Para Ana María con todo mi amor de abuelo!

Luego de muchas trabas, debido a la pandemia del Covid 19, que se lograron resolver, el lunes 20 de diciembre, nos fuimos para Minnesota a pasar la navidad con mi hijo político, mi hija y su familia de ellos.  Íbamos mi hijo mayor con su esposa y sus tres hijos. El 24 se nos añadió mi hija María del Rocío. 

Hacía un tiempo venía meditando hacerle un pequeño homenaje a mi nieta menor. Aproveché la celebración de la Navidad para decirle, en inglés – porque ella habla muy poco español y lograr así, que mi mensaje le quedara claro- (quizás si se lo hubiera dicho en español lo hubiera entendido mejor, ya que mi inglés es muy pobre). Pero bueno, a continuación, lo que pensé dedicarle: 

Cochi, (su nombre es Ana María, pero así le dicen en familia), por favor atiende lo que te voy a decir. 

Hasta hace poco tiempo, los trenes de carga llevaban al final, siempre de último, un carro diferente que servía para llevar el personal necesario para asegurar la buena marcha del tren. Este carro se llamó el cabús.

 La gente entonces comenzó a decir al último de la familia, el cabús. 

Pero eso no debe preocuparte, resulta que mi abuela Manuela Aguilar, madre de mi padre, era el cabús de ocho hermanos, Ella fue tu tatarabuela.

 Además mi padre Adrián Fernández, fue el cabús de cinco hermanos. Él fue tu bisabuelo. Pero también doña Mireya Solórzano, madre de tu abuela Mimi, fue el cabús de cinco hermanos. Ella fue tu bisabuela, también.

 Yo, tu abuelo soy cabús de cuatro hermanos. Tu mamá, es el cabús de mis hijos, que son cinco. 

Y vos sos la última de tus hermanos que son cinco también, así que sos el cabús de tu familia. 

Pero no solo eso, sos el cabús de mi familia, ya que sos la última de mis nietos, un cabús magnífico, sos un «cabús extraordinario», por lo que quería decirte toda esta historia familiar que hay delante de un cabús tan bello. Dame un abrazo.

M i querida nieta hace su Primera Comunión

A  lzo mis ojos al Cielo para pedir a Dios y 

R  ezo para que derrame bendiciones sobre ella,

I   nfunda en su alma una Fe profunda y la 

 compañe toda su vida!

A ngeles la guíen por el Buen Camino

L e lluevan las oportunidades de hacer el bien y tenga

xitos en lo que emprenda con su entusiasmo y que 

 amás se sienta derrotada y que la 

compañen siempre la Sabiduría y el Amor.

unca acepte los senderos oscuros que la vida ofrece.

D estaque siempre la benevolencia en su quehacer y…

R ecuerde en sus oraciones al que siempre la ha

A preciado y la ha querido con un entrañable cariño:

Su abuelo Rodrigo 

25 de Abril 2021

15 DE SETIEMBRE 1962

Primera vez en muchos años, que no tenía que desfilar porque ya era «universitario». Son las nueve y media de la mañana y llega mi primo Edgar Chamberlain a mi casa en calle 19. Ante la pregunta: ¿Qué vamos a hacer?, nos ponemos de acuerdo en ir a ver muchachas al desfile, por lo que tomé la cámara fotográfica y nos fuimos por la avenida 6 hasta el Paseo de los Estudiantes, en donde decidimos cambiar a la avenida 4 para llegar a la Catedral, donde encontramos el grueso del desfile. Luego de observar por un rato el paso de varios colegios, pasamos al Parque Central y caminamos hacia la avenida 2, adonde estaba el Colegio de Sión, que ocupaba casi la cuadra completa. Nosotros nos movimos lentamente hacia el oeste, mientras veíamos y admirábamos las integrantes de ese colegio. De pronto, frente al cine Palace, una muchacha que nunca había visto antes, llamó mi atención por su garbo, ojos, peinado entre otros atractivos, mientras sentía un escalofrío recorrer mi espalda y una voz interior me dijo: «Esa es». ¡Quedé prendado de ella!

Terminó el desfile y caminamos Edgar y yo hacia la Avenida Central y tomamos la acera derecha hacia el este, al llegar a la calle 1, noté que en la siguiente cuadra, en la acera de la izquierda, frente a una zapatería cercana a la Librería Lehmann, estaba ella hablando con unas amigas. Sin pensarlo mucho, me acerque por detrás, con la cámara lista, las amigas que me vieron algo le dijeron y ella volvió a ver y … «click» tomé la foto. 

Por ese tiempo había conocido a Orlando Calvo Fallas (QEPD) y logramos una gran amistad, por lo que acostumbrábamos salir los fines de semana, en compañía de otros amigos, para asistir a fiestas o hacer paseos, usando el automóvil de su papá. A principios de octubre de ese año 1962 Orlando nos informó: «el próximo sábado, va a haber una fiesta de quince años, de una prima mía, en mi casa, y están ustedes invitados, por mí, para asistir». 

Llegó el sábado señalado, y cuál no sería mi sorpresa, al abrir el periódico, que la prima era precisamente la persona que yo había visto en el desfile. Ya había, yo, revelado las fotografías y tenía su foto, por lo que me propuse entregársela en la fiesta. Debo indicar que en las ocasiones en que la había visto posterior al suceso narrado, en la Garza o en algún baile, ella siempre me había vuelto la cara o bajaba la vista para hacerme saber su desagrado por mí.   

Fue inolvidable su gesto de desaprobación cuándo me vio en la fiesta. Pasado un rato en que no le quité la vista de encima, mientras ella bailaba con sus amigos, decidí sacarla a bailar, y explicarle la razón de mi presencia ahí y le entregué la fotografía.

En otras oportunidades, seguí intentando hablar con ella pero fue muy difícil. Orlando, que conocía la historia del desfile, ya enterado que su prima era la que yo había visto, me llevaba en el carro, a pasar por la calle en donde ella vivía y la veía en el corredor de la casa de una de sus amigas. Pero también, en algunos bailes, finalmente logré volver a bailar con ella. 

Ya con la relación un poco más cercana, las amigas organizaron un baile en la casa de Olga Echeverría, costado norte de la Escuela Juan Rafael Mora, entre semana, con una finalidad ¡muy clara!

Luego de esperar una pieza romántica, porque sólo tenían música de Enrique Guzmán, finalmente apareció don Pedro Vargas y al ritmo de «Perfidia»(aunque la letra no fue la mejor, para el momento) le declaré mi amor y le pedí que fuera mi novia, y ella… ¡aceptó!. Eso ocurrió el 20 de febrero, ¡hoy hace 58 años!

