La razón, de escribir sobre la Virgen María, nace en una propuesta que ha hecho mi hija María del Rocío, para que cada uno de los miembros de la familia, durante este mes de mayo, justifiquemos cual advocación es nuestra preferida.
Así las cosas quiero referirme primero a mi devoción por Ella antes de señalar, cuál advocación es mi preferida.
Desde muy joven, diría que de niño he tratado de mantenerme cercano a la Madre de Dios. El recuerdo más antiguo lo tengo antes de entrar a la escuela cuando con cierta frecuencia Tía me invitaba a acompañarla a rezar el rosario. Luego, en la Escuela Buenaventura Corrales (1952-1956) nos solicitaban llevarle flores a la Imagen de la Virgen que estaba al final del corredor de entrada. Como no había dinero para comprar flores, yo me pasaba esperando que los rosales del jardín de casa dieran algunos botones ya fueran rosados o blancos que eran los que había, pero el que me gustaba más era el lirio rosado, que florecía en mayo, pero que a veces se atrasaba y me costaba cumplir con la ofrenda a la Virgen. Frecuentemente recuerdo el cuidado que tenía que tener, de camino a la escuela, para no pegar el lirio en alguna parte y se fuera a dañar, pero me sentía muy orgulloso cuando la gente me preguntaba que para quién llevaba esa flor: «para la virgen de la escuela», expresaba en alta voz.
Así las cosas, siempre estuve ligado a dos advocaciones, la de la Virgen de los Ángeles, por ser la Patrona de Costa Rica y la tradición de, si ibas a Cartago, había que pasar a saludarla. Y la otra que es a la que quiero citar como preferida es la de la Virgen del Carmen, debido a que llevo su nombre por una situación que siempre me impresionó.
Antes de llegar, yo, a este mundo, el grupo familiar estaba completo, papá y mamá tenían dos varones y una mujer. Pero se dieron circunstancias especiales y mamá quedó embarazada y la mayor diferencia de edad es precisamente entre Doris y yo. Siempre he creído que ante lo inesperado del embarazo, mamá pensaba que «bueno, puede ser una mujer para acompañar a Doris» y cuando la partera le dijo que el nacimiento sería cercano al 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, ya tuvo el nombre para la nueva integrante de la familia, y le pidió a Lucía, su concuña, que dado que el producto del embarazo era tan grande que ella tenía miedo de morirse en el parto. Y le pidió que si eso ocurría ella se encargara de la «chiquita Carmen», ya que Lucía tenía sólo un varón, después de quince años sin familia. Afortunadamente no murió mamá pero, los planes fallaron, nací varón, y ella agradecida con la Virgen pues optó por:
¡Rodrigo del Carmen!
Pues bien, así las cosas les cuento de la Virgen del Carmen.
La historia de Nuestra Señora del Carmen tiene dos momentos cruciales, una en la época del Antiguo Testamento y el establecimiento del Monte Carmelo como lugar de veneración a la Virgen, cuando se le presentó al profeta Elías, en forma de nube. Esto se vio como símbolo de que Ella inunda la tierra. El otro momento se sucede en el siglo XIII, cuando María le entregó su escapulario a San Simón Stock, con lo cual marca el inicio de la veneración, por la Orden Carmelita, de Nuestra Señora del Carmen.
El detalle de lo que le sucedió a Elías se encuentra en el Libro 1 de los Reyes, capítulo 17 y, del 18, versículos 41-46. En síntesis después de años sin lluvia, le mandó a decir Elías a Ajab «come y bebe ahora porque ya siento ruido de lluvia que cae» Él sube al monte Carmelo, con su muchacho y le manda mirar hacia el mar. Éste fue a mirar y dijo: «no veo nada» Elías lo manda a ver hasta siete veces. A la séptima vez, el muchacho dijo «veo una nube pequeña, como la palma de la mano que sube del mar». Entonces Elías lo mandó a decir a Ajab: «prepara tu carro y baja para que no te detenga la lluvia» Empezó a soplar el viento y las nubes oscurecieron el cielo, hasta que cayó una gran lluvia.
Con los años se ha interpretado, que aquella nubecita posada en el Monte Carmelo simbolizaba a la Virgen María: «a partir del siglo XVI, vieron en esa nubecilla en figura o tipos bíblicos a la Virgen Inmaculada, mediadora universal. La Iglesia así lo ha aceptado en su liturgia» Es por eso que los hermanos que predicaban en el monte luego de la Muerte de Jesús, serán llamados Hermanos de Santa María del Monte Carmelo. La Orden Carmelita venera a San Elías como su primer fundador y patriarca. Es el santo que intercede por nosotros ante la peste y las sequías. Su fiesta se celebra el 20 de julio.
El segundo momento crucial ocurre en 1251, cuando San Simón Stock (Stock era un apodo porque era un ermitaño inglés que vivía en un tronco. Stock significa árbol en inglés.) Él había llegado a ser el Pior general de la Orden, que era la máxima autoridad en la Orden del Carmelo. En ese tiempo se sucedían problemas que afectaban a todos en la Orden. En la noche del 15 al 16 de julio de 1251, San Simón Stock se sentía agobiado y en peligro por todo lo que estaba sucediendo con su orden, luego de rezar su oración acostumbrada, le pidió por favor a la Virgen que le diera una muestra de que sus oraciones eran escuchadas, de que ellas no eran en vano, él necesitaba una muestra de su protección, y eso fue lo que le imploró aquélla noche. Fue así como el ambiente se llenó de un misticismo, una brisa suave atravesaba su celda hasta que, se le apareció la Bienaventurada Virgen acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el escapulario de la Orden, diciendo estas palabras «Recibe hijo mío, el hábito de tu orden, privilegio sagrado para ti y para todos los religiosos del Carmen, prenda de mi amor materno, pacto de paz y eterna alianza. He aquí un signo de salvación y salvaguarda en los peligros. El que muera revestido de este hábito no padecerá el fuego eterno».
Ella estaba vestida con hábito marrón y capa blanca, el mismo hábito que desde aquellos días de julio adoptó la Orden del Carmen en su honor. En una de sus manos sostenía al niño Jesús y en la otra llevaba el Santo Escapulario, símbolo de su amor eterno. Le entregó un retazo de tela color pardo que tenía la abertura para pasar la cabeza y pendía delante del pecho y también por detrás de la espalda. La Virgen agregó: «esta es una señal de predestinación y alianza de paz y pacto sempiterno». Luego se elevó nuevamente, la Santísima Virgen al cielo, envuelta en una nube de célicos resplandores dejando en manos del Santo, el Santo Escapulario.
Es una de las advocaciones más populares y Patrona de los marineros.
Concepción de la Unión, Costa Rica a los 4 días del mes de mayo del 2020
5 de Agosto del 2017.
Fiesta de primos en AMPO
Voy a tratar de contestar esta pregunta de varias formas. Primero tendría que señalar algo que es obvio, como es el lazo familiar. Segundo tengo que indicar la calle 19 entre avenidas 2 y 6. Tercero, la época que nos ha correspondido vivir.
Así planteado el asunto, quiero referirme al lazo familiar, señalando a mi abuelo Ceferino Fernández Alvarado y a mi abuela Manuela Aguilar Fernández, como los promotores de esta reunión. Ellos trajeron al mundo a cinco hijos, de los cuales está en primer término, la abuela, bisabuela y tatarabuela y a la larga, me quedo corto en señalar algo más: Emilia, de la cual descienden la mayoría de ustedes. José Francisco, que creo que ninguno de los presentes conoció por su muerte prematura. María del Pilar, la Tía, con mayúscula, a quién nadie puede olvidar. Alfonso, cuyo matrimonio con Lucía Baudrit hizo más unido el vínculo familiar con buena parte de los presentes. Y finalmente Adrián, mi papá y de mis otros tres hermanos que se hayan hoy aquí.
Llego entonces al segundo punto, calle 19 entre avenidas 2 y 6. Lugar de encuentro para los primos en nuestra niñez y juventud. Casa de Papa Juan y Nana; a la par casa de José Joaquín y los Trejos Fonseca; al frente casa de Alfonso y los Fernández Baudrit. Y a la par la casa de Tía, donde vivíamos los Fernández Herrera, junto con ella. Ese núcleo familiar nos permitió relacionarnos de una manera tan fuerte que hoy estamos aquí para dar fe de eso. Los Baudrit Trejos, los Chamberlain Trejos y los Macaya Trejos, aunque vivían en otros sitios llegaban con frecuencia a visitar a los abuelos y a la Tía con mayúscula.
Sería de no acabar contar todos los episodios que vivimos en esa época dorada, pero los invito a recordar las Semanas Santas con los fariseos jugando naipe en la mesa del apartamento de Tía los viernes Santos. O las Navidades, en donde el intercambio de regalos, era inevitable y muy esperado, junto con los tamales, las ensaladas, manzanas, uvas y peras las cuales, hoy se encuentran, éstas tres últimas, por doquier pero que en ese entonces sólo se podían comer en esa época y casi que sólo en esa ocasión. Los cumpleaños de cada primo en cada casa, incluyendo los que no vivían ahí, porque íbamos adonde Fabio y Aurelia, o adonde Hugo y Eugenia, o adonde Enrique y Virginia para celebrarle a todos los primos y pasar un rato agradable con todos.
Finalmente, como tercera causa, la época que nos correspondió vivir, era una época de vida sencilla, crecimos recién terminada la Segunda Guerra mundial y fuimos influidos en nuestros juegos por ese episodio difícil en la vida de la humanidad. Jugábamos… en la calle, casi sin automóviles: bate, rayuela, de guerra, en fin cosas simples pero que nos hacían vivir con alegría y crecer sanamente.

