resulta, que al casarme con Mimi, y por el trabajo de mi suegro, hicimos muchos viajes en tren, con mis hijos y con ellos, a Puntarenas o a San Isidro de Puntarenas. Cuando ya casi nadie viajaba a San Isidro, fuimos en dos oportunidades, atendiendo una invitación de nuestros amigos, Fernando y Rocío Hangen, para pasar con ellos en la casa de la playa que don Guillermo Hangen, el papá de Fernando tenía allá.
También en otra oportunidad fuimos a la casa de la suegra de mi compañero del Tribunal Fiscal, Franklin Tiffer, que dicho sea de paso en esa oportunidad regresamos en el cabús por influencia de mi suegro que fue reconocido de inmediato por el personal del tren. También los llevé a Cartago, Limón y a la llamada “Nueva Línea Vieja”. Y es precisamente este viaje el que quiero narrarles en este capítulo.
Resulta que en el gobierno de don Rodrigo Carazo, se modernizó el ferrocarril, reconstruyendo la vía desde Río Frío hasta Limón aprovechando la antigua línea vieja. Fueron 120 kms, bajo 25.000 voltios, que incluía la línea principal entre Limón y La Junta. Este proyecto incluyó la construcción del puente ferroviario más largo del país, sobre el río Chirripó.
Y conocer ese puente se me hizo una obsesión, pero el problema es que yo quería llevar a mis hijos y mi esposa para que conocieran el puente y la única manera de visitarlo era en tren y el único tren de pasajeros que viajaba a esa zona salía de Turrialba a las 6 de la mañana y regresaba a las 6 de la tarde.
Luego de rumiar el asunto varias semanas, nos decidimos a ir, debíamos salir de la casa, en Montes de Oca, a las ¡4 de la mañana!, con siete niños porque mis sobrinos Alfonso y Paula Gorini se apuntaron a ir.
En efecto, con un buen abastecimiento de emparedados, confites y galletas salimos puntualmente a la hora indicada. El viaje a Turrialba transcurrió sin mayores problemas y cuando íbamos bajando hacia Turrialba vimos hacia el Oeste la Luna casi llena porque ese día sería la luna llena. Llegamos a la estación y fui a comprar los tiquetes y luego a estacionar el microbús Mazda, el cual quedó en la calle a la mano de Dios. Y se movió el tren, salió justo unos minutos después que lo habíamos abordado. Amanecía y comenzamos a pasar las estaciones de Aquiares, Azul, Las Animas, Rio Jesús María, Guayabo, Torito y llegamos a Peralta. La locomotora que nos llevaba era la 75, y llevábamos dos carros cajón plateados y cuatro carros de pasajeros.
Seguimos el viaje y pasamos por los túneles, Casorla, Pascua, Las Lomas, Florida, y todos disfrutábamos de la incomparable belleza del río Reventazón, en cuyas proximidades se veían innumerables aves.
Vimos el puente del río Reventazón, pero no lo cruzamos en esta oportunidad, sino que nos desviamos a la izquierda y tomamos la “nueva línea vieja” y comenzamos a ver las estaciones de esta vía, como Francia, La Herediana, Pocora, Guácimo, Roxana, finca la Propia, Cayuga, Tarire. En todas ellas el tren se detuvo y en algunas a su vez vimos otros trenes, con carros para transportar banano, principalmente.

Cerca del mediodía, llegamos a un lugar llamado la “y” griega, en donde otra línea continúa a la derecha hacia Finca 3 Ticaban. Nosotros tomamos a la izquierda y al poco rato vimos el majestuoso puente sobre el río Chirripó al cual entramos lentamente y lo fuimos cruzando mientras veíamos ¡la hermosura de aquella corriente de agua! El tren siguió unos minutos más y nos detuvimos en un centro de población pequeño, y nos indicaron que hasta ahí llegaba el viaje.
Me bajé a comprar unos refrescos porque el calor apretaba. Y volví a subir al tren porque nos habían informado que de inmediato regresaríamos a Turrialba, así que nos bajamos apenas para decir que estuvimos en una finca bananera y nos volvimos a subir para iniciar el regreso. Aprovechamos para comernos los emparedados que llevábamos (los que quedaban, porque ya habíamos dado cuenta de algunos.) Serían como las 12 y 30 del día, cuando salimos, y pasamos de nuevo el magnífico puente, los niños se calmaron un poco con el movimiento del tren que brindaba una brisa refrescante en medio del bochorno en que estábamos.
Llegamos a Turrialba poco antes de las seis de la tarde. Nos bajamos del tren, y fui a buscar el microbús, el cual se hallaba sin problema y pasé a la estación a recogerlos a ellos.
Comenzamos a subir la carretera hacia San José y en eso apareció en todo su esplendor la luna llena. Vimos la Luna al Oeste en la mañana y al Este en la tarde. Día completo.