¿Por qué breve? Del 15 setiembre al 20 de febrero hay 5 meses y 5 días. Y ¿por qué larga? , porque del 20 de febrero de 1963 a hoy ¡son 58 años! Ha sido mi esposa a partir del 30 de marzo de 1968, con un saldo, digno de destacar, de 5 hijos, (tres mujeres y dos hombres) y nueve nietos, (cinco mujeres y cuatro hombres)

DIOS Y LA NATURALEZA

Género Poesía. TALLER SIGAMOS ESCRIBIENDO.
Inspirado en la CARTA A DIOS, del Taller del P. LARRAÑAGA

Elevo mis ojos al cielo
En esta tierra, sentado en el suelo
Finca que me diste un día
Respondiendo a lo que yo te pedía

¡Que algo bueno con ella hiciera!
Ignoro si lo he cumplido
Ver puedo todo el colorido
De la floresta, que previo no existiera.

Del sol, sus rayos en la tarde,
Brindan una coloración dorada
En la variedad de hojas reflejada
Mi ser por tu Gracia… ¡arde!

Fácil es verte en las flores,
Pequeñas o grandes sean,
O en ese abejoncito o en los colores
De las mariposas por doquier vuelan

Gracias por la salud, la vista y el sentir
Además del olfato y el poder oír
En fin de este mundo poder disfrutar
Y de todas tus maravillas gustar.

Cuenta me doy, viendo a mi rededor
Que este mundo construiste con amor
Me pregunto ¿cómo todo esto inventaste?
¡Gloria a Ti! Lo puedo gozar en este instante.

EL MANDADO DEL PAN DULCE

Es un día entre semana, por la tarde, alrededor de las dos, estoy en el patio de mi casa, jugando con mis carros. Tengo cinco años. Es verano y el sol «pega» fuerte, por lo que tengo estacionados los autos en la sombra que proyecta el alero del apartamento de mi tía. 

De pronto, oigo: «Rodrigoooo», mi madre mi llama.  Respondo: «Síiii, mamá» «Necesito que me haga un mandado, ¿puede venir?» agrega ella. «Voy» contesto… y me dirijo hacia la cocina adonde ella se encuentra.

«Necesito que vaya a la panadería a comprarme dos Reales de pan dulce, no el bollo grande, sino de los redondos». Eso me dijo mientras se buscaba en las bolsas del delantal, alguna moneda. «Bueno, sólo tengo esta de dos colones», «Llévela y acuérdese que son dos Reales nada más»  Tomé la moneda y salí de la casa.

La panadería «La Costarricense», estaba a unas ciento veinticinco varas, pero había que subir la cuesta que con aquel sol no era tan fácil. Yo no dominaba muy bien los «dos, cuatro y seis Reales» que oía a los mayores mencionar, Me puse a pensar mientras subía la cuesta en los carros que había dejado en el patio, saludé a una señora que salía de una de las casas. Al llegar a la esquina con la avenida segunda tuve que esperar que pasara un carro y mientras lo hacía, escuche el pito del tren que iba a pasar cerca de donde me encontraba, por lo que me eche unos pasos para atrás para esperar y verlo pasar. 

Era la locomotora número 11, con cuatro carros «cajón», que había recibido de la Northern e iba hacia la estación del Pacífico. Atravesé la calle y comencé a subir la cuesta de la otra cuadra, más pendiente aún. Finalmente llegué a la panadería y Don Raúl, quien era el panadero, atendía a una señora, por lo que me puse a observar las delicias que estaban  expuestas en la vitrina, cuando oí que la señora preguntó: «¿Cuánto le debo?» y don Raúl contestó «Son seis Reales» Luego de pagar y salir, la señora, don Raúl se volvió hacia donde estaba y me preguntó: «Rodrigo, ¿qué se te ofrece?  » Dos reales de pan dulce pero de los redondos», «Ay, te quedo mal» me respondió y agregó» se me terminaron» «Si querés preguntá en la «Nueva Mina», puede ser que ellos si tengan» Concluyó. Salí un poco indeciso y pensé que mejor iba al otro negocio que estaba en la esquina situada a cien varas, al este al frente de la Botica Primavera.

Al llegar, pregunté si tenían los consabidos panes dulces y me dijo el que me atendió: «Si, si tenemos» y agregó » Cuanto necesita». Y me quedé en una pieza, no recordaba, cuanto era, si cuatro (carros del tren), o seis (compra de la cliente de la panadería. Y sin pensarlo mucho poniendo de golpe la moneda encima del mostrador, exclamé: «deme esto». 

La entrada a mi casa con la bolsa casi de mi tamaño llena de pan dulce motivó un recuerdo que guardo en mi corazón. Mamá exclamó: «Ay Rodrigo»

Quién sabe que necesitaba mamá comprar con el vuelto y yo lo impedí. ¡Antes con dos colones era posible comprar bastante!  Que lo diga Bartola…

Para el Taller Cuentos y memorias

Edgar es el menor de cuatro hermanos, dos hombres y una mujer, en ese orden forman la familia, cuyos padres han luchado por dar a sus hijos una buena educación. 

Corre el año 1950  y a Edgar lo han matriculado en el kínder Maternal ubicado al costado norte de la Escuela Buenaventura Corrales en San José. El primer día su madre lo lleva hasta el sitio, ubicado a unas siete cuadras de su casa. Al llegar, Edgar rápidamente comienza a jugar con unos carritos y hace amistad con los nuevos amigos. No da muestras de ansiedad cuando su madre se despide de él. 

En su casa trabaja Ofelia, quién es hija de Remigio, un señor mayor que se gana unas extras limpiando las casas del vecindario. Ofelia debe ser hija de una aborigen, porque no se parece a su padre, siendo ella muy bajita, de pelo y ojos muy negros, con la piel color café oscuro, boca pequeña con una dentadura blanquísima y un carácter bastante fuerte.

Es quién debe acompañar a Edgar, a dejarlo y traerlo del kínder. Es divertida la pareja, porque Edgar es más alto que Ofelia, y a ojos extraños entender quién cuida a quién es difícil,  a no ser por las órdenes que de vez en cuando dice Ofelia, llamando la atención a Edgar al cruzar las calles o al caminar por las aceras. 

Edgar disfruta el tiempo que pasa con sus compañeros, porque les dan plasticina, lo cual le permite crear toda clase de animales y cosas, y ni que decir de los tucos de figuras geométricas con las que juega, haciendo castillos y puentes. A la hora de la merienda, el fresco de frutas, le encanta, acompañado con galletas «maría».

Y así pasa el año, por lo que sus padres deben matricularlo en primer grado para el siguiente curso lectivo. Edgar quiere que lo matriculen en la escuela donde estuvieron sus hermanos: la escuela Juan Rudín. Y finalmente lo aceptan en dicho centro educativo, situado más o menos a un kilómetro de su habitación. (Cuándo sus hermanos asistieron ahí, vivían en casa de sus abuelos, situada a media cuadra). 

