ESTADÍA DE JUAN JOSÉ, EDGAR Y YO, EN LIMÓN

Como ya lo había narrado, llegamos a Limón el sábado 18 de julio de 1959, en vuelo de LACSA, aprovechando una tarifa de turismo de ¢28,35 ida y vuelta, sólo el vuelo.
Descendimos del avión y como acababa de llegar el TI-1005, el camión de transporte de pasajeros del aeródromo a la ciudad de Limón, tuvimos que esperar a que el citado aparato regresara del puerto.
Para “matar el tiempo” nos pusimos a tirar cosas al oleaje que reventaba con furor sobre la fina arena de la playa, cuando de repente nos encontramos una bombilla de las de luz flotando en el agua, y nos dio por tirarla mar adentro, pero como existía un viento contrario, la bombilla no podía adentrarse mucho con lo cual, al ratito regresaba y otra vez a tirarla para adentro, así estuvimos como unos veinte minutos hasta que llegó el “ómnibus”, en el cual fuimos transportados hasta la ciudad. Nos apeamos frente al mercado, en la agencia de LACSA en aquel puerto.

De ahí fuimos al Hotel Limón, donde nos dijeron que no tenían lugar, que fuéramos al Hotel Venus, en el cual pedimos un cuarto con tres camas y nos cobraron ¢18, por lo que cada uno pagó ¢6 sin comida.
Salimos a darnos una vuelta por la limpia ciudad, y en la cantina que está situada 100 varas al oeste del parque, Edgar tuvo que pagar la apuesta que habíamos hecho sobre cual avión nos iba a trasladar, él decía que el TI-1005 y yo que el TI-1006, ganando yo la apuesta que consistía en invitar a una cerveza.
Seguimos adelante y alquilamos unas “bicicletas” si es que podían recibir ese nombre, resultó que sólo la mía medio servía, pues la de Edgar cuando corría le daba “tabaquillo” en la rueda delantera, la de Juan José le sonaba todo menos el timbre que tenía en la manivela. En ellas fuimos primero al aeropuerto a ver llegar e irse el vuelo nocturno a Limón. Después nos metimos en la pista de aterrizaje y fuimos hasta el final de ella, y regresamos. Da la casualidad, que cuando regresábamos, como mi bicicleta era la mejor, entonces podía ir más rápido que ellos, iba yo pues, adelante cuando con el rabo del ojo izquierdo vi algo que atravesaba la carretera y enseguida sentí un golpe leve en la llanta delantera y escuché en ese momento un “crash”, frené en “raya” y me devolví para enterarme de lo sucedido y cuál no sería nuestra (digo “nuestra” porque ya habían llegado ellos) sorpresa al ver que era un cangrejo, tan grande como yo nunca había visto en mi vida, quedó el pobre hecho…hecho….

Fuimos luego a pasear por la Bananera, dimos otras vueltas por aquí y allá y regresamos al Hotel, donde nos bañamos porque por estar en el puerto ya olíamos feo. Luego bajamos a comer en el restaurante del hotel. Edgar pidió una lata de sardinas, dos kolas y un chop-suey, del cual, a pesar de que lo pidió pequeño, sólo se pudo comer la mitad; Juan José pidió una lata de sardinas y una kola; yo pedí un bistec “large” lleno de cebollas y tomate, una cerveza y dos kolas, y además una lata de sardinas.
Esa noche, fuimos al muelle, y nos sentamos a la par de un pescador, al rato de estar ahí pasó el avión de la Panamerican (con hora y media de retraso). Al poco tiempo salimos del muelle y nos tomamos unos refrescos y seguimos para el hotel pues estábamos muy cansados.
Cuando Edgar y yo estábamos acostados, Juan todavía estaba vestido y nos dijo que iba a ir a tomar una kola pues tenía mucha sed. Yo le dije: “bueno, pero lleváte la llave porque Edgar y yo, ya nos vamos a dormir”. No había terminado de salir cuando nosotros apagamos la luz, y saltamos de la cama para cerrar la puerta por dentro, pero la “secreta” de la cerradura estaba mala y entonces conseguí un manila y amarramos la cerradura y nos fuimos a la cama muertos de risa. Al rato volvió Juan y nosotros no sabíamos cómo aguantar la risa pues oíamos la llave donde la metía y la sacaba sin resultado. Lo malo es que yo no aguanté la risa y solté una carcajada y desde afuera oíamos: “no frieguen, hombres, abran la puerta”, le abrimos y terminó el primer día.

Al día siguiente, el primero en despertarse fue Juan José, y por lo que nos dijo, entendimos que no había dormido nada, pues alegó que la cama estaba muy dura…, que un gato…, que la lluvia…, entre otros problemas.
Nos alistamos y fuimos a misa, al salir compré un coco, entramos a un café y ahí desayunamos con kolas y unos sorbetos. De ahí fuimos al mercado en donde compramos unas cosillas como queso, tamarindo, etc. Fuimos al hotel a dejar las compras y luego tomamos el bus para Portete, el cual después de un rato de estar oliendo a sobaco, nos trasladó a aquel lugar, en el cual, Edgar y Juan José se bañaron, pues a mí papá me había dicho que no me metiera al mar, y entonces me senté en una mesa desde la cual se apreciaba la playa y me tomé un par de cervezas mientras ellos se bañaban. Ahí me encontré con unas muchachas compañeras de vuelo y con ellas estuve otro rato, nos robamos una pipa, pero en seguida nos pegaron el grito. Yo ofrecí pagarla, pero el señor dijo que no importaba siempre que botáramos lejos los restos. Regresamos al hotel, para bañarnos otra vez porque el sol estaba radiante y el calor muy fuerte. Juan y yo fuimos a almorzar al Hotel Park en donde nos sirvieron por c8 lo siguiente: una sopa, ensalada de camarones, dos trozos de carne para cada uno, arroz, frijoles, fresco, leche, plátanos y dulce. Al salir pasamos por Edgar que se había ido a almorzar a otro lado. Hicimos caja, y a mí me quedaban ¢2, a Juan ¢1,50 y a Edgar ¢1, por lo que decidimos alquilar las bicicletas por media hora.

Fuimos a la Agencia de LACSA a apartar los lugares y nos dijo el encargado que fuéramos por las cosas al hotel, porque ahorita nos trasladarían al aeropuerto. Así lo hicimos, tomamos las maletas y jalamos. Aquí termino de contarles la estadía de Juan José, Edgar y yo en el bello puerto de Limón. Ah… se me olvidaba contarles que cuando estábamos en la agencia de LACSA, me encontré una “colilla de bulto” para mandar por avión y se la guindé en la camisa, a Juan José en el botón de atrás en el cuello. Los demás pasajeros decían que no se perdería, y él no sabía de quién hablaban y no fue sino hasta que llegamos al aeródromo que se dio cuenta y entonces le dio un cascarazo a Edgar que casi lo desarma, y este le dijo que qué le pasaba y le dijo que había sido yo. Ahora sí, nos despedimos de Limón al despegar el avión.
Esto lo escribí como práctica del curso de Mecanografía en 1959 y aprovechando los pasajes de mi vida en esos años. Decidí dejarlos sin revisión de ortografía y redacción por ser los primeros intentos de escritura. Les solicito su comprensión al respecto. ¡Muchas gracias!
Rodrigo Fernández Herrera