Luego de meditar largas horas, he llegado a la conclusión de que mi locura me ha acompañado casi toda mi vida, por lo que el título correcto sería «la locura que tanto he disfrutado».
Realmente se sale un poco de la idea del título, más, desde los cuatro años descubrí, que la causa de mi enajenación, eran, son y serán los ferrocarriles.
Tenía esa edad, cuando nos pasamos, a vivir en una casa que se situaba a 50 m de la avenida segunda, por donde solía pasar el tren, y ahí nació ese deleite de jugar con mi tren de cuerda y salir en carrera a la acera frente a mi casa, cuando oía el pito sonoro de la locomotora, acercándose a la esquina, para verla pasar junto con los carros que llevaba.
Un par de años después, ante mis ruegos, papá comenzó a llevarme a «ver trenes» los sábados por la tarde al patio del ferrocarril de la Northern, y nos sentábamos en unas escaleras que remataban la acera al costado sur de la Aduana, pasábamos la tarde ahí. Pronto me hice amigo del maquinista que usualmente conducía la locomotora de patio, número 10, al extremo que un día vi salir dicha máquina con tres carros cajón, y para mi sorpresa, se detuvo al frente de donde nos hallábamos y don Federico Loaiza, le dijo a papá -«¿me permite a Rodrigo para que vaya con nosotros a Ambos Mares?» (Sitio en donde se juntaban las líneas del ferrocarril al Pacífico con la Northern a la entrada de Barrio Escalante) Bueno, mi impresión aumentó cuando papá me preguntó – ¿Qué le parece? Un instante de indecisión entre el susto, y el sueño realizado. Dije que sí, con una voz que me pareció que ni llegó a mis labios, y entre ellos me subieron. Bautizado con fuego de caldera de la 10 para toda mi vida.

En mi adolescencia me reunía con un grupo de amigos y amigas, en las cercanías de la Aduana, y para ese entonces, podía reconocer el número de la locomotora por el pito. Un día estábamos al frente de la casa de una amiga, cuyo progenitor era maquinista, en eso él llegó y luego de saludarlo le pregunté -¿don Francisco, usted traía la 57? Sí, ¿Cómo supiste? – Intrigado me cuestionó. Por el pito, que se escuchó claramente desde aquí, le respondí. -! Qué bárbaro! , sorprendido, me contestó.
Varios años después, conocí a la que hoy es mi esposa, y que casualmente su papá era Despachador en el Ferrocarril al Pacífico, y comprenderán que tuve que oír más de una vez: «vos estás jalando con Mimi, sólo para hablar de trenes con tu suegro».
Recién casados, le propuse a ella, que fuéramos a Limón, atendiendo una invitación de un primo, que trabajaba allá. Y le expliqué, que para ir me gustaría que nos fuéramos en el tren llamado Local, que salía de San José a las 5 de la mañana, ya que era el único que usaba el llamado ramal de Zent, que yo no conocía, porque los trenes de pasajeros, ya fuera el regular o el Pachuco, tomaban el ramal de Saborío. Para información del lector, el tren Local estaba compuesto normalmente por una locomotora, un carro cajón, uno ganadero y un coche de pasajeros. Su función era mover carros, de las espuelas o apartaderos donde habían dejado alguno para descargarlo o para cargarlo, y que ya estaban listos para ser llevados a otro sitio. También se detenía en las llamadas estaciones de «bandera» por ganado o algún producto agrícola como un cerdo o un caballo o un saco de frijoles, un tarro de leche entre otros. Su función social era innegable y yo iba como en un sueño aprendiendo todos esos detalles de la labor del ferrocarril. Quiero, para no hacer demasiado larga, esta locura, decirles que mi primo, que era muy conocido en la ciudad de Limón, fue a las 6 de la tarde a averiguar a qué hora llegaba el local. El encargado de la estación le informó que ese tren no tenía hora fija de llegada. Y le preguntó -don Frank – ¿por qué le interesa ese tren? , si se puede saber! – Es que vienen unos primos desde San José- Ah no don Frank, NADIE viene en ese tren desde San José, ni siquiera el personal del tren porque donde se encuentran los dos locales se intercambian el personal y cada uno regresa hacia donde partió!
Concluyo indicando que llegamos a las 8 y 30 pm! Claro que mis hijos y mis nietos han ido en otras aventuras. Para terminar, y que tenga una referencia con el titulo original, mi locura se acabará si logro hacer un viaje alrededor de Estados Unidos, eso sí, luego de recibir un curso de manejo de máquina de vapor también en ese país. ! Entonces puedo morir con una sonrisa de satisfacción de haber cumplido mis locuras!
Nota: esto fue hecho a solicitud de la profesora de un curso que llevé!