Y así transcurrió ese primer grado, siendo el único del barrio que asistía a ese centro educativo. Todos los demás iban a la Escuela Buenaventura Corrales. 

Fue un año de viajar un kilómetro, solo, hasta la escuela y regresar. En esos años, las calles de San José tenían muy poca circulación de vehículos, y la gente con que se encontraba Edgar iba apurada para su trabajo. 

En 1952, Edgar fue trasladado a la Escuela a la que asistían sus primos, vecinos del barrio. Ese año estrenó un bulto de cuero, para llevar sus útiles.  Éste tenía una tapa que se continuaba de la parte de atrás, hacia adelante y se doblaba por encima para alcanzar, al frente, dos cierres que aseguraban su contenido. Esta curvatura dejaba abierto un espacio a ambos lados a los que Edgar rápidamente les encontró utilidad como veremos.

En su casa se vivía una condición económica ajustada, por lo que no siempre Edgar lograba obtener algunas monedas para comprar algún alimento que mitigara el hambre que sentía conforme avanzaba la mañana. Un día le pidió a su mamá le alistara algún pan para enfrentar las ganas de comer. Ella así lo hizo y él  siguió llevando un bollo de pan de veinticinco céntimos, que era de un tamaño como la mitad de un baguette actual, pero sin bolsas de aire, era puro pan, le llamaban «melcochón» en la panadería. Su madre le agregaba mantequilla, de la de leche de vaca, y jalea de guayaba. 

Para llevarlo a la escuela, Edgar lo colocaba de último en su bulto aprovechando los agujeros laterales que dejaba la tapa y lo cerraba, dejando el bollo bien prensado y así llegaba a la escuela.

En el recreo grande, era corriente verlo comiéndose el bollo como si fuera una flauta y era la envidia de muchos. Y así transcurrieron los días, las semanas y los años, hasta que un día ingresó a la escuela doña Olga Ramos en calidad de subdirectora. 

En un recreo, doña Olga llamó a Edgar y le pidió que le dijera a su madre que le partiera el pan en pedazos, para que no estuviera comiendo con todo el bollo a la vez. Y… eso echó a perder todo el orden porque ya no podía acomodar el pan en el bulto y todo cambió.  Edgar todavía lamenta el nombramiento de doña Olga.

Publicado en el Facebook de Monumento Nacional Casa Alfredo González Flores el 14 de octubre de 2021

Me encuentro con mi amigo Eugenio un miércoles, y viendo su cara de preocupación le pregunto: «¿Te noto preocupado, que te ha pasado?» 

-Mirá, me fui a echarme unos tapis, el sábado pasado, en la cantina El Planeta, yo nunca había estado ahí, pero vieras que cosas tan raras me pasaron. Después de la primera cuarta, el cantinero, a quien llamaban Marciano, me preguntó que si ponía otra y le dije que sí.  Cuando la segunda llegaba a su final, estaban dando por la televisión uno de los capítulos de la película Star Wars, y le hice al cantinero un comentario que ni me acuerdo que fue, pero él me preguntó que si me gustaría ir en nave espacial a algún planeta, y yo le contesté que sí. De seguido me dijo que él podría llevarme a Júpiter, muy rápido.-«¿Cómo es la vara?» le pregunté al cantinero y me dijo: 

Tomado del Facebook Monumento Nacional Casa Alfredo González Flores

-Tiene que pasarse a los Reservados- Señalándome unas mesas con cortinas que tenían motivos planetarios impresos. -Pues probemos esa vaina, pero tráigame otra cuarta para ese viaje- le contesté dirigiéndome a los reservados. Una salonera, a quién llamaban Estrella, me abrió las cortinas y me senté. Marciano, con la tercera cuarta y un plato de bocas, se sentó a mi lado y Estrella se sentó en una silla individual separada de la mesa, pero a un lado. Cerraron las cortinas y comenzamos a movernos como en un metro. Ella manejaba a altas velocidades por una especie de tubo grande, subterráneo y en unos pocos minutos nos llevó hasta una especie de cráter pero en la parte de abajo.

 -Este es el Volcán Barba, como está extinto, ahora es una base interplanetaria- me informó el cantinero.

 Nos bajamos y llegamos a un lugar en donde estaba el cohete que nos llevaría a Júpiter. Y luego de subirnos, en medio de un gran estruendo despegamos. En medio del viaje, la cara del cantinero cambió a un color amarillo y su cara se transformó, la nariz se hizo grande y gruesa, sus orejas se alargaron y sus ropas eran como de metal. Igual pasó con la conductora del cohete. 

Al llegar a Júpiter, me di cuenta que es un lugar gigantesco, con gente grandísima y edificios increíblemente altos. Y todos con la cara amarilla, nariz grande y gruesa, y orejas grandes, como mis compañeros de viaje. 

-Viera que buen licor hacen aquí- me dijo Marciano. 

-Pues vamos a probarlo- respondí decididamente. 

Pero teníamos que ir a un cajero a cambiar por Jupidólares, y al llegar comenzamos a tratar de meter la tarjeta, pero no servía y sonaron las alarmas, por lo que rápidamente llegaron los policías en una patrulla que flotaba en el aire. Me arrestaron y me di cuenta que Marciano y Estrella ya no estaban. 

Ni te cuento la cara de mi esposa, cuando llegó con Sergio, mi primo el abogado, a sacarme de la «chirola». Estoy en un juicio porque traté de sacar plata del cajero quebrando el vidrio y con mi cuchilla sacar dinero. -¿Pero eso fue una buena borrachera?- le respondí a Eugenio.  Puede ser mae,  pero lo que me preocupa es ¿cómo regresé de Júpiter? ¿Llegan las patrullas de Costa Rica hasta allá?

Luego de asistir, virtualmente, a dos talleres denominados: «Cuentos y Memorias» y «Sigamos escribiendo», de una duración de ocho semanas cada uno, es mi deseo dejar constancia,a quién pueda interesar, de algunos pormenores de los citados talleres. 

Fue impartido por tres responsables jóvenes, estudiantes de la carrera de Filología Española de la Universidad de Costa Rica, cuyos nombres me complace en citar: Fernanda Arce, Natalia Ramírez y Alberto Solórzano. Quienes nos guiaron a varios adultos mayores, motivándonos a seguir escribiendo. Nos ofrecieron, en las lecciones de los sábados, información de mucha calidad y bibliografía de actualidad. 

