Esto lo escribí como práctica del curso de Mecanografía en 1959 y aprovechando los pasajes de mi vida en esos años. Decidí dejarlos sin revisión de ortografía y redacción por ser los primeros intentos de escritura. Les solicito su comprensión al respecto. ¡Muchas gracias!

Rodrigo Fernández Herrera

Mi primer viaje en avión fue el miércoles santo de 1959 (edad 14 años); mis compañeros de viaje fueron mi hermano Francisco (Chicho) y mi primo Edgar Chamberlain (Carajito). Compramos pasajes en LACSA y nuestro destino era Guápiles y el pasaje de ida y vuelta, nos costó treinta y seis colones por persona.

Ya en La Sabana, preguntamos en que avión nos trasladarían, y nos contestaron que en el TI-1003 que es un C-47 convertido en comercial.

Estábamos Edgar y yo contemplando la salida del TI-1020 de Aerolíneas Nacionales cuando anunciaron la salida de nuestro vuelo, por lo que no la oímos y fue hasta que vimos que un señor corría hacia nuestro avión que nos dimos cuenta y en un santiamén nos reportamos y corrimos, logrando entrar primero que el señor que habíamos visto. Tomamos el último y penúltimo asientos de la derecha, Chicho se sentó conmigo y el sobrecargo de apellido Guerrero, con Edgar. Estaba tan emocionado que no me di cuenta en que momento arrancaron los motores. Comenzó a moverse el avión hacia el final del aeropuerto, puesto que el viento soplaba de este a oeste. Nos detuvimos frente a los hangares de Sabana Norte donde se encuentran las compañías Alpa y Tan, para esperar que aterrizara una avioneta. Recuerdo que aquí le llamé la atención a Edgar acerca como hacía al zacate, el viento impulsado por las hélices de los motores, a lo cual respondió: “sí, que canela”. 

Al llegar al final de la pista, dimos vuelta y comenzó a correr el avión cada vez con más velocidad. “Ya levantó atrás”, “mirá la callecilla”, “ya despegamos”, “que bruto más hachero para elevarse”, “qué brutal se ven los aviones allá abajo”, “y San José” esos fueron los comentarios que se desarrollaron entre los tres, del final de la pista a la entrada de San José.

Ahí no más el primer vacío, luego nos cruzamos los siguientes comentarios entre el vacío y la ciudad de San Isidro de Coronado: “mirá el Paseo Colón”, “el hospital”, ”La Merced”, “el Parque Central”, “la Catedral”, “la casa de Papa juan”, “mi casa”, “la de los Trejos”, “la Universidad”, “Guadalupe”, “ya vamos llegando a mi patria”, “mirá la iglesia”(aquí reconoció Edgar un camión de pasajeros de Moravia, pero no recuerdo el nombre),”la carretera a Moravia”, “ahí está tu casa”, “los pinos”, “ahí está Arcelia robando huevos”, “mirá Purral”, “que lugar más feo”, “San Isidro”(qué linda se veía la iglesia de San Isidro, desde el aire!).

Todavía se veía San Isidro, cuando comenzamos a ver nubes y nubes y nubes, al rato se abrieron por unos 15 segundos y pudimos apreciar una selva impenetrable que parecía una coliflor. Otro rato de nubes y entonces otro hueco de estos para lograr ver un corte brutal de un bosque. 

Vimos más adelante (ya aquí no había nubes) la línea del ferrocarril, luego dimos dos vueltas sobre Guápiles y perdimos altura; por cierto que nos fijamos en unas palmeras de las cuales pasamos muy cerca, después el “edificio” del aeropuerto, en el cual se encontraba muchísima gente, de seguido tocó tierra muy bien adelante, pero atrás pegó en algo pero siempre aterrizamos bien, avanzamos hasta el final de la pista, desde donde nos devolvimos terminando así el ¡PRIMER VIAJE EN AVIÓN! 

Mi segundo viaje fue el de regreso de Guápiles, y fue el sábado santo de ese mismo año, pero no me correspondió ni el mismo avión ni los mismos compañeros de viaje, sino que fue en el DC-3 matrícula TI-1006, que antes de ser de LACSA había sido de PAA y mi compañero era mi primo Hugo Chamberlain (Goyo).

Despegó el avión, en el mismo sentido, que habíamos aterrizado el pasado miércoles y el día estaba muy despejado. Hugo al principio iba muy bien, sin mareo y sin nada malo, hasta me iba señalando el nombre de cada uno de los ríos, que por allá abundan (Toro Amarillo, Blanco, Costa Rica, General, Sucio, etc.) un rato lo pasamos sin hablar, sólo un pequeño comentario sobre lo intrincada selva sobre la cual volábamos, pero como a los tres o cuatro minutos pasamos por un caserío, en el cual Chicho, según Goyo, se había perdido. Seguimos adelante y pronto después de haber pasado sobre una gran cantidad de ranchitos que se encontraban como regados por el lugar, salimos sobre la carretera que lleva a Puerto Viejo, exactamente sobre la catarata que hay en una curva yendo hacia allá. Aquí el avión comenzó a doblar hacia el sur, por lo que pude apreciar la imponente catarata, también pude reconocer un camión de pasajeros que presta servicios entre San José y Sarapiquí. Al comenzar el avión a “brincar” la montaña que separa aquél lugar de la Meseta Central, fue cuando Hugo comenzó a hacer unas “caritas” y a decir “ya me voy a arrojar” ,”qué mareo” y otras exclamaciones por el estilo, y yo diciéndole: “mirá que bonito”, “cómo te vas a vomitar por aquí”, y entre más le decía más verde se ponía, hasta que al final “botó el rancho”, y yo para no ver, ni oír, ni oler mejor volví a ver para afuera y entonces vi que ya entrábamos en la meseta central y se veía una serie de carreteras, caminos y veredas, que no pude reconocer casi ninguna. Logramos admirar la iglesia de Santo Domingo, vi La Sabana a lo largo, pasamos por el Country Club cerca de Escazú en donde vi una serie de calvas que se estaban bañando en la piscina. Más adelante pude observar el puente de los Anonos y por fin, el colegio de La Salle, un bajonazo y aterrizamos, poniendo así fin al SEGUNDO VIAJE EN AVIÓN! 

Mi tercer viaje fue informal, puesto que lo planeamos dos días antes de salir el avión. Lo realizamos el sábado 18 de julio de 1959, por casualidad nos correspondió el avión TI-1006, el mismo del segundo viaje. 

Tenía como compañeros a mis primos Juan José Trejos y Edgar Chamberlain, al primero le costó conseguir el permiso, pero al fin lo dejaron ir. Según nos dijeron en la oficina, el avión salía a la una y media de la tarde y ahí llegamos Edgar y yo en taxi para recibir la noticia de que nuestro avión saldría hasta las dos y media porque un avión de la compañía se había descompuesto en Parrita y que el nuestro tenía que transportar los pasajeros de ese vuelo, y el otro avión andaba en Limón que era para dónde íbamos y se acababa de ir cuando llegó Juan José, con Jose Joaquín, su padre, y sus hermanos Alonso, Álvaro , y su tía Eugenia, madre de Edgar, llevándose la misma sorpresa que la nuestra al saber los de la hora de partida. 

Se fueron porque Jose tenía prisa y entonces nos quedamos esperando que llegara nuestro avión y para matar el tiempo entramos al DC-3 TI-1023 de Aerolíneas Nacionales para que Juan José lo conociera.

Al fin llegó el avión que andaba en Limón y entonces todos presurosos Edgar, yo y Juan José, (en ese orden) nos pusimos a la par de la puerta y cuando abrieron dimos los pasajes y salimos corriendo hacia el avión, Edgar tomó la primera ventana a la derecha, yo la segunda y Juan José la tercera. 

Arrancaron los motores del avión y rodamos hasta el final de la pista para devolvernos con velocidad y despegar del aeropuerto. Claro está que el día estaba muy bonito y pudimos apreciar San José. Una vez en el aire el avión tomó una ruta bastante al norte de la ciudad, por lo que pudimos ver la Peni que por cierto estaba con todas las latas del techo, despintadas y viejas. Continuamos viendo otras cosas como la estación del ferrocarril al Atlántico, la calle 19 y una serie de cosas bonitas. 

Un poco más adelante nos deleitamos con la vista de la Universidad, la ciudad de Tres Ríos, que por cierto es una de las más bien hechas en cuanto a cuadrantes se refiere; hay que hacer hincapié en la vista de  La Carpintera, que se alza majestuosa a nuestra derecha. Pasamos sobre el Alto de Ochomogo y volamos sobre el valle del Guarco que se veía brutal con los diferentes colores de verde y café. Más adelante nos encontramos el cauce del río Reventazón, que de por sí se veía de largo, aquí recuerdo que le dije a Edgar que se fijara en la sombra de nuestro avión. Logramos ver a la perfección Tunnel Camp y después entramos en una selva bruta, si cabe la expresión. 

Fui a la cabina del piloto y este me dijo: “mire, ya se ve el mar” y en realidad cuando alcé la vista me pude dar cuenta de lo próximos que estábamos por llegar. Volví a mi asiento y Juan José me preguntó que qué era lo que había en tan gran cantidad debajo de nosotros y pude que era un mar de matas de banano. Salimos al Atlántico exactamente sobre Moín, para penetrar un par de kilómetros sobre el mar y comenzar a doblar hacia el sur, pasando sobre la ciudad de Limón, apreciando una serie de barcos que estaban en los muelles o sino aquí o allá.

Dimos una vuelta para el este y luego siguiendo hacia el norte, perdiendo altura y aterrizar por último en el aeropuerto de la provincia de Limón, donde se encontraba el DC-3 TI-1005 que minutos antes de nosotros había salido de San José. Aquí termina el TERCER VIAJE EN AVIÓN. 

Mi cuarto viaje ocurrió el 19 de julio de 1959, o sea al día siguiente del tercer viaje y fue el regreso de Puerto Limón a San José. Regresamos en el avión TI-1006. Como habíamos esperado demasiado tiempo para apartar los lugares, habíamos quedado casi al final de la lista y como llaman de acuerdo con ella, nos correspondió asientos muy adelante, tan adelante que íbamos Edgar y yo en los dos primeros lugares del lado derecho y Juan José venía en la ventana del segundo asiento del lado izquierdo. 

Como estos aviones no tienen puerta entre la cabina de los pilotos y la de los pasajeros, quedamos Edgar y yo muy bien para ir viendo los movimientos que efectuaban los pilotos. 

Aproveché un momento para pedirle al piloto que nos diera una vuelta sobre la isla La Uvita. Encendieron los motores accionando unas perillas que están situadas sobre la cabeza del piloto (en el avión, por supuesto), jalan una y al momento meten otra y la hélice comienza a dar vueltas. Una vez arrancado el motor del lado derecho proceden con el motor del lado izquierdo, luego comprueban la dirección del viento, la cantidad de gasolina, la hora , que por cierto eran las cuatro y veinticinco cuando despegamos, aceleran los motores moviendo unas palancas que están en el centro, un poco atrás del piloto, avanzamos hasta el final de la pista para devolvernos con velocidad por la pista , el copiloto con un movimiento rápido hecho hacia atrás una palanca colorada y el tren de aterrizaje comienza a retractarse, pasamos sobre la ciudad y tomamos fotografías y luego, siempre tomando altura pasamos sobre la isla La Uvita, a la cual pudimos ver perfectamente, le tomamos fotos y luego, siempre tomando altura, nos dirigimos a tierra de nuevo para adentrarnos con dirección a San José.  Poco a poco íbamos dejando atrás la costa que por cierto es muy regular. Una vez perdida de vista la costa, vimos unas nubes que parecían salir de la tierra tal como árboles, muy bonitas por cierto. Al poco rato divisamos el volcán Irazú, pasamos del lado izquierdo de la Carpintera; seguimos asomados y le dije a Edgar: “mirá como brinca ese tornillo que va ahí, debe ser por la vibración del motor”.

 Me acuerdo perfectamente que había una especie de peña, y yo le dije a Edgar : ”sale vacío” y me contestó: “no que va a ser” y frun un vacío como pocas veces había sentido en mi vida (4 vuelos, je, je), al rato, pasamos sobre San José,  lo que pasa es que se estaba poniendo muy nublado, y cuando se despejó, lo que vimos fue la iglesia de Santo Domingo de Heredia y volvimos la cara y observamos La Sabana que se ve brutal desde el aire, por cierto que en ese momento iba aterrizando el Curtiss C-46 de matrícula TI-1009 de LACSA, dimos una vuelta y en ese momento sin perder tiempo Edgar y yo fuimos a la cabina de los pilotos, el descenso fue tranquilo, el copiloto con un movimiento rápido, haló la palanca roja hacia adelante echando afuera el tren de aterrizaje. Cuál no sería nuestra sorpresa al ver que estaban, en el edificio del aeropuerto: papá y mamá, Arnoldo, Humberto, Alonso, Álvaro, Jose y Clarita, nosotros como estábamos en la cabina los saludamos desde ésta, Edgar le pasaba por delante la mano al piloto para saludar. Fuimos los últimos en bajarnos del avión y con esto, termino de narrar el CUARTO VIAJE EN AVIÓN (no en carabela como Colón)

El quinto viaje en avión sucedió de la siguiente manera: eran las 4:30 cuando oí en la calle el taxi que había contratado para que me transportara al aeropuerto de La Sabana. Me sorprendí porque yo le dije que pasara a las 4:40, rápidamente me terminé de peinar, les dije, a papá y mamá, adiós y corrí al taxi. Y comenzamos a transitar por las desiertas calles de San José, luego de que me preguntara el chofer que si por la Avenida Central, o por la avenida 4, contestándole yo que por la última que había citado.

En el trayecto de mi casa al aeropuerto, pude apreciar que la madrugada estaba de un azul de lo más bonito, y brillaban aún las estrellas y la luna. Llegamos a nuestro destino y el marcador del taxi fijaba una cantidad de tres colones con sesenta céntimos. El chofer me dio uno de los cupones de LACSA, con los que hacen una rifa para un pasaje gratis a México. 

