Vengo de una familia amorosa con los animales. En casa de mis padres hubo siempre algún animal fuera, perro, gato, perico y/o tortuga. Hasta un manigordo, que llegó como un pequeño gatito y vivió con nosotros hasta que por su tamaño tuvimos que devolverlo.
Cuando me casé, fuimos a vivir en las afueras de San José. Tiempo después construyeron una escuela, lote de por medio, con mi propiedad. Mis hijos asistieron a esa escuela.
Un día mi hijo, de ocho años, de alguna manera se las ingenió , salió de la escuela, llegó a la casa y tocó el timbre. Cuando mi esposa abrió la puerta, mi hijo, sin darle tiempo a nada, le dijo: “téngalo y espero encontrarlo cuando regrese de la escuela” y entregándole una bola de pelos , llena de pulgas , salió en carrera de regreso a la escuela.
Después nos enteramos que una perra callejera había tenido sus perros bajo la gradería del gimnasio y mi hijo junto a varios compañeros, de repartieron la “camada”. Así apareció “topo” en el círculo familiar.
Todos estábamos contentos con el perrito, excepto la mamá de mis hijos, pero por lo menos no hubo un rechazo total. Su nombre se le dió porque le dió por hacer huecos , en la tierra , atrás de la casa.
Topo creció convirtiéndose en el terror de ardillas, zarigüeyas y cualquier otro animal que fuera sorprendido en el traspatio de la casa.
Solía echarse cerca del portón del garaje, donde la estructura de barrotes de hierro , no le impedían observar quién o qué pasara por la acera y escogía así a su antojo a quien ladrarle, con un tono fuerte que poseía en su ladrido.


Un día, un señor con un perro pastor alemán, atado a una correa, se le ocurrió atojar su perro en contra de Topo. El señor, quizá pensó que el estar al otro lado del portón, el asunto no pasaría del ruido de un poco de ladridos, y luego de un ratito siguió su camino.
No conocía a Topo. Éste estaba tan furioso, que de alguna manera se salió y corrió hasta alcanzar al señor y su perro. De seguido se armó un pleito que terminó el señor soltando la correa. Su perro quedó con una herida grande en el pescuezo y el cuerpo con trazas de sangre por todas partes. Por supuesto, Topo también tuvo que recibir algunos mordiscos, pero con la huida de su oponente no pasó a más.

Un tiempo antes una cuñada nos dió una perra , porque ella no podía tenerla más en su casa.
Con ella Topo tuvo su descendencia con varias camadas.

Topo partió tristemente de este mundo envenenado.
Disfrutamos su compañía por varios años.

Antaño

Guardo en mi memoria cosas y personajes que las nuevas y quizá hasta no tan nuevas generaciones no conocen. Por eso, a continuación, encontrará algunas de ellas.

Molendero, en la casa de mis padres y durante mi niñez, había en la cocina un mueble largo, con un sobre de madera dura y gruesa. Bajo éste había un espacio que se utilizaba para guardar cosas de cocina como ollas, sartenes, frascos, tarros, entre otros. Esta sección se cerraba con unas puertas corredizas.

El citado sobre se utilizaba para facilitar la preparación de algunos alimentos, como ensaladas o carnes o cualquier otro que requiriera espacio y soporte. 

Encima del molendero, pero en un extremo destacaba un mueble que es el que a continuación describiré.

Fiambrero era un mueble de forma de cajón, construido con material de metal (latón), agujereado, y forrado internamente con cedazo fino (hueco pequeño). Recuerdo que estaba pintado de color beige.

En el interior tenía una división horizontal en donde se solían poner alimentos como pan, tortillas, y otros que soportaran, sin descomponerse al ambiente, pero asegurando que no fueran alcanzados por insectos como moscas, hormigas o cucarachas. Cuando se quería hacer leche agria (así se llamaba en ese tiempo lo que ahora se conoce como “leche cultivada”), mamá solía poner ahí un vaso con leche y como era “integra”, generalmente al día siguiente ya estaba lista.

Nevera, aunque el término lo usan actualmente algunas personas para referirse a la refrigeradora, la nevera original era un cajón de madera, forrado internamente con latón, siguiendo las medidas de dicho cajón, pero el latón soldado y con una abertura en el fondo, que salía a través de la madera y un tapón cerraba este conducto que se usaba para desaguar el hielo derretido.