Se dice que el humano es un ser social. Pero no es el único. Por ejemplo todos conocemos las abejas que producen la miel que nos gusta y sabemos de su carácter social, con distribución de labores dentro de su comunidad, que incluyen funciones según sexo, con una reina encargada de procrear los miembros de la colonia. Resulta que hay abejas que son solitarias, por ejemplo el abejorro o chiquisá, es de una subfamilia del grupo de las abejas y no es social. Se cita este detalle, para señalar que en los humanos , también vamos a encontrar individuos que son diferentes a la mayoría, en su forma de vida, de pensamiento, de gustos o de lo que sea.

Entonces, se sucede un fenómeno que implica, aceptar esas diferencias o vivir en una confrontación permanente con ellos, que puede llegar a extremos peligrosos, con enfrentamientos personales o grupales cuyo resultado final desconocemos.
Esa aceptación de las creencias ajenas, con respeto, aunque no las compartamos, es lo que se entiende por tolerancia. Pero si consentimos esas creencias, debemos exigir reciprocidad, o sea que se respeten las nuestras.
Es ahí donde está la disonancia, quienes exigen respeto para sus ideas, no siempre están de acuerdo en tolerar las de otros.
Exigen no solo por las vías legales, sino con actos que podrían ser extorsivos, ya que sus puntos de vista, según su criterio, se deben compartir por la totalidad de la población.
Entonces la tolerancia debe tener un límite, el cual hay que hacer valer.
Raúl, aprovechando la sorpresiva visita de su hija María, que vive en el extranjero, decide llevarla de paseo al volcán Irazú.
Al pasar, de ida, por el Sanatorio Durán, ella pregunta detalles de ese establecimiento que le llamó la atención por su tamaño y la belleza del ambiente, por lo que hubo una amplia conversación al respecto y le contó a su hija que su padre había estado en ese lugar internado, por largo tiempo, antes de que él naciera, confiándole que si él estaba en este mundo era por el Sanatorio porque : «Cuando papá ya estaba mejor de la enfermedad le permitían visitar a su familia, un fin de semana al mes, y en una de esas visitas, mi mamá quedó embarazada y aquí estoy contándote la historia».
De regreso del volcán, ella insistió en que quería conocerlo y entonces entraron. Raúl sintió un especial sentimiento, e informó a María, que era la primera vez que él visitaba ese lugar. Ella, muy impresionada, no dijo nada, caminó con él, y le tomó algunas fotografías en el exterior de los edificios, incluido una en un herrumbrado camión, que estaba cerca de la entrada. Entonces ingresaron a uno de los edificios, Raúl, al ver los mosaicos de los pisos, dejó que los pensamientos lo llevaran y calladamente se preguntó a sí mismo «¿Habrá estado papá en este sitio? ¿Cuántas veces se habrá asomado por esta ventana? ¿Cómo se sentiría mal de pensar en su familia que estaría pasando por unos momentos difíciles? Siguieron caminando, ahora por unos pasillos de piso de madera, María, adivinando el momento que su padre pasaba, guardó un respetuoso silencio. Las paredes, los baños, los dormitorios de las monjas, de los trabajadores, la sala de operaciones, la oficina de odontología, ¿Habrá necesitado, papá, un tratamiento en sus dientes? Y, continuó con sus pensamientos: «Nadie, nadie puede darme ya esas respuestas!» Realmente impresionado, ensimismado en sus sentimientos, sintiéndose algo triste, llegaron a una azotea, del segundo piso de uno de los edificios, y estaba contemplando la vista espléndida que rodea el lugar, cuando de pronto sopló un viento suave que le acarició la cara y el sentimiento, y pensó: «Gracias Dios, porque este viento fue el que salvó a papá, este aire le combatió su enfermedad y lo mantuvo con vida muchos años más». Volviéndose hacia María le dijo: «Gracias hija por insistir en esta visita y sobre todo por acompañarme». Le dio un fuerte abrazo que le sirvió para esconder unas lágrimas que asomaron a su cara.
Esto fue escrito basado en hechos reales en donde Raúl soy yo, y María es mi hija María Gabriela.
RODRIGO FERNÁNDEZ H
MAURO FERNÁNDEZ ACUÑA
LÍNEA FAMILIAR
- Juan Fernández Martínez x Cayetana de Acosta y Aguilar
- Pedro Nicolás Fernández Acosta x Catarina Tenorio Castro
- José Cipriano Fernández Tenorio x Basilia Ramírez García
- Aureliano Fernández Ramírez x Mercedes Acuña Dies Dobles
- Mauro Fernández Acuña
Aunque nunca fue Presidente de la República, ¿quién puede negar el impacto de este ciudadano en los destinos de Costa Rica? Así que dedicaremos unas palabras a este patricio costarricense, quien además fue el padre de una primera dama como ya citamos.