Con suma paciencia atendieron nuestras consultas, revisaron nuestros escritos, corrigiéndolos y haciendo sugerencias muy atinadas para mejorarlos. Tuvimos la oportunidad de conocer y practicar otras formas de escritura como el tema fantástico, poemas de diverso tipo, y cuentos infantiles, entre otros.

Su trato para nosotros fue siempre respetuoso y muy cordial.

Personalmente, antes de los talleres, mis escritos versaban casi exclusivamente en recuerdos familiares, con los talleres me aventuré en otros campos. Soy adulto mayor de 77 años, Ingeniero Agrónomo, jubilado de la Universidad de Costa Rica, con el grado de Catedrático, y disfruté mucho el esfuerzo de los citados jóvenes profesores.

Deseo también dejar constancia de mi agradecimiento a la Casa de la Cultura Alfredo González Flores por su apoyo a este tipo de actividades.  Muchas gracias. 

RODRIGO FERNÁNDEZ HERRERA

EL SILENCIO

Y… el silencio volvió a la vieja casona.

Se terminaron los pasos de pies pequeños, de vocecitas hablando cosas a veces no entendibles por el abuelo sordo, y en una mezcla de inglés y español discusiones baladíes, sobre asuntos de interés sólo de ellos. Ya no hay el sonido del viejo piano, tocado por todos, algunos con cierto ritmo, otros casi aporreándolo, pero con interés evidente por la música.

O la nieta que le dice al abuelo: «sentate que voy a bailar y quiero que me veas» lo que para el abuelo significó un doble gusto porque pudo ver algo repetido cuando la madre de esa nieta le pedía, muchos años antes, exactamente lo mismo. Se acabó el reguero de juguetes por toda la casa que hicieron pensar al abuelo, que por lo menos habían disfrutado esas vacaciones en su casa.

Los múltiples «abuelo» o «Lolo» ya no se escuchan y los numerosos besos y abrazos ya no se reciben. En fin, el silencio se apoderó de nuevo de la casona que por unos días se estremeció con el jolgorio de los nietos y que hizo que el abuelo recordara tiempos idos cuando los hijos parecían disfrutar de la vieja casona. Y…el silencio retornó.

A los 77 años, uno ha tenido una larga vida, lo que le permite poder ver hacia atrás y entender cómo han transcurrido los años, y las cosas que uno creyó como casualidades, más bien han sido un derrotero definido por Dios. 

Trataré de explicarme conforme vaya escribiendo. 

Para iniciar, me remonto al tiempo previo a recibir mi Primera Comunión, en el año 1952. Recuerdo haber oído decir, en una misa dominical,  al padre Troyo, que había dos alternativas en la vida, una era creer en la palabra de Jesús, y la otra creer en lo que ofrece el mundo. Que cada uno podía escoger el camino que quisiera y esperar el momento de la muerte para ver el resultado, (hago la aclaración que no es textual y que fue entresacado del sermón por mi cerebro de casi  8 años), pero me sirvió en el sentido de que razoné que era mejor seguir el sendero trazado por Jesús. Y ¡me propuse lograrlo! 

Así luego de recibir por primera vez la hostia consagrada, el 15 de agosto de ese año, me prometí hacer los primeros viernes comulgando, ya fuera en la capilla del Corazón de Jesús, en la Iglesia de la Soledad, o en la iglesia del Barrio Luján, que eran los centros religiosos más próximos a mi casa. 

Además me hice el propósito de no faltar a misa nunca. Y realmente logré hacerlo, salvo en situaciones imposibles, como estar enfermo. 

Pues bien, así  transcurrió mi época escolar y posteriormente la colegial, sin nada muy impactante como para citarlo en este proyecto.

Al llegar a la Universidad en 1962, me encontré con la agradable sorpresa que había quedado entre ¡los mejores 25 exámenes de admisión! Según me dijo José Joaquín Trejos.

Edificio de la Facultad de Agronomía

Hice las materias de los Estudios Generales y en 1963 ingresé a la Facultad de Agronomía.

 Ese año recibí la materia que me marcaría en la vida. Matriculé  todo lo que aparecía en el programa para segundo año y ahí estaba una  de la cual yo no sabía nada: Entomología. Su profesor don Álvaro Wille Trejos, que para dar sus lecciones no utilizaba ninguna ayuda escrita, puro conocimiento de la materia. Me dije: «si algún día llego a dar lecciones voy a proceder como él».

 Aprendí, ese año,  mucho de ese maravilloso grupo de seres vivientes que son los insectos y que nos acompañan adónde quiera que vayamos.

Pero al año siguiente apareció el primer ángel. Un compañero de algunas de las materias que cursaba,  llamado Gilbert Fuentes, era a su vez asistente de don Álvaro en el citado curso.

Un día en un recreo, le comenté cómo había disfrutado esas lecciones. Él me contestó: ¿» de veras te gustaron»? y de inmediato agregó: «hay un puesto para asistente en la cátedra para atender el museo entomológico» ¿Te gustaría trabajar con nosotros? Entenderán que tomé ese trabajo, el salario era de 250 colones, menos las cargas sociales, pero al pasar a ser empleado universitario, estaba exonerado de pagar la matricula. Feliz fui a contárselo a mis padres y decirles que ya no tendrían que costearme mis estudios. Yo sentía que ellos hacían un gran esfuerzo y yo era el menor, con lo que terminaban su tarea de encarrilar a sus hijos. 

Don Álvaro esperando la salida del tren. Quepos 1967
Gira a Guanacaste, al extremo derecho don Álvaro Willie

En 1965, me matriculé en el curso de Fisiología Vegetal, que lo impartía don Francisco Carvajal. Yo desde un tiempo antes, era habitual visita del laboratorio de Fisiología Vegetal, porque un primo que a su vez era novio de la hermana de mi novia, trabajaba con ellos y yo pasaba a saludarlo y a conversar con otros que laboraban ahí. Entre ellos había un ingeniero agrónomo de nombre Carlos López que se convirtió en mi segundo ángel, cuando un día, se volvió y me dijo: «don Francisco anda buscando un asistente para el curso», ¿no le interesa ese puesto?, y fue así como pasé a ganar 526,65 colones, menos las cargas sociales, que me dejaban líquido 437,55 colones. Ya tenía dos asistencias de laboratorio y mi tiempo libre se disminuía, pero ya era ¡independiente!

Bueno es agregar a esta historia, el hecho de que en 1963 había comenzado de novio con la que hoy es mi esposa, y ella en el colegio, estudiando para sacar el bachillerato, y yo con mis asistencias, no había mucho que pensar en el futuro. Pero con la mejoría económica acordamos que podríamos ir comprando algunas cosas, y fueron sábanas, cocina, como ella estaba en clases de corte y confección, se me ocurrió regalarle una máquina de coser: «Cerebro de la Singer» que era lo más adelantado de la época. Claro todas esas compras eran a plazos donde uno iba pagando mes a mes hasta terminar.