Tenía, el cajón, obviamente, una tapa de madera, forrada con latón en su cara interna, para preservar la madera y mantener un ambiente fresco, en su interior. El frío lo proporcionaba un trozo de hielo (un cuarto o media marqueta) y ahí se guardaban la leche y los productos cárnicos. Unos años más tarde fue sustituida por una refrigeradora, General Electric. 

Anafre en los años 40’s, la producción de energía eléctrica en Costa Rica, era insuficiente para cubrir las necesidades de la población. En la época seca esto se tornaba más difícil porque la mayoría de las plantas eléctricas bajaban su rendimiento porque los ríos disminuían su caudal. Entonces se racionaba la electricidad por sectores y las casas quedaban a oscuras, por dos o tres horas.

Entonces, en mi casa, se usaba un hornillo de dos fuegos (anafre) construido con ladrillos y forrado con latón con una abertura para introducir el carbón o la madera y encenderlos. Normalmente se colocaba encima del molendero y se hacían las viandas de la cena, alumbrando la cocina y el comedor con un par de candelas. Una vez concluida la comida, se llevaba a la sala una de las candelas y cuando todos estábamos sentados se apagaba ésta, y quedábamos en la penumbra. Salían a relucir, entonces, temas de conversación de lo más variado según la experiencia del día de cada uno. Era una reunión obligada, pero en la cual se aprendía muchas cosas, sobre todo los niños y adolescentes miembros de la casa. Los pocos automóviles que circulaban al llevar las luces encendidas reflejaban momentáneamente las caras de los que ahí estábamos. Al volver la electricidad, nos lavábamos los dientes y nos íbamos a la cama. 

Con respecto a los personajes que frecuentaban el barrio o mi casa, puedo comentar los que también ya no se ven como en ese tiempo.

Artemio: ese era el nombre del lechero que nos traía la leche desde San Isidro de Coronado. Era un hombre grande de tamaño y posiblemente de edad también, según se podía deducir de su cabellera canosa. Pero el lucía fuerte y de tez colorada posiblemente por las horas de sol que recibía diariamente. Llegaba en un caballo blanco con dos tarros a los lados de la parte trasera de la montura y dos más pequeños al frente de la misma. Desmontaba y dejaba el animal en la acera al frente de mi casa. Y, tocaba el timbre de mi casa para conocer si necesitábamos algo.  Con una medida de metal llenaba los recipientes, que mamá le traía, para dejarle los productos que ofrecía, leche y/o natilla. La natilla era ocasional que se dejara algo en la casa. ¡Pero la leche si se dejaba bastante porque según decir de mi tía Lucía, los hijos de María “son como terneros”! 

Héctor: Llegaba al frente de mi casa empujando un carretillo de madera, sin pintar, de una sola rueda. En él cargaba frutas y verduras que mamá le compraba algunas, porque mis padres acostumbraban a ir al mercado el sábado por la tarde y por lo tanto la compra se limitaba a lo que olvidó o que no había conseguido el fin de semana. Héctor era bajo de estatura y un poco grueso, usaba un sombrero café, un pequeño delantal azul que protegía su pantalón caqui. ¡Tanto éste como la camisa también, impecablemente aplanchados!

Abel: Llegaba al barrio, exclusivamente a la casa de los Trejos Fonseca. Jalaba un carretón de dos ruedas, cuidadosamente pintado y repleto de frutas y verduras. Recuerdo que con él conocí la berenjena, ya que nunca la había visto y siempre dejaba por lo menos una en dicha casa. Pero era posible ver en el carretón racimos de pejibayes, camotes, yucas, zanahorias entre naranjas, limones dulces, mandarinas, bananos y otras frutas y verduras. Abel, lucía un delantal completo de mezclilla, y un sombrero entre blanco y amarillo, que era posiblemente blanco que por el sudor y el uso se había tornado amarillento. Puntualmente llegaba al ser las 12 con lo que normalmente tenía que esperar a que los Trejos terminaran de almorzar, y el aprovechaba ese rato para comer algo y acomodar los productos en su carretón.

