Antaño

Guardo en mi memoria cosas y personajes que las nuevas y quizá hasta no tan nuevas generaciones no conocen. Por eso, a continuación, encontrará algunas de ellas.

Molendero, en la casa de mis padres y durante mi niñez, había en la cocina un mueble largo, con un sobre de madera dura y gruesa. Bajo éste había un espacio que se utilizaba para guardar cosas de cocina como ollas, sartenes, frascos, tarros, entre otros. Esta sección se cerraba con unas puertas corredizas.

El citado sobre se utilizaba para facilitar la preparación de algunos alimentos, como ensaladas o carnes o cualquier otro que requiriera espacio y soporte. 

Encima del molendero, pero en un extremo destacaba un mueble que es el que a continuación describiré.

Fiambrero era un mueble de forma de cajón, construido con material de metal (latón), agujereado, y forrado internamente con cedazo fino (hueco pequeño). Recuerdo que estaba pintado de color beige.

En el interior tenía una división horizontal en donde se solían poner alimentos como pan, tortillas, y otros que soportaran, sin descomponerse al ambiente, pero asegurando que no fueran alcanzados por insectos como moscas, hormigas o cucarachas. Cuando se quería hacer leche agria (así se llamaba en ese tiempo lo que ahora se conoce como “leche cultivada”), mamá solía poner ahí un vaso con leche y como era “integra”, generalmente al día siguiente ya estaba lista.

Nevera, aunque el término lo usan actualmente algunas personas para referirse a la refrigeradora, la nevera original era un cajón de madera, forrado internamente con latón, siguiendo las medidas de dicho cajón, pero el latón soldado y con una abertura en el fondo, que salía a través de la madera y un tapón cerraba este conducto que se usaba para desaguar el hielo derretido.

Tenía, el cajón, obviamente, una tapa de madera, forrada con latón en su cara interna, para preservar la madera y mantener un ambiente fresco, en su interior. El frío lo proporcionaba un trozo de hielo (un cuarto o media marqueta) y ahí se guardaban la leche y los productos cárnicos. Unos años más tarde fue sustituida por una refrigeradora, General Electric. 

Anafre en los años 40’s, la producción de energía eléctrica en Costa Rica, era insuficiente para cubrir las necesidades de la población. En la época seca esto se tornaba más difícil porque la mayoría de las plantas eléctricas bajaban su rendimiento porque los ríos disminuían su caudal. Entonces se racionaba la electricidad por sectores y las casas quedaban a oscuras, por dos o tres horas.

Entonces, en mi casa, se usaba un hornillo de dos fuegos (anafre) construido con ladrillos y forrado con latón con una abertura para introducir el carbón o la madera y encenderlos. Normalmente se colocaba encima del molendero y se hacían las viandas de la cena, alumbrando la cocina y el comedor con un par de candelas. Una vez concluida la comida, se llevaba a la sala una de las candelas y cuando todos estábamos sentados se apagaba ésta, y quedábamos en la penumbra. Salían a relucir, entonces, temas de conversación de lo más variado según la experiencia del día de cada uno. Era una reunión obligada, pero en la cual se aprendía muchas cosas, sobre todo los niños y adolescentes miembros de la casa. Los pocos automóviles que circulaban al llevar las luces encendidas reflejaban momentáneamente las caras de los que ahí estábamos. Al volver la electricidad, nos lavábamos los dientes y nos íbamos a la cama. 

Con respecto a los personajes que frecuentaban el barrio o mi casa, puedo comentar los que también ya no se ven como en ese tiempo.