Nació en San José el 19 de diciembre de 1843. Ocupó el puesto de escribiente en la Administración Pública, en el Ministerio de Gobernación en el año de 1859, durante el gobierno de José María Montealegre Fernández. Fue jefe de la Secretaría de Gobernación Fiscal de Hacienda. Se graduó de abogado en 1869, en la Universidad de Santo Tomás. Vivió en Londres donde ejerció su profesión de abogado. En 1871, se le nombra cojuez de la Corte Suprema de Justicia y también Primer Director Suplente de la Junta de la Universidad de Santo Tomás. En 1872, participa trabajando en la reparación de la Catedral de San José.
El 16 de agosto de 1874 contrae nupcias con Ada Le Capellain, de origen inglés. Fue nombrado por el presidente Tomás Guardia, Magistrado Fiscal de la Corte Superior de Justicia. Ese mismo año, entra a formar parte de la firma comercial Fernández Tristán. En 1882 se hace cargo del contrato con Mr. Mínor C. Keith, de la construcción de la carretera entre La Palma y Carrillo. En 1883 fue nombrado por el presidente Próspero Fernández, Consejero de Estado. Fue catedrático de Derecho Forense y vocal del Colegio de Abogados, así como Abogado y apoderado del Banco Nacional.
Pero indudablemente el cargo donde más destacó y por el cual se le reconoce es como Ministro de Hacienda y Ministro de Comercio e Instrucción Pública en el Gobierno de Bernardo Soto, porque vio la necesidad de una reforma de las instituciones básicas de la República y planteó una serie de cambios en el sector educativo que contemplaban entre otras cosas, la obligación del Estado de brindar enseñanza primaria gratuita y obligatoria. También fue diputado y Presidente del Congreso.
En 1902, la Junta de Educación de San José acuerda que su retrato sea colocado en todas las escuelas públicas y en todas las Juntas de Educación. El 16 de Julio de 1905, muere a los 63 años. (Pacheco, 1972)
MÁXIMO FERNÁNDEZ ALVARADO
LÍNEA FAMILIAR
- Juan Fernández Martínez x Cayetana de Acosta y Aguilar
- Manuel Felipe Fernández Acosta x María Josefa Umaña Corrales
- Juan Felipe Fernández Umaña x Benita Alvarado Valverde #
- Gregorio Fernández Alvarado x Maria Trinidad Quesada Reyes
- José Francisco Fernández Quesada x Juana Alvarado Madrigal
- Máximo Fernández Alvarado
Aprovechando el árbol genealógico de José Joaquín Trejos, diremos que don Máximo fue tío abuelo suyo, el hermano menor de su abuelo: Ceferino Fernández Alvarado. Nació en Desamparados, el 18 de Noviembre de 1858. Aunque nunca fue Presidente de la República, si fue varias veces candidato a ella y diputado.
En la presentación del libro «Máximo Fernández», de Orlando Salazar Mora, Oscar Aguilar Bulgarelli expresa: «… es a no dudarlo, una de las figuras de la historia política costarricense más interesantes y a la vez polémica. Creador de un partido, el Republicano, se convirtió en su más importante figura. Por lo tanto una investigación del Partido Republicano y de don Máximo Fernández era una sentida necesidad para comprender no sólo el ambiente político de Costa Rica en las dos primeras décadas del siglo XX, sino también en períodos posteriores.»
De origen campesino, es el símbolo más auténtico del verdadero político costarricense, que con extraordinaria habilidad, encendido verbo y carisma, penetra en la conciencia popular arraigándose profundamente y convirtiéndose en el primer líder popular costarricense. Su brillante inteligencia y gran habilidad, le permitieron disputar con acierto la mayoría de los puestos de elección popular. Le disputó el poder a la poderosa oligarquía cafetalera de la época, convirtiéndose en el ser más despreciado y temido, pero a la vez en el más admirado por las clases populares. Su oratoria no era adornada con frases estereotipadas, llegaba a lo hondo del sentimiento popular sin necesidad de caer en la demagogia y la charlatanería irresponsable de algunos de nuestros políticos contemporáneos.
Rogelio Fernández Güell, refiriéndose, a don Máximo, el día de la aceptación de su primera candidatura, en una reunión realizada en la oficina de los licenciados Coto Fernández cercana a la Catedral, dijo: “Finalmente, habló don Máximo con la fluidez de expresión de un alma templada en el fuego del patriotismo y dijo: “Señores, yo bien sé que lo que venís a ofrecerme no es una corona de laureles ni una senda de flores, sino una corona de espinas y el camino del destierro. Yo acepto ambas cosas por amor a Costa Rica y por apego a las doctrinas republicanas y con gusto compartiré el honor que nos corresponda en la jornada”. ¡Nobles palabras, cual muy pocas veces ha salido de labios de un patricio!”