Zoraida: Era una señora mayor, pobre, que llegaba a mi casa vestida con un manto negro que le cubría la cabeza y caía sobre sus hombros y brazos que tapaban parcialmente un vestido negro, ambos, el manto y el vestido, lucían maltratados por los años. Ella era bajita y mostraba una desfiguración de la cara producida por un posible derrame. Tocaba el timbre y yo acudía a ver quién era y al verla me saludaba y preguntaba por mamá. Con una paciencia franciscana mi madre la atendía y hablaban tamaño rato, llanto y gemidos incluidos de la señora y entonces mi progenitora le ofrecía, café negro con un trozo de pan con mantequilla, y le daba alguna fruta, verdura, o huevos, crudos para que los llevara a su casa. Muy triste era verla irse lentamente después de su visita.

“Trotes”: Así le gritábamos a una señora joven andrajosamente vestida, que solía pasar por la calle, cuando estábamos jugando “mejenga” o “bate” y alguno le gritaba el apodo y todos salíamos en carrera a escondernos. Ella respondía tirando piedras o gritando groserías, amenazándonos con un palo o con cualquier otra cosa. En una ocasión estábamos mi hermana y yo junto con una vecina, al frente de la casa de la vecina, cuando aparece “trotes”, furiosa, con una gran piedra y corrimos a la casa de la vecina, cerramos la puerta de la calle y ella comenzó a golpear la puerta con la piedra. Un rato después se retiró y la “emergencia” terminó. En otra oportunidad estábamos unos primos vecinos del barrio, jugando con unos carros al frente de mi casa, cuando vemos que venía ella. Nos pusimos de acuerdo en no decirle nada y seguir con nuestro juego y ella pasó lentamente por la acera de enfrente volviéndonos a ver frecuentemente de reojo, y al ver que no decíamos nada, nos gritó: “¿Quién dijo Trotes?” y nosotros sin levantar la vista nos reímos calladamente hasta que se fue. Era todo un personaje de nuestra niñez.

Con esto termino presentado al lector algunas de las remembranzas de mi niñez en calle 19 entre avenidas 2 y 6.En San José.

Mi Palacio

El 31 de agosto de 1966, mi tía María del Pilar Fernández Aguilar hizo realidad el ofrecimiento y mientras yo viva no terminaré de agradecer ese gesto de desprendimiento hacia mi persona. Días atrás me había comunicado, su deseo de regalarme una propiedad, situada en Vargas Araya, Montes de Oca, San José. (ver plano)

Croquis #1

Era un lote de un poco más de 600 metros cuadrados, con una casa de madera, de regular tamaño con una distribución según se muestra en el croquis número uno.

Mi tía me dijo que ella se encargaría del arreglo de la casa, porque estaba un poco maltratada y me pidió que le hiciera un dibujo con la distribución que yo quería ya que había que arreglarla para que quedara conforme a mi gusto. Esto se muestra en el croquis número dos.

Inicio de mi vida en el palacio.

Mi matrimonio fue el sábado 30 de marzo de 1968. Al regreso de la “luna de miel”, el sábado 6 de abril, inicié mi vida en esa casa de la cual me enamoré por siempre. Faltaban algunos detalles que personalmente me dediqué a concluir, partiendo del lunes 8, que iniciaba la Semana Santa de ese año. Faltaban de colocar en la cocina, las ventanas y el forro de las paredes, y la pintura de los marcos de las ventanas y las paredes, todo lo cual quedó listo el sábado de Dolores, 13 de abril.

Croquis #2

El lunes 15 inicié mi trabajo en el Servicio Meteorológico Nacional, lo que ya he citado en mi escrito “Una vida de la mano de Dios”. De ahí en adelante, los sábados y días feriados me dediqué a acondicionar un área en un espacio disponible bajando a la planta inferior, y luego, otros dos escalones más abajo.

En ese espacio cementé lo que sería el piso y rodee con láminas de cinc para que fuera el cuarto de pilas y lavadora. Hice la correspondiente instalación eléctrica para que hubiera la electricidad necesaria para la lavadora y la luz. También hice la instalación de la cañería para llevar el agua a la pila de lavado y para la lavadora.

 Un tiempo después tras un robo de ropa tendida, me vi obligado a cerrar con láminas de zinc el área que ocupaba el “tendedero”, ya que la parte de atrás de la casa daba al cafetal de mi tía y era un paso de gente no muy honrada.