Pero… quiero agregar algo de mis primos hermanos que ya hoy no están con nosotros. Citaré unos pocos recuerdos de cada uno como homenaje a los buenos momentos que nos hicieron vivir.
En orden de edad, comenzaré por Aurelia, necesitaría como una enciclopedia para hablar de esta inolvidable prima. Les diré que fue mi primera patrona, pues fui empleado de la tienda que ella tenía en su casa, y me salvó, de tener dinero, en la época de vacaciones. Pero. ¿Cómo no citar a Fabio, quien junto con ella nos dio la oportunidad de vivir la época de Pizote, que muchos recordamos como una referencia en nuestras vidas? Las tortillas de Emilia, Vidal, los tuzos, las fogatas, las visitas de los decanos, las guerras de terrones, sólo para citar algunas cosas imborrables, que las vivimos gracias a ellos. Agradecimiento eterno.
Y de Eugenia, mujer trabajadora al máximo, siempre sonriente que me regaló la primera flor de santa Lucía que recibí en mi vida, diciéndome: “Santa Lucía en Enero, todo el año dinero”. Y Hugo, con quién tuve la oportunidad de ir a muchos sitios en la “machincha” y de quién aprendí mucho con su ejemplo y trato amable. ¡Imposible olvidarlos!
José Joaquín y Clarita, ¡cuántos recuerdos!, entrar a la casa y oír el concierto número 5 de Beethoven, era lo más corriente, o ver la olla de jocotes cocinándose, o la berenjena, que en ese tiempo sólo adonde ellos la veía porque Abel, el verdulero ambulante se las llevaba. Un día estábamos jugando con las bolas de vidrio, al frente de la casa de ellos, y salió Jose de la casa y nos dijo: “móntense, en el carro que los voy a llevar a conocer algo nuevo”. El carro era el Chevrolet 47 de Papa Juan, y tomamos rumbo a San Pedro, pero en la intersección de Sabanilla, cruzamos como para ir hacia ahí, pero más adelante nos metimos por una callecilla de tierra que recuerdo que estaba llena de charcos, porque había llovido, y llegamos al frente de adonde está hoy en día la facultad de Agronomía de la UCR. Nos pidió que nos bajáramos y una vez a la orilla de la cerca, nos dijo: “aquí se va a construir la Ciudad Universitaria”.
Las fiestas de cumpleaños en casa de los Trejos, recuerdo las melcochas de Amelita y las piñatas que eran una tinaja de barro y tenía uno que estar muy despierto para que no le cayeran pedazos en la cabeza. Lindos e inolvidables recuerdos con ellos.
Enrique y Virginia, otro montón de recuerdos de donde entresaco las idas a temporar Enrique, Gabriel y yo, a Coronado o a Birri. En un jeep al que Enrique le daba cigüeña imaginaria, en el frente de la palanca de marchas, fingiendo que no subía una cuesta. Él nos preparaba la comida y al final abría una lata de melocotones. Recuerdo un cumpleaños que se vistió de mago y nos hizo una representación de magia, de lo más simpática. El atuendo era un turbante y la bata de levantarse, cerraba el atuendo. ¡Inolvidable! Con frecuencia Virginia me invitaba a almorzar con lo que yo me iba con Gabriel de la escuela Buenaventura a la casa. Muy ceremonioso el almuerzo que iniciaba con una oración de gracias. Las jugadas de escondido en aquel caserón eran de antología.
Agustín y Maruja, eran del barrio en esa época, ya que vivían en la casa de Papa Juan y Nana. El primer recuerdo que tengo de Tin, fue el día que regresó de la revolución. Me acuerdo que llegó con uniforme militar y un vendaje en uno de sus brazos, ya que lo habían herido en un combate. Muchos años después y cuando Aurelia había quitado la tienda, me dio trabajo en el segundo piso de la Librería, porque papá no quería que le dijeran que un hijo suyo “estaba perdiendo el tiempo en vez de atender a los clientes”. Entonces entre marcar mercadería y doblar papel celofán vi unas cajas con trenes que, a decir de Tin, no se habían vendido, que eran una pega. Con el permiso de él monté una pequeña maqueta y ahí comenzó una larga trayectoria, con la venta de trenes, en la librería. Tendría yo unos 13 años y terminé cuando ya era profesional y casado, trabajando en el Servicio Meteorológico. Recuerdo haber montado la última maqueta de la ventana una tarde una vez que salí del trabajo. Pero con Maruja hay toda otra historia. Un día en diciembre, siendo yo un chiquillo me dijo que si yo no le pondría el portal, con lo cual ya tenía varias clientas que me pagaban algo, por ese trabajo. Un poco más adelante, fui cobrador oficial de sus trabajos culinarios, me llevaba en el carro Corvair en las tardes e íbamos a diferentes barrios, Escalante, Yoses, Otoya o Amón, entre otros. Ella me daba el recibo y yo iba a tocar la puerta de la casa y esperar a que me pagaran. Gracias a ambos por tanta oportunidad.
Y llegamos a Cristina, que por su carácter un poco aislado, no puedo aportar mucho, solo que la estimé como a sus hermanas y hermanos. Recuerdo que los primos jugábamos con frecuencia, de pasar una bola por un enrejado que había sobre el portón de la casa de Papa Juan y ahí pasábamos tardes enteras tratando de ver quién podía pasar la bola a través del enrejado más veces. Pues un día, cayó la bola y yo le di una patada con tan mala suerte que se fue directo a una lámpara que había en la entrada de la casa y el estruendo que hizo al romperse hizo que saliera Tina, furiosa por el daño sufrido por la casa. Demás está decirles que el chancho tuve que quebrarlo para pagar la lámpara.
Finalmente, cambio de familia, para referirme al último primo hermano, que ya no está con nosotros. Arnoldo, quién fue mi compañero por años de ir a la escuela y luego al Liceo. Teníamos formas de ver la vida completamente opuestas, pero fue un primo muy cercano, siete meses mayor que yo, a quién estimé mucho y fue mi compañero con el que estudié bachillerato. Se fue para Italia, hizo su vida allá y vino con la enfermedad que terminó con su vida.
A todos ellos les brindo un homenaje especial con estas palabras porque todos tuvieron influencia en mi vida. Que en paz descansen y gracias por todo lo que me brindaron.
Taller de oración de Ignacio Larrañaga
Querido Dios: Se nos ha pedido que te escribamos una carta.
Tantas cosas que tengo que agradecerte a través de mi vida, que no sé exactamente por dónde comenzar.
Primero te doy gracias Señor por esa salud que siempre me has dado a mí y a todos los míos. Me llama la atención pensar que las enfermedades que he tenido se remontan a mi niñez. Gracias Señor.
Por otra parte, Señor, las congojas económicas realmente fueron o muy pasajeras o muy sin importancia. Siempre me bendijiste con la solución rápida que me permitió salir adelante.
Con mis hijos, no ha habido grandes problemas y ya todos están adultos, son seguidores de tu palabra sin excepción. ¿Cómo no darte las gracias, por esto, Señor?
Los problemas que Tú conoces, que se han sucedido en los últimos años, me tuvieron apartado de Ti, pero aquí me tienes con la esperanza de que me guíes para lograr llegar a Ti otra vez.
Querido Dios: Estoy aquí sentado en el suelo de un pedazo de tierra que hace años me diste para que hiciera algo bueno con ella. No sé si he cumplido pero puedo ver toda la vegetación dorada por la acción del sol de la tarde y es tan fácil Verte en todos estos vegetales, en el viento que en este momento me refresca la cara; el día va terminando y quiero agradecerte todo lo que me has dado. Gracias por la salud, la vista, el olfato, el oído, la sensación, todo en fin lo que me permite disfrutar de este mundo en que me has puesto a vivir. Señor recibe mis esfuerzos, sé que no soy perfecto y que fallo mucho, pero con tu ayuda, quiero mejorar para poder verte algún día cara a cara. Gracias Señor.
Querido Dios: Viendo todo lo que me rodea, me doy cuenta que quisiste hacer este mundo, un lugar realmente bonito que sirviera para alabarte y reconocer Tú Sabiduría. Veo lo quebrada que es la finca, y sin embargo, en cada rincón, se ve una pincelada Tuya. Este árbol majestuoso o la simple planta pequeña, pero con unas hojitas que al detallarlas se ven lindísimas. Señor: ¿cómo inventaste todo esto? Gloria y alabanza a Ti por tanta magnificencia. En este silencio puedo oír los latidos de mi corazón, los percibo con mi oído izquierdo. Bendito seas por siempre Señor que me permites disfrutar estos instantes. ¡Gloria a Ti!, hoy y siempre.
Ayúdame Señor para poder arreglar mi vida. Dame la sabiduría que me permita entender lo que quieres que yo haga. Me dejaré ir como un madero en la corriente del río, entendiendo que Tú me darás la orientación para encontrar el mejor lugar, adonde llegar, según lo tienes indicado. ¡Gracias Señor!
Es sábado 11 de mayo del 2002, estoy en el corredor de la casa de la finca Las Dríadas, situada en el caserío Santa Marta, del distrito de San Lorenzo, del cantón de Tarrazú, de la provincia de San José.
Me dispongo a almorzar, luego de haber caminado por la finca y recolectando las frutas de los árboles de limón mandarina, grape fruit, limón dulce, limón cidra y mandarina.