Como agricultor y ganadero fue uno de los más progresistas; trató siempre de tener los mejores hatos, los corrales más modernos y puso en práctica nuevas técnicas que conoció en el extranjero. Sus fincas de café y ganado lechero fueron modelo en su época; destacaron una en Itiquís de Alajuela, otras en La Carpintera llamadas “El Avance” y “La Granadilla” y “La Bijagua” en Curridabat que él mismo hizo. De esta finca escribió don Gonzalo Chacón Trejos: “De sus haciendas fue especialmente famosa La Bijagua por la calidad y cantidad de las cosechas de café, los magníficos ejemplares de ganado vacuno y por la belleza exuberante de setos y jardines. Fue en La Bijagua donde plantó los primeros bosques que hubo en Costa Rica del útil, bello y productivo árbol llamado aliso (Alnus jurullensis) que aquí llamamos jaúl. Cuando contemplamos los lindos bosques de jaúles… nos viene a la mente el nombre de quién importó, sembró y propagó los primeros ejemplares de jaúles testigos perennes del espíritu civilizador y progresista de don Máximo Fernández”. En abril de 1913, fue entrevistado en su casa de habitación –el lujoso Castillo Azul- por un periodista del diario “El Comercio” de la ciudad de Managua, quién luego escribió que el Castillo Azul era un palacio, un verdadero palacio en figura de castillo, con sus torres, alamedas y miradores dominando completamente San José. “No parece de capitalista la oficina de este hombre –anotó el periodista- sino más bien de un erudito, de un literario” Nos describe al Lic. Fernández como un hombre bajo, de excelente musculatura, de discreta palabra, que no tiene la malicia concerniente al político de escuela florentina, ni aquella afectada cortesía del que quiere hacerse pasar por “de mucho mundo”. Aún retirado de la vida política la prensa publicaba artículos el 18 de noviembre para recordar su cumpleaños. En 1925 “La Nueva Prensa” publicó lo siguiente: “67 años cumplirá mañana el viejo caudillo del histórico Partido Republicano, una de las más prestigiosas figuras de la política de Costa Rica en el último medio siglo y quién se encuentra retirado de todo movimiento en que inmiscuyan su nombre, el cual se conserva como símbolo de aquél Partido Republicano. La falange que acuerpó su nombre… puede considerarse como la más formidable de cuantas han existido en el país, y solamente por la imposición de los gobiernos, el Licenciado no ocupó la Primera Magistratura de la República… Su disciplinado partido, fue el control de los gobiernos que combatía, cuando el poder estuvo en manos de don Rafael, don Ascensión y don Cleto”. Don Máximo vivió sus últimos años en Montes de Oca en donde formó un primoroso bosquecillo, de más de cincuenta árboles que había traído pequeños de la madre selva. Lamentablemente hoy no existe ninguno. Murió en Montes de Oca, el 10 de febrero de 1933. (Salazar, 1975)
ALBERTO ECHANDI MONTERO
LÍNEA FAMILIAR
- Juan Fernández Martínez x Cayetana de Acosta y Aguilar
- Manuel Felipe Fernández Acosta x María Josefa Umaña Corrales
- Juan Felipe Fernández Umaña x Benita Alvarado Valverde #
- Narcisa Fernández Alvarado x Luis Aguilar Rodríguez
- Silvestra Aguilar Fernández x Pedro Montero Sáenz
- Ana Montero Aguilar x Laureano Echandi Morales
- Alberto Echandi Montero
Don Alberto nació en San José el 18 de febrero de 1870. Hizo su educación primaria y secundaria en San José y se egresó de la Escuela de Derecho de la Universidad de Santo Tomás. Fue un notable abogado, esforzado agricultor, empresario, comerciante, y hombre público de amplísimo prestigio. Casó con Josefa Jiménez Rucavado.
En el transcurso de su vida ocupó varios puestos de los cuales se destacan: Presidente de la Junta de Caridad de San José, Presidente de la Junta Directiva del Colegio de Abogados, ministro de Fomento en la administración de Alfredo González Flores, Secretario de Estado en la Cartera de Hacienda y Comercio en la administración de Julio Acosta García, ministro de Relaciones Exteriores en la administración de Rafael Angel Calderón Guardia. Fue uno de los fundadores de la Academia Costarricense de la Lengua, y en el ocaso de su vida se desempeñó como Presidente de la Junta Directiva del hoy extinto Banco Anglo Costarricense.