También recuerdo que hice la instalación eléctrica para colocar el calentador de agua en el baño. Así como un asiento para colocar el teléfono para que la señora pudiera hablar cómodamente con sus amistades.

El 26 de febrero de 1970, nació mi hijo Rodrigo Antonio. El día de su bautizo hubo una reunión familiar y aprovecho las dos fotografías siguientes para mostrar no solo los asistentes sino para ver cómo era el frente de la casa.

Rodrigo Antonio nos acompañó en el dormitorio por espacio de un año, luego lo trasladamos al cuarto del frente que ocupaba Jorge mi cuñado ya que estaba en la universidad de Costa Rica, a él le servía para asistir a clases y como yo viajaba mucho, también a mí, para que acompañara a mi esposa e hijo..

Fotografía #3

El 24 de junio de 1971 presenté mi tesis de grado, con lo que culminé mi formación universitaria. En la celebración posterior, en mi casa, recibí algunos miembros del jurado, familiares, amigos, y compañeros. Ver fotografía 3.

El 4 de enero de 1973 nacieron mis hijas gemelas, María del Rocío y Ana Lucía, con lo que me vi obligado a buscar cómo agrandar mi casa.

Mi cuñado, casado con mi hermana Doris, Pablo Gorini, quién era Ingeniero Civil se encargó de hacer el diseño.

Mi suegra, Mireya Solórzano, quién conocía al Gerente del Instituto Nacional de Seguros, me acompañó a una cita para presentarle mi situación, y lograr un préstamo con base a una póliza de vida que yo había adquirido unos años antes. El Instituto me financió con 51.400 colones que alcanzó junto 5.000 que adjunté para agregar a la casa una oficina, dos dormitorios y un baño más, la nueva fachada de la casa y cambio de la totalidad del piso para eliminar unos tablones, colocando piso de madera de alfajía. Ver croquis número tres. (ver croquis 3)

Croquis #3.

Mientras se realizaban esos trabajos, nos vimos forzados a trasladarnos a vivir en la casa de mis padres por unos cuatro meses, de marzo a junio.

Y los años pasaron y la familia aumentó en 1975 con Federico José y en 1978 con la última en llegar María Gabriela.

Que cantidad de bellísimos momentos atesoré viendo a mi familia crecer, jugar, hermanarse al máximo (a pesar de pequeñas situaciones de enfrentamiento que hoy son motivo de risas y jolgorio).

Reuniones familiares por cada cumpleaños (que fueron pasando en una forma tan rápida según lo veo ahora, a estas altas edades, y que todavía son motivo de agradabilísimos ratos de unión familiar).

Verlos salir uno a uno, con rumbo a la escuela, después, al colegio y luego a la universidad, ¡son momentos como fotografías en mi memoria de todo lo que pasó en mi Palacio!

Desde el punto de vista de los trabajos de albañilería, electricidad, cañería que tuve que emprender según necesidades de la familia, fueron tantas además de las que ya he citado, que es difícil identificarlas y transcribir lo que la memoria guarda, ya que esto se volvería una narración enciclopédica, por lo que solo citaré unos pocos ejemplos.

Recuerdo que, en los primeros años, en los meses de verano, había racionamientos de agua, por lo que instalé un tanque, en el cielo raso de la oficina, que se alimentaba con la cañería y llegaba a los servicios sanitarios, baños, lavatorios, pila de cocina y lavadora. Para poder tenerlo con el preciado líquido cuando había racionamiento instalé un tanque de mucha capacidad que se alimentaba por la cañería y al estar más bajo que la tubería de suministro en la calle, recogía toda el agua que quedaba una vez que la quitaban. Para lograr subir el agua de este reservorio, mediante un juego de llaves, instalé una bomba eléctrica, que subía el líquido hacia el tanque de distribución ya citado, y problema resuelto, nunca nos faltó el agua a partir de ese momento.

Para las aguas servidas, la casa original contaba con un tanque séptico en el jardín de atrás. Años después, urbanizaron un predio situado al frente de mi propiedad, que había estado dedicado al cultivo de flores de una jardinería. Para lo cual hicieron un sistema de alcantarillado de aguas negras abriendo una zanja muy profunda ya que debían llegar hasta la esquina que estaba un poco más elevada y de ahí bajar una cuesta hasta encontrar el sistema de alcantarillado del río “Los negritos”.