Luego de pagar y darle las gracias al taxista, entre al edificio y solo un pasajero había llegado (¡por dicha existía alguien más fiebre que yo!), me dirigí a las oficinas de LACSA, en la cual me reporté. Poco a poco fueron llegando pasajeros hasta que ya casi ni se podía respirar (un poco exagerado). En eso voy viendo a una amiga que vive en la otra manzana y conversé un rato con ella y luego fui a la terraza, con el fin de ver irse el avión DC-3 TI-1006 de LACSA con destino a Palmar y Golfito. Bajé y en ese momento llamaron para el vuelo: Puntarenas, Nicoya, Santa Cruz y Cañas. El avión asignado era un Curtiss C-46 para 44 pasajeros y cuya matrícula era TI-1009. Rápidamente fui a pararme cerca de la puerta y cuando la abrieron, dije al encargado: “Fernández, a Puntarenas” y poniendo un visto bueno en la hoja, me dijo “pase” y rápidamente entre de primero al avión y me senté en el último lugar del lado derecho, como a los tres minutos fueron llegando el resto de pasajeros.

Mientras volví a ver hacia fuera de la ventana y vi el 1006 que en ese momento iba despegando con todas las luces de navegación encendidas. Encendieron el motor derecho y gritaron de pronto: “un momento, que faltan unas ruedas”, luego de un rato otro gritó “van en la panza”. Encendieron los motores y pusimos rumbo al final de la pista, al llegar a ese punto dimos vuelta y mientras “calentaban” los motores, le di una ojeada al periódico La República, que gentilmente fue repartiendo el aeromozo. Cuando estuvo listo, comenzó el avión a correr por la pista y pude ver el TI-10023 de Aerolíneas Nacionales que estaba esperando que nosotros despegáramos. Al sentir que el avión estaba en el aire, vi para afuera y observé los dos únicos aviones que quedaban cerca del edificio, y un momento después vi a San José con todas las luces encendidas y ahí no más el vacío del rio Torres, dimos vuelta y pude apreciar la belleza y majestuosidad con que se levanta el volcán Irazú, luego Moravia, Santo Domingo de Heredia, el aeropuerto El Coco, que por cierto tenía las luces encendidas, la planta Electriona y ahí no más comenzó el avión a moverse mucho, para arriba, para abajo, para los lados y en ese momento nos ofrecieron café, y yo como no había desayunado, ni lerdo ni perezoso acepté de buena gana, tenía que sostener el vaso en alto y siguiendo los vaivenes del avión, pero valió la pena porque: ¡que café más bueno! Tomando y viendo para afuera, fui observando lo que se me ponía a la vista, y… ¡qué bonita es Costa Rica!

Al rato divisé la línea del ferrocarril, luego unos montes o montañillas, que en conjunto dan una impresión muy bonita (hago constar que todo esto con el movimiento más bárbaro del avión, desde San José hasta que nos acercamos a Puntarenas, que tal vez por ser más plano, cesaron los vacíos). Volviendo al punto de los montes que cité, se presentó a mi vista lo que me llamó más la atención: ¡la planta hidroeléctrica La Garita, que vista más fantástica!, es algo por lo que Costa Rica tiene que estar orgullosa. 

Más adelante vi el mar, el terreno se presentaba más llano, las reses en los potreros parecían como si fueran diminutos granos de arroz. De pronto se encendió un letrero en inglés y español: “fasten your seat belts” y “no smoking” y comenzamos a perder altura, el suelo se iba aproximando rápidamente y al fin las ruedas hicieron contacto con el campo de aterrizaje “La Chacarita”, terminando así mi QUINTO VIAJE EN AVÓN. 

El sexto viaje fue el lunes santo cuya fecha fue 29 de marzo de 1961. Íbamos de cacería a Guápiles, Chicho y yo. Nos correspondió el mismo avión en que había ido la primera vez o sea el C-47 TI-1003, de LACSA. Partimos de La Sabana, a las 9 de la mañana, ocupábamos el primer lugar de atrás hacia delante de la fila de la derecha. Después de despegar de oeste a este, nos dirigimos al noreste y fue en ese momento que me fijé en dos colegios: primero el Liceo de Costa Rica, en donde pensé y lo comenté con Chicho: “mirá, allá debía estar yo, a estas horas, deben estar en la mitad de Historia Contemporánea, ¡y yo, camino a Guápiles!”. Luego el otro colegio fue el de la Inmaculada en San Pedro, que lo vi a lo lejos, ciertos pensamientos pasaron por mi mente con respecto al segundo año de ese colegio. 

Un poco más adelante, varió un poco el rumbo, hacia el norte y pasamos al oeste de Moravia y de la carretera a San Isidro de Coronado, siguiendo el rumbo de una carretera, que según Chicho, lleva al Alto de la Palma. El día estaba maravilloso, despejado completamente y el sol brillando con todo su esplendor. De pronto, entramos en las vecindades de las montañas que están al norte de San José. Recuerdo que volví a ver hacia la capital y se veía a lo lejos. De nuevo viendo desde mi ventana pude apreciar la belleza de nuestras montañas y conforme el avión avanzaba más, iban apareciendo precipicios y montañas completamente cubiertos de árboles, y en el fondo de dos depresiones de estas, se veía un río. Algo que me llamó la atención es la gran cantidad de cataratas que hay en esa región, altas y bajas, pero todas  caudalosas. Claro está que no se veía ni un milímetro de tierra, todo eran árboles y más árboles, no pude evitar el pensamiento de que caer ahí es difícil que lo encuentren a uno. 

A los pocos minutos miré hacia adelante y se veía un gran claro en la inmensa llanura de árboles, y los ríos como el Toro Amarillo, el Sucio, etc. Pasamos por el caserío de Toro Amarillo, distinguiendo el “aserradero” de Santiago Chamberlain. Pasamos al oeste de la casa del baquiano Marcial y luego dimos una vuelta hacia el norte, y pude ver hacia el sur y distinguí el campo de aterrizaje, dicha vuelta fue muy cerrada, tanto que casi que podíamos ver lo que estaba debajo de nosotros, entre ellos la sombra del avión y unas reses. Bajaron los “flaps” y comenzamos a perder altura, hasta que suavemente el avión se posó en el suelo guapileño, aterrizando de norte a sur, terminando aquí el SEXTO VIAJE EN AVIÓN.

El sétimo viaje estuvo a punto de complicarse, pues era el viaje de regreso de Guápiles y yo había salido al pueblo el Viernes Santo por la tarde y me correspondía arreglar lo de los pasajes y equipajes. En la noche fui a Guápiles a buscar el encargado de LACSA en aquel lugar, difícil de encontrar pues el Viernes Santo no hay electricidad, por lo que tuve que ir preguntando persona por persona y ya cuando me preparaba para volver a Toro Amarillo me lo encontré y pude apartar los lugares. 

Al día siguiente fui a dejar los equipajes y eran las 8:40 cuando regresé a Toro Amarillo a devolver el caballo. A las 8:50 no había aparecido Chicho y el avión salía a las 9:15 y había que recorrer tres millas para llegar al campo de aviación. Como a las nueve apareció Chicho y nos fuimos. 

Al poco rato de estar ahí llegó el DC-3 TI-1006 (que por cierto como al mes y medio de esto, se estrelló en el monte Arenal, matándose ambos pilotos, quedando el avión completamente destrozado. Después de esperar a que descargaran y cargaran, entramos como una tromba y tomamos el primer asiento de la derecha. Al poco rato, encendieron los motores y despegamos de sur a norte, doblamos al oeste y enseguida tomamos rumbo al sur, vimos lo pintoresco que es el suelo de Costa Rica, los ríos General, Generalito, Sucio y otros, cabe llamar la atención de un farallón que vimos, de piedra completamente descubierto con una gran cueva por debajo, que tenía por lo menos, que tenía por lo menos unos 200 o 250 metros de altura. 

Salimos a la Meseta Central por un lugar rarísimo, que ni Chicho ni yo sabíamos dónde estaba.  Hubo un vacío grande que casi nos cambia para siempre la situación del estómago. De pronto a la izquierda vimos San José y luego a la derecha el aeropuerto El  Coco y Santa Ana, empezamos a perder altura y llegamos a La Sabana. Había un DC-3 de la Fuerza Aérea Nicaragüense. En el edificio nos esperaban doña Elena, Marielena y don Enrique Madrigal. Concluyó así el SETIMO VIAJE EN AVIÓN.  

(La maestrita)

El pasado 25 de marzo del 2020, ¡murió mi hermana!

Quisiera, en su memoria, hacer una pequeña historia con los recuerdos que tengo de ella a lo largo de mi vida.

RODRIGO FERNÁNDEZ HERRERA

25 de Mayo 2020

Nuestra niñez

El relato que a continuación hago, se inicia en la casa que habitamos en calle 19 entre avenidas 2 y 6, número 238. 

Era mayor que yo, cuatro años de diferencia, y como mis hermanos mayores me llevan nueve y siete años respectivamente, pues Doris se convirtió en mi compañera en toda clase de actividades.

Quizá el recuerdo más antiguo que guardo con especial cariño, es el verme compitiendo con ella para ver cuál de los dos armaba más rápido seis rompecabezas. En uno de mis cumpleaños me regalaron una caja que traía 12 rompecabezas, bastante grandes, con motivos distintos de la vida de los indios de América del Norte. Entonces nos repartíamos al azar seis cada uno, y los desarmábamos poniéndolos en el piso de la sala. Cada uno de ellos tenía un color distinto por detrás, por lo que uno podía escoger cualquiera e irlo armando en el marco correspondiente. Y a la cuenta de tres comenzábamos y a toda velocidad íbamos colocando las piezas,  hasta que alguno de los dos lograba hacerlo primero. Algunas veces ganó ella y otras gané yo. Pero me veo en esos momentos y me divierte tanto como si fuera hoy.

Otro recuerdo era juntarnos, para escuchar en un viejo radio de color negro, las transmisiones de las series de «Tamacún, el vengador errante», «El Capitán Silver» y «El matrimonio Ideal», éste último era un poco más tarde y como coincidía con la hora de la cena, generalmente lo llevábamos al comedor y lo escuchábamos en familia disfrutando, y riéndonos. Para las nuevas generaciones que puedan leer estas letras les aclaro que estoy hablando de una época que no había televisión ni teléfono celular. 

Doris ya asistía a la escuela Perú, por lo que debía hacer sus tareas, mientras yo jugaba con mis juguetes (carros y corrientemente trenes de tucos que yo me había ido construyendo, utilizando serrucho, martillo y clavos de una pulgada, que papá guardaba en su «cuarto de «chunches» al fondo de la casa). 

Cuando ella terminaba sus tareas, comenzaba a jugar con sus muñecas, recuerdo que tenía varios muñecos de «celuloide» que era una especie de plástico, y eran rígidos con movimiento de brazos y piernas, hacia adelante o atrás y la cabeza que podía dar la vuelta completa y con los ojos y boca pintados sobre el plástico. Una pequeña presión sobre el plástico y se hundía y entonces había que con los labios hacer succión para que se volviera a alinear la figura. ¡Claro, ese, era mi trabajo!  Con pequeños trozos de tela que Doris se conseguía de ropa que ya no usaba o que mamá le regalaba, les hacía prendas a sus muñecas, y viéndola a ella aprendí a enhebrar las agujas y hacer costuras y pegar botones; algo que me ha servido para salir de más de un apuro a través de mi vida. 

De esa época, un recuerdo imborrable, lo constituye una cocina eléctrica de un solo fuego, que consistía en una armazón de metal que sostenía una estructura cuadrada de ladrillo con unos canales a través de los cuales se ponía una resistencia que servía para calentar cosas. Entonces, en esa «cocina» me dijo Doris un día, que iba a hacer una «comida», para que jugáramos de «casita». Y en unas ollas de aluminio de juguete puso arroz y unas papas. El tiempo pasó y nada que estaban listas, por lo que de un momento a otro, dijo: «voy a sacarlos ya, y los vamos a comer». Yo contento de que ya íbamos a comer la comida hecha por Doris, me alisté con otro plato de juguete y un tenedorcillo de plástico. Los sacó de la ollita y me sirvió un poco de arroz y una papa mediana, y me dijo «pruébela usted primero». Claro, el arroz duro y la papa casi cruda me toco comérmela, ¡y ella nunca los probó, siquiera!   

En tardes que no llovía, todos los primos solíamos salir a la calle, y hacíamos dos equipos, y utilizando el cuadro que dejaban los límites de los bloques de concreto de la calle, jugábamos «bate», usando como tal nuestro brazo derecho (no recuerdo que hubiera algún zurdo) usando una bola azul medio desinflada.  ¡Doris se sumaba a nosotros en el juego, siendo la única mujer del barrio! ¡Y generalmente el equipo en que ella estaba era el ganador!

Los domingos, teníamos nuestro propio programa, en el cual papá siempre estaba presente y en algunas oportunidades mamá también, pero Doris y yo éramos infaltables. 

Bañados, vestidos con «ropa de domingo», desayunados, y a caminar para no llegar tarde a misa de 9 a la iglesia de la Soledad. 

 Doris se sentaba en las bancas de las niñas, yo en la de los niños, y papá de pie junto a una de las columnas. Recuerdo de estas misas el terror que sentía, si llegaba «Nene», un niño, un poco mayor que yo, pero con Síndrome de Down, y se sentaba cerca. No lograba estar a gusto porque él no tenía tranquilidad, se movía mucho y hablaba y yo no le entendía nada.

Terminada la misa algunos domingos íbamos de visita al parque Bolívar, otros, caminábamos hasta el Mercado Central, a la Soda Tapia a comernos un helado, luego tomábamos el tranvía y nos dirigíamos a la Sabana, adonde veíamos algún avión despegar o aterrizar y luego nos montábamos nuevamente en el tranvía para llegar hasta la parada de la Logia Masónica y caminar los 150 m para llegar a almorzar a la casa. ¡Inolvidables domingos!

Otro recuerdo lo guardo con mucho cariño es la Semana Santa en que Doris participó en la procesión llevando la Palabra «Sed Tengo». Hubo un momento difícil porque los que iban a llevar en «andas» a Doris, llegaron un poco pasados de licor y papá muy molesto tuvo que buscar quién la pudiera llevar con un mínimo de seguridad. 

Otra actividad memorable junto a  Doris se daba los 1ero de enero. Era de rigor, vestir la mejor ropa, zapatos bien embetunados, a los de ella les pasaban una pasta blanca para que fueran ¡impecablemente blancos! Luego a misa a la Soledad como todos los domingos. Luego a hacer «visitas», en orden estricto, primero a la casa de Victoria Gei, quien normalmente nos regalaba unas galletas o algún confite o chocolate.  En una oportunidad se volvió a nosotros y nos dijo: «¿querrán un vermutico estos niños?  Doris y yo nos volvimos a ver y no sabíamos que contestar, volvimos a ver a papá que nos veía esperando nuestra respuesta. Finalmente Doris dijo que sí, y a partir de ese año, siempre esperábamos la oferta del «vermutico». 