Mención muy especial merece su labor diplomática, ya que fue de gran trascendencia para la paz de Centroamérica: en 1920 don Alberto fue encargado de restablecer las relaciones con el resto de Centroamérica, que se encontraban deterioradas, a causa del período de mando de los Tinoco. Así realizó un viaje por el istmo y pudo constatar que Nicaragua y Honduras se hallaban en virtual pie de guerra y que mantenían ejércitos en sus respectivas fronteras. Inmediatamente comenzó a trabajar y logró que ambos presidentes accedieran a tener una reunión personal. La conferencia tuvo lugar en Amapala, ciudad y puerto de Honduras en el Golfo de Fonseca, el 15 de noviembre de 1920 y en ella, Emiliano Chamorro por Nicaragua y Rafael López por Honduras, en presencia del presidente electo de Nicaragua en ese momento, Diego Manuel Chamorro, arreglaron sus diferencias y acordaron desmovilizar los ejércitos (4.000 hombres Honduras y 3.000 hombres Nicaragua) y aprobaron un voto de agradecimiento a Costa Rica, y muy especialmente al señor Echandi por su magnífica labor pacificadora. (Castegnaro, 1979).
Sin embargo, este no fue el fin de la carrera de don Alberto, es como Secretario de Estado en el Despacho de Relaciones Exteriores durante la administración Calderón Guardia, donde su nombre es más recordado, pues él sería uno de los artífices del “pacto de cirujanos” como se le llamó a la negociación que los doctores Arias Madrid, de Panamá y Calderón Guardia de Costa Rica realizaron para determinar los límites de la frontera común. Este acuerdo fue firmado por los Ministros de Relaciones Exteriores el 1 de mayo de 1941 y ha pasado a la historia con el nombre de Echandi Montero-Fernández Jaen por el nombre de los que firmaron Alberto Echandi Montero y Ezequiel Fernández Jaén.
Desde otro punto de vista en su vida, cuando se realizaron las elecciones para elegir al sucesor de Julio Acosta, tres partidos favoritos fueron a elecciones: el Republicano con el Expresidente Ricardo Jiménez como candidato, el Agrícola con Alberto Echandi y el Reformista con el general Jorge Volio. Las elecciones se llevaron a cabo y como era costumbre ninguno de los candidatos alcanzó el 50% de los votos necesarios. Sin embargo hubo una situación especial: el partido Agrícola sacó mayoría parlamentaria, lo que le hubiera asegurado a Echandi la Presidencia, pero las credenciales de dos de sus diputados (que le daban la mayoría) por Heredia y Alajuela fueron atacadas y finalmente eliminadas y la elección fue burlada. Fue entonces cuando le sugirieron la defensa por las armas de su victoria algo que el Patricio no aceptó, prefiriendo en cambio retirarse de la contienda señalando que para él la Primera Magistratura no vale una gota de sangre derramada de un costarricense. (Naranjo, 2002). Tal vez, en el campo de la prevención y curación de las enfermedades de las personas de menores recursos económicos es donde encontramos a don Alberto Echandi en sus más fecundas actividades comparables solamente a las que dio a la patria en el servicio público, en puestos de los gobiernos que contaron con su colaboración. Su propósito primordial fue el de proporcionar al Hospital San Juan de Dios, las condiciones necesarias para que dicha institución suministrara todos los servicios que fueran posibles. Se enfocó especialmente en cuanto a las comodidades del edificio y al suministro de equipos de enfermería y cirugía. La pensión Echandi lleva su nombre en agradecimiento a su empeño en brindar un servicio de calidad. Don Alberto murió en San José el 28 de setiembre de 1944 y al día siguiente fue declarado Benemérito de la Patria. (La Nación, 1985)
ROGELIO FERNÁNDEZ GÜELL
LÍNEA FAMILIAR
- Juan Fernández Martínez x Cayetana de Acosta y Aguilar
- Pedro Nicolás Fernández Acosta x Catarina Tenorio Castro
- Félix Fernández Tenorio x Petronila Chacón Aguilar
- Manuel Fernández Chacón x Dolores Oreamuno y Muñoz
- Federico Fernández Oreamuno x Carmen Güell Pérez
- Rogelio Juan Fernández Güell
Nació en San José el 4 de mayo de 1883, y fue bautizado el 10 de junio siguiente en la iglesia del Carmen, con el nombre de Rogelio Juan. En Febrero de 1890 ingresó a la escuela pública, la Anexa Primaria del Liceo de Costa Rica. Después pasó a las aulas del Liceo de Costa Rica. Cuando su director Carlos Gagini dejó su puesto, no aceptó las imposiciones disciplinarias de su sucesor Zacarías Salinas, chileno, y en señal de protesta se retiró del Liceo. El adolescente se encerró entonces en la selecta y nutrida biblioteca de su padre, donde pasaba las horas del día dedicado a su pasión favorita: los libros. Sus autores favoritos en ese tiempo fueron Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand y el historiador Thiers. Estudió también los clásicos y El Quijote se convirtió en su Biblia. Inspirado en estos autores, y nutriéndose de ellos, el joven salió un día de su casa para dedicarse a su vocación de periodista.