Al ver lo hondo de la zanja, hice mis averiguaciones en Acueductos y Alcantarillados para saber cuál era la profundidad y si yo podría conectar los servicios de mi casa.

Al obtener el permiso correspondiente y habiendo calculado todo previamente, hice la instalación de la cañería y un albañil me construyó el registro en la acera al frente de mi casa y Acueductos hizo la conexión de ahí a la tubería en la calle.

Cuando me jubilé, soñaba con tener un taller para hacer trabajos en madera, que desde el tiempo antes del colegio me encantaba hacer cosas. Fue así como luego de varios intentos en el sótano de la casa, opté por construir una edificación utilizando madera de la finca que me había sobrado de mi colaboración con la casa de mi hija Ana Lucía. Hice la instalación eléctrica y por varios años estuve haciendo trabajos para mis hijos y nietos.

Y… ¿por qué a esa casa la llamo “Palacio”? Porque ahí me sentí como un rey, y pude lograr para mi pueblo, todo lo que estuvo a mi alcance para que crecieran en un ambiente cómodo y se formaran siendo ciudadanos responsables, cultos, buenos católicos y con fuerte formación moral.

Pero todo aquel sueño se acabó cuando, al quedarnos solos, los hijos comenzaron a opinar que debíamos buscar un lugar más seguro, y como la señora estaba de acuerdo pues, para no tener cargos de conciencia posteriores, acepté pasarnos a un condominio en Concepción de la Unión, Cartago. Hoy, no tengo taller, solo cosas pequeñas puedo hacer sin lograr evitar los reclamos por ruido, ubicación o cualquier otro detalle.

Añoro mi Palacio, el que tendré que vender con un sentimiento profundo en mi corazón, pero así como con el otro sueño que tuve, mi finca, que vendí, a la que dediqué 44 años de mi vida, deberé deshacerme de mi Palacio… en que me sentí muy feliz por 50 años.  

Cirilo

Doña Eulalia tenía 38 años, cuando quedó embarazada de su primer hijo.

Vivía en una pequeña población de obreros cuya mayoría eran empleados de una central eléctrica nuclear, situada relativamente cercana al pueblo. Ricardo, esposo de doña Eulalia trabajaba ahí. No había transcurrido ni un mes de conocer la noticia del embarazo cuando un lamentable accidente en la central eléctrica liberó una gran cantidad de radiación y provocó un intenso incendio que mató a varios servidores, entre ellos a Ricardo. 

Fue tan intensa la fuga radioactiva, que el gobierno se vio obligado a cerrar permanentemente la central eléctrica y a trasladar a todos los habitantes en un radio de 25 km a unos albergues provisionales. Entonces, el poblado donde vivía Eulalia tuvo que ser evacuado y las casas destruidas. 

Se comprende fácilmente que su vida sufrió un cambio inesperado. Viviendo en ese albergue se cumplió el tiempo y nació un niño anormal, para ser exacto un pequeño monstruo ya que tenía una cabeza redonda y grande, un tronco pequeño cubierto de pelos, sus brazos largos con manos pequeñas y garras afiladas, sus piernas muy cortas con pies grandes y redondos, un ojo en medio de la cabeza, orejas puntiagudas. La nariz con orificios cuadrados y su boca con dientes afilados.

Eulalia pensó, viendo aquel niño tan horrible, que el no tenía la culpa y se dedicó a él con todo su amor. Lo bautizó llamándolo Cirilo y lo cuidó haciéndole esa ropa tan especial que necesitaba, recortándole las uñas entre otras muchas muestras de cariño.

Pero las cosas comenzaron a ir mal, porque primero los más cercanos y luego todos los que habitaban en el albergue se burlaban de ella y de Cirilo, por lo que sólo salía de la habitación para retirar los alimentos que entregaba de forma gratuita el gobierno.

Pasaron así cuatro años hasta que el Estado dijo que ya no habría más suministros y que cada uno debía buscar como ganarse la vida. Entonces sin apoyo económico y asediada por la gente se vio obligada a irse a la montaña y ver cómo podía rehacer su vida. Caminó hasta encontrar una cueva en una ladera cercana a un río y ahí se estableció.