Artemio: ese era el nombre del lechero que nos traía la leche desde San Isidro de Coronado. Era un hombre grande de tamaño y posiblemente de edad también, según se podía deducir de su cabellera canosa. Pero el lucía fuerte y de tez colorada posiblemente por las horas de sol que recibía diariamente. Llegaba en un caballo blanco con dos tarros a los lados de la parte trasera de la montura y dos más pequeños al frente de la misma. Desmontaba y dejaba el animal en la acera al frente de mi casa. Y, tocaba el timbre de mi casa para conocer si necesitábamos algo.  Con una medida de metal llenaba los recipientes, que mamá le traía, para dejarle los productos que ofrecía, leche y/o natilla. La natilla era ocasional que se dejara algo en la casa. ¡Pero la leche si se dejaba bastante porque según decir de mi tía Lucía, los hijos de María “son como terneros”! 

Héctor: Llegaba al frente de mi casa empujando un carretillo de madera, sin pintar, de una sola rueda. En él cargaba frutas y verduras que mamá le compraba algunas, porque mis padres acostumbraban a ir al mercado el sábado por la tarde y por lo tanto la compra se limitaba a lo que olvidó o que no había conseguido el fin de semana. Héctor era bajo de estatura y un poco grueso, usaba un sombrero café, un pequeño delantal azul que protegía su pantalón caqui. ¡Tanto éste como la camisa también, impecablemente aplanchados!

Abel: Llegaba al barrio, exclusivamente a la casa de los Trejos Fonseca. Jalaba un carretón de dos ruedas, cuidadosamente pintado y repleto de frutas y verduras. Recuerdo que con él conocí la berenjena, ya que nunca la había visto y siempre dejaba por lo menos una en dicha casa. Pero era posible ver en el carretón racimos de pejibayes, camotes, yucas, zanahorias entre naranjas, limones dulces, mandarinas, bananos y otras frutas y verduras. Abel, lucía un delantal completo de mezclilla, y un sombrero entre blanco y amarillo, que era posiblemente blanco que por el sudor y el uso se había tornado amarillento. Puntualmente llegaba al ser las 12 con lo que normalmente tenía que esperar a que los Trejos terminaran de almorzar, y el aprovechaba ese rato para comer algo y acomodar los productos en su carretón.

Zoraida: Era una señora mayor, pobre, que llegaba a mi casa vestida con un manto negro que le cubría la cabeza y caía sobre sus hombros y brazos que tapaban parcialmente un vestido negro, ambos, el manto y el vestido, lucían maltratados por los años. Ella era bajita y mostraba una desfiguración de la cara producida por un posible derrame. Tocaba el timbre y yo acudía a ver quién era y al verla me saludaba y preguntaba por mamá. Con una paciencia franciscana mi madre la atendía y hablaban tamaño rato, llanto y gemidos incluidos de la señora y entonces mi progenitora le ofrecía, café negro con un trozo de pan con mantequilla, y le daba alguna fruta, verdura, o huevos, crudos para que los llevara a su casa. Muy triste era verla irse lentamente después de su visita.

“Trotes”: Así le gritábamos a una señora joven andrajosamente vestida, que solía pasar por la calle, cuando estábamos jugando “mejenga” o “bate” y alguno le gritaba el apodo y todos salíamos en carrera a escondernos. Ella respondía tirando piedras o gritando groserías, amenazándonos con un palo o con cualquier otra cosa. En una ocasión estábamos mi hermana y yo junto con una vecina, al frente de la casa de la vecina, cuando aparece “trotes”, furiosa, con una gran piedra y corrimos a la casa de la vecina, cerramos la puerta de la calle y ella comenzó a golpear la puerta con la piedra. Un rato después se retiró y la “emergencia” terminó. En otra oportunidad estábamos unos primos vecinos del barrio, jugando con unos carros al frente de mi casa, cuando vemos que venía ella. Nos pusimos de acuerdo en no decirle nada y seguir con nuestro juego y ella pasó lentamente por la acera de enfrente volviéndonos a ver frecuentemente de reojo, y al ver que no decíamos nada, nos gritó: “¿Quién dijo Trotes?” y nosotros sin levantar la vista nos reímos calladamente hasta que se fue. Era todo un personaje de nuestra niñez.

Con esto termino presentado al lector algunas de las remembranzas de mi niñez en calle 19 entre avenidas 2 y 6.En San José.

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