Un día, previo a ir a rezarle a una imagen del Corazón de Jesús que había en el templo de la Pitahaya, cerca de donde ella vivía, hablamos de que yo no estaba dispuesto a casarme hasta no haber terminado mi carrera y tener una casa propia. 

Acordamos ir a ofrecerle a Él, que tendríamos en nuestra casa una imagen grande del Corazón de Jesús, y continuamos pidiendo que nos ayudara a conseguir esos proyectos.

Parecerá increíble, pero no habían transcurrido ni tres meses cuando una tía, hermana de papá, que vivía en un apartamento al fondo de la casa que habitábamos, quién era soltera, tenía dos casas de alquiler y tres cuartos de manzana, de café,  en Monterrey, Montes de Oca. Todo lo cual le permitía vivir cómodamente. Ella, me dice un día, con tono resentido: «como su hermano Jorge se va a casar, le ofrecí la casa de alquiler de la finca» «Pero no la quiso» «que mejor le diera un lote» «Entonces, quería preguntarle a usted si la quiere, yo la arreglo y se la regalo» ¡Apareció el tercer ángel!

Y llegamos al 19 de diciembre de 1967, en que nos comprometimos en matrimonio, en  una reunión familiar en la casa de ella, fijando para la boda el 30 de marzo de 1968.

Yo todavía no había terminado la universidad, precisamente en noviembre había presentado exámenes en Física y Química Analítica pero los resultados me los daban hasta febrero.

Precisamente el 13 de febrero de 1968, me presenté en la Secretaría de la Facultad de Agronomía a solicitar una constancia de haber concluido el plan de estudios, pues ya me habían confirmado la aprobación de las dos materias que me faltaban.

Ese día, al salir de la Secretaría con la constancia en mano, vi, al otro extremo del largo corredor, la puerta abierta del laboratorio de Edafología, y me dije: «eh, voy a pasar a despedirme de don Alberto» Don Alberto Sáenz Maroto había sido profesor mío en Edafología y en  uno de los cursos de Cultivos. Yo le tenía mucho aprecio y por eso mi decisión. Al llegar y tocar la puerta para pasar lo encontré sentado en su escritorio leyendo un libro. Me volvió a ver y con su voz gruesa me dijo «Que se te ofrece, muchacho» y yo le contesté «Don Alberto, acabo de retirar mi constancia de egresado de la Facultad y venía a despedirme de usted». Luego de un instante, acomodándose los anteojos, me preguntó «¿Y qué vas a hacer ahora?»  «Bueno, voy a buscar trabajo» fue mi respuesta. «¿Tenés algo pensado o conversado? » me dijo. «No señor todavía nada», un poco apenado le contesté. «Esperate un momento» y tomando el auricular del teléfono negro que tenía sobre el escritorio, marcó un número y habló con alguien al que le dijo «Mirá tengo aquí un muchacho que acaba de egresarse y quería preguntarte si tenés algo que le pueda servir a él» Siguió la conversación por unos instantes y se despidió. Volviéndose hacia mí  me dijo: «Andá adonde Luis Vives, este es el número de teléfono para que le pidás una cita, es en el Servicio Meteorológico, me dijo que tenía algo que ofrecerte,… pudiera servirte».  Don Alberto se convirtió en el cuarto ángel, y yo sólo pensé ¡en pasar a despedirme de él! 

Fue en marzo la cita con el ingeniero agrónomo Luis Vives F. Luego de que me hiciera pasar a su oficina, me informó que el puesto que tenía era de Asistente de Agronomía, con un salario de 1200 colones mensuales. «Le puede servir, puesto que yo pienso impulsar la agro meteorología, que es mi campo, y puede hacer su tesis de grado como parte de su trabajo en la institución» Realmente me gustó esa posibilidad de poder tener la oportunidad de cumplir con hacer la tesis de grado y así poder concluir todos los requisitos para obtener mi título. Le dije que aceptaba. «Magnífico», fue su respuesta y agregó: » Puede comenzar a partir del 1 de abril» Entonces le contesté «Bueno, le agradezco, pero… me caso el 30 de marzo, no podría ser a partir del 15?» Se me quedó mirando y me contestó: «toda persona que se casa tiene derecho a una semana libre, así que yo voy a hacer su acción de personal a partir del primero de abril». «Gracias» fue mi respuesta y agregué: » pero tengo otro asunto, la semana siguiente es Semana Santa, y necesito terminar el forro de las paredes de la cocina de mi casa». «¿Sería posible que me diera permiso de ausentarme los dos y medio primeros días, de esa semana que son de trabajo, para terminar de acomodarme?». Un lapso en que se quedó pensando y me respondió: «Claro, lo espero el lunes después de Semana Santa» Creo que apareció el quinto ángel, por lo que acaban de leer y por otras cosas que iré narrando. Y este quinto ángel lleva en su nombre eso: Luis Ángel. 

Ese año inicié mi tesis el 1 de mayo, sembrando 4 repeticiones cada 20 días usando cuatro variedades de fresa,  hasta completar el año, en un lote que me asignaron en la Estación Experimental Fabio Baudrit Moreno. Y llevando toda clase de controles de la estación meteorológica, de la citada Estación. 

Un día, en la oficina de San José, Luis me llama para que me presente en su oficina. Al llegar y recibir la invitación a sentarme, comienza a hablarme de las cosas que ha encontrado en el personal con que cuenta el lugar. Y agrega: «en síntesis, la única persona que ha concluido estudios universitarios aquí, sos vos, y yo necesito alguien de confianza para que esté a cargo de la oficina cuando yo no esté» (Luis debía estar en las mañanas en la Estación Fabio Baudrit y en las tardes estaba de director del Meteorológico) y de inmediato agregó, «por esa razón estoy solicitando al Servicio Civil un cambio de categoría en tu puesto para crear el de Subdirector, esto no te va a afectar en nada porque estás ocupando ese puesto y más bien vas a pasar a ganar más.» Todo eso ocurrió meses después y mi salario pasó a ser de 2400 colones. 

Debo agregar que en esos años se había realizado un convenio entre el Gobierno y la Organización Meteorológica Mundial, (OMM) de las Naciones Unidas que incluía la construcción de varias estaciones meteorológicas de diferentes tipos conocidas como A,B y C, labor que debía desarrollar nuestra oficina. Pero también el convenio incluía la Universidad de Costa Rica, donde había comenzado un plan de formación profesional en Meteorología. 

Estación de Limón. A la derecha la isla La Evita
Estación meteorológica Fabio Baudrit

Yo había estado participando en la construcción de varias de las estaciones meteorológicas, coordinando la entrega del equipo y realizando inspecciones en las construcciones de las estaciones del volcán Irazú, Limón y el aeropuerto de La Chacarita, entre otras. 