La visita siguiente era donde Amira Castro Fernández una señora mayor con unos ojos verdes y una mirada tan dulce como no la he vuelto a ver nunca. Era pariente de nosotros por Fernández, y vivía junto con una hermana de mi abuelo materno de nombre Esperanza Herrera Paut.  Primero la visitábamos en una casa situada en la confluencia de la avenida 6 con la calle Central Alfredo Volio. Era un edificio de tres pisos construido de bahareque, y ellas vivían en el último piso al cual se subía por unas lóbregas escaleras. Al salir de este túnel se encontraba uno con un patio interior cubierto de vegetación con gran cantidad de macetas con helechos que le daban un aspecto muy bonito. Este edificio fue derribado para construir lo que en un tiempo se conoció  como la Farmacia Jara, necesaria no solo para medicinas sino como punto de referencia para muchas direcciones a lo tico. Ellas se trasladaron a una casa nueva que habían construido justo a la par de la casa de mis abuelos o sea «de la Farmacia Jara, 50 m al Este».

Y la última visita era en casa de don Fabio Baudrit González y doña Mercedes Moreno de Baudrit, donde nos atendían en una elegante sala con unos muebles muy grandes y cómodos con unas alfombras que llamaban nuestra atención. 

Luego regresábamos a tiempo para almorzar. Todo el recorrido era a pie. 

El tiempo de la adolescencia de Doris

Pero es ley de vida crecer, y así comenzaré esta etapa con Doris en el Colegio de Sión. Muchos recuerdos de las «ferias»  que se hacían, supongo que para recaudar fondos, y permitían el ingreso de gente de todas las edades, y sobre todo la «muchachada», entonces ingresábamos a ver juegos y comer algún bocado de los que se ofrecían en venta. Pasábamos la tarde conversando con las amigas y los amigos. Era muy agradable.

Aparte de esas celebraciones el primer lunes del mes había proyección de películas en las cuales podían entrar los familiares de las alumnas, previo pago de setenta y cinco céntimos, y como estaba en otra etapa de la vida, a Doris no la dejaban ir si no era con un acompañante, el cual sobra decir que era yo. 

Y así se estableció la costumbre que adonde fuera Doris yo iba con ella, si era al cine, corrientemente con su amiga y compañera Consuelo Herzog, que a su vez iba con su hermano Mario o en su defecto con su mamá doña Ondina. Obviamente ellas iban juntas hablando y atrás en cortejo Mario y yo, o  doña Ondina y yo. A la salida del cine riguroso paso por la Avenida Central para que ellas vieran «muchachos», sobre todo un «machillo» en un Mercedes Benz gris, que le interesaba a Doris y su acompañante, que le interesaba a Consuelo. Y así ellos daban varias vueltas y las miradas entre ellos se sucedían,  cada vez, con una interrupción de las conversaciones, mientras pasaban. Seguíamos caminando hacia el este, subiendo la cuesta del Bellavista por la avenida segunda y al llegar a la esquina de la calle 19 nos separábamos, Consuelo y su acompañante continuaban 150 m más para llegar a su casa, y Doris y yo bajamos la cuesta para llegar a la nuestra. 

Otra de las actividades en las que me correspondió acompañar a Doris fue en los partidos de volibol, ya que ella demostró tener mucha habilidad para ese juego y formó parte del equipo del Sión por varios años. Recuerdo que los equipos finalistas eran el Sión y la Lincoln. Y era divertido ver el contraste de los uniformes: Sión vestido blanco con unos adornos rojos y de enaguas hasta bajo la rodilla. Lincoln: pantaloneta ceñida al cuerpo, color negro y camiseta azul.  Un año quedaron de segundas pero los dos siguiente ganaron. Las finales eran en el llamado «estadio Mendoza» 150 m al oeste de la equina noroeste del Liceo de Costa Rica. 

La época de bailes de sus compañeras, no me correspondió a mí, acompañarla, eso era responsabilidad de mis hermanos, principalmente Jorge Manuel. 

Cuando ella llegó a quinto año, yo estaba en segundo y el Padre Idoate, les ofreció darles lecciones de Filosofía un día por semana pues iban a ingresar a la Universidad de Costa Rica, al año siguiente y tendrían que recibir esa materia. Bueno… pues ahí estuve presente y claro que no entendí casi nada. Estaban las compañeras de Doris y yo, aparte del Padre. Un bostezo completo.

Vida Estudiantil Universitaria

Ella en la Universidad, yo en el Liceo, sólo nos veíamos en la casa y en algunas actividades los fines de semana, o en vacaciones que hacíamos paseos a Pizote o al balneario Ojo de Agua.  En esta etapa, Doris, hizo una buena amistad con Emilia Piñeres, y en varias ocasiones fuimos a dicho lugar de recreo. A Emilia la acompañaban algunos hermanos y con nosotros iban ocasionalmente algunos primos.

Y terminé el colegio, e ingresé a la Universidad, a Estudios Generales. Doris ese año terminaba su carrera en Biología.

Al ingresar yo a Agronomía, al año siguiente, ella se matriculó conmigo en materias como Fruticultura y Maquinaria Agrícola, y fue mi compañera de aula por primera vez. Participando además en las giras de campo con el profesor de Fruticultura que había sido profesor de ella en Anatomía Vegetal, el Ingeniero Leonel Oviedo. 

¡Fue un año que siempre recordaré con gran cariño!

Cuando yo estaba adelantado en mi carrera, me sucedió una anécdota que me gustaría relatar. Un día, no llegó un profesor y luego teníamos otra materia, por lo que nos fuimos a parar en la acera por donde pasaban todos los estudiantes hacia la U o hacia San Pedro. Éramos varios compañeros entre ellos Tony Ruiz, y la idea era de pasar el rato. Al cabo de un tiempo, pasó un amigo de Tony, que al parecer venía muy malhumorado y se quedó con nosotros conversando, y contó: «vengo de un laboratorio donde la profesora que es una h%&, me entregó un examen con una nota malísima. Es una desgraciada» y siguió hablando pestes de ella. Entonces Tony le preguntó: «¿Y quién es la profesora?»  A lo que respondió: «Una tal Doris Fernández». Entonces Tony señalándome le contestó «te presento al hermano».  Fue divertido ver como se le transformó la cara en un gesto de desesperación y me dijo» Ay, mae, no le diga nada porque entonces no tengo ninguna posibilidad de pasar ese curso» «Mae, perdóneme» «Por favor no le diga nada».

Doris me dijo: «que hombre horrible» «¿cómo se llama?», pero la verdad es que yo no escuche el nombre cuando Tony me presentó. Luego se rió imaginando la situación.

Conociendo lo estricta que era ella, no me extrañó que algunos estudiantes no dieran la talla y ¡ella no fallaba en su rectitud!

1968, año matrimonial (Llegó la vida seria)

Así fue, el orden lógico de edades se rompió cuando anuncié mi compromiso, el 19 de diciembre de 1967. El matrimonio con Mimi, quedó acordado para el sábado30 de marzo de 1968. Siendo yo el tercero, en contraer matrimonio, de los Fernández Herrera.

Sin embargo Doris y el «machillo» (cuyo nombre era Pablo Gorini Looser)  habían iniciado un noviazgo años antes, pero le habían diagnosticado un tumor en los pulmones, para lo cual fue llevado a Suiza, país de origen de sus padres, donde lo operaron y le dijeron que debía esperar cinco años para estar seguro de que el tumor no volvería.  En 1968 cuando se cumplieron los cinco años, decidieron casarse el 6 de julio de 1968. O sea el mismo año entramos en la vida seria. 

En 1970 nació mi hijo, Rodrigo Antonio, y en 1971, Alfonso el hijo de Doris siempre con un cariño y amor de hermanos, estuvimos muy unidos compartiendo fiestas de cumpleaños, cenas de navidad, paseos entre otros. En 1978 nació mi hija María Gabriela, que significó el último miembro de los nietos de Adrián y María, un año antes había nacido Paula, hija de Doris.

Fueron muchas veces que Alfonso y Paula fueron con nosotros,  a la finca de Tarrazú, de paseo o de temporada también. 

1982, año siniestro para la familia

En julio de1982, con motivo de las vacaciones de medio año, aprovechamos una invitación, a Doris y Pablo y a Mimi y a mí, de parte de  un compañero mío de trabajo, el licenciado Franklin Tiffer, cuya suegra tenía una casa en Puntarenas, y para allá nos fuimos. 

Pablo, Alfonso, Rodrigo Antonio y yo, iniciamos un partido de futbol en la piscina que se prolongó bastante tiempo, hasta que nos llamaron que nos saliéramos porque ya casi iba a estar el almuerzo listo. Preguntamos si había tiempo de ir un ratito al mar, y nos informaron que sí. Llegamos y nos metimos y pues hicimos las actividades normales, que se pueden hacer en compañía de niños en el mar. Pablo se sumergió un momento y luego observé,  que salió y se sentó en la playa. Rápidamente les dije a los hijos que nos saliéramos y fui adonde él se encontraba y le pregunté si le pasaba algo. Su respuesta: «Vieras que raro, al sumergirme sentí que me faltó el aire, casi me ahogo». 

Así comenzó lo que serían sus últimos meses en este mundo.

Vinieron, entonces exámenes de laboratorio, consultas médicas, radiografías, y como resultado los médicos decidieron operarlo, en el Hospital San Juan de Dios, el día 21 de octubre de 1982. 

Pedí permiso para no ir al trabajo ese día y poder acompañar a Doris. Mamá también estuvo con nosotros. Nos dijeron que se iba a atrasar un poco la operación por cuanto recién  habían llegado los documentos de los médicos que habían operado a Pablo años antes en Suiza, y el doctor quería estudiarlos antes de practicar la operación. Fuimos a la capilla a pedirle a Dios que nos acompañara en ese trance que se iba a iniciar en breve. Mamá tenía que ir a preparar el almuerzo de papá por lo que nos quedamos solos Doris y yo. 

Un tiempo después, una enfermera nos avisó que ya lo iban a pasar a la sala de operaciones, que si queríamos verlo lo esperáramos en un punto que nos indicó. Estando ahí, de pronto se abrieron las puertas y apareció Pablo en una camilla, con unas mangueras en la nariz conectadas a un tanque metálico, le dio una libreta a Doris, se dieron el último beso, en una forma incomoda por la obstrucción de las citadas mangueras,  y luego Pablo me vio y vi en aquellos ojos celestes el pánico que sentía, sólo pude decirle: «que te vaya bien», esos momentos los he llevado en mi memoria muy frescos y… ¡siempre me estrujan el corazón!  Sería el último momento que vi a Pablo con vida. 

La operación se extendió por más de seis horas, en las que rezamos, nos abrazamos, pero casi no hablamos. Era ya cerca de las siete de la noche, cuando salió el doctor y habló con Doris, quién imperturbable escuchó el pronóstico poco alentador, de lo que podía pasar en pocas horas.  Doris me llevó a mi casa y en el trayecto me dijo, que había muy pocas posibilidades, ya que al abrir encontraron que el tumor había invadido los pulmones. 

Comí algo, hablé con Mimi, y me fui a acostar muy cansado. Como a medianoche, sentí que me tocaban la pierna y me desperté, era Mimi que me dijo: «Pablo se murió», «Doris acaba de llamar avisando». Me levanté y me alisté y me fui a la casa de Doris. Tenía los ojos enrojecidos, pero delante mío,  no lloró, un fuerte abrazo y las preguntas, «¿sabés que hacer?», «ni idea», «esto debe tener un trámite legal «, «busquemos un abogado». «Yo tengo el número de Frank» dijo Doris y me lo dio para que yo llamara. Me contestó Yolanda, quién le pasó el teléfono a él y cuando le dije la razón de mi llamada se quedó en silencio unos momentos. Nos pusimos de acuerdo y quedamos que pasaríamos por él para las vueltas que se pudieran hacer. Manejé yo, Doris en el asiento del acompañante y Frank atrás.

Fuimos a la Funeraria Polini. Ellos entraron y yo me quedé afuera cuidando el carro, pero como tardaban, decidí entrar y Doris escogía el ataúd, y me dijo «que desagradable momento», «escoger todos los detalles del funeral». No recuerdo cuantas cosas más hicimos pero si recuerdo que fui a retirar la «constancia de defunción «al Hospital. 

¡El funeral fue en la mañana del 22 de octubre!  

Doris con una fortaleza envidiable, quedó viuda y sacó adelante a sus hijos, su matrimonio duró 14 años. Siempre me mantuve cerca de ella ayudándola en lo que yo pudiera, reparaciones en la casa, consejos, cambio de llantas desinfladas, en fin de todos los ejemplos que se puedan imaginar. 

En marzo de 1994, me dijo que si yo no la acompañaría a ir a traer a Paula que se encontraba en un intercambio en Chicago. Le respondí: «podríamos ir en tren», y… ¡picó el anzuelo! 

Llegamos a Miami un sábado, el vuelo, un poco atrasado y para peores, no había manga para nuestro avión, vi el reloj y eran la 1:45 y el avión detenido esperando el lugar para poder desembarcar. El tren salía de la estación a las 3 pm. A las 2:15 haciendo fila en migración. Eran las 2:30 cuando salimos del aeropuerto. Tomamos un taxi y Doris le dijo al chofer: «le doy $20 dólares extras si nos lleva antes de las tres a la estación del Ferrocarril» Dos minutos para las tres y estábamos entrando al parqueo de la estación. Sin tener idea, de que tren teníamos que tomar, llegamos en el momento en que el conductor hacía la señal para salir, pero Doris chifló y yo grité con lo que llamamos su atención y de inmediato detuvo la salida, mientras íbamos a la ventanilla a presentar los tiquetes  que se habían comprado en Costa Rica. Finalmente ya en el tren respiramos profundo. El tren iba a Nueva York, pero nosotros nos quedábamos en Washington, adonde llegamos el domingo alrededor de la una. Esta parte del trayecto fue muy agradable.  Un rato después de la salida de Miami, decidimos investigar el tren y comenzamos a pasar por todos los coches y encontramos un «coche soda», donde vendían, refrescos, emparedados, café, pasteles, ¡hasta sopa!,  en fin comida rápida, con un microondas a disposición de los clientes. Además el resto del coche tenía mesas individuales, para dos y para cuatro personas. Nos antojamos de una sopa de lentejas, y nos sentamos a ver el atardecer y a conversar… fue un rato mágico en que hablamos de todo,  hasta de un viaje en tren a Turrialba que habíamos hecho cuando éramos niños, con Tía.  