En 1901, dos días antes del retiro político de don Bernardo Soto, habían aparecido en el diario “El Tiempo”, cuatro artículos que bajo el título de “Los Quijotes de mi tierra”, firmaba Sansón Carrasco. Los escritos, irónicos, cargados de malicia ridiculizaban a varios personajes políticos de la época, bajo la caricatura de héroes cervantinos. El Gobierno, invocando la Ley de Imprenta, manda a procesar al director del periódico, al dueño de la imprenta y al periodista que resultó ser el joven Rogelio Fernández Güell. El adolescente (17 años) periodista comentó en “El Tiempo” lo siguiente: “Los Quijotes nos van a prensar con esa prensa que se llama Ley de Imprenta, ¿Y todo por qué? Porque yo, Sansón Carrasco escribí en malhadada hora unos tales Quijotes que han puesto a rabiar a media humanidad quijotesca” El juez condenó a veinte días de arresto a los tres señores, haciendo caso omiso de la defensa, que entre otras cosas alegó como atenuante la edad del joven Fernández. Los enjuiciados fueron a la cárcel, y por más de tres semanas se interrumpió la publicación del periódico. Por dos años participa activamente desde su puesto de periodista, polemizando con los del “Olimpo” o sus seguidores, y a favor del Partido Republicano. Pero al final, las elecciones de segundo grado ungen al candidato Esquivel como próximo Presidente de la República.
En octubre de 1902, el joven Fernández se despide de su oficio de periodista para dedicarse a sus estudios. Se embarca para España con su primo hermano Tomás Soley Güell, con el propósito de dedicarse a estudios literarios y científicos. De esos años data la más copiosa de su producción poética. Conoce a Benito Pérez Galdós y en cenáculos y cafetines conoce a otros grandes escritores y poetas hispanoamericanos, como José Santos Chocano, Francisco Villaespesa y Jacinto Benavente entre otros. En 1905 conoce a Rubén Darío, príncipe de las Letras Castellanas de su encuentro dice: “Conversamos de Costa Rica, de su gobierno, de sus instituciones, de la índole pacífica y laboriosa del pueblo, de Aquileo Echeverría y de Jorge Castro Fernández, su mejor amigo, cuyos huesos acaban de ser trasladados a San José. Recordó luego su discurso en Alajuela al pie del monumento del Erizo y me preguntó por sus viejos y no olvidados amigos. Pude admirar la serenidad de su mente, la exactitud de sus juicios y la claridad de su memoria. No recitó un solo verso en toda la velada. Me pareció grave y discreto…”.
Pero en España sucede otro hecho que será determinante en su vida. Al llegar a Barcelona por primera vez a la casa paterna de los Soley, conoce a una prima política suya, Rosa Serratacó Soley, con quién se casa el 15 de setiembre de 1906. Debido a la fuerte oposición a dicha unión por parte de la familia, deja su querida Cataluña y se embarca para México con su esposa a fines del mismo año. Al llegar a México conoce al Ministro de Relaciones Exteriores, Lic. Ignacio Mariscal con quien pronto lo une una sincera amistad que nace al calor de la coincidencia en sus ideas filosóficas. El funcionario del gobierno mexicano, brinda su apoyo al joven literato colocándolo primero en el Observatorio Astronómico de México y tiempo después, el 5 de noviembre de 1907, lo nombra Cónsul de ese país en Baltimore, Maryland, Estados Unidos. En esa ciudad nace en 1908 su primer hijo, Juan Rogelio. Sirve el cargo por más de tres años pero una ley nueva le exige adoptar la nacionalidad para poder desempeñarlo, por lo que regresa a México en abril de 1911, a tiempo para asistir al desenlace de la revolución mexicana. Nace una nueva amistad con otro miembro de la sociedad espiritual a que ambos pertenecen: don Francisco Madero. La revolución de Madero triunfa, pero el patriota no toma el poder, a pesar de que es el dueño indiscutible de la situación. Espera que las elecciones lo hagan presidente, a pesar de que no ignora la oposición que encontrará entre tantos intereses creados. Fernández Güell como un soldado de la pluma, lo ayudará en sus afanes. El historiador mexicano Blanco Moheno, considera los artículos que escribió Rogelio en esa época, a favor de la causa maderista, como pequeñas obras maestras dentro del género de literatura política. En 1911 nace su segundo hijo a quien llama como su padre: Federico. El presidente Madero, nombra a don Rogelio, jefe del Departamento de Publicaciones del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología de la ciudad de México y tiempo después Director de la Biblioteca Nacional de México. Su paso por este puesto siempre lo recordará como un blasón de orgullo. Ha sido el primer extranjero en ocupar ese puesto y posiblemente el último. En 1913 la situación en México se hace insostenible y tras el asesinato de Francisco Madero, y profundamente conmovido por el trágico fin de su amigo, regresa a Costa Rica con su esposa y dos hijos. Deja en México, además de su selecta biblioteca, un poema en tres cantos “María” y algunas composiciones poéticas.