Para almorzar he preparado un guacamole, pero creo que se me pasó la cantidad de cebolla…Y estoy listo para comenzar y en eso me doy cuenta del ambiente tan agradable que me rodea y no puedo impedir ser arrastrado por los recuerdos y me cuestioné: ¿Qué he hecho en un sábado por la tarde?
Fue así como me veo, sentado en un banco, al extremo del “molendero” de la cocina de mamá mientras afuera llueve a cántaros, pero como es sábado en la tarde, mamá y papá, acaban de regresar del mercado. Me han comprado un maromero de madera, de fuertes colores azul, amarillo y rojo, el cual sostengo y hago mover con la mano izquierda, mientras que con la derecha me llevo a la boca varios granos de maní, tomados de un puñito que papá ha ido pelando para que yo me los comiera. Debo tener unos cinco años, tal vez menos…

Hoy es otro sábado por la tarde, y cumplo ocho años y me lo están celebrando, con una fiesta con queque hecho por Tía María, y helados con barquillos, bolsa de confites y galletas. No faltan los palitos de queso, de Tía, ni los rosquetes. Me han regalado ropa y algunos juguetes de los cuales destacan dos aviones de armar que me regalaron los Gutiérrez Saxe. Todos me siguen, vamos a mi cuarto y nos ponemos a armarlos. De la carrera no quedan de lo mejor, pero ya están armados. Como es julio, no llueve mucho, por la canícula y nos vamos a la calle a jugar.

Hoy es otro sábado por la tarde, estoy en la finca Pizote, al noreste de Tres Ríos, de temporada, prácticamente estamos todos los primos, en el portón, esperando que llegue mi tío Alfonso, quien bien de su finca en Ojo de Agua, y posiblemente traiga frutas. Mientras esperamos se hace una guerra de terrones, tomados de los montones, que han dejado los tractores que están arreglando la carretera. Los primos mayores, forman dos bandos, y los menores quedamos atrapados entre el sinnúmero de terrones que surcan el aire. De pronto vuelvo a ver en el momento en que un gran terrón se estrella en mi frente y se deshace dejándome momentáneamente sin ver nada. Inevitablemente me salen lágrimas y se me forma una máscara de barro en los cachetes pero la guerra sigue y hay que tirar…, hasta que se oye el motor de la camioneta de Alfonso. Entonces algunos cierran el portón y al llegar éste, se ve obligado a detenerse, momento que utilizan para subirse atrás y comenzar a tirar hacia afuera las frutas que luego son aprovechadas…
Hoy, sábado por la tarde, me veo montado en un Mercury convertible, año 1953, color verde. Sirvo de “moscón” a Quique y Clara. Como muchos otros sábados los acompaño a pasear y la verdad es que me gusta mucho, disfruto del radio, en donde oímos las canciones interpretadas por los Bribones, los Dandys, Pedro Vargas, y los Panchos, entre otros. Además he conocido bastantes lugares, ya que casi siempre los acompaño, aunque mi primo Arnoldo, con cierta frecuencia me quita el campo. Hoy hemos tomado la carretera a Atenas, y al llegar a la intersección de la calle que conduce a Turrúcares, Quique, ha decidido entrar y aunque al principio la calle de tierra y piedra se veía en buen estado, hace rato avanzamos muy lentamente, sorteando los huecos y las grandes piedras. La pregunta de “¿Cuánto faltará?”, ya no recuerdo, cuántas veces la hemos hecho, hasta que nos encontramos con un peatón, a quien Quique le pregunta, si falta mucho para Turrúcares, a lo que contesta: “ya casi llegan, ahí a la vueltica está. Debo decirles que hace como quince minutos pasó eso y no sé cuántas curvas hemos pasado, pero, de pronto un gran golpe nos detiene y Quique se baja y ve con preocupación que el “carter” está reventado. En una casa vecina consigue un poco de jabón azul y se lo pasa por el punto donde pegó la piedra y con eso regresamos hasta Alajuela en donde soldaron la pieza dañada. Nunca llegamos a Turrucares, nos quedamos “ahí no más, a la vueltica”…
Hoy, sábado por la tarde, estoy en una casa, situada 50 m este, de la esquina noreste, de la plaza González Víquez, en un baile de compañeros del Liceo, con un grupo de muchachas del colegio Señoritas. En realidad, no conozco a ninguna, y me siento un tanto incómodo, veo bailar y no participo por un largo rato, hay algo en el ambiente que me impide estar a gusto, finalmente una muchacha se acerca y conversamos, esto me da confianza y al rato, le digo que si quiere bailar, bailamos un par de piezas pero en eso avisan que ha terminado el baile y me retiro con rumbo a mi casa…