Al llegar 1970, no recuerdo el mes exacto, Luis me informó que iba a dejar la dirección del Meteorológico porque le habían ofrecido un trabajo en la universidad donde él había estudiado, en Estados Unidos. 

Personal del Meteorológico, 1970

Así, por unos meses, fui director a.i. lo que me permitió en compañía del Ingeniero Guillermo Yglesias, Ministro de Agricultura y Ganadería, saliente en mayo de ese año, que él   dejara inaugurada la estación citada del volcán Irazú.

Ya los primeros estudiantes de la carrera de Meteorología comenzaban a llegar en busca de información y con esto hice amistad con algunos de ellos. Para mí era claro que ellos debían hacerse cargo de la institución en algún momento, ya que eran preparados en el campo. 

Por ese entonces llegó un Ingeniero Agrónomo a buscar información, ya que él estaba a cargo del Proyecto MAG-BID y estaba haciendo un trabajo que requería información del clima. Llegó, y preguntó por el director y entonces la secretaria me informó, lo invité a pasar y sentarse y me habló de lo que andaba buscando y entablamos conversación en otras cosas hasta que me preguntó: «¿usted es Ingeniero Agrónomo?» Al responderle que me faltaba la tesis pero que ya estaba casi lista. Me dijo enseguida: «Tengo un puesto sin llenar para un ingeniero, para trabajar en Administración Rural y Cooperativismo, ¿no le interesaría trabajar conmigo?»  ¡Y apareció el sexto ángel y se llamó don Adrián Arias Argüello! 

Asistentes a la celebración de mi grado de Ingeniero Agrónomo

Era el año 1971, y en los primeros meses, me había encontrado con Luis Vives en la decanatura de la Facultad de Agronomía. Al verlo después de más de un año, le pregunté «¿Cuándo volviste? ¿Qué estás haciendo? «Terminé el trabajo en Michigan y estoy dando clases de biología aparte de mi trabajo en la Fabio Baudrit» fueron sus respuestas. «Ah, que dichoso, a mí siempre me ha gustado la biología y me encantaría poder dar clases», le contesté.  Se me quedó viendo y me dijo: «¿De verdad te gustaría?» Voy a hablar con don Edwin Navarro, que es el Coordinador de la cátedra, porque el necesita quién imparta unas clases en las tardes, en unas horas que no afectarían tu trabajo en el MAG» Creo que no necesito decirles que fui contratado. También les había dicho que el quinto ángel había participado en otras cosas, pues ya están enterados, de su ayuda, aparte de que ese año presenté mi tesis de grado, con la guía de don Luis Vives. El sétimo ángel fue don Edwin, que había sido profesor mío en el curso Industria Lechera, quién durante ese curso me había pedido que le ayudara como asistente de laboratorio, eso sí sin pago. Yo le había dicho que con mucho gusto y así nos conocimos mejor. 

Entonces, al darme la oportunidad  de dar clases me ayudó y  dándome otras posibilidades que ya citaré.

Entonces en julio de 1971 comencé a trabajar en el programa MAG- BID, como técnico de contrapartida en Cooperativas Agrícolas y Administración Rural. Estuve varios meses en el Departamento de Cooperativas del Banco Nacional, que era el que en ese momento se encargaba de todo el movimiento cooperativo del país, esto me permitió prepararme adecuadamente en ese campo. Pero lo que pudo ser no fue. El especialista que esperaba, no dio la talla y cuando lo puse en evidencia, el hilo se reventó por lo más delgado y fui trasladado, en 1973 a Extensión Agrícola, adonde permanecí hasta 1974. Pero mi sexto ángel, don Adrián Arias, no se olvidó de mí y habló con un hijo de él y me recomendó para ser trasladado al Centro de Investigaciones en Tecnología de Alimentos localizado en la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio, siendo un convenio de la UCR, el Consejo Nacional de Producción y el Ministerio de Agricultura. Entonces como parte de la colaboración del MAG me trasladaron a ese nuevo reto. 

Pero tengo que devolverme en el tiempo para citar algo importante en mi vida. El 4 de enero de 1973 nacieron mis hijas gemelas. Creció la familia rápidamente,  pues ya era padre de un varón, nacido en 1970.

Desde hacía como un año antes, había estado viajando con un tío mío, abogado, quién tenía un bufete en San Marcos de Tarrazú, en una casa alquilada que compartía con mi hermano Jorge, quién era dentista. Así fui conociendo esa linda zona y comencé a pensar en comprar una finca para hacer algo por mi profesión y para hacer temporadas de vacaciones con mi familia que comenzaba a crecer y me dije «Rodrigo, si no es ahora, más adelante imposible»  Así que para no hacer muy larga esta parte, les diré que había localizado una señora que tenía una finca en el cerro «La Laguna», que me pareció bonita porque estaba como a 1600 metros de altura y tenía una linda vista sobre el litoral por lo que se veía el océano Pacífico en todo su esplendor. La señora pedía por la finca veinte mil colones, de contado. Yo lo que tenía eran unos dos mil quinientos que me habían quedado, sin usar, del préstamo que había solicitado para atender los gastos del nacimiento de mis hijas. Con todo, le dije a la señora que el siguiente fin de semana iba a ir con mi papá, una tía y mi hermano, el dentista, para que conocieran la propiedad y así tomar una decisión. Llegó el sábado y así que la recorrimos, al regresar estaban unos quince hombres montados en caballos y uno de ellos preguntó que quién era el que estaba interesado en comprar la finca. Le contesté que yo. Él entonces me dijo: «mire señor, esta propiedad la mitad es mía y la otra parte es de mi hermana». Yo quería advertirle, para que supiera que la que vende es mi hermana y es la mitad de lo que usted ha visto». Le agradecí al señor y hasta ahí llegó mi interés por adquirirla. Pero cito esto porque uno de los caballistas viendo el desencanto reflejado en mi cara, se acercó y me dijo: «Aquella finca que se ve allá abajo, que tiene una casa, en ese camino, la están vendiendo, por qué no la ve, tal vez le convenga» El siguiente sábado fui a ver desde la calle la propiedad, y me gustó. Entonces, me presenté adonde me dijeron que vivía el propietario. Me hicieron pasar a la humilde vivienda y en un cuarto al fondo, estaba un señor muy mayor, postrado en una cama. Así conocí a don Romualdo Blanco Cascante, que por la forma en que convenimos se convirtió en el octavo ángel. 