Se alimentaban con frutos y hojas que la montaña les suministraba. Cirilo aprendió a pescar en el río gracias a las uñas largas que su madre no le había vuelto a recortar porque había extraviado las tijeras que utilizaba para ello. 

Dos años más tarde Eulalia se sintió mal y le era cada vez más difícil buscar alimento, por lo que Cirilo debía tomar esa labor. La poca gente que pasaba por aquella localidad se encargó de correr la voz de que un monstruo vivía en aquella montaña. 

Pocos meses después Eulalia falleció victima de diferentes tipos de cáncer provocados por la radiación a la que estuvo expuesta seis años antes. Dejó instruido a Cirilo que al morir lanzara al río su cuerpo y que no se preocupara más porque la naturaleza se encargaría de qué hacer con su cadáver.

Cirilo quedó solo y ya nadie se atrevía a pasar por aquellos lugares en los que en una cueva vive un monstruo terrible…

Esto ha sido el resultado de un curso en que la profesora nos dijo que con la descripción del monstruo, que ella nos suministró, debíamos de hacer un cuento y esto fue lo que hice. No es mi estilo favorito de escribir, pero debía cumplir la tarea.

Gracias por leerlo.

El autor

Reseña de una parte de mi vida. Taller Creativo

Ocurrió en el lejanísimo año de 1944. En aquel tiempo, para la Iglesia Católica, el día 14 de julio se celebraba a San Buenaventura por lo que estuve en un hilo de llamarme así. 

Pero organizando el relato, debo indicar que fui el cuarto y último hijo de una familia en que me antecedieron dos hombres y una mujer, en ese orden.  Así, mis padres ya tenían su familia completa: dos varones y una niña, entonces, ¿para qué tener más hijos? Pero si pensaron así, se equivocaron faltaba este broche de oro para cerrar la familia.

Y sucedió así. Papá contrajo la tuberculosis, enfermedad para la cual no había tratamiento específico en ese entonces, por lo cual en Costa Rica habían construido, en las faldas del volcán Irazú el Sanatorio Durán. 

El aire puro en las alturas, era el único tratamiento para ver si la persona afectada se curaba o moría.

Mi padre estuvo internado por un largo período y cuando comenzó a mejorar le permitían bajar a San José, un fin de semana al mes. Comprenderán que una de esas visitas dio como resultado el inicio de mi vida. Debo agregar, que por la enfermedad no había ingresos en la familia por lo que mi madre junto a mis hermanos se vio obligada a vivir en casa de mi abuelo.
Era esa casa grandísima pues mis abuelos procrearon 12 hijos por lo que había cuartos por doquier, era como una colmena. Ya se habían casado algunos y por eso no hubo problemas para hospedarnos.

Y sucedió así. Papá contrajo la tuberculosis, enfermedad para la cual no había tratamiento específico en ese entonces, por lo cual en Costa Rica habían construido, en las faldas del volcán Irazú el Sanatorio Durán.  El aire puro en las alturas, era el único tratamiento para ver si la persona afectada se curaba o moría.

En esa casa nací yo, porque así era la costumbre, las “parteras” o “comadronas” como se las llamaba se encargaban de los nacimientos en las propias casas.

La citada “colmena”, que todavía existe, se ubica de la esquina sur del frente de la Catedral, 100 m sur y 50 al este y es fácil de reconocer porque tiene un balcón pequeño en el segundo piso. Nací casi tan céntrico como el Banco Central.

Pero debo devolverme un poco para contarles que mamá decía que ella sentía que se iba a morir con mi nacimiento, al punto que le habló a su concuña, casada con un hermano de papá para que, si eso ocurría, si ellos se podían hacer cargo de cuidar este tesoro. Además, ella pensaba que iba a tener una niña para acompañar a mi hermana, esperando que naciera en o cerca del día de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, pidiéndole a su pariente que la bautizara así. 

En esta habitación nací yo

Por fortuna, mamá no murió y nací pesando once libras y tres cuartos, que son como cinco kilos y medio. Fallaron eso si las esperanzas de mamá pues nací varón, pero de la dedicación no falló y me bautizaron en la Iglesia de la Dolorosa, el 23 de julio de 1944 con el nombre de Rodrigo del Carmen.