Hoy es sábado por la tarde del mes de diciembre de 1961, y estoy sentado con mis compañeros del Liceo, en el Paraninfo de la Universidad de Costa Rica, en Barrio González Lahmann. Es el Acto Público en que vamos a recibir el título de Bachilleres en Ciencias y Letras. En realidad, la emoción nos embarga, más de ciento cuarenta compañeros, logramos aprobar las pruebas que se realizaron unas semanas atrás. De la emoción ni puedo concentrarme en las palabras que ha dicho el Director del Liceo. Comienzan a llamar…, como pertenezco al Quinto A y mi apellido comienza con F, rápidamente me llaman y mi sorpresa es que me entregan además el título de Mecanógrafo, con lo que me siento muy contento y lo muestro a mamá y papá que están en el recinto. Una etapa más en la vida, cumplida…
Como en múltiples ocasiones, como es sábado por la tarde, estoy sentado en un recinto de la Universidad de Costa Rica, haciendo un examen, en esta ocasión, de Química Analítica, y como he dicho “en múltiples ocasiones”, porque en la universidad es corriente que se hagan los exámenes el sábado en la tarde. Pero este es un examen diferente, guarda una singular importancia, ya que si lo apruebo significará que he concluido el plan de estudios y me egresaré y podré graduarme como Ingeniero Agrónomo.

Es el último examen, espero… La materia se me ha hecho difícil y la estoy cursando por tercera vez, lo peor es que de tanto estudiar lo mismo, creo que no me concentro lo suficiente, pero sin embargo, insisto, estoy con buen ánimo y comienzo a contestar, pasa la primera hora y no me he dado cuenta sino es porque un compañero de atrás me pide que le deje ver mi examen. Pobre, pienso… si supiera a quién se lo está pidiendo… pero disimulando, me estiro y aprovecho, para ver a través de la ventana los árboles que están dorados por el sol de la tarde, me dejo embelesar por el magnífico cuadro que me ofrece la naturaleza, pero de pronto con sobresalto, veo la hora y continúo. Termino el examen y salgo rápidamente, me voy para la casa…creo que esta vez sí pasé. Respiro hondo y siento el frio de la tarde entrar en mis pulmones. Sonrío…
Hoy es un sábado por la tarde especial, único, 30 de marzo de 1968, estoy en el Pizote, pero en la finca de Chico Sáenz, a quién en días pasados le he solicitado que me preste la casa de la finca para pasar mi luna de miel, así es, me he casado con Mimi en horas de la mañana en la Iglesia de Nuestra Señora de Luján y luego de una magnífica fiesta en el Hotel Presidente, Salón Dolphins, hemos pasado, por la Feria de las Flores , en el Parque Nacional, a comprar algunas cosillas y mis cuñados Carlos y Jorge, nos han traído aquí, pero no se han ido, más bien han pedido un trago y se han sentado, con nosotros, a conversar… La tarde luce esplendorosa, grandes “altares” de nubes típicos del mes de marzo, al oeste de San José (cuya vista se aprecia desde el balcón de la casa), permiten el paso de algunos rayos del sol y la vista es impresionante. Finalmente los cuñados se van. Y ya no les cuento más…

Hoy es sábado por la tarde, son como las cuatro, venimos de pasear por la zona de Orosi, hemos pasado a orillas del Reventazón haciendo presas en los canalillos laterales que hace la corriente y tirando piedras, almorzamos a orillas del río y la hemos pasado bien, pero ahora estamos en POPS de Curridabat donde he detenido el microbús Mazda, para invitarlos a un helado, nos bajamos y viendo a Rodrigo Antonio, María del Rocío, Ana Lucía, Federico José y María Gabriela junto con Mimi, disfrutando de lo que han pedido, me siento realmente feliz…
Pero, el grito alarmista y sonoro de una piapia, me saca de mis pensamientos y veo el guacamole y el vaso, con Pepsi, con el hielo derretido, pruebo el guacamole que me parece excelente, el exceso de cebolla en realidad no se nota y me pregunto: ¿cuántos sábados he vivido? Por curiosidad, busco un papel y hago los cálculos, el resultado es sin contar este sábado, ni los catorce bisiestos, tres mil uno. Gracias a la piapia porque si no todavía tendría más cosas que contar, algunas alegres, otras tristes, otras tensas, pero en fin dejémoslo así.
Debido al encierro provocado por la pandemia, he tenido que buscar cómo aprovechar el tiempo. Así que me he dedicado a escribir recuerdos de lo que me ha tocado vivir.
Entre ellos está una vez que visité a mis padres, yo ya estaba casado y con hijos, pero acostumbraba pasar a saludarlos y a estarme un rato con ellos. Lo que van a leer ocurrió uno de esos días, en que las circunstancias que se presentan hicieron volar mi mente y capturar algunos de mis recuerdos.
La historia inicia así:
Todo comenzó cuando en la mañana, por teléfono, me comuniqué con mamá para, como a menudo lo hago, preguntarle cómo se encontraban papá y ella. Luego de una breve conversación, me preguntó si iba a ir en la tarde a tomar café. Dudé por un instante, repasando mentalmente qué tenía que hacer y al no encontrar nada le contesté afirmativamente y quedé de llegar alrededor de las tres de la tarde.

Debido a que no tenía nada que hacer, inadvertidamente salí de la oficina antes de lo previsto, por lo que llegué alrededor de las dos y veinte minutos, dejé mi vehículo en la avenida segunda, exactamente al frente de un pequeño triángulo que hace la bifurcación de la citada vía, en su intersección con la calle 21.
La tarde era esplendorosa, el viento del norte soplaba por primera vez, luego de un “temporal” fuera de época que había mantenido con lluvia estilo octubre, el mes de diciembre. La temperatura fresca, el grito de los pericos, el viento frío, el cielo nublado pero con sol colándose por entre las nubes y el estar en el “barrio” de mi niñez y juventud me dieron un golpe emocional que me sumergió en los recuerdos… y al caminar bajando la cuesta por calle 19, la presa de vehículos, tratando de salir por un solo carril, debido a estar automóviles estacionados a ambos lados de la vía, me obligó a detenerme y contemplar aquel desorden que se me antojaba como una legión de intrusos que invadieron “mi calle”.
Sí…”mi calle”, aquella en la que debido al escaso tránsito de vehículos, podíamos jugar “bate” (beisbol mejengue ro) aprovechando las líneas de asfalto que sellaban los bloques de concreto de la calle…y se agolparon en mi mente torrentes de recuerdos, las aceras por donde aprendí a usar el velocípedo y años más tarde me deslicé en “patineta”, no de fábrica como las de ahora, sino hecha con mis manos utilizando las patines abandonados de mis hermanos mayores y las herramientas de papá.