Luego de saludarlo le expliqué la razón por la que estaba ahí y el diálogo más o menos fue así: «Me dicen que tiene en venta una propiedad, y quería conocer detalles de tamaño, condición y precio que está pidiendo por ella» comencé diciendo. Su respuesta: «sí señor, no sé si fue a verla, pero son 10 manzanas (un poco más de 6 hectáreas), está inscrita en el Registro y estoy pidiendo 35.000». «Ah, qué bien, y ¿cuánto sería lo menos en que la dejaría?» respondí un poco temeroso. «Mire joven, el precio son 35.000, pero, usted me simpatiza, le podría ofrecer un sistema a pagos, de la siguiente manera: Un pago de 5000, a la firma de la escritura, y seis pagos anuales de 5000, sin intereses, salvo los de mora, para lo cual me firma seis pagarés con vencimiento el año correspondiente. ¿Qué le parece? Bueno, ¡no le di un abrazo porque él estaba acostado! El 30 de junio de 1973 pasé a ser propietario de mi finca, que la mantuve por 44 años hasta que la tuve que vender por mi edad y pensando en  evitar problemas familiares. 

Bueno, pero ahora el asunto era cómo llegar a pagar a tiempo esa obligación. Los primeros cinco mil no fueron problema porque como mencioné algo tenía ahorrado y pude llevarle esa suma el día de la firma de la escritura. 

Bueno, ahí aparece mi ángel número siete, don Edwin Navarro. En los últimos meses de ese año, creo que en octubre, me dice: «en vacaciones la cátedra ofrece cursos de verano, yo me encargo de dar el grupo de la mañana, ¿le gustaría dar el grupo de la tarde? La universidad lo paga como una extra al salario regular, porque se supone que es tiempo de vacaciones para usted. El pago son dos mil cuatrocientos colones. ¿Qué le parece?» Y gracias a esa propuesta se me facilitó ir pagando la finca a puro curso de verano, claro, había que pellizcarle algo, mes a mes al ingreso pero fue una ayuda notoria. Nunca pagué ni un cinco por intereses de mora ya que para el 29 de junio de los años sucesivos, aprovechando que era feriado, en esos años, pude, a tiempo, llevar el pago correspondiente.  

Regreso en el tiempo al momento en que comencé a trabajar en el CITA (Centro de investigación en Tecnología de Alimentos). Fernando Arias era el director y me dijo: «Mirá Rodrigo, vos vas a ser el subdirector, y te vas a encargar del personal, y de la Planta Piloto que hay que terminar de instalarla para uso de los estudiantes y del personal de investigación» Estuve ahí por seis años y en ese tiempo trabajé con don Malcolm Mac Leman y con Rodney Cooke, en tiempos diferentes,  especialistas aportados por Inglaterra en un convenio con la UCR.

Subdirector y encargado de planta piloto C.I.T.A. 1974-1980

Se estableció una unidad llamada: «Tecnología Rural Apropiada» de la cual fui Jefe y con la cual logramos importantes cambios en Zarcero, El Silencio en Quepos, y en el Cedral de Dota. Participé en un curso de tres meses en 1976 en Israel, lo que me permitió asegurar el enfoque de la Unidad citada. Fui designado jefe de la Unidad de Investigación y Extensión entre 1977 hasta mi salida en 1980. 

Profesionalmente estaba muy bien, pero ya tenía cinco hijos y la carga comenzaba a sentirse en la economía familiar. Pero…Dios tenía otro ángel en la lista. Resultó que un cuñado mío, Carlos  Rojas Solórzano, que trabajaba en el Tribunal Fiscal Administrativo, como Secretario, me llamó y me dijo que el Miembro de la Sala Segunda, que por ley debe ser un Ingeniero Agrónomo se jubilaba y que el puesto, iba a quedar vacante. Que si me interesaba. Que podía ocuparla de inmediato interinamente y que luego la sacaban a concurso. Mi salario en ese momento era de Ingeniero Agrónomo 5, que era el nivel más alto y era de nueve mil colones. El nuevo puesto sería de dieciséis mil. Por esa razón opté por pasarme al Tribunal, donde laboré por catorce años hasta que en 1994 me jubilé. 

Y para terminar, ya que hablé de jubilación, debo contar como ocurrió. Estaba en una Asamblea Universitaria en el Auditorio de Derecho, en la UCR, y estaba sentada a mi lado una compañera llamada Isabel Chacón, que en un momento dado se volvió y me dijo: «Rodrigo, ¿vos no podés jubilarte ya? Te pregunto porque van a cambiar la ley actual y podrías perder algunos beneficios» No pasaba por mi mente jubilarme, aunque algunos síntomas de la sordera que padezco ya habían comenzado a ponerme nervioso. Hice la investigación correspondiente y debido a mis trabajos de asistente de laboratorio, siendo estudiante, mis cursos de verano y no sé qué otra razón lo cierto es que ya tenía el equivalente de 33 años de laborar y podía pedir la jubilación. Así lo hice entre otras razones, por la sordera y la de que al irme yo, que era en ese momento el único con puesto en propiedad, podrían dividirla y favorecer a algunos compañeros que llevaban muchos años en forma interina. Así las cosas, en 1994, año en que iba a cumplir 50 años me jubilé, de la UCR y por consiguiente tenía que dejar también mi puesto en el Tribunal. 

Finalmente debo citar tres acontecimientos, que dejaron huella en mi vida y un cuarto que fue un suceso divertido, pero digno de contar. 

El primero sucedió el 1 de diciembre de 1972. Regresaba de la finca con mi cuñado Álvaro y mi hijo que dos meses después cumpliría tres años, y que venía dormido en el asiento del medio del microbús de mí propiedad. Había una densa neblina que me obligaba a poner mucha atención en la carretera, pero en algún momento me dormí, y bajando una pendiente, cuando desperté iba muy cerca de la orilla izquierda de la carretera y llegaba a una curva hacia la derecha, por lo que de inmediato doblé la dirección buscando encarrilarme, pero en ese momento la rueda trasera se bajó de la calzada y el vehículo se fue de medio lado y comenzó a rodar por la pendiente dando una, dos, tres y no sé cuántas vueltas hasta que un árbol detuvo su caída dejando las cuatro ruedas hacia arriba. A mi hijo no le sucedió nada, afortunadamente traía unos sacos con naranjas y guayabas que aparentemente evitaron se golpeara excesivamente, mi cuñado sufrió un corte en la barbilla que necesitó intervención médica y yo en la desesperación agarrado de la manivela no me pasó nada físicamente. ¡Sin duda Dios estuvo con nosotros!