Llegamos a Washington, y descendimos del tren. Debíamos esperar la salida del que nos llevaría a Chicago que salía a las cuatro de la tarde. Recorrimos la estación, muy grande, con tiendas y toda clase de servicios para los pasajeros que viajan con diferentes destinos. Debido a la nieve, el tren se atrasó y salimos a las 6 de la tarde, viaje nocturno hasta que amaneció cuando íbamos por el estado de Indiana y pudimos ver la belleza de las fincas, todas con su casa, un silo y un galerón para el tractor. Estaban comenzando a alistar las tierras para la siembra. Llegamos a Chicago, como a las once de la mañana y teníamos tres días para conocer la ciudad y visitar desde el Edificio Sears hasta el Museo del Transporte. Uno de esos días nevó y pude ver, por primera vez,  ese fenómeno natural tan especial.  Luego nos encontramos con la familia con la que Paula había estado y regresamos en avión a Miami. 

En los últimos años del siglo veinte, y principios del veintiuno, Doris me siguió invitando a acompañarla y visitamos Nuevo México, en dos oportunidades, en una de ellas fuimos hasta Durango, en el estado de Colorado e hicimos un viaje en un tren turístico, con locomotoras de vapor, el Ferrocarril se llama Durango-Silverton, sólo que por ser invierno llegan hasta la mitad, se almuerza y se regresa. Una experiencia muy linda, porque además en ese viaje iban Paula y mi hija María Gabriela, que recién había obtenido el bachillerato.  En otra oportunidad fuimos a Phoenix, Arizona, y aprovechamos para ir al Cañón del Colorado, y la noche que pasamos ahí era luna llena, por lo que fuimos a verla salir y fue un espectáculo bellísimo. Luego fuimos a Las Vegas. En fin fue una época de viajes en que pude compartir mucho con Doris y tengo muchos recuerdos de esos viajes, lugares que visitamos y anécdotas que nos hicieron reír, y a veces estuvimos acongojados, pero al fin no pasó nada, solo susto. 

Y llegamos al 2012… ¡inicio del fin!

En el 2010, Doris cumplió 70 años y por reglamento debía pensionarse, por lo que así lo hizo.

Tiempo después, comenzó, con algunos síntomas que pensamos nosotros eran por la edad. 

Me llamaba dos o tres veces por semana para decirme que estaba muy preocupada, que no encontraba las llaves, o que le habían abierto el armarito de puertas con vidrio, o que no encontraba el celular, entre muchas otras excusas, con lo que después de conversar vía telefónica con ella, tenía que irme para su casa para ver «la gravedad» de lo sucedido. Muy pocas veces tenían fundamento, pero lograba aclarar el asunto y ella más tranquila estaba de acuerdo de que me podía regresar a mi casa.

Pero en el 2012, durante una visita de Alfonso, se hizo un contrato para una reparación general de la casa de ella, que incluía, cielo rasos, pisos de madera, techo y sistema eléctrico y tubería de agua, entre otras muchas que no recuerdo en este momento, que por su magnitud en algún momento Doris debía salir de la casa. Afortunadamente Adrián, sobrino y ahijado de ella, le ofreció hospedaje por el tiempo que durara dicha remodelación. 

Y ese fue el detonante que causó su enfermedad, casi a diario  me decía que no le iba a alcanzar el dinero para lograr ese arreglo, con lo que tuve que hacerme cargo de todo con el ingeniero contratista. Fui con Doris al Banco adonde me autorizó a firmar cheques, porque tenía un desorden con éstos, ya que la tensión que le ocasionaba no podía escribir cantidades o nombres y hasta fallos en la firma.  Además, Francisco Carreras que por años había sido el mecánico de los carros de ella y de Pablo, me llamó para decirme que Doris le había dicho un día que no sabía dónde estaba.   Entonces me vi obligado a decirle a ella, que no podía manejar más. Afortunadamente me hacía caso en todo lo que yo le decía, lo que me facilitaba mis cuidados para ella. 

Mientras ella estaba en casa de Adrián, me propuse conseguir alguna persona que se hiciera cargo del cuido los días sábado y domingo, para que la empleada de Doris saliera ese día dejándola, con compañía, lo cual finalmente se logró. También era necesario tener el dictamen de un médico especialista, el cual me recomendaron, hice averiguaciones y pedí cita con él. 

Lamentablemente me dijo que confirmaba que Doris estaba con Alzheimer, en sus inicios, pero que con el paso del tiempo iría empeorando y  podría ponerse hasta violenta. Y así sucedió, sin llegar a la violencia.

En el 2017, en una visita de Alfonso, su hijo, se acordó que mi sobrina,  María del Pilar,  se haría cargo del manejo de las cuentas de Doris, y él haría los pagos, por lo que mi participación terminó en esos aspectos.

A principios del 2020, estaba almorzando con Gabriela, mi hija,  que había venido en visita relámpago, cuando recibí una llamada de María, la muchacha encargada de Doris, asustadísima gritando me dijo que algo le había pasado a Doris, que estaba como muerta. Salí en carrera, y al llegar pedí una ambulancia privada, porque la que había pedido María, no aparecía. Alfonso ordenó que la llevaran al Calderón Guardia. Le había dado un derrame y estando en el Calderón, horas después de haber llegado y no recibir atención, le repitió y entonces si la atendieron. Quedó con problemas de caminar, y de hablar. Gracias a la intervención de Emilia Piñeres, un sacerdote le llevó la Unción de los Enfermos. Los últimos días fueron de gran presión, ya que no comía, y no se levantaba de su cama. Por medio del celular de María le hablamos al oído y pude despedirme de ella. ¡Hasta que, iniciando el día 25 de marzo, pasadas las doce de la noche, María me comunicó que había fallecido!

Han transcurrido dos meses desde aquél día, y aunque la Doris que conocí, comenzó a irse lentamente en el 2012, no he podido superar el profundo hueco que en mi sentimiento ha dejado su partida definitiva. Maltratado todavía más con la imposibilidad de darle un abrazo y beso de despedida en su lecho de muerte y de  asistir a su funeral por razón de la Pandemia…

Muy triste, por fortuna dos de mis hijos, los varones, me representaron en esa distanciada despedida. 

Espero que haya logrado dejar en claro, lo que Doris significó para mí: hermana, amiga, compañera, confidente, «maestrita» como le decía papá solo para citar algunas facetas de ella en mi vida. 

Olvidé citar que cuando ella cumplió 15 años yo iba a cumplir 11, no tenía dinero para comprarle un regalo, por lo que decidí hacerle unos versos. No creo que la Épica lo haya notado. Lo cierto es que con los años se me extraviaron pero si recuerdo que comenzaban así: 

«Mi única hermana, de Dios favores…» ¡vaya que tenían profecía esos versos!

¡Gracias Doris María por tu presencia en mi vida!

Pasó el tiempo y quizá los años, y un día le dije a mi papá que si él me llevaría a ver trenes “un día”.  Resultó que el sábado de esa semana me dijo:

–“Hoy en la tarde, después de almuerzo y después que haga la siesta te voy a llevar a ver trenes”.

Esas palabras fueron celestiales. Papá trabajaba los sábados, hasta las once y media en la librería Trejos y me dijo eso antes de salir de la casa en la mañana. Comprenderán que las horas se me hicieron años, esperando ese momento.

Salimos de la casa como a las dos de la tarde, en dirección al patio de trenes de la Northern. Al llegar, mi padre me llevó por una acera que corría paralela a la línea principal en su costado norte y que terminaba en unas escaleras de cemento que servían para alcanzar el nivel de la calle 23 que conduce a Barrio Escalante. Esa acera desapareció para dar cabida a una calle en tiempos más o menos recientes. Para una mejor ubicación es el sector sur de lo que fue la Aduana Principal. 

Entonces, en una posición privilegiada, papá se sentó en la parte alta de la tapia que quedaba casi a nivel de la última grada y yo, pues subía y bajaba las gradas en una especie de intranquilidad, esperando que algo ocurriera. Los carros cajón, unos de color rojo, otros plateados se encontraban en las espuelas que servían a Solera y Cía., edificio que estaba al frente de donde nos encontrábamos, y a la bodega de encomiendas del ferrocarril que se ubicaba en el sector en que hoy se encuentra la locomotora 59 y el busto de don Tomás Guardia. A espaldas de donde estaba mi papá había dos líneas que conducían al costado Este de la aduana y que se bifurcaban en varios apartaderos y espuelas que se encontraban llenos de carros cajón, y planos cargados con cantidad de autos, pick up, y hasta tractores. En el patio principal, había otros carros pero alineados en un solo apartadero. La única locomotora que se veía era la 10, que papá me dijo que era la “máquina de patio”, término que no entendí sino luego de mucho tiempo. La 10 estaba quieta como aguardando alguna actividad. 

Al rato de estar nosotros ahí, en la lejanía sonó un pito. Venía un tren, lejano aún, pero íbamos a tener acción. El corazón se me agitó y no podía estar quieto. ¡Qué emoción!. Poco a poco se fue acercando el sonido del pito conforme iba pasando por los cruces de calles, hasta que lentamente se acercó una locomotora “ñata”, la 43, me asustó porque tenía “cara” de mala, unas ventanas pequeñas al frente y una superficie plana, de color negro, como el resto de la locomotora, en donde aparecía el número 43 de linda forma y completamente blanco, pero por debajo se veían las llamas de la caldera, y el conjunto se me antojó de susto, las ventanas me parecían ojos y era casi como ver la cara del diablo.  Rápidamente busqué la proximidad de papá, quien me tranquilizó con algunas palabras y entonces pude ver pasar el tren a escasos metros de donde estábamos, un carro cajón de color plateado, cinco carros planos, cargados de tucas (madera proveniente de Limón para los aserraderos del Valle Central) y un cabús de color amarillo, un poco manchado por la humedad, era la conformación del tren; el cual lentamente entró en el patio y se detuvo en uno de los apartaderos. 

De inmediato, la 10 se puso en movimiento y voy a referirme a algo que no he mencionado y que era único.  Se sabe que la carretera que lleva a Guadalupe pasa por el costado Este del patio de ferrocarril. Pues en ese punto existió una caseta elevada en donde estaba el operario de los brazos de madera que bajaban cada vez que pasaba un tren o una locomotora. Para eso sonaba una campana de aviso y comenzaba a bajar dos brazos sobre la calle impidiendo el paso de vehículos, pero del otro extremo bajaban unos brazos pequeños para impedir que los peatones pasaran. Observar ese movimiento era una de mis atracciones favoritas.

Volvamos a la 10, que una vez puesta en movimiento llegó hasta un cambiavía que todavía existe, se detuvo y luego de que el brequero hizo el cambio, se dirigió al tren recién llegado. A la 43 ya la habían despegado y estaba entrando a un apartadero especial que servía de taller. (Hoy en día ese apartadero aún existe y es donde llegan los trenes de Heredia. Se reconoce porque tiene unos huecos adonde los mecánicos podían introducirse debajo de la locomotora para revisarla y arreglarla si fuera necesario). Separaron, el carro cajón, de los cargados con tucas y la 10 con el cabús y el carro cajón subió la cuesta al frente de donde nos encontrábamos y se metió por la línea que conducía a la Aduana y dejó en uno de los apartaderos el carro cajón plateado. En eso escuchamos otro pito en la lejanía, se acercaba otro tren. La 10 rápidamente se retiró de los alrededores de la Aduana y se dirigió con el cabús hasta el sitio donde estaba a la espera de trenes. El cabús lo dejó a un lado de los carros cargados con tucas.

Locomotora 42 “ñata”, una de las asustadoras !!!

Poco a poco se fue oyendo más próximo el nuevo tren que se anunciaba. Apareció otra locomotora “ñata” (así les decía yo, pero en realidad son locomotoras que no arrastran un tender o carbonera porque el combustible y el agua lo llevan en tanques junto a la caldera). Era la 40, igual de asustadora que la 43 por su diseño, pero ya con la experiencia vivida no me asusté tanto pero por si acaso me acerqué a papá otra vez. Pero la sorpresa es que venía otra ñata, la 42 unos cuatro carros atrás de la 40. Un lindo tren conformado por dos carros planos que traían dos vehículos nuevos cada uno. En uno de ellos había dos automóviles y en el otro dos pick up. Le seguían en su orden, dos carros tanques plateados con letras TEXACO en color negro, y un carro cajón de color rojo, luego la 42 y detrás de ésta dos carros cargados de tucas y al final un cabús amarillo, de madera.

Lentamente, pasó al frente de donde estábamos y lo fueron llevando hasta el apartadero junto a donde estaban los cuatro carros con tucas. 

Locomotora con tender, (donde va el número) es el tender (carbonera)

Nuevamente sonó un pito de otro tren. No hubo movimiento de la 10 ni de las recién llegadas. El nuevo tren se aproximaba con mayor rapidez y en eso apareció la 53 una locomotora con tender y el tren de pasajeros. Un carro cajón rojo, un carro correo y tres coches de pasajeros. Entró directamente en el patio y en la vía real o principal. Se detuvo y de inmediato se bajaron una buena cantidad de pasajeros. A continuación se movió la 10 y comenzó a acomodar todos los carros que habían traído esos trenes.

Papá me dijo 

–“¿Bueno, nos vamos? Entonces le dije: 

–“Esperemos uno más, nada más” No muy convencido me contestó: –“Bueno, pero solo uno más”. 

Locomotora tanque, sin tender, éste es sustituido por dos tanques a cada lado de la caldera que llevan el  agua y el combustible.

Satisfecho con haber conseguido un rato más, me dediqué a disfrutar del trabajo que hacía la 10, que fue acomodando todos esos carros. Los carros que venían con los automóviles fueron llevados hasta la aduana, por lo que otra vez tuve la oportunidad de ver el otro lado de la locomotora.  Me llamó la atención que al tren de pasajeros nada más le quitaron el carro cajón de color rojo. Intrigado por eso le pregunté a papá qué pasaba, que al pasajeros no lo movían. Él me dijo que ese tren salía a las 5 de la tarde para Alajuela y regresaba, hasta el día siguiente, a las 7 de la mañana.

Al rato suena un nuevo tren aproximándose, ya cerca veo la locomotora 51, que traía dos carros para ganado de color plateado, un carro plano vacío, un carro cajón de color rojo y al final un carro de pasajeros de color verde. Mi papá de inmediato me informa: 

–“Ese es el local”.