Debo decir, para finalizar que papá sobrevivió gracias al Sanatorio Durán y murió a los 89 años.

El armario mágico

Ayer en la mañana, al terminar de ducharme, me dirigí al armario con el fin de escoger la ropa con que me iba a vestir. Abrí la puerta del armario y oh… ¡que sorpresa!, quedé aturdido por un instante…Ahí, esbelta, bella y guapa, de unos 32 años, estaba mi madre. Sí, esa edad era la que tenía cuando yo nací. Me miró con aquella mirada tan dulce como solo ella pudo hacerlo en toda mi vida. Pero además me sonrió con esa sonrisa que siempre me dio tranquilidad y seguridad. 

Siendo niño, ella me corrigió; en la adolescencia y juventud me aconsejó.  Cuando decidí casarme me dio su bendición y me dijo: “Dios te guíe en tu vida, hijo mío”.

Al verla de nuevo, nos miramos unos minutos y quise decirle en aquel momento, algo que me ha martirizado desde hace muchos años. Me llené de valor y al abrir la boca, ella desapareció, dejándome con mis deseos de hablarle de ese sentimiento atormentador.

Recordé los últimos tiempos de su vida, murió de 86 años, cuatro años después de que lo había hecho mi padre. Al irnos sus hijos de la casa materna, quedaron ellos solos y vivieron así 22 años hasta que a mamá se le quebró la cadera. Luego de su salida del hospital los pusimos en una casa de salud.

Ahí cuatro años después murió papá. Ante la pregunta nuestra, a mamá, sobre que prefería hacer, nos dijo que ella estaba a gusto ahí y si se podía ella quería quedarse con las amigas que había hecho en ese lugar. 

Siempre que pude los visité unas tres veces por semana. Al morir papá opté por llevarle a mamá entre otras cosas una cerveza pues sabía que disfrutaría de tomarla de vez en cuando. 

Dos años después sufrió lo que conocemos como “derrame cerebral”, lo que sería el inicio de los dos años más tristes de mi vida. Quedó paralizada de un lado de su cuerpo sin poder hablar, ni moverse, solo escuchaba pero no podía ni  decir por ejemplo,  que tenía sed o que le rascaran la espalda. 

Terribles dos años, que terminaron el 25 de noviembre de 1998, cuando su corazón se detuvo en la madrugada, estando completamente sola. Eso me ha perseguido toda mi vida, ya que no pude estar con ella en ese trance y quise disculparme en aquel encuentro en el armario mágico. Y … ¡no pude lograrlo!

El Chaleco Azul

Creo que todos conocemos ese maravilloso cuento –Caperucita Roja– que nos llamó la atención en nuestra niñez. ¿Pero, qué pasaría si ese cuento hubiera sido en Costa Rica? Veamos.

La mamá de Jaimito era una hábil costurera y un día le confeccionó un chaleco color azul, que fue la admiración en el pueblo, al punto que la gente comenzó a llamar a Jaimito “chaleco azul”.

Un día su mamá le pidió que fuera a la finca del abuelo a llevarle unos tamales, ya que a él le gustaban mucho y hacía días que no sabía nada de él.

Eso sí, advirtió a Jaimito que no se entretuviera con la honda tirándole piedras a los animales ya que el abuelo le había enseñado que Dios hizo el Cielo y la Tierra, con todos los seres vivientes que la pueblan y que por eso había que cuidar de ellos. Además, que no conversara con extraños porque el camino era largo y solitario.

“Sí mamá”, contestó, “así lo haré, si llevo la honda es para defenderme con las piedras que ayer recogí en el río”. Y poniéndose el chaleco azul y asiendo la canasta con los tamales se despidió con un beso y un abrazo, diciéndole a ella que no se preocupara.

Llevaba como una hora de camino y ya estaba en el bosque cuando notó que algo lo seguía. Continuó caminando, pero sacó del bolsillo su honda y una piedra y la lanzó en dirección adonde había oído algo quebrarse. Pensó: ”lo que sea, queda advertido”. 