Era una tabla vieja de forma rectangular a la cual le había hecho un agujero, para, mediante un tornillo con forma de gancho, sostener una regla a la cual le había fijado en cada extremo unos tucos de madera que con un eje sostenían una rueda. Otras dos ruedas iban juntas exactamente debajo de donde me sentaba, o sea en la parte posterior, con lo cual se formaba un vehículo apoyado en tres puntos. Esta era mi patineta la cual utilizaba, como ya dije, sentándome y poniendo los pies en los extremos de la regla que sobresalía al ancho de la tabla y de esta manera podía conducirla pasando diestramente por toda la “geografía” de las aceras que tenían rajaduras, tapas, huecos, entradas de garaje, entre otros.
Deleitándome con estos pensamientos me vi de pronto al frente de la casa de mis padres, había subido las gradas que conducen a un corredor en donde está tres puertas iguales que sirven de acceso a la vivienda y estaba al frente de un candado que impedía la apertura de un portón metálico, indicación inequívoca de que mis progenitores no estaban…
Nuevamente mi mente me llevó de regreso a mi niñez y recordé cuando no se necesitaban en esa, mi casa, portones de metal, debido a que había en San José gente honrada que con solo que se pensara de ellos, como capaces de tomar algo ajeno, se les caía la cara de vergüenza; y así sin buscarlo, me acordé de las peripecias para abrir la puerta ya que tenía que poner la pierna izquierda en uno de los bordes de los rectángulos que la adornaban, apoyaba la derecha en una jardinera que está junto a la puerta, empujaba con mi mano izquierda la ventanilla, que la puerta tenía en una posición central, y la metía en busca de la perilla mientras con la mano derecha me sostenía de la agarradera de la puerta y con un golpe de cadera la empujaba . Más difícil y más largo escribir esto que el tiempo empleado en abrir aquella puerta con mi agilidad infantil.
Pero lo más importante vendría ahora, como no estaban mis padres me devolví y me quedé esperándolos en la entrada del jardín, en donde una vez hubo un portón. Solía pararme ahí en las tardes a esperar que pasara el “autobús del María”, o sea el que llevaba las muchachas del colegio María Auxiliadora hacia San Pedro, el cual llegaba por la avenida 10 doblaba por la calle 19, pasaba al frente de mi casa y en la esquina doblaba al este por la avenida segunda. También esperaba que pasaran las del colegio de Sión, éstas a pie, bajaban hacia el sur pasando al frente de mi casa.
Estaba en esas meditaciones cuando torné la cabeza hacia el norte y vi la inconfundible figura de mis padres que venían comenzando a bajar la cuesta en la otra cuadra y por la acera del frente. Lentamente y cogidos del brazo (¡como siempre!) caminaban… papá con sus anteojos en el extremo de la nariz, ayudado no solo por el apoyo de mamá, sino también con un bastón color crema, ponía atención a la acera por la que caminaba, lo observé de arriba abajo, su figura un poco doblada por los años, la gris cabellera un poco desordenada por el viento, vestía una camisa de manga larga (¡como siempre!) color crema y un pantalón café, la faja y los zapatos negros. Mamá con un porte, que gracias a Dios, no pierde, se veía altiva, derecha, venía viendo justamente hacia donde yo estaba, su gastada vista, posiblemente le impedía distinguirme, pero por su sonrisa adiviné que ella sabía que yo estaba ahí. Vestía una enagua gris y una blusa color vino, zapatos negros. Mientras bajaban la cuesta un sentimiento indescriptible de alegría y murria se mezclaban en mi cabeza. Por una parte el verlos juntos de tan avanzada edad, pensaba en el regalo que Dios me hacía y meditaba en cómo habían podido encarar con éxito un sinnúmero de problemas de toda índole dentro de los cuales, pensé, de salud, económicos, alegrías y tristezas… y verlos ahí juntos valiéndose por sí mismos, repito es un don de Dios que mientras viva se lo agradeceré.
Por otra parte verlos así tan mayores y acordarme (como lo hice) de papá llegando de la librería, lugar en donde trabajaba, unos quince minutos antes de las doce del día, vestido sencillamente, con una camisa de manga larga, con las mangas arrolladas a mitad del brazo, corbata negra, con un nudo pequeño de una sola vuelta y un pañuelo blanco, en la bolsa de atrás del pantalón, que indefectiblemente se asomaba casi en la mitad de su longitud porque había sido introducido rápida y descuidadamente. Yo era un niño, y lo esperaba para irlo a “topar” en la esquina y nos saludábamos con un “quiubor”. Saludo que respondía a un “secreto” no escrito entre nosotros. Ahora lo veo en la esquina esperando que cese el río de vehículos para cruzar la calle y con un paso un poco falso la atraviesa finalmente.
Titubeo un momento si ir a toparlos o no en carrera, como antaño, pero finalmente prefiero verlos de largo y mantenerme así, hundido en los recuerdos, disfrutando, melancólicamente, de aquellos instantes que ahora sé que nunca se borrarán de mi mente.
Al llegar, los abracé y besé con efusión porque así lo sentía después de todo ese golpe sentimental. Entonces mamá abrió el portón y la puerta e ingresamos. Cuando el café estuvo listo, nos sentamos a la mesa, yo había llevado un pan dulce y unos bizcochos, y en medio de una linda conversación dimos cuenta de todo.
Al finalizar, papá nos invitó a jugar Triomino, (juego como el Dominó, pero con fichas triangulares con un número en cada esquina) que ellos acostumbraban a jugar todas las tardes cuando estaban solos. En algunas oportunidades, lo acompañaban con un café, otras con un ¡vino! Acepté gustoso la invitación a jugar y lo estuvimos haciendo hasta casi las seis de la tarde, cuando les tuve que decir que tenía que irme porque me esperaban para la cena en mi casa.
Realmente una tarde tan linda como pocas veces la he vivido, en compañía de mis recuerdos, pero sobre todo, ese tiempo con mis progenitores a quienes debo todo.
Publicado en el diario La Nación
El cerro, cuyo nombre aparece en el encabezado, nunca lo hubiera individualizado de las numerosas elevaciones de ese sector, de no haberse presentado la circunstancia de que un día sábado, que me dirigía para Santa Marta de Tarrazú, en donde tengo una pequeña finca, llevé a mi familia, incluido mi padre, por la ruta de Tarbaca, Rio Conejo, Frailes y luego tomé el desvío que hay a un lado del cementerio de San Cristóbal Sur con el fin de enrumbarme hacia San Pablo de León Cortes.
Sabía que estaban asfaltando ese último trecho de la carretera, pero en recientes ocasiones no había habido problema para llegar a mi destino. No fue así ese día. Una vez llegado al punto más elevado del camino, en donde la carretera parece rodear al hermoso pueblito de San Antonio, un señor con bandera roja en mano, me impidió continuar y me informó que por tres horas no iba a ser posible el paso. Ante el inesperado inconveniente le pregunté si conocía un camino alterno que me permitiera evitar el tener que esperar o el regresar para dar la vuelta por Santa María de Dota. Me dijo que, en días anteriores, algunos vehículos de doble tracción se habían metido por el Abejonal (primera vez que oía ese nombre en el sector) y que esa ruta salía a San Pablo; no tenía nada más que devolverme unos quinientos metros y que a mano derecha había un camino de lastre, que me metiera por ahí.