Años después entendería que era el tren local. Bueno ahora no tuve más remedio que aceptar cuando papá me dijo: 

–“¿Nos vamos?”. 

Interesante fotografía que nos permite observar de izquierda a derecha el cabús, carros cajón, carro salón, carros con tucas. Además ver un “apartadero” que es la línea paralela a la principal. El carro salón, está en la línea principal, el cabús y el de las tucas, en apartaderos, los cuales tienen dos cambiavías, en los extremos

Comenzamos a caminar para pasar por la vía de Guadalupe, y vi la 10 que se preparaba para acomodar los carros que había traído el “local”. El maquinista de la 10 me saludó cuando yo le levanté la mano para saludarlo a él. Realmente motivado y muy agradecido con papá por haberme llevado a pasar la tarde ahí, lancé un suspiro de aceptación y nos dirigimos a casa. Habíamos caminado unas 200 varas (como se decía antes, con el tiempo se convirtieron en metros sin que le agregaran ni un centímetro a las calles), cuando escuché el pito de una locomotora y le dije a papá. 

–“Ese debe ser el «pasajeros» a Alajuela”. 

El asintió. ¡Inolvidable tarde de sábado!

Debo agregar que esos sábados en la tarde se multiplicaron muchas veces mientras no tuve edad suficiente para andar solo por la calle, (en mi tiempo con unos ocho años de edad era posible andar por San José sin que hubiera ningún peligro).

Además con el correr de los años, llegué a dominar el sonido de todas las máquinas de vapor que llegaban a la estación del Atlántico, de modo que en el lugar que yo estuviera que se podía escuchar el pito del tren, yo sabía cuál locomotora estaba accionando su pito. La más fácil de identificar era la 55 porque tenía un sonido muy agudo. 

Años más tarde estando en casa de don Francisco Salgado, porque un grupo de amigos nos reuníamos ahí. Y en eso escuché la 57 y me dije: “llegó el pasajeros”. Al poco rato llegó don Francisco, que era maquinista, y le dije 

–“¿Ud traía la 57?, y un tanto desconcertado me dijo 

–“¿Y cómo sabe que era la 57? 

–“Por el pito”, le contesté. Él se sonrió.

El MAQUI

Fueron tan numerosas las veces que fui a “ver trenes” con papá, que el saludo al maquinista de la 10 se convirtió en una cosa tan común que yo lo sentía como un amigo. Además un día lo vi pasando al frente de mi casa y salí en carrera a saludarlo. Era otro momento importante para mí. Cada día que lo veía, le preguntaba de todo y lo comencé a llamar el “maqui” Un día le pregunté por su nombre y me contestó 

–“Federico Loaiza”. 

En otra oportunidad, se me ocurrió preguntarle cuál era la mejor máquina del ferrocarril y como no me contestó le seguí preguntando cada vez que lo veía, hasta que un día seguro cansado de oír esa misma pregunta me contestó: 

–“Sin duda es la 58”. 

La 58! . Mi máquina, la mejor, la más fuerte. “Mi máquina”

Hoy me imagino que él me dijo eso para que yo dejara de preguntarle, pero para mí fue una santa palabra, a partir de ese momento la locomotora preferida y de la cual hasta hoy soy fanático fue la 58, la más potente, la más linda, la mejor de todas, en fin ¡mi locomotora! 

Pasaron los años, y un sábado estando en el mismo lugar con papá, veo que la 10 sale del patio con cinco carros cajón, y se detiene igual que siempre casi al frente de donde estábamos; pensé “van a acomodar esos carros”. Pero no, “el maqui” detuvo la máquina y buscando a papá le dijo: 

–“Voy para Ambos Mares, a dejar estos carros, ¿Ud. me permitiría a Rodrigo para que vaya con nosotros? Vamos y volvemos”. 

Papá se volvió para donde estaba yo y me dijo:

–“¿Qué le parece?”

Lo único que dije fue 

–“diay” 

y pensé que el corazón se me había saltado por la boca junto con mí respuesta. Con una mezcla de emoción y miedo puse un pie en la escalinata de la 10 y entre papá y el maqui me ayudaron a subir. 

–“Paráte ahí” me dijo el maqui,

y me coloqué de manera que la puerta de la caldera me quedaba como de medio lado, había tantas cosas en aquella hermosa locomotora de vapor, que yo no sabía para dónde ver, si para afuera para ver la línea, o al maqui, o al ayudante, o a la puerta de la caldera, de donde se podía ver las llamas, o todos los relojes que marcaban diferentes cosas, o las válvulas, que me parecieron montones, o a la palanca que sostenía el maqui. Pude oír el pito de esa locomotora que casi nunca se oía por ser máquina de patio ya que al llegar a Ambos Mares (lugar en donde había un apartadero y donde se intercambiaban carros el Ferrocarril al Pacífico y la Northern), pitó para avisar a los que pudieran pasar rumbo a Barrio Escalante o hacia la pulpería La Luz, del inminente paso del tren.

En ese lugar estaba la 11 eléctrica del Pacífico, una máquina de patio también, con cuatro carros que debíamos llevar nosotros. Una vez hecho el cambio de carros, vi cuando la 11 llevaba rumbo al Pacífico, los carros que habíamos jalado con la 10. Nada más recuerdo, de esos mágicos momentos, que a los maquinistas de la 11 les hizo mucha gracia que yo anduviera en la 10 y me saludaron amablemente cuando pasaron a nuestro lado. 

Esta es la locomotora tanque número 10 y el maquinista que aparece en ella, es don Federico Loaiza, de quién tengo recuerdos especiales y cito en esta publicación. El me invitó a subirme en ella cuando yo tenía unos 6 años, quizá menos.

Regresamos adonde nos esperaba papá y el maqui volvió a detener el tren y me ayudaron a bajar. Bautizado con fuego de caldera de la 10, a los 6 años de edad, calculo ahora. Creo que jamás olvidaré los minutos transcurridos de ese magnífico sábado. Gracias a papá y al maqui, por demostrarme su cariño con ese viaje especial.

Creo que a partir de esa experiencia tuve la seguridad de que yo quería ser maquinista cuando fuera mayor. Así comenzó la ilusión que nunca se cumpliría, pero que siempre he disfrutado.

TIEMPOS DE ESCUELA

Mis aventuras ferrocarrileras tenían su mayor importancia en la Northern, por las razones ya apuntadas. Pero no hay que olvidar que vivía a las 50 varas (luego metros) de la línea del Pacífico que unía los ferrocarriles, por lo que ese punto era mi entretenimiento entre semana. La 11 era la que pasaba con mayor regularidad por ahí, que en ocasiones no podía con la pendiente que había del patio del Pacífico a Ambos Mares. Por lo anterior era frecuente verla hacer varios intentos fallidos y al no poder subir, cortaban el tren y dejaban parte del mismo en la avenida 2 entre calles 17 y 19. Hoy día esto provocaría una congestión vial de locos. La máquina llevaba la mitad de los carros hasta Ambos Mares y regresaba por el resto. En otras ocasiones, previendo el problema, enviaban máquinas de las grandes como la 1 o la 8 que no tenían problema para llevar cualquier carga.

Con mucha frecuencia cuando oía venir el tren, corría hasta la esquina y buscaba algún clavo para ponerlo en la vía y tener según yo, una linda “espada”, una vez que el tren pasaba. También ponía tapas de botellas de cerveza o refrescos, que aparecían tiradas por ahí. O sea una entretención derivada del paso del tren.

Estuve en la Escuela Juan Rudín en primer grado, la cual estaba ubicada 100 metros al Oeste del Colegio de Señoritas sobre la avenida 6 calle 1, y era el único del barrio que iba a esa escuela, entonces para el segundo grado me pasaron a la Buenaventura Corrales para que me fuera con los primos Fernández Baudrit y Trejos Fonseca, que vivían, a la par y al frente de mi casa, respectivamente. 

Ejemplo de un patio de ferrocarril. Existe un límite de patio dentro del cual se puede mover la locomotora de “patio” sin necesidad de órdenes del despacho.  Se conoce con ese nombre a la locomotora que está designada para acomodar, armar y/o mover los trenes que llegan o parten del patio.

Aparte de la compañía, la Buenaventura tenía una ventaja ferroviaria, y es que en ese tiempo, el parque España casi no tenía árboles y desde cualquier ventana de la escuela en su costado Este, era posible ver con claridad el “puente negro” que está en la línea que lleva a Heredia y Alajuela, además que el límite de patio(se conoce con este término, una área de protección en la cual los trenes que llegan deben estar atentos y bajar su velocidad porque puede ser que la locomotora de patio esté haciendo maniobras ) estaba un poco pasado de este puente hacia Heredia. 

Apenas ingresábamos al aula, y después de que la maestra nos revisara las uñas, las manos, los zapatos y el uniforme, teníamos que mantenernos de pie a la par del pupitre a esperar que todos estuviéramos en nuestro lugar y que ella entrara. Solo entonces, nos podíamos sentar, luego que ella saludaba con un “buenos días”. En ese momento, que serían las 6,58 o 6,59, quizá las 7.01, el pito del tren de pasajeros que venía de Alajuela me obligaba a volver a ver el puente para observar pasar el tren y sobre todo el detalle más importante: cuál locomotora venía con el tren. Además durante la mañana con cierta frecuencia pasaba la 10 en sus labores de acomodo del patio. Y a lo mejor, algún tren extra de carga con destino a cualquier lugar situado por donde pasaba esa vía.

Indudablemente era linda mi escuela.

Estando en cuarto o quinto grado, no puedo precisar exactamente el año, mi compañero José Francisco Carreras Rodríguez, con quien tenía y mantengo una excelente amistad, un día me dijo: 

–“Que dice mamá que si te gustaría ir a almorzar a mi casa el miércoles, que necesita saber si tu mamá te deja ir a casa.” 

Le dije que preguntaría para ver si me dejarían. Al día siguiente le contesté a Carreras, 

–“Sí me dejaron, decile a tu mamá que sí voy a ir”. 

Con los estatutos en regla, entonces venía el intercambio de amigos, le dije además 

–“Eso sí, yo voy a tu casa pero con la condición que nos vayamos caminando por la línea del tren”.

Así lo hicimos y a la salida caminamos hasta San Pedro de Montes de Oca, adonde vivía Carreras. Claro, al llegar doña Mary estaba toda asustada y brava por la tardanza, pero fue una aventura inolvidable.

Para la gente de mi época, ir a Puntarenas en tren era una peregrinación natural, encantadora, necesaria, o llámela como quiera pero era ineludible ir hasta la playa a pasar vacaciones y muchísima gente de todas las clases sociales lo hacía.

En mi caso, no fue la excepción. Un año, que no puedo asegurar cuál, pero creo que debe haber sido 1951 porque yo tendría unos 7 años, papá nos dijo que nos iba a llevar a conocer el mar a mi hermana Doris y a mí, que junto con mamá nos íbamos a ir un sábado y regresábamos el domingo porque él, tenía que trabajar sin falta, el lunes. Para mí lo más emocionante era el viaje en tren, claro ni me imaginaba cómo era el mar.

Así, un sábado, fuimos en “carro de alquiler” (no había taxis en ese tiempo) hasta la estación del Pacífico para tomar el tren que salía de San José a las 9:15 a.m. Primera vez que llegaba a esa estación. No sabía hacia dónde volver a ver, pero lo primero que me llamó la atención fueron las locomotoras a escala que estaban en una urna. Una eléctrica y la otra de vapor. Embelesado con ellas haciendo fila para entrar al tren. Papá había hecho la fila para comprar los tiquetes y nos llamó para que nos montáramos. El gentío era fenomenal, 15 coches de pasajeros nos esperaban para ubicarnos en alguno de ellos. Rápidamente nos sentamos en un asiento para cuatro dos de frente y dos de espaldas al movimiento del tren. Por más que me asomaba no podía ver el número de la locomotora que nos llevaría. La 11 permanecía en un apartadero cerca de la entrada Oeste del patio. La reconocí por su particular apariencia, no porque viera su número. Numerosos carros de carga se encontraban acomodados en los distintos apartaderos, entre los que había de todo, tanques, planos, cajón, cabuses, ganaderos, etc., Algo que me llamó la atención fue que la rueda del breque de los carros cajón estaba abajo y no arriba como los de la Northern, por lo que le pregunté a papá la razón de ello. Él me explicó que era por razones de seguridad, porque los brequeros podrían ser golpeados con una descarga eléctrica si se subían a los techos como en el otro ferrocarril. A las 9:15 en punto, sonó una campana y el tren comenzó a moverse.  El corazón me brincaba, quería ver para todo lugar y llevármelo en la mente. El tac, tac de las ruedas de hierro pronto se convirtieron en un tac tac tac tac, y fueron aumentando en velocidad poniéndole un ritmo muy agradable. Llegamos a La Sabana y se veían varios aviones cerca del edificio, y una avioneta se preparaba a despegar. De inmediato entramos a un sector de cafetales a ambos lados de la vía, y por fin pude ver el número de la máquina que nos llevaba, era la 4. De pronto habíamos llegado a la estación de Pavas, donde hicimos la primera parada. Seguimos y el paso por los dos puentes que encierran a la planta de Electriona, le pusieron una emoción especial: 

–“uyyy que alto”, 

–“yo no puedo ver”

–“mira que montón de piedras mamá” 

y una gran cantidad de comentarios cada vez que pasamos por esos inolvidables puentes. Luego el panorama cambió a siembras de caña de azúcar y luego de pasar un puente más pequeño y no tan alto, llegamos a San Antonio de Belén. Otra parada, en donde se bajaron varias personas que iban para el balneario de Ojo de Agua. Seguimos y pasamos por San Rafael de Alajuela, y Ojo de Agua (la estación), en donde en un apartadero estaba la locomotora 6 con un tren extra de carga, dejándonos la vía libre para pasar. Seguimos entre fincas con potreros o áreas sembradas de frijol, maíz, arroz y hasta maní. En los potreros se veían vacas, terneros y algunos caballos. Cerca de las casas, infaltables, las gallinas cuidando pollitos, y gallos de colores vistosos. En algunas era posible ver cerdos de diferente edad. Llegamos a otro puente de regular tamaño y alguien dijo que era el puente sobre el rio Ciruelas. Casi de inmediato llegamos a una estación especial de forma triangular y una vía que partía desde dos puntos de la línea a Puntarenas hacia Alajuela, según me explicó papá. Era la estación de Ciruelas. De ahí en adelante la topografía cambió un poco, se veían montes de diferente forma y altura, y la vía, inició un descenso para llegar a Turrúcares, donde estaba esperándonos la locomotora 1 con otro tren de carga.