De pronto oyó una voz que le dijo: “casi me das con esa piedra”, volvió a ver de dónde venía la voz encontrándose con un precioso y grande coyote. Se detuvo respondiendo a su vez: “Perdóneme, señor Coyote, nunca le tiro piedras a ningún animal, porque así me lo ha enseñado mi abuelo, si lo hice es porque pensé que había alguien que pudiera hacerme daño”

“¿Y hacia dónde caminas?” preguntó el coyote. Voy a casa de mi abuelo a llevarle estos tamales que le envía mi mamá. ¿Y usted adónde se dirige, don Coyote?  Pues ando buscando algo de comer, pero como han talado tantos árboles, cada día es más difícil encontrar alguno de los animales que me sirven de alimento.  “Usted tiene razón”, respondió Jaimito, mi abuelo me ha enseñado a cuidar el bosque porque los árboles alimentan a quienes comen hojas, a otros que comen flores, a otros que comen frutos. Sirviendo además de vivienda a innumerables seres vivientes. Y como si fuera poco enriquecen el aire con oxígeno, que todos necesitamos para vivir.

El coyote entonces preguntó, cambiando la conversación: “¿Su abuelo es un señor que vive en una finca, cuya casa es de madera, allá en el cerro Chato? Así es, él es, contestó chaleco azul y viendo que se había atrasado por conversar, cortó el diálogo diciendo:” bueno, que le vaya bien con su búsqueda, pero me urge llegar, gracias por su rato conmigo”

Y siguió el sendero, caminando rápido. Al rato se puso a pensar: “¿y, si el coyote se adelanta y llega adonde el abuelo y le hace algún daño?”. Esa idea le taladraba el cerebro, por lo que, al ver hacia un árbol de Ira Rosado, vio un águila arpía que descansaba en una rama del majestuoso árbol y le pidió que lo llevara volando a la finca de su abuelo.  Ella le contestó: “como yo se que no le tiras piedras a los animales, con gusto lo haré” y así lo hizo.

Al llegar le agradeció al águila, quién buscó otro árbol, ahora de pochote, para descansar. El abuelo estaba feliz de ver a chaleco azul y le dio un gran abrazo y de seguido entraron en la casa. Jaimito entonces contó al abuelo la conversación con el coyote y los temores que luego tuvo del posible ataque a él. “No te preocupes”, contestó tratando de tranquilizarlo, “los coyotes huyen de los humanos”.

En ese instante tocaron a la puerta. El abuelo antes de abrir se asomó por la ventana y volviéndose hacia chaleco azul, en voz baja le dijo: “es el coyote, escóndete en el armario“, y Jaimito temblando, así lo hizo. Cuando se abrió la puerta el coyote dijo: “señor, disculpe la molestia, pero resulta que me he encontrado con un niño, vestido con un chaleco azul, con quién he conversado largo rato sobre los animales y las plantas, especialmente los árboles. Ese niño me informó que usted lo había enseñado a él. Entonces quería felicitarlo a usted y agradecerle por cuidar de nosotros los animales y también de los vegetales que de una u otra forma nos alimentan”. El abuelo iba a contestar, cuando de lejos se oyó un gran grito: “yo también me uno a esa felicitación”. Era el águila arpía.

Entonces chaleco azul salió del armario y se abrazó con el abuelo y con el coyote. Luego se sentaron a la mesa, dieron gracias a Dios, y comieron de los tamales que el abuelo había puesto a calentar. 

En Más que Noticias, 5 julio 2023

La exposición Patrimonio Ferroviario del grupo PINTAL (Pintores al Aire Libre) dio como resultado que el señor José Miguel Cruz Blandón, periodista de Teletica, canal 7, se interesara en los pintores participantes.

Entre ellos, Ana Elena Fernández Díaz quien, entre otras cosas , le comentó que yo había brindado una charla de motivación y el creyó oportuno hacerme la entrevista que a continuación se agrega!

Conferencia impartida para Pintal, Pintores al Aire Libre de Costa Rica

https://www.facebook.com/pintalcostarica/videos/3013802905591283/?extid=NS-UNK-UNK-UNK-IOS_GK0T-GK1C&mibextid=cdlzoH&ref=sharing

–Solo videos, debe presionar sobre el cuadro para iniciar–

Presentación. Rodrigo Fernández H.
El tren de Palo Seco