En efecto, así lo hice, y luego de subir unos tres kilómetros llegué a la cima del cerro, la cual aparece completamente desprovista de vegetación debido a que en algún momento la explotaron como tajo, y tuve que detenerme ante el extraordinario panorama que tenía ante mis ojos. Hacia el norte, las laderas del cerro son casi verticales, lo que da la sensación de estar en un balcón natural de 2138 m de altura. La vista es indescriptible, todos los pueblos por los que acababa de pasar, más otros más, como los San Juan, Sur y Norte, Corralillo, San Isidro y muchos otros, imposibles de identificar, se observan como en un gran portal; y alzando un poco más la vista se adivina el valle intermontano en donde está la capital, ya que es posible ver el volcán Irazú, el cerro Zurquí, las Tres Marías, el cerro de El Inglés y el volcán Poás.
Hacia el oeste se divisa el imponente, y desgraciadamente deforestado, cerro El Dragón o Caraigres, así como el cañón de los ríos Tarrazú y Grande de Candelaria.
Hacia el este se distingue la carretera Interamericana y la localidad de El Jardín en ruta que conduce a Santa María de Dota. Los vientos Alisios empujaban nubes sobre ese sector lo cual limitaba algo el panorama.
Hacia el sur, se observa claramente San Marcos de Tarrazú, San Lorenzo y el cerro La Laguna y supongo que en condiciones adecuadas de clima, debe observarse el océano Pacífico. Es difícil describir con palabras toda aquella perfección y pensé que estando tan cerca de la carretera, es un lugar ideal para hacer un observatorio turístico y explicarles así a nacionales y extranjeros los parajes que fácilmente se identifican y las cadenas montañosas que lo rodean; en fin hubiera querido quedarme horas, pero debíamos continuar. El camino hasta ahí era de piedra, luego sigue de tierra y bajar por ahí fue una aventura. Llegamos finalmente a San Pablo.
Pero lo que interesa decir es que recientemente regresaba de la finca con un sobrino que no conocía esa ruta y le dije que si le gustaría conocer el Abejonal. Como ya nos había oído, a mí y a mi familia, hablar de este sitio, accedió y nos desviamos por la citada ruta.
¡Qué desencanto, qué tragedia! Aquel lugar obviamente mantenía la portentosa panorámica, pero con ese intelecto que tenemos los costarricenses para atraer turismo, en vez de encontrar un mirador acondicionado con asientos, servicios sanitarios y por qué no, hasta con binoculares para precisar los mil lugares que se pueden divisar, nos encontramos que alguna municipalidad (supongo yo) tuvo la sorprendente idea de depositar la basura ahí, por lo que había bolsas plásticas , latas de cerveza, restos de televisores, en fin, para que describir todo aquel monumento a la insensatez humana. El viento que a esa altura sopla en ráfagas realmente fuertes, se encarga de romper las bolsas y distribuir su inmundo contenido por los alrededores. Todo un desastre ecológico. Realmente me sentí mal, deprimido le dije a mi sobrino que regresáramos y de camino no pude dejar de pensar en cómo desperdiciamos y echamos a perder nuestro país. Me cuestioné si el Ministerio de Turismo se enterará de estas cosas, si los vecinos del lugar sabrán la lluvia de porquería que les cae gracias a la inteligencia de quién sabe que municipalidad, ¿aprobará el IFAM estos lugares para botar basura? ¿Conocerán los estudiantes de la zona de esta peligrosa práctica?
Ante una acción tan poco inteligente quisiera pedir a aquellos que han leído hasta aquí, que hagamos algo para limpiar el bello cerro y ofrecer así al paseante la posibilidad de disfrutar de un panorama realmente impresionante y por qué no, educativo.
No permitamos que el día de mañana utilicen el cráter del volcán Irazú como sustituto de relleno de Río Azul.
30 de abril de 1976
Querida mamá:
Espero que estés muy bien, lo mismo que papá. Yo estoy pasándola muy bien y quería escribirte para felicitarte en tu 64º cumpleaños. Espero que la carta la recibas el propio 3 de mayo. Hasta hoy no he recibido ninguna noticia, lo que me hace suponer que las cartas y tarjetas que he escrito todavía no han llegado y deben durar mucho en el correo. Como ya te contará Mimi, no he hecho más que conocer Tel Aviv y el curso comenzó antier. Bastante bien se perfila. Tendremos muchas salidas y nos van a llevar por todo Israel. Tendré, Dios primero, la oportunidad de conocer Jerusalén, la Vía Dolorosa, el Lago de Tiberiades, el Mar Muerto, la Judea, Galilea, Nazareth, etc.

Nivel del Mar Mediterráneo. Atrás Lago de Galilea 
En el balcón del dormitorio. 4º Piso
He tenido los desayunos más estrambóticos de mi vida, con sardina, aceitunas, tomate, pepino, un café que es horrible, huevo duro, etc.
Tel Aviv es muy bonita, con árboles por todas partes, muy limpia y con una temperatura fresca.
Bueno Madre, ahí te contaré, más adelante, lo demás, ahora te envío esta carta y con ella el cariño de tu hijo que siempre te lleva en su alma.
FELICIDADES. Rodrigo.
Llegué al aeropuerto La Chacarita a las 5:45 de la mañana, me bajé del avión junto con tres pasajeros más, el resto de los pasajeros seguía para Guanacaste.
Comencé a caminar por la carretera y cuando iba ya bastante adelante, empezaron los primeros rayos del sol a dejarse ver en la lejanía, por lo que me quité la “jacket”. Al rato me encontré con una cabina en donde estaba un guarda y le pregunté:

–“¿aquella estación que se ve allá es Carrizal?”, y él me contestó: –“sí señor, aquella es”,
–“gracias”, contesté yo.
Una vez llegado a la citada estación, me volví solo ojos para encontrar, dentro del montón de cabinas, la camioneta de Alfonso, que me indicara adonde estaban veraneando. Rápido la encontré y entré en el corredor de la misma, encontrándome de frente con Edgar, que en ese momento venía levantándose y con los ojos chinos.
–“Diay maje” fue su saludo,
–“Quiubo” fue el mío,
intercambiamos varias frases mientras él abría una pipa, y sin preocuparse por ofrecerme una, se la tomó, y siempre conversando me dijo que estaban durmiendo ahí, me contaba eso cuando llegó Hugo, su padre buscando el sombrero, lo saludé y en eso oí:
–“Rodriiiiigo”, era mi hermana Doris, la cual me llamaba desde la parte de arriba de la casa, subí y su atento saludo fue:
–“diay bestia, hace un rato oí el avión y me dije: ahí debe de venir Rodrigo, pero tenía tanto sueño que me volví a dormir”.
–¿Cómo están allá? ¿Y Mitzi? (su perra).
Ahora me pongo a pensar:
–“necia para preguntar por mí “Jejeje.
Una vez levantados todos, desayunamos y nos fuimos al muelle, (“muey” en idioma vernáculo) con Alfonso y Teresa para hacer compras. Una vez llegados allá, nos apeamos y nos dirigimos a la iglesia, porque casi nadie de nosotros, la conocía (Doris, Ligia y Macha con pantalones y Arnoldo con “shorts” ¡Que figuras! Jajaja.
De ahí al mercado, encontrándonos con que Alfonso nos había dejado, y salimos corriendo a la panadería, donde afortunadamente lo encontramos, al rato, nos fuimos a una bomba de gasolina, para además de echar gasolina al vehículo, revisarle, también, una llanta y ahí nos dimos cuenta que faltaba Edgar, que no había querido ir con nosotros a la iglesia. De la estación de gasolina regresamos a la cabina y ya casi cuando llegábamos nos detuvimos para recoger al perdido.
Una vez llegados, nos metimos al mar hasta las 12. Una vez llegada esa hora, fuimos a almorzar y estábamos en eso cuando a Alfonso se le ocurrió llamar a las gallinas, ni para que lo hizo, todos comenzamos a reírnos porque la forma en que atraía a las aves no se parecía al “pio, pio, pio” que conocemos todos, sino que era una especie de berrido o algo parecido (lo extraño, es que quién sabe qué les diría, porque el piuuu, piuuuuu, les encantó). Una vez terminados todos de almorzar unos se fueron a dormir la siesta (Puncho, Doris y Ligia), los demás nos quedamos esperando a que la digestión fuera hecha para irnos al mar otra vez.