Continuamos bajando un poco más hasta llegar a Cebadilla, en donde vimos un motocar con dos carritos unidos por unas piezas de metal, sobre estos carros había gran cantidad de herramientas como palas, picos, barras, clavos de vía, y algunos durmientes nuevos. Después de Cebadilla sigue la vía bajando y da una curva muy larga y después de otra curva, en sentido contrario desembocaba directamente en el más impresionante de los puentes de ferrocarril, el puente sobre el Rio Grande. ¡Qué sorpresa y qué cantidad de gritos y comentarios!. Aunque este puente es más alto y más largo que los de Electriona, es menos impresionante porque tiene unas piezas de metal anchas a los lados que le dan al viajante un poco de tranquilidad. En cambio en los citados de los ríos Torres y Virilla, el puente permanece bajo el tren sin ninguna pieza que ayude a observar el puente, por lo que el agua del río se ve en forma directa desde la ventana en donde uno está ubicado.

Una curva más y llegamos a la estación de Río Grande, que sirve a la población de Atenas. Aquí se subieron varias señoras con canastos repletos de comidas, gallos de pollo, empanadas, huevos duros, alborotos, melcochas y gran cantidad de frutas, como mangos, mandarinas y naranjas. Por ahí apareció un señor vendiendo pericos. Comimos un gallo de pollo y un huevo duro. ¡Deliciosos! Nuevamente accionó el pito el maquinista y lentamente nos pusimos de nuevo en marcha. Algunas estaciones pequeñas, pero con su nombre bien puesto, nos permitieron ver por dónde íbamos transitando. Balsa, Tornos, Mangos, y llegamos a Escobal, en donde nos esperaba la máquina 9 con tren de carga compuesto por unos carros de volteo cargados con piedra, y un cabús amarillo, posiblemente para arreglar la vía cerca de Cebadilla en donde vimos el motocar de reparación de vías. Seguimos y llegamos a Quebradas, donde estaba la máquina 3 con un tren de pasajeros. Seguimos, y la línea continuaba bajando y con una curva a la derecha entramos en una especie de cañón rodeado de montes y llegamos a la estación de Concepción. Aquí nos encontramos con otro tren de pasajeros que era tirado por la máquina 5, llevaba como el nuestro 15 coches de pasajeros. Fue interesante ver a las vendedoras que se habían montado en el tren en Río Grande, bajarse y subirse al otro tren. Igual se pasaron al nuestro otros vendedores que venían en ese tren y ofrecían marañones en caja, caimitos, y mango verde entre otros.

Seguimos el viaje y pudimos ver el tren de la máquina 5 donde iba subiendo al frente de nosotros, un recuerdo especial fue ese momento. Al pasar por la estación de Dantas, que tiene un tajo de donde se extrae la piedra para la vía, vimos un tractor que estaba acumulando material para cargarlo en carros de volteo, que estaban en una espuela cerca de donde estaba el tractor.

El tren no se detuvo y seguimos el viaje, la siguiente parada fue Hacienda Vieja, en donde se bajaron algunos pasajeros y subieron otros. Lentamente partimos y pasamos por la estación de Marichal, para finalmente llegar a Orotina. El calor se hizo sentir y papá nos consiguió unos refrescos de zarza. Ahí el movimiento de la gente fue notorio, se bajaba y subía del tren mucha gente, y estuvimos detenidos un tiempo mayor que en las otras estaciones.

Al fin reanudamos viaje, la estación de Mastate quedó atrás e hicimos una pequeña parada en Coyolar. La siguiente parada fue en Cascajal, luego de pasar las estaciones de Pozón, Muñoz, Ceiba e Hidalgo sin detenernos. En Cascajal se bajaron algunos de los vendedores y continuamos.

Llegamos a Jesús María, pasando antes por Kilómetro 81 y Uvita, en donde no hubo paradas. Partiendo nomás de la estación entramos en el puente largo pero de poca altura sobre el río Jesús María. Y muy cercano, al final de una curva, entramos al túnel de Cambalache, que se hizo largo y oscuro por la gritería de la gente y el llanto de algún niño. Al salir de ese túnel llegamos a la estación de Salinas, donde una apreciable cantidad de pasajeros bajó del tren, que con sus maletas en mano no podían ocultar que iban a pasar unos días de vacaciones. Saliendo de Salinas, vimos por primera vez el mar. ¡Qué belleza! Queda uno embelesado ante ese espectáculo que se ve por primera vez. No hay palabras para describir ese momento…fantástico. Pasamos Figueroa sin detenernos y llegamos a Mata de Limón donde bajaron la mayoría de las personas que, indudablemente iban a pasar ahí unos magníficos días de verano. Seguimos y otra magnifica vista del mar pero casi a nivel de donde estábamos. El tren se movía a velocidad y llegamos a la siguiente estación que era Caldera, y el calor le hizo gala al nombre. Después de esta parada, el tren inició en un trecho corto, la subida por una escarpada cuesta, la montaña, hasta llegar a una planicie cuya primera estación fue Cabezas, luego Pan de Azúcar, y luego Gregg. En esta planicie y entre cada estación el tren iba muy rápido, después de Gregg, comenzamos un suave descenso y pudimos ver nuevamente el mar, y el puente majestuoso del río Barranca, para finalmente llegar a la estación de ese nombre. Gran cantidad de carros cajón y planos se veían en el patio de la estación, que contaba con varios apartaderos así como edificios que parecían bodegas. Ya eran pasadas las 11 de la mañana y el calor se hacía sentir con fuerza. Entre Barranca y Puntarenas el tren paró para que se bajara mucha gente en las distintas estaciones: Santa Rosa, La Rioja, El Roble, San Isidro, Carrizal, Chacarita, Cocal y finalmente, llegamos a Puntarenas con el tren con menos pasajeros.

Nos bajamos del tren y a caminar a buscar hospedaje. Fue difícil encontrar un lugar donde pasar la noche, pero después de varios intentos conseguimos habitación en la Pensión Castalia. A ponernos el vestido de baño. Doris y yo tuvimos que esperar un poco por mamá y papá que tardaron un tanto mientras se cambiaban y decidían como nos íbamos a acomodar en el cuarto.

De ahí a comer algo porque ya iban a ser la 1 de la tarde. Y luego no podíamos entrar al mar hasta que pasaran dos horas para hacer la digestión.

Bueno, este viaje lo llevo muy cerca del corazón por muchas razones, pues fue el primer viaje largo en tren, la primera vez que anduve en el ferrocarril eléctrico, la primera vez que vi el mar, y la primera y última vez que me di una ardida que me enseñó que tenía que usar protección para los rayos del sol durante el resto de mi vida. 

MI TIA MARÍA

Entre las cosas maravillosas que me han pasado en la vida es haber tenido a una tía tan especial como la hermana de papá que en vida se llamó María del Pilar Fernández Aguilar. Cuando por cosas de la vida papá tuvo problemas económicos, ella no dudó en hacer un apartamento en el fondo de la casa para ella vivir ahí y cederle a nuestra familia su casa y de esa manera poder nosotros vivir, sin presiones de ninguna especie.

Yo llegué a esa casa como lo indiqué anteriormente a los cuatro años y desde ese momento tuve dos madres, la madre biológica amorosa y cariñosa que fue mi madre, y la postiza, que velaba por nosotros en cuanta cosa ella pudiera intervenir. Si estábamos enfermos, pues ella nos preparaba gelatina o sopa especial o algún dulce. Nos invitaba a acompañarla cuando debía salir de la casa a visitar a alguien o a hacer alguna compra. Con solo decir Tía, ya todos entendíamos de quien se estaba hablando. Las demás tías, cuando nos referíamos a ellas debíamos agregarle tía tal para aclarar de cual hablábamos.

¿Pero por qué hablo de ella en un escrito de trenes?  Bueno, por la simple razón que era una aficionada del tren. Desde su infancia y juventud se tuvo que movilizar en tren si quería ir de su casa en Guayabos de Curridabat, al colegio de Sión en San José donde asistía como alumna regular. O si debía acompañar a mí abuela a Cartago a visitar a sus hermanos, lo hacía en tren. 

María del Pilar al centro con Carmen y Anita (?) Aguilar León,
esperando el tren. Niño Alfonso o Adrián

Ella contaba que cuando su cuñado Juan Trejos Quirós, llegaba a “marcar”, con su hermana Emilia, a la casa de la familia que estaba situada de lo que hoy se llama la “casa de Figueres”, hacia el Norte, se pasa la línea del tren,(que precisamente a la derecha estaba la estación “Curridabat”), se sigue subiendo, se hace una vuelta a la derecha, casi al final de la cuesta a la izquierda antes de la curva a la izquierda, adonde hoy hay unas lujosas casas, ahí estaba la casa de mis abuelos, en una extensa finca de café. Pues bien, don Juan al llegar la hora de despedida, tenía que estar pendiente del pito de la locomotora, porque al sonar, él tenía que bajar ese trecho en carrera y llegar a tiempo a la estación para tomar el tren, y mi tía María gozaba cuando contaba que su futuro cuñado, se sostenía con una mano el sombrero y que la parte de atrás del saco se le levantaba por la carrera.

Pues bien, ya viviendo en calle 19 en San José, un día me dice ella: 

––“Rodrigo, ¿no me acompañaría mañana a Cartago a visitar unas primas que tengo allá? Pienso que quizá al no ver una cara muy segura, de inmediato agregó: 

–“nos iríamos en tren y volveríamos en camión de pasajeros” De inmediato le contesté que sí.

Llegamos a la estación poco antes de las 8 de la mañana que era la hora de partida del tren. Cuatro carros de pasajeros y el carro correo formaban el tren pero aún no habían pegado la locomotora. Rápidamente pasamos por la boletería y un señor uniformado marcó los tiquetes, uno blanco de adulto y uno rosado para menores. Pasamos y mi tía escogió un asiento con ventana del lado derecho del tren y me explicó: 

–“De este lado la vista es más bonita”. 

No habíamos terminado de sentarnos cuando por la línea de la par pasó la locomotora y la pusieron al frente del tren. Un suave golpe nos indicó que ya estaba enganchada la máquina.

De pronto, el señor que nos había perforado el tiquete, se movió hacia una campana color bronce, brillante, que se hallaba en uno de los postes que sostenían el techo, la hizo sonar jalando un mecate que colgaba de ella. El “gong” de la campana hizo que de inmediato el maquinista tocara un corto pitazo de la máquina y los chorros de vapor comenzaron a salir a ambos lados de la locomotora, cuyo número aún no había podido ver. Lentamente fuimos saliendo y nuevos pitazos alertaron al de las barras de seguridad de la calle de Guadalupe que ya íbamos a pasar.  Poco a poco fue tomando velocidad y pronto estábamos pasando por Ambos Mares. Claro, la fuente de información de las estaciones que íbamos pasando era la Tía. Ella iba diciendo “ya vamos a pasar por:” Así pude saber de la espuela del beneficio Dent, San Pedro, Fuentes, Curridabat, Sánchez, en donde a poco pasar por ahí, gracias a una curva amplia hacia la derecha y un puente, con los cimientos de piedra, pude ver el número de la locomotora, era la 53.  Seguimos y pasamos por Herrán que ofrece al viajante una hermosa estampa con un lago artificial, patos y cisnes, macollas de caña de bambú en sus orillas y al fondo una casa muy bonita, todo con cantidad de flores de distintas especies; en fin un cuadro bellísimo. Al poco rato, la primera parada: Tres Ríos. Aquí se subió una señora con un canasto y nos ofreció, una vez que el tren reinició su marcha, unas golosinas que mi Tía llamó “maíz crudo”, y compró una bolsita y me ofreció. Así pude probar esa delicia originaria y típica de Cartago. También en este sector un señor con un uniforme con saco y un quepis especial con una placa sobre la visera, que decía: “Conductor”, entró al carro en que viajamos y comenzó a pedir los tiquetes y con una maquinita especial los perforaba.

La subida se hizo más pesada, y se notó un esfuerzo mayor de la locomotora, bajó velocidad el tren, pero no importó porque el panorama de las fincas cafetaleras de Tres Ríos lo obligaba a uno a ver para todas partes y apreciar los montes y laderas que rodean este lindo lugar, junto con los puentes que permiten el paso del tren por encima de donde bajan límpidas aguas. El ascenso aunque despacioso, fue constante y pronto llegamos a un bosque de ciprés, y, se veía hacia abajo, una estructura de cemento y piedra con un águila que semeja el símbolo nazi de ingrata memoria en esos años recientes de la posguerra. Mi Tía no supo explicarme con claridad de qué se trataba eso, pero si se veía bonito. Era como un jardín especial. Casi de inmediato entre los árboles se apreciaban los camiones y carros que se movían por la carretera que comunicaba San José con Cartago, de pronto un puente sin barandas, y en curva ofrecía una espectacular vista sobre los montes y la carretera citada. ¡Qué impresionante momento! Seguimos la marcha y pronto se sintió un aire más fresco, y pareció que habíamos alcanzado el punto más alto de la subida, porque el tren comenzó a moverse más rápidamente. El ambiente cambió totalmente y aparecieron potreros con vacas y en uno de los potreros observé una imagen religiosa y le pregunté a Tía de que se trataba y ella me contestó que era una imagen de Cristo Rey.

Carro correo de la Northern

Llegamos a un lugar adonde hay un apartadero y una tornamesa para dar vuelta a las locomotoras. Ochomogo, según me informó mi tía, 

–“el alto de Ochomogo”, 

y el tren comenzó un descenso bastante empinado, con varias curvas que culminaban en una recta y llegamos a un puente que está sobre el río Reventado. Al poco rato entramos a la ciudad de Cartago, y llegamos a la estación, en donde había una considerable cantidad de pasajeros esperando el tren. Nos bajamos y terminó el viaje a Cartago, en tren. Luego de hacer las visitas en tres casas diferentes fuimos al garaje de donde salen las “station wagon” para San José, y regresamos.

En otra oportunidad, mi hermana Doris y yo le propusimos a mi tía que por qué no íbamos a conocer Turrialba. Pero que fuéramos en tren, agregué yo. Por supuesto, ya sabíamos que no necesitábamos rogar mucho. Se señaló fecha y llegada ésta pues al tren se ha dicho.

