El Chaleco Azul
Creo que todos conocemos ese maravilloso cuento –Caperucita Roja– que nos llamó la atención en nuestra niñez. ¿Pero, qué pasaría si ese cuento hubiera sido en Costa Rica? Veamos.
La mamá de Jaimito era una hábil costurera y un día le confeccionó un chaleco color azul, que fue la admiración en el pueblo, al punto que la gente comenzó a llamar a Jaimito “chaleco azul”.
Un día su mamá le pidió que fuera a la finca del abuelo a llevarle unos tamales, ya que a él le gustaban mucho y hacía días que no sabía nada de él.
Eso sí, advirtió a Jaimito que no se entretuviera con la honda tirándole piedras a los animales ya que el abuelo le había enseñado que Dios hizo el Cielo y la Tierra, con todos los seres vivientes que la pueblan y que por eso había que cuidar de ellos. Además, que no conversara con extraños porque el camino era largo y solitario.

“Sí mamá”, contestó, “así lo haré, si llevo la honda es para defenderme con las piedras que ayer recogí en el río”. Y poniéndose el chaleco azul y asiendo la canasta con los tamales se despidió con un beso y un abrazo, diciéndole a ella que no se preocupara.
Llevaba como una hora de camino y ya estaba en el bosque cuando notó que algo lo seguía. Continuó caminando, pero sacó del bolsillo su honda y una piedra y la lanzó en dirección adonde había oído algo quebrarse. Pensó: ”lo que sea, queda advertido”.
De pronto oyó una voz que le dijo: “casi me das con esa piedra”, volvió a ver de dónde venía la voz encontrándose con un precioso y grande coyote. Se detuvo respondiendo a su vez: “Perdóneme, señor Coyote, nunca le tiro piedras a ningún animal, porque así me lo ha enseñado mi abuelo, si lo hice es porque pensé que había alguien que pudiera hacerme daño”
“¿Y hacia dónde caminas?” preguntó el coyote. Voy a casa de mi abuelo a llevarle estos tamales que le envía mi mamá. ¿Y usted adónde se dirige, don Coyote? Pues ando buscando algo de comer, pero como han talado tantos árboles, cada día es más difícil encontrar alguno de los animales que me sirven de alimento. “Usted tiene razón”, respondió Jaimito, mi abuelo me ha enseñado a cuidar el bosque porque los árboles alimentan a quienes comen hojas, a otros que comen flores, a otros que comen frutos. Sirviendo además de vivienda a innumerables seres vivientes. Y como si fuera poco enriquecen el aire con oxígeno, que todos necesitamos para vivir.
El coyote entonces preguntó, cambiando la conversación: “¿Su abuelo es un señor que vive en una finca, cuya casa es de madera, allá en el cerro Chato? Así es, él es, contestó chaleco azul y viendo que se había atrasado por conversar, cortó el diálogo diciendo:” bueno, que le vaya bien con su búsqueda, pero me urge llegar, gracias por su rato conmigo”
Y siguió el sendero, caminando rápido. Al rato se puso a pensar: “¿y, si el coyote se adelanta y llega adonde el abuelo y le hace algún daño?”. Esa idea le taladraba el cerebro, por lo que, al ver hacia un árbol de Ira Rosado, vio un águila arpía que descansaba en una rama del majestuoso árbol y le pidió que lo llevara volando a la finca de su abuelo. Ella le contestó: “como yo se que no le tiras piedras a los animales, con gusto lo haré” y así lo hizo.

Al llegar le agradeció al águila, quién buscó otro árbol, ahora de pochote, para descansar. El abuelo estaba feliz de ver a chaleco azul y le dio un gran abrazo y de seguido entraron en la casa. Jaimito entonces contó al abuelo la conversación con el coyote y los temores que luego tuvo del posible ataque a él. “No te preocupes”, contestó tratando de tranquilizarlo, “los coyotes huyen de los humanos”.
En ese instante tocaron a la puerta. El abuelo antes de abrir se asomó por la ventana y volviéndose hacia chaleco azul, en voz baja le dijo: “es el coyote, escóndete en el armario“, y Jaimito temblando, así lo hizo. Cuando se abrió la puerta el coyote dijo: “señor, disculpe la molestia, pero resulta que me he encontrado con un niño, vestido con un chaleco azul, con quién he conversado largo rato sobre los animales y las plantas, especialmente los árboles. Ese niño me informó que usted lo había enseñado a él. Entonces quería felicitarlo a usted y agradecerle por cuidar de nosotros los animales y también de los vegetales que de una u otra forma nos alimentan”. El abuelo iba a contestar, cuando de lejos se oyó un gran grito: “yo también me uno a esa felicitación”. Era el águila arpía.

Entonces chaleco azul salió del armario y se abrazó con el abuelo y con el coyote. Luego se sentaron a la mesa, dieron gracias a Dios, y comieron de los tamales que el abuelo había puesto a calentar.