Rogelio Fernández Güell fue un intelectual, perteneció a una de las grandes familias del país, pero estuvo en contra de la clase alta, la oligarquía, los intelectuales, y los “dioses del Olimpo”. Su personalidad, su talento, su futuro político se pudieron haber acomodado mejor entre las filas de las grandes personalidades políticas de la época como don Ricardo, don Cleto, el Dr. Durán y otros liberales, pero más bien los adversó.
Por diez años se ausenta del país y cuando regresa vuelve a las filas de su partido. Apoya a su pariente Máximo Fernández en las elecciones de 1914. El resultado favoreció a don Máximo con un 42% de las votaciones, pero no alcanza la mayoría absoluta necesaria.
La historia de esta campaña política y su culminación con el nombramiento del Presidente de la República, es una de las más interesantes de nuestra vida pública del siglo XX. De la fecha de las elecciones el 7 de diciembre de 1913 hasta el día de la toma de posesión el 8 de mayo de 1914, se sucedieron una serie de maniobras políticas que mantuvieron a la población en constante zozobra y tensión. Finalmente se designó a Alfredo González Flores como presidente sin haber recibido un solo voto en las elecciones.
En 1916, Rogelio, viaja a España donde nace su tercer hijo: Luis. El 28 de marzo de 1917, regresa al país con su familia. Hacía dos meses había caído el gobierno de González Flores y su amigo Federico Tinoco ejerce el poder militarmente. Fue llamado a formar parte de la Asamblea Constituyente, en la cual sobresale en la defensa del voto directo y en apoyo a la religión Católica como la del Estado. Ganó la segunda pero perdió en la primera porque el Colegio Electoral fue aprobado, por lo que se retiró de la Asamblea Constituyente.
En 1918 hay un proceso revolucionario en contra del gobierno, en el que participan entre otros Alfredo Volio, su hermano Jorge y un puñado de amigos. Rogelio había participado en varias reuniones. El 22 de febrero se inicia su revolución con la toma del tren que va para Puntarenas, la idea es tomar la ciudad. Al llegar a Río Grande ocupan el telégrafo, porque el factor sorpresa es vital para el plan. Siguen hacia Puntarenas, sin sospechar que el Agente del Ferrocarril tenía otro telégrafo y con él puso en alerta al gobierno. En el Pozón se encuentran con el tren que desde el puerto había enviado el gobierno para enfrentar a los revolucionarios. Luego de un intercambio de balas, en el que muere Juan Bautista Quesada; Comandante de la Policía de San José, que regresaba de su visita a Puntarenas; los gobiernistas huyen, y Fernández con los suyos regresan a Orotina y se separan, ya que había fracasado el plan inicial de tomar Puntarenas por sorpresa. Rogelio y once compañeros llegan a Puriscal, donde descansan por unos días, hasta que se enteran de que los revolucionarios van hacia Panamá con el fin de reorganizarse. El marcha hacia allá, pasando por Copey, Ojo de Agua, San Isidro, Volcán y Buenos Aires. Ahí estaba Patrocinio Araya, fiel amigo y hombre de confianza de los gobernantes. Avisados de la presencia de Fernández y compañeros, les preparan una emboscada, y Fernández es herido en una rodilla, Araya le dispara en la garganta y luego le dispara cuatro veces más. Le corta un mechón de su cabello. Era el viernes 15 de marzo de 1918. Rogelio Fernández Güell y sus compañeros fueron sepultados en el humilde campo santo de Buenos Aires y aquellos versos que escribiera el poeta en Barcelona, en 1904, cobraron una dolorosa vigencia:
Cuando pague tributo a la Natura
Y mi espíritu vuelva a su morada
Si tu existes aún, mi dulce amada,
Dame al pie de algún árbol sepultura.
En marmóreo sepulcro no me entierres,
que es lujo y necedad la humana pompa;
Aunque en caja de sándalo me encierres
no podrás impedir que me corrompa
Dame al pie de un árbol sepultura
Do pudriéndome al borde de un camino
Calme el hambre y la sed del peregrino
Y le brinde frescor mi verdura.
Por iniciativa de la Municipalidad de San José, en los últimos días de 1919, la Avenida Central fue bautizada con el nombre de Rogelio Fernández Güell y la Calle Central, con el de Alfredo Volio Jiménez. Lamentablemente, hoy nadie llama por esos nombres ilustres a las dos principales vías de la capital. Cinco años después del asesinato, los restos fueron trasladados al Cementerio General, por iniciativa de maestros y obreros, y desde entonces yacen ahí los héroes, junto con los restos de Marcelino García Flamenco, el honrado maestro de Buenos Aires, que denunció el crimen. (Oconitrillo, 1981)