De nuevo, la salida fue a las 8 en el tren cuyo destino final era Limón. Luego de comprar los tiquetes, y que el señor de uniforme los tomara y los marcara. Nos montamos, en el momento en que iban a enganchar la locomotora y en esta oportunidad, era la 51. ¡Cómo me gustaba ese color negro de las máquinas, y el blanco, de los elegantes números! Tras el sonido de la campana de la estación, y el pito corto del maquinista, alertando al personal del tren, éste comenzó a moverse, lentamente pero al ratito ya tomamos velocidad, otra vez a disfrutar todo lo que se nos ponía a la vista, incluyendo las estaciones que íbamos controlando cuidadosamente.

En la estación de Tres Ríos estaba otro tren esperando que nosotros pasáramos para continuar viaje hacia San José. La locomotora era la 54 y llevaba cuatro carros tanques plateados con la leyenda; TEXACO en letras negras y un cabús amarillo. Al llegar a Cartago, gran cantidad de pasajeros tomaron el tren. En broma le dije a tía: 

–“Solo faltó de montarse su primo Lalo” 

(Don Eladio Aguilar, era un primo muy estimado por mi tía y una de las visitas que habíamos hecho en la anterior oportunidad.) Y ahora sí, todo era nuevo de aquí en adelante, ¡qué emoción! En una espuela al otro lado de la estación estaban dos carros cajón: uno rojo de madera y otro plateado de metal. Nuevamente pito corto del maquinista, y nos comenzamos a mover. Pasamos el mercado, lleno de productos frescos que se veían deliciosos. Una recta larga y casi al final al comenzar una curva a la derecha, apareció ante nuestra vista la Basílica de la Virgen de los Ángeles. Seguimos y al ratito pasamos por una estación que decía: “El Radio” y se apreciaba una torre alta y delgada a un lado de la estación. Pero el tren no se detuvo, adonde sí lo hizo fue en la siguiente estación: 

–“Paraíso” según comunicó en voz alta el conductor. 

Se bajaron algunos pasajeros y otros se montaron, nuevamente en movimiento y casi de inmediato de la partida, la carretera que conduce a Turrialba pasa por debajo de la línea del tren. Un poco más allá, un puente impresionante, sin barandas, que pasa sobre el río Páez. Se observaba una vista muy bonita sobre el valle de Orosi, las plantaciones de café y caña de azúcar determinaban el panorama. Pasamos las estaciones de El Yas y Santiago, que servían a pueblos muy típicos de agricultores de la provincia de Cartago.

Una vez que pasamos Santiago llegamos a uno de los puentes más espectaculares de la vía, el puente sobre el río Birrís. Un puente en forma de prisma cuadrangular, al que se llega por medio de una curva que desemboca en el inicio del puente que tiene una longitud de 167 pies, y se halla a gran altura sobre el río. ¡Impresionante!.

De pronto se abrió ante nuestros ojos una espectacular vista sobre el río Reventazón que se luce en el fondo de un gran cañón, y al otro lado del río se observa una plantación de caña de azúcar en lo que parecen unas terrazas de pendiente suave en dirección al río y terminan en un corte casi perpendicular que acaban en una planicie al lado del río. Ahí se observa en su base unas instalaciones que me parecieron la casa de máquinas de una planta hidroeléctrica. Arboles gigantescos se sostienen de alguna manera en el borde del acantilado al lado de la línea del ferrocarril por donde pasamos y le dan una vista increíble a esa maravillosa y espectacular panorámica. 

El tren hace una curva cerrada a la izquierda y entramos en un cañón en cuyo vértice se encuentra la estación de Quebrada Honda, una vista espectacular. Seguimos adelante y luego de un pequeño trecho llegamos a la estación de Juan Viñas.  Ahí nuestro tren entró en el apartadero porque a los pocos minutos, en sentido opuesto, llegó el tren de pasajeros conocido como: “el pachuco” que se mantuvo en la vía principal, la locomotora 57 llevaba este tren que se componía de cinco coches de pasajeros y el último que era el carro salón, que se caracterizaba por tener un balcón completo en la parte de atrás.

Cantidad de pasajeros subiendo o bajando del tren, en un verdadero tumulto en donde había vendedores de golosinas y comidas de diverso tipo. Unos minutos más tarde, la 57 hizo sonar su pito y “el pachuco” reinició su marcha y el nuestro también en sentido opuesto.

Seguimos adelante y pasamos por una estación llamada “La Gloria” en donde hicimos una breve parada. Luego de un rato de viaje otra parada en la estación de Tucurrique, con una linda vista sobre el cañón del río. Ésta fue la última parada para llegar a Turrialba, pero antes, pasando por las estaciones de Chiz, Las Pavas y Florencia. 

La llegada a Turrialba es espectacular. La línea del tren hace una bajada desde un cerro alto situado al Oeste de la ciudad, lo que nos permitió verla en todo su esplendor. El tanque de agua para las locomotoras nos indicó que llegábamos al patio de la estación. La locomotora 40, otra de las “ñatas”, esperaba pacientemente nuestra llegada, con un tren de carga cuyo destino final era San José. Nos bajamos del tren y nos dirigimos al parque a almorzar, porque mi Tía había llevado un almuerzo frío, el cual consumimos a la sombra de unos bellísimos árboles, Qué rico me supo el huevo duro con tortilla y el emparedado de carne con lechuga y tomate. ¡Qué inolvidable viaje! 

En otra oportunidad me dice Tía: 

–“Rodrigo, Virginia me invitó a ir a pasar unos días a la finca, porque ellos van a pasar unos días allá. ¿A usted le gustaría ir conmigo? “

(Virginia era su sobrina Virginia Trejos Fernández, casada con Enrique Macaya Lahmann y la finca estaba situada en San Joaquín de Flores).  No dudé en contestar que sí. Pues a alistar maletas. Pero lo mejor de todo fue cuando me dijo que nos íbamos en el tren de las 5 de la tarde.

Llegamos a la estación como a las 4:45 p.m. y Tía se dirigió a la boletería a comprar los tiquetes. Nuevamente el señor de la puerta perforó los mismos y le ofreció subirle la valija al tren. Cuatro coches y el carro correo esperaban por nosotros. Pude observar cuando pegaron la locomotora al tren. Era la número 50. Me encantaba ver esas locomotoras de vapor, con su penacho de humo y sus sonidos especiales que le parecían decir a uno que aquella mole de metal tenía vida. Su negro color con el marco de las ventanas de la cabina, de color rojo y su número con unos trazos especiales, de color blanco en ambos lados, y en la parte posterior del tender, que para mí  la hacían lucir bellísima.

Carro correo del F.E.al P.

Al ser las 5 de la tarde sonó el esperado campanazo de la estación indicando que era hora de partida, casi de inmediato se oyó el pitazo corto de la locomotora y comenzamos a movernos. ¡Qué emoción! Iba a conocer otra parte del ferrocarril, que para mí era una novedad. Pude observar al conductor haciendo la señal de partida al maquinista y los chorros de vapor de los pistones me indicaron que le habían ordenado a la locomotora que se moviera más rápido. Pasamos el puente plateado que está en el costado Oeste del patio, y que se aprecia desde el parque Nacional, por unos instantes vi el edificio de mi escuela y pasamos por el puente negro que está sobre la avenida 5, y a cuyo lado está la entrada a la Fábrica de Hielo. El pito continuado de la locomotora sonó en cada paso de calle. Yo iba embelesado escuchando el sonido del tren, pero sobre todo de la locomotora a la cual no le perdía el ojo en cada curva favorable desde la ventana en la que iba. Pronto pasamos la carretera que lleva a Tibás. Y al ratito comenzamos a bajar por un lado del río Virilla y Tía me dijo: 

–“Ya vamos a llegar al puente del Virilla” 

y como por encanto se apareció el puente que impresiona por su tamaño y por la altura sobre el río a la que pasa. Yo conocía la historia de la tragedia que ocurrió en 1926 en ese puente, porque en el álbum de fotos que dejó mi tío Paco, están unas fotos y mi Tía me lo había explicado todo. Una vez pasado el puente, se sintió que la máquina tiraba del tren con más fuerza para vencer la pendiente y llegar a Santa Rosa de Santo Domingo.

Ahí hubo una parada y algunas personas descendieron del tren y otras subieron. Continuamos el viaje. El tren se movía entre cafetales, y no hubo sonido del pito sino hasta que llegamos al cruce con la carretera que lleva de San José a Heredia. Una amplia curva y luego una subida y llegamos a la estación que sirve a esta cabecera de provincia. Mucha gente bajó y algunos subieron. El pito indicó la reanudación del viaje y luego de unos minutos otra parada en la estación de San Francisco, unos se bajaron pero lo mejor es que le pusieron agua a la locomotora aprovechando el tanque que está en ese punto. Continuamos y el sol se ponía, dejando un cielo multicolor bellísimo. Un rato después el conductor pasó informando que llegábamos a San Joaquín. Virginia estaba esperándonos. El tren se detiene en la calle a un costado de la iglesia de San Joaquín. 

Aparte del viaje inolvidable en tren, quiero agregar que los días en esa finca fueron especiales. Con los primos, Ana Victoria, Gabriel y Emilia María, pasé unos agradabilísimos ratos. Esa finca tenía una piscina, una casa agradable, amplia, de paredes elevadas, estaba cultivada con árboles frutales, principalmente naranjas y mandarinas. Pero quiero destacar a don Jaime, el mandador de la finca, excelente persona de la que guardo imborrables recuerdos, pero lo traigo a colación por lo siguiente: resulta que don Jaime era algo mayor y poseía una dentadura postiza que con gran facilidad, sin usar sus manos con la lengua la sacaba de su boca pero sin que se le cayera.  Al día siguiente de haber llegado, lo conocí, estaba cerca de la piscina y me recibió amablemente con un saludo y de inmediato sacó su dentadura y yo salí en carrera buscando a mi tía o a cualquiera otra persona. ¡El susto fue mayúsculo! En esos años ni siquiera sabía de la existencia de las chapas.

Muchos años después, estando yo ya casado y padre de mi primer hijo, hice el último viaje en tren con Tía. Ya no estaban las máquinas de vapor. Por esos años salíamos a almorzar a potreros, o ríos, o volcanes, con papá, mamá, tía, mi hermana Doris y su esposo Pablo, Francisco mi hermano y su esposa María Elena, que por el tiempo que hablo ya tenía sus tres hijas. Resultó que un día oímos hablar del restaurante Turrialtico, (no es necesario aclarar que era en Turrialba sobre la carretera Rústica a Limón) y decidimos ir a ese lugar. Entonces yo propuse que fuéramos en tren, pero por comodidad para los adultos mayores otros dijeron que mejor fuéramos en automóvil. Finalmente Tía dijo que ella iría en tren conmigo, y mis sobrinas Ana Elena y María del Pilar, se apuntaron también con nosotros. Y para allá nos fuimos saliendo en el tantas veces mencionado tren de las 8, solo que en esta oportunidad yo llevaba una cámara para tomar lo que en ese tiempo se llamaba cine súper 8, y quedó grabado parte del viaje. Como ya he descrito el viaje a Turrialba, no lo voy a detallar. Nada más quiero destacar que la Tía disfrutó mucho este su último viaje en tren y además indicar que me sentí muy bien por el apoyo de la nueva generación (mis queridas sobrinas). Fue un viaje especial. 

Gracias Tía por todo ese cariño especial que me diste.

En mis tiempos de preadolescencia y adolescencia, era costumbre, que un cuerpo en vías de desarrollo permitiera que uno pudiera realizar sin mucha dificultad, tareas de adulto. De ahí que buscara la posibilidad de ganar algún dinero durante la época de vacaciones escolares; en labores de pintura, mandados, hacer los portales navideños a quienes no podían dedicarle tiempo a eso (en lo cual fui un experto, con varias clientas fijas para que les pusiera el portal); o algún trabajo de temporada en el comercio. En todas participé. Recuerdo haberle pintado a Tía la cocina de su apartamento, la casa a tío Edwin; haberle hecho varias veces el portal a Maruja García, a Lela, (una tía de mamá), y a doña Viria Carrillo, entre otras. Mi primer trabajo remunerado en comercio, lo recibí de parte de Aurelia Trejos, quién tenía un bazar en su casa, y ella me dijo que necesitaba a alguien que le ayudara a acomodar cosas y a atender las clientes que llegaran.

Lamentablemente Adelaida, una prima muy querida, hija de Aurelia, falleció a raíz de la peste de la polio en marzo de 1954, y ella decidió terminar con el bazar, ante el trágico suceso.

Para diciembre del año,1954, no tenía adonde ir a trabajar para ganarme unos colones. Mis primos Trejos y Chamberlain, acostumbraban a trabajar en la librería de su abuelo, pero papá, que trabajaba también ahí no quería que yo fuera porque no quería que dijeran que un hijo de él estaba de vago y no daba rendimiento adecuado.

Y como no tenía donde trabajar, decidí ir a hablar con Agustín Trejos, gerente de la librería, y le expliqué el problema con papá, y le dije que si no tenía algún trabajo que yo pudiera realizar sin tener que atender al público para evitar su malestar. Me respondió positivamente ya que en el segundo piso podría doblar papel celofán, marcar mercadería y otros. Yo, feliz, comencé a trabajar ese diciembre con 10 años de edad. ¿Pero cuál es la relación con los trenes?

Resulta que en un estante detrás de donde trabajaba, había doce cajas con trenes eléctricos semejantes a los Marklin, que distribuían la Tienda Carlos Luis y las librerías Lehmann y Universal. Pero estos eran marca Trix Express, también alemanes. 

Le pregunté a Agustín sobre ellos y me contestó: 

–“Se trajeron el año pasado pero no se vendió ninguno… son una pega” añadió.

Yo los había estado observando y me fijé que eran 6 cajas con un tren de pasajeros y 6 con un tren de carga, todos con locomotora sin tender de tipo vapor.

Pasados unos días le propuse a Agustín que por qué no me dejaba hacer una pequeña maqueta para exhibirlos y que se publicara un anuncio en el periódico para ver si se vendían. Se rió y me dijo: 

–“Si querés armáte uno y voy a ver si lo anunciamos”. 

Ya autorizado, con unas cajas hice un túnel y monté una sencilla maqueta sobre una tabla puesta en una vieja vitrina que estaba abandonada en el segundo piso.