En la tarde llegaron Chico Sáenz y Florita, y en la noche, antes de comer, nos dieron un “traguito”, pero yo preferí una cerveza extranjera, porque el whisky me cae mal. Después de comida, fuimos a San Isidro a ver bailar, he de hacer un paréntesis de retroceso para recordar que en la tarde Arnoldo y yo fuimos al mismo lugar, en San Isidro, y nos encontramos con unas jóvenes, de las cuales una me llamó la atención por ser muy bonita. Volviendo al punto en que estaba, una vez llegados, vi al grupo de muchachas de la tarde sólo que en menor número, y una de ellas era la de la tarde, y el tiempo que estuvimos ahí no hice más que darle “cuerda”, a lo que ella correspondía, por lo que me duele no haberme ido a la temporada con más tiempo, tal vez hubiese podido llegar a que alguien me la presentara, bueno, que se va a hacer, de todas maneras recordé que lo que estaba en San José era lo que contaba. Regresamos cerca de las once de la noche, nos acostamos tranquilamente y al día siguiente el mismo itinerario de Alfonso (a las 9 y 2), al mercado, en donde todos efectuamos las compras de lo que pensábamos llevar a San José, luego pasamos a comprar agua Canadá Dry (lo mejor que hay agua Canadá Dry, lo mejor de lo mejor para brindar con su licor, agua Canadá Dryyyyyy), tras lo cual regresamos bañarnos en el mar, hasta las 12 de nuevo, y lo mismo, siesta, etc.
Cerca de las 3 y media de la tarde llegaron Hugo hijo, y señora e hijo, Manuel mi hermano y Macho (Henry Chamberlain). Manuel y Macho se fueron a bañar mientras el resto, sentados en la playa en la parte seca devorábamos dos sandías.
En la noche, de nuevo, antes de la comida el trago para unos y la cerveza para mí. Después de comida a San Isidro, no perdón, miento, primero a Puntarenas con Chico en el Volkswagen el Paseo a comernos un “Churchill”. Aquí he de hacer mención de que a Chico se le ocurrió decir que el pagaba la mitad de lo que tomáramos con tal que fuera menor de un colón, y como casi nadie llevaba un colón entonces con la mitad y lo que ponía Chico, se completaba el peso, por lo que todos pidieron el citado fresco, total, tuvo que pagar cinco colones porque íbamos diez. Él mismo nos llevó a San Isidro en donde había más gente que en San José (¡uno muy exagerado!) y por supuesto no había de faltar la muchacha, ahí estuvimos hasta las diez y diez, para luego volver a la casa.
Al día siguiente después de almorzar, partimos hacia San José y los dos únicos sucesos que ameritan citarse fueron: un estallonazo de llanta a la cuál tuve que cambiar yo sólo y el otro que duramos casi cuatro horas. ¡Ah choferes por Dios Santo!
Esto lo escribí como práctica del curso de Mecanografía en 1959 y aprovechando los pasajes de mi vida en esos años. Decidí dejarlos sin revisión de ortografía y redacción por ser los primeros intentos de escritura. Les solicito su comprensión al respecto. ¡Muchas gracias!
15 de agosto 1965
Querida mamá:
En vista de que mis recursos monetarios me impiden hacerte un regalo material con el cual pudiera yo demostrarte el cariño, amor y gratitud que por ti siento, he decidido escribirte estas cuatro palabras para ofrecértelas el día de la Madre, como un regalo espiritual.

Es curioso que cuando se trata de una persona querida pero digamos corriente, es fácil para uno escribirle y aún hacerle unos versos, sin embargo, cuando se trata de la madre, es tan grande el cariño que uno siente que quisiera poner las cosas y palabras o pensamientos más bellos, de mayor cariño y sentimiento que pudiesen existir; y debido a esto se le forma en la cabeza un nudo de ideas y al fin no se pueden expresar tan bien como se quisiera.
¿Qué te puedo yo decir? ¿Qué te puedo escribir de tal manera que sientas lo que en realidad yo siento por ti?
Siento el corazón inundado de un raro cosquilleo y hasta se me quiere nublar la vista con un humedecimiento de emoción; tengo una serie de ideas trenzadas en la mente y sin embargo, no puedo transcribirlas al papel.
Los que escriben de forma tal, que sus escritos siempre son bellos, han dicho que: “madre, una sola hay” y a esta frase que encierra una gran filosofía material, moral y espiritual, yo le agregaría, sin ser nada más que un hijo inundado de cariño, por su madre, que “que como tú, ninguna otra hay”.
En el transcurso de mi vida, he logrado ver las cosas de otra manera a como las vi de pequeño y de adolescente; ahora que me encuentro en una etapa en que ya no soy un adolescente, pero que tampoco soy un adulto en toda la extensión de la palabra, encuentro la razón de las cosas que se me prohibieron, las cosas por las que me castigaron y las cosas que se me permitieron, y es hoy cuando de todo mi ser sale una voz de agradecimiento hacia ti y hacia papá. En ti encontré y he encontrado siempre el calor reconfortante de la madre cariñosa y comprensiva. En papá el ejemplo constructivo del hombre trabajador, recto y… para ser sincero, la voz fuerte que temí cuando hice alguna mala acción.
Además, de ti, mamá, me he construido tu figura en mi mente, porque has hecho de nuestro hogar, un verdadero edén, un lugar de verdadero cariño y amor, has sido un puerto en los momentos de mi vida en que me he encontrado perdido y siempre he encontrado en ti, el consejo amoroso, desinteresado y útil que me ha hecho encontrar el paso por aquellos momentos que tal vez me parecieron imposibles de librar y que sin embargo, gracias a tu pronta ayuda, hoy los recuerdo como una experiencia más. Has sido el centro de unión de la familia, sabiendo arreglar las dificultades entre unos y otros, aún a costa de tu tranquilidad y haciendo muchos sacrificios. Hemos encontrado contigo, momentos de esparcimiento, oyéndote hablar y contar trozos de tu vida o simplemente chistes, que nadie cuenta con tu gracia y simpatía
Reconozco que has sufrido mucho, te has desvelado en mil y una ocasión por algún problema que nos atañe sólo a nosotros y que sin embargo te has identificado con nosotros y has logrado ayudarnos. Todo esto, madre, hace que hoy te escriba estas letras, porque desde hace tiempo quería decírtelas y aquí las tienes para que no sientas nunca que tus sufrimientos y sacrificios han sido en vano. ¡Todo lo contrario!
Se me regocija el corazón cuando te veo contenta, cuando te oigo reír, cantar o chiflar, ya sea en la casa o en una fiesta… pero también se me ensombrece el corazón cuando estás con algún dolor, o malestar y más aún siento una gran agonía, cuando pienso en el día que por ley natural, nos tendremos que separar. Sin embargo, no pensemos en eso, hoy, que lo único que quiero es hacerte ver lo que mi corazón siente por ti y por sobre todas las cosas llamarte un y mil veces: “MAMÁ”
Tu hijo: Rodrigo.
Como ya lo había narrado, llegamos a Limón el sábado 18 de julio de 1959, en vuelo de LACSA, aprovechando una tarifa de turismo de ¢28,35 ida y vuelta, sólo el vuelo.
Descendimos del avión y como acababa de llegar el TI-1005, el camión de transporte de pasajeros del aeródromo a la ciudad de Limón, tuvimos que esperar a que el citado aparato regresara del puerto.
Para “matar el tiempo” nos pusimos a tirar cosas al oleaje que reventaba con furor sobre la fina arena de la playa, cuando de repente nos encontramos una bombilla de las de luz flotando en el agua, y nos dio por tirarla mar adentro, pero como existía un viento contrario, la bombilla no podía adentrarse mucho con lo cual, al ratito regresaba y otra vez a tirarla para adentro, así estuvimos como unos veinte minutos hasta que llegó el “ómnibus”, en el cual fuimos transportados hasta la ciudad. Nos apeamos frente al mercado, en la agencia de LACSA en aquel puerto.