El segundo suceso ocurrió unos años después del primero,  en la finca y fue de la siguiente manera. Estaba con un hacha, cortando un guayabo que por su condición debía eliminarlo, cuando aparecieron cuatro de mis hijos. Detuve mi labor para hablar con ellos y pedirles que se apartaran porque era peligroso estar cerca. Así lo hicieron, y entonces volví a tomar el hacha, y al lanzarla, vi que el más pequeño había tardado un poco, por lo que me distraje y ya había lanzado el golpe, la distracción me hizo fallar el árbol y el hacha se me escapó de las manos y se fue dando vueltas, directamente para donde estaba mi hijo, le grité: «Federiiiico» y volvió a ver en el instante en que el mango del hacha pegaba en su cachete izquierdo, corrí desesperado y lo alcé, porque del golpe había caído al suelo y la sangre salía en cantidad, al levantarlo y ponerlo vertical frente a mí, ya alzado, el cachete cayo hacia adelante y pude ver los dientes a través del hueco. Corrí, subiendo una pendiente en cuyo extremo superior estaba la casa, al llegar le dije a mi señora que lo llevaba a la clínica del Seguro, pero que si no lo veían,  yo seguía con él hasta San José. Afortunadamente, lo atendieron y le suturaron la herida. Pero es algo que siempre que lo recuerdo se me eriza la piel al pensar que si en vez del mango hubiera sido el hierro, lo hubiera matado. Sin duda ¡Dios lo impidió! 

El tercer evento ocurrió en el patio trasero de mi casa en Montes de Oca. Estaban todos andando en bicicleta y disfrutando un rato con risas y gritos. De pronto llegó uno de ellos y me dijo: «papi, algo le pasó a Ana, chocó contra el árbol de guayaba y no se mueve» Bajé rápido y me la encontré en el suelo, encorvada sobre la manivela, la alcé y la cabeza se hizo para atrás y sentí que volvía. Posiblemente se golpeó el estómago, se quedó sin aire y por la posición no podía respirar. Subí con ella alzada para que mi señora, que estaba embarazada de la última hija,  la viera, pero ella había bajado por otra vía y llegó cuando yo estaba llegando arriba. Finalmente estuvo con ella sentada en el sofá de la sala hasta que se recuperó completamente. ¡No puedo negar que otra vez la Mano de Dios se hizo presente!

El último suceso fue jocoso según pueden darse cuenta con su relato. Estaba yo observando un trabajo con tractor que hacían al frente de mi casa porque construían una urbanización y debían colocar la tubería de aguas negras , cuando oí unos gritos de mi señora y casi de inmediato llegó uno de mis hijos y me dice: «papi, lo llama mami que vaya porque Gaby se murió». Corrí y al llegar al baño, porque era ahí que estaban bañando a mi hija en una de esas bañeras de plástico, puesta sobre el mueble del lavatorio. Y me dice ella:» tome» «algo le pasó», «no se mueve», la metí al agua y se quedó tiesa» Entonces la alce y la volví a ver y ella me vio y se sonrió con una sonrisa que no olvidaré, posiblemente el agua estaba un poco fría y de ahí su reacción inicial que asustó a su mamá.

Ahora bien, la razón de este escrito, no está en la vanidad por los puestos desempeñados, ni por la calidad de salarios percibidos, ¡no! El verdadero motivo, es que como dije al principio, los años me han permitido ver el hilo conductor de Dios en mi vida, (a quién lamentablemente le fallé en muchas ocasiones) pues como pudieron darse cuenta, nunca tuve que pedir trabajo, siempre hubo un ofrecimiento previo, nunca estuve sin trabajo, claro que hubo momentos de congoja, pero siempre pude encontrar la solución para lo que se fue presentando. 

Entonces ¿cómo no darle gracias a Dios por tanta bondad conmigo? ¿Sería el haber escogido Su Camino, según lo aprendido de niño en aquélla lejana homilía del padre don Antonio Troyo? No sé, pero todo parece mostrar que Dios nunca me ha abandonado y ¡así quiero dejarlo constando con este escrito!

Siendo estudiante de Agronomía en la Universidad de Costa Rica, logré que me nombraran como Asistente de Entomología. Corría el año de 1964. Tres años después, en 1967, mi jefe, el doctor Álvaro Willie Trejos, me dijo que le gustaría que lo acompañara a una gira de investigación que quería realizar al cerro Nara, Quepos, Provincia de Puntarenas.

Así el 2 de febrero de 1967, volamos en el avión TI-1009 de LACSA, hacia Parrita. Habíamos pensado en viajar en tren hasta Quepos, pero nos encontramos con la sorpresa que estaban levantando la línea, porque iban a eliminar el ferrocarril. Abordamos un autobús que nos trasladó hasta la estación llamada «La Lechería» y ahí estaba el tren con la locomotora diesel número 30, con un carro cajón y  tres vagones de pasajeros.  En él viajamos hasta Quepos,

 En  el trayecto pude observar las siembras de palma africana, que se utiliza para extraer el aceite para uso culinario. Esto se realizaba en la planta de extracción (creo que a la fecha, agosto de 2021, todavía está en funcionamiento) situada en Damas, cantón de Parrita (ver fotografía).

Planta de extracción de aceite de palma

En esta planta había un apartadero de ferrocarril, con una espuela que ingresaba a la fábrica ya que el transporte de los racimos de palma se hacía mediante el tren.

Don Óscar Monge

El viaje me permitió observar también, cantidad de ríos y riachuelos que bajan de la montañas próximas y obligaron la construcción de puentes para el paso del ferrocarril.

Algunas áreas de terreno se observaban sembradas de arroz.  En una de las estaciones pude acercarme a la locomotora y conocer al maquinista señor Oscar Monge, que con gran amabilidad me explicó todos los controles de la máquina y estuvimos un rato conversando. 

El viaje al Cerro Nara fue de cuatro días. No voy a referirme a esto por cuanto lo que deseo es dejar constancia de fechas y fotografía de mi propiedad que acompañan este corto documento, por si alguien se interesa por el término, tipo de coches y locomotoras existentes al cierre del mismo.

Llegamos de regreso del Cerro a Quepos, muy temprano, por lo que hicimos algunas visitas de turismo como al Hospital que cuenta con una bellísima vista sobre el océano y las playas cercanas.( Ver fotografías).

Se muestran dos fotos de ese último día con destino a Parrita, pero en tren hasta Pocares. En una se ve el mismo tren: un carro cajón y tres vagones de pasajeros con la locomotora 30. La otra fotografía,  muestra la locomotora 32, que iba detrás de nuestro tren,  con dos carros planos para cargar los rieles que habían quitado de la vía. Luego de un viaje un poco más largo en autobús hasta el aeropuerto y de nuevo en el TI-1009 de regreso a San José. 

Sería la última vez que vi este ferrocarril. Años después transité por una carretera de piedra que siguió la ruta del tren con peligrosos puentes del ferrocarril sin barandas, todo lo que daría paso a la llamada carretera costanera existente hoy en día.