Yo me había preparado concienzudamente acerca de las ventajas del Trix sobre el Marklin y comenzaron a llegar los clientes. Nunca olvidaré el primer tren que vendí. Llegó un señor y me dijo: 

–“No voy a comprar ningún tren, pero un hijo me tiene loco con que quiere uno, vengo solo a verlos ¿son Marklin?” 

Y ahí, me aparecieron habilidades desconocidas sobre mi capacidad de convencimiento. Le puse a funcionar el de la maqueta y luego de un rato el señor dijo:

–“Bueno, me lo llevo”. 

¡Nunca me había sonado más bonito el idioma español! Le dije que debíamos ir abajo para envolverle la caja y bajé orgulloso como nunca porque en la segunda planta funcionaba la administración y todos estaban pendientes de ese primer cliente.

Sólo me queda agregar que vendí las doce cajas “que eran una pega” y como en febrero del año siguiente Agustín me llamó para decirme que si podía ayudarle para ver qué otras cosas podían pedirse, para el nuevo año. Así comenzaron a llegar cajas más variadas, locomotoras, líneas, cambiavías, equis, carros sueltos de pasajeros y carga, bombillos para repuesto y las señales para parar o iniciar la marcha de los trenes automáticamente, y repuestos para los motores.

Un día, para las vacaciones de medio año del año 1955, me llamó Agustín para decirme que habían llevado una locomotora de las que había vendido en diciembre, porque no funcionaba. Que si yo podía verla porque no había nadie que supiera como hacerlo. 

–“Pero yo tampoco” respondí.

–“Bueno”, me contestó, “pero alguien tiene que hacerlo, así que, ve vos, a ver que podés hacerle”. 

Me senté en un pequeño escritorio y estuve viendo por fuera la locomotora y pensé 

–“Para armar algo, tiene que haber un punto último que se usó para ensamblar todas las piezas”. ”Hay que buscar cuál es ese punto”. 

Y me di cuenta que en la chimenea de la máquina había un tornillo disimulado y me dije: 

–“este debe ser” 

Así que comencé por aflojarlo pensando en que si no podía, lo volvía a poner todo en su lugar y me declaraba incapaz de arreglarlo. Al sacar el tornillo, la carcasa de la locomotora salió fácilmente, y pude conocer cómo era el motor y la parte interna de éste. Observé que tenía mucho aceite, por lo que se me ocurrió sacar un segundo tornillo que sostenía una pieza de baquelita con dos piezas que luego supe que eran los “carbones” del motor. Los saqué y le limpié todo el aceite que pude, y en el engranaje vi enrollado un pelo. Me encontré un tercer tornillo, debajo del motor, al quitarlo, se separó del engranaje y pude agarrar el pelo y retirarlo cuidadosamente. Terminé de limpiar todas las trazas de aceite y procedí a armar las piezas nuevamente según las había quitado. Al poner finalmente el tornillo en la chimenea, suspiré y me dije 

–“Ojalá funcione, porque si no, no sé qué será” 

Lo probé y funcionó. ¡Qué alegría! 

Pero todavía faltaba encarar al propietario y explicarle cuál había sido el problema. Así que le informé que si se le trababa el tren otra vez, no le pusiera aceite porque podía dañar el motor y que lo mejor sería traerlo a la librería para darle el mantenimiento adecuado.

Así transcurrieron los años en los cuales siempre estuve trabajando en la librería mientras pasé por el colegio y la universidad. La última vez que llegué a instalar el “tren de la ventana” fue siendo funcionario del Servicio Meteorológico, ya que lo instalé un sábado y como éste quedaba al frente del llamado “Castillo Azul”, hoy Asamblea Legislativa, bajaba luego de la salida del trabajo hasta la librería que estaba situada al “pie de cuesta de Moras” para saber si había alguna locomotora para arreglar, ya que me había convertido en todo un “experto”.

Luego de muchos años de pedirle a papá que me llevara a Limón, ya que yo quería conocer el mar Caribe, y más del país y del ferrocarril, encontrando siempre evasivas y negativas, el 19 de Julio de 1958, como regalo para mis 14 años, papá consiguió la manera que fuéramos él y yo solos. Nos montamos en el Pachuco y a las 12:20 pm, iniciamos el ansiado viaje a Limón. Las locomotoras ya eran de diesel y nos llevaron la 38 y la 39. Claro, lo que más ansiaba era llegar a Turrialba, porque de ahí en adelante era lo desconocido. Las dos horas y resto se me hicieron más largas de la cuenta.

Cuando llegamos a la campiña azucarera como le decían a Turrialba, y ver toda la actividad de trenes que había en el patio, en donde habían otros dos trenes extras con destino a San José, recuerdo a la 44 y 45 que llevaban siete carros cajón, tres rojos y cuatro plateados y un cabús amarillo. Estaban también la 34 y 37 con un tren de carros planos que llevaban unos automóviles, jeeps y pickup, y dos carros ganaderos. 

El viaje continuó y pasamos por Aquiares, Azul, Piedras de Fuego, y comenzó el tren a descender hasta encontrar la margen izquierda del río Reventazón, en la estación de Torito. ¡Qué panorama más inolvidable! ¡Y todo lo que faltaba por ver! De ahí a Peralta, otra estación importante, con un patio bastante grande con varios apartaderos en el que había una cantidad de carros cajón, planos, con tucas unos y otros vacíos, carros tanques, ganaderos, cabuces, y una locomotora(la 42), que estaba acomodando los carros en el patio. Después de una pequeña parada, reiniciamos viaje y luego de un trayecto corto llegamos a un túnel, pasado éste, vimos una estación llamada Tunnel Camp que tenía un apartadero, pero vacío. Casi de inmediato entramos a otro túnel, ¡qué emoción! Dos túneles en tan corto trecho. Seguimos adelante y quiero señalar que siempre después de Peralta, llevábamos el río Reventazón a nuestra derecha, con lo cual uno iba observando la naturaleza y la belleza de este río. Pasamos las estaciones de Casorla, Pascua, Las Lomas, y Florida sin detenernos. Recuerdo que poco antes de llegar a la estación de Las Lomas pude observar, a la izquierda, la entrada de un túnel abandonado. Según parece lo habían construido y era el más largo pero un derrumbe justo en la entrada Este, lo sacó de operación y construyeron la vía por fuera. 

Llegamos a un sector en que la montaña del lado izquierdo del tren y el río en la parte derecha dejaban un pequeño espacio para que el tren pasara por ahí. En este punto el río parecía enfrentar directamente la base del talud que sostenía la vía. Papá me dijo en ese momento: 

–“ya llegamos al Codo del Diablo”. 

Me sonó siniestro el nombre y la forma como me lo dijo. Luego me explicó lo que había sucedido en ese lugar en 1948. En un corto trayecto más adelante, apareció a nuestra vista un puente muy grande y luego de una curva a la derecha, entramos en el majestuoso puente sobre el Reventazón. Y llegamos a la estación de La Junta, en donde nos esperaba la locomotora 35 en un apartadero con otro tren de pasajeros, que papá me indicó que era el tren que iba para Guápiles. Gran cantidad de gente se bajó de nuestro tren y se montó en el otro. Al cabo de unos minutos reanudamos viaje y luego de un corto trayecto llegamos a un patio enorme con gran cantidad de trenes y carros de todo tipo, a la derecha del tren se veía un taller con algunas locomotoras en reparación, pero no me fue posible ver cuáles eran. 

Habíamos llegado a Siquirres, la estación más importante de la vía a Limón. Gran cantidad de personas bajaron del tren y otros que estaban en el andén de la estación se subieron. ¡Realmente impresionado de aquel lugar! Salimos de Siquirres y pasamos un puente a la salida del patio, y un poco más adelante otro puente impresionante, sobre un río llamado el Pacuare, con aguas turbulentas de un color azul verdoso, muy bonito. A la salida del puente la linea hace una curva a la izquierda y luego otra a la derecha y se continúa en tramos más rectilíneos pasando por Pacuarito, Monte Verde, Cimarrones, Rio Hondo, Madre de Dios, Waldeck, Bataan, Matina y Estrada.

En esta última estación el tren se detuvo unos momentos, la misma está como en una “Y griega” porque le llega una línea por la derecha y nuestro tren tomó otra a la izquierda, papá le preguntó al conductor de dónde venía esa otra línea y nos explicó que era lo que se conocía como la línea de Zent, (de la Northern) y que nosotros tomaríamos la línea de Saborío del ferrocarril de Costa Rica y que ambas líneas se vuelven a unir en lo que se conoce como Empalme Moín, cerca de Limón. Nos movimos nuevamente y el tren toma una velocidad notoria y en una línea prácticamente recta, pasamos por una estación, a la derecha, que da el nombre a la línea Saborío, que es una finca grande.

Al final de la recta, hay una curva a la derecha, y se inicia otra recta que corre a lo largo de la costa, por lo que es posible ver, a la izquierda, una agradable vista del mar Caribe, realmente impresionante .Pasamos por Empalme Moín Un puente más sobre el río Moín y finalmente llegamos a Limón. ¡Qué patio más grande!, qué cantidad de carros cajón, planos, tanques, etc. Dos máquinas de patio la 5 y la 2. Llegamos a la estación y nos bajamos. Pasamos por el costado del parque Vargas, y buscamos dónde hospedarnos esa noche. Conseguimos campo en el Hotel Costa Rica. Dejamos las cosas y nos fuimos a conocer el parque, el muelle, el tajamar y hasta pasamos por fuera del hospital para conocerlo. También pasamos a la orilla del taller del ferrocarril, en donde se veían algunas máquinas de vapor como la 57. Comimos en un restaurante chino y fuimos un rato al muelle a ver el movimiento de descarga de unos barcos y a la gente pescando sentada en el muelle. ¡Qué bellos recuerdos!

Luego de un día tan importante nos fuimos a dormir porque al día siguiente regresábamos. 

Luego del desayuno, regresamos en el tren que partió de Limón a las 8 de la mañana. Llegamos a San José a las 4 de la tarde. Un viaje espectacular e inolvidable.

Tendría yo unos 14 años cuando mi hermano mayor, José Francisco, a quién le encantaba la cacería, me dijo: 

–“¿No te gustaría ir conmigo a Guápiles, este fin de año?”, 

–“sí, claro”, le respondí, pero de seguido agregué 

–“quién sabe para qué papá y mamá me dejen ir”. 

No supe de qué manera consiguió el permiso, lo cierto es que me dejaron ir. Y entre temeroso y feliz recogí en un costal un poco de ropa y un par de zapatos extras y estuve listo para partir el 26 de diciembre. Toda una aventura que nunca olvidaré. 

Salimos puntualmente de la estación a las 12:20 p.m. en el tren llamado el Pachuco. Dos locomotoras, la 46 y 47, tiraban del tren; cuatro coches de pasajeros y el carro salón era la composición del tren. Yo por supuesto iba embelesado observando todo lo que se me ponía al frente de mis ojos. Como ya he narrado en varias oportunidades el viaje, me limitaré a decir que alrededor de las cuatro de la tarde, estábamos cruzando el puente sobre el río Reventazón y al otro lado en la estación de La Junta estaba un tren de pasajeros con la locomotora 35 adelante. 

–“Ahí está el tren” me dijo mi hermano, 

–“tenemos que transbordar, coja sus cosas y prepárese para correr a coger campo, porque ese tren siempre va repleto”. 

Y no fue cuento, entre empujones, madrazos, y quejidos, conseguimos un lugar y estuvimos un rato a la espera de la partida. El Pachuco siguió su marcha hacia Limón y nosotros comenzamos a movernos, pasando otra vez el puente del Reventazón y luego de que el brequero hiciera el cambio, dejamos la vía principal y entramos en la llamada “Línea Vieja” una recta que parecía interminable nos llevó por una moderada pendiente y pronto nos detuvimos en una estación llamada Cairo. Esta fue la primera de una cantidad de paradas que incluyeron las estaciones de La Francia, Herediana, Germania, Williamsburg, y en cada una de ellas, el tren se detuvo, algunos bajaron, otros subieron, se veía que descargaban cajas de cerveza, sacos de azúcar, muebles, y un sinfín de cosas pues, para estos pueblos, la única vía de comunicación era el ferrocarril. Las siguientes estaciones fueron Destierro, cuyo nombre me dejó impactado, Pocora, Las Mercedes, Las Delicias, Empalme Parismina y a las 5 de la tarde pasadas habíamos parado en 10 oportunidades y un tramo recorrido de sólo ¡¡¡10 millas!!! Y seguimos, una parada más, pero no pude encontrar el rótulo con su nombre, pero se veía pequeño. Luego llegamos a Guácimo con una bifurcación de vías que según me dijo mi hermano la que tomaba a la derecha era el ramal de Roxana y es como una recta; y a la izquierda, que fue hacia donde tomó el tren la que iba para Guápiles, y aún faltaban otras estaciones y otras paradas: La Selva, que para mí ese nombre sobraba, era entendible viendo todo aquel verdor por todo lado, luego Angelina, Jiménez, Colonia, Diamantes, y ya eran pasadas las 6 de la tarde, y había obscurecido. Una débil claridad artificial, nos señalaba que pronto llegaríamos a Guápiles pero faltaba una última estación: La Emilia, a la que llegamos finalmente a las 6:20 p.m. Pero mi hermano me dijo: 

–“No te movás” porque tenemos que seguir. 

Resulta que el tren prácticamente vacío lo llevaban hasta Toro Amarillo donde existe un sistema de cambiavías que permite darle vuelta al tren, y esa era la última parada en la cual nos bajamos. Recorrimos unas 22 millas en unas dos horas y media e hicimos 20 paradas incluida la última. ¡Todo un record!

Pero es justo reconocer que observando lo aislado de las poblaciones y lo difícil de las comunicaciones, el tren jugaba un papel muy importante en la vida de todas esas personas que vivían en una zona muy hermosa y rica, luchando con el ambiente que parecía ahogarlos. Uno veía en el camino las casas a la orilla del tren, pero también calles de piedra o de tierra que desembocaban en los distintos pueblos y que llevaban a otras localidades que no estaban a la orilla de la vía del ferrocarril. ¿Qué sería de ellos sin el servicio del tren?

Bueno, no contaré detalles de la cacería porque realmente siempre fui muy mal cazador, por lo que la fauna de esa localidad podía invitarme a ir con todo gasto pago, sabiendo que el daño iba a ser mínimo.

Generalmente las idas a Toro Amarillo eran o a fin de año o en Semana Santa por los días feriados. Siempre regresábamos el 30 o 31 de diciembre para estar con la familia y recibir el nuevo año.