De ahí fuimos al Hotel Limón, donde nos dijeron que no tenían lugar, que fuéramos al Hotel Venus, en el cual pedimos un cuarto con tres camas y nos cobraron ¢18, por lo que cada uno pagó ¢6 sin comida.
Salimos a darnos una vuelta por la limpia ciudad, y en la cantina que está situada 100 varas al oeste del parque, Edgar tuvo que pagar la apuesta que habíamos hecho sobre cual avión nos iba a trasladar, él decía que el TI-1005 y yo que el TI-1006, ganando yo la apuesta que consistía en invitar a una cerveza.
Seguimos adelante y alquilamos unas “bicicletas” si es que podían recibir ese nombre, resultó que sólo la mía medio servía, pues la de Edgar cuando corría le daba “tabaquillo” en la rueda delantera, la de Juan José le sonaba todo menos el timbre que tenía en la manivela. En ellas fuimos primero al aeropuerto a ver llegar e irse el vuelo nocturno a Limón. Después nos metimos en la pista de aterrizaje y fuimos hasta el final de ella, y regresamos. Da la casualidad, que cuando regresábamos, como mi bicicleta era la mejor, entonces podía ir más rápido que ellos, iba yo pues, adelante cuando con el rabo del ojo izquierdo vi algo que atravesaba la carretera y enseguida sentí un golpe leve en la llanta delantera y escuché en ese momento un “crash”, frené en “raya” y me devolví para enterarme de lo sucedido y cuál no sería nuestra (digo “nuestra” porque ya habían llegado ellos) sorpresa al ver que era un cangrejo, tan grande como yo nunca había visto en mi vida, quedó el pobre hecho…hecho….

Fuimos luego a pasear por la Bananera, dimos otras vueltas por aquí y allá y regresamos al Hotel, donde nos bañamos porque por estar en el puerto ya olíamos feo. Luego bajamos a comer en el restaurante del hotel. Edgar pidió una lata de sardinas, dos kolas y un chop-suey, del cual, a pesar de que lo pidió pequeño, sólo se pudo comer la mitad; Juan José pidió una lata de sardinas y una kola; yo pedí un bistec “large” lleno de cebollas y tomate, una cerveza y dos kolas, y además una lata de sardinas.
Esa noche, fuimos al muelle, y nos sentamos a la par de un pescador, al rato de estar ahí pasó el avión de la Panamerican (con hora y media de retraso). Al poco tiempo salimos del muelle y nos tomamos unos refrescos y seguimos para el hotel pues estábamos muy cansados.
Cuando Edgar y yo estábamos acostados, Juan todavía estaba vestido y nos dijo que iba a ir a tomar una kola pues tenía mucha sed. Yo le dije: “bueno, pero lleváte la llave porque Edgar y yo, ya nos vamos a dormir”. No había terminado de salir cuando nosotros apagamos la luz, y saltamos de la cama para cerrar la puerta por dentro, pero la “secreta” de la cerradura estaba mala y entonces conseguí un manila y amarramos la cerradura y nos fuimos a la cama muertos de risa. Al rato volvió Juan y nosotros no sabíamos cómo aguantar la risa pues oíamos la llave donde la metía y la sacaba sin resultado. Lo malo es que yo no aguanté la risa y solté una carcajada y desde afuera oíamos: “no frieguen, hombres, abran la puerta”, le abrimos y terminó el primer día.

Al día siguiente, el primero en despertarse fue Juan José, y por lo que nos dijo, entendimos que no había dormido nada, pues alegó que la cama estaba muy dura…, que un gato…, que la lluvia…, entre otros problemas.
Nos alistamos y fuimos a misa, al salir compré un coco, entramos a un café y ahí desayunamos con kolas y unos sorbetos. De ahí fuimos al mercado en donde compramos unas cosillas como queso, tamarindo, etc. Fuimos al hotel a dejar las compras y luego tomamos el bus para Portete, el cual después de un rato de estar oliendo a sobaco, nos trasladó a aquel lugar, en el cual, Edgar y Juan José se bañaron, pues a mí papá me había dicho que no me metiera al mar, y entonces me senté en una mesa desde la cual se apreciaba la playa y me tomé un par de cervezas mientras ellos se bañaban. Ahí me encontré con unas muchachas compañeras de vuelo y con ellas estuve otro rato, nos robamos una pipa, pero en seguida nos pegaron el grito. Yo ofrecí pagarla, pero el señor dijo que no importaba siempre que botáramos lejos los restos. Regresamos al hotel, para bañarnos otra vez porque el sol estaba radiante y el calor muy fuerte. Juan y yo fuimos a almorzar al Hotel Park en donde nos sirvieron por c8 lo siguiente: una sopa, ensalada de camarones, dos trozos de carne para cada uno, arroz, frijoles, fresco, leche, plátanos y dulce. Al salir pasamos por Edgar que se había ido a almorzar a otro lado. Hicimos caja, y a mí me quedaban ¢2, a Juan ¢1,50 y a Edgar ¢1, por lo que decidimos alquilar las bicicletas por media hora.

Fuimos a la Agencia de LACSA a apartar los lugares y nos dijo el encargado que fuéramos por las cosas al hotel, porque ahorita nos trasladarían al aeropuerto. Así lo hicimos, tomamos las maletas y jalamos. Aquí termino de contarles la estadía de Juan José, Edgar y yo en el bello puerto de Limón. Ah… se me olvidaba contarles que cuando estábamos en la agencia de LACSA, me encontré una “colilla de bulto” para mandar por avión y se la guindé en la camisa, a Juan José en el botón de atrás en el cuello. Los demás pasajeros decían que no se perdería, y él no sabía de quién hablaban y no fue sino hasta que llegamos al aeródromo que se dio cuenta y entonces le dio un cascarazo a Edgar que casi lo desarma, y este le dijo que qué le pasaba y le dijo que había sido yo. Ahora sí, nos despedimos de Limón al despegar el avión.
Esto lo escribí como práctica del curso de Mecanografía en 1959 y aprovechando los pasajes de mi vida en esos años. Decidí dejarlos sin revisión de ortografía y redacción por ser los primeros intentos de escritura. Les solicito su comprensión al respecto. ¡Muchas gracias!
Rodrigo Fernández Herrera


