EL MANDADO DEL PAN DULCE
Es un día entre semana, por la tarde, alrededor de las dos, estoy en el patio de mi casa, jugando con mis carros. Tengo cinco años. Es verano y el sol «pega» fuerte, por lo que tengo estacionados los autos en la sombra que proyecta el alero del apartamento de mi tía.
De pronto, oigo: «Rodrigoooo», mi madre mi llama. Respondo: «Síiii, mamá» «Necesito que me haga un mandado, ¿puede venir?» agrega ella. «Voy» contesto… y me dirijo hacia la cocina adonde ella se encuentra.
«Necesito que vaya a la panadería a comprarme dos Reales de pan dulce, no el bollo grande, sino de los redondos». Eso me dijo mientras se buscaba en las bolsas del delantal, alguna moneda. «Bueno, sólo tengo esta de dos colones», «Llévela y acuérdese que son dos Reales nada más» Tomé la moneda y salí de la casa.
La panadería «La Costarricense», estaba a unas ciento veinticinco varas, pero había que subir la cuesta que con aquel sol no era tan fácil. Yo no dominaba muy bien los «dos, cuatro y seis Reales» que oía a los mayores mencionar, Me puse a pensar mientras subía la cuesta en los carros que había dejado en el patio, saludé a una señora que salía de una de las casas. Al llegar a la esquina con la avenida segunda tuve que esperar que pasara un carro y mientras lo hacía, escuche el pito del tren que iba a pasar cerca de donde me encontraba, por lo que me eche unos pasos para atrás para esperar y verlo pasar.
Era la locomotora número 11, con cuatro carros «cajón», que había recibido de la Northern e iba hacia la estación del Pacífico. Atravesé la calle y comencé a subir la cuesta de la otra cuadra, más pendiente aún. Finalmente llegué a la panadería y Don Raúl, quien era el panadero, atendía a una señora, por lo que me puse a observar las delicias que estaban expuestas en la vitrina, cuando oí que la señora preguntó: «¿Cuánto le debo?» y don Raúl contestó «Son seis Reales» Luego de pagar y salir, la señora, don Raúl se volvió hacia donde estaba y me preguntó: «Rodrigo, ¿qué se te ofrece? » Dos reales de pan dulce pero de los redondos», «Ay, te quedo mal» me respondió y agregó» se me terminaron» «Si querés preguntá en la «Nueva Mina», puede ser que ellos si tengan» Concluyó. Salí un poco indeciso y pensé que mejor iba al otro negocio que estaba en la esquina situada a cien varas, al este al frente de la Botica Primavera.
Al llegar, pregunté si tenían los consabidos panes dulces y me dijo el que me atendió: «Si, si tenemos» y agregó » Cuanto necesita». Y me quedé en una pieza, no recordaba, cuanto era, si cuatro (carros del tren), o seis (compra de la cliente de la panadería. Y sin pensarlo mucho poniendo de golpe la moneda encima del mostrador, exclamé: «deme esto».
La entrada a mi casa con la bolsa casi de mi tamaño llena de pan dulce motivó un recuerdo que guardo en mi corazón. Mamá exclamó: «Ay Rodrigo»
Quién sabe que necesitaba mamá comprar con el vuelto y yo lo impedí. ¡Antes con dos colones era posible comprar bastante! Que lo diga Bartola…

así es la vida, por más congojas que uno pase todos aprendemos de las equivocaciones y al final toda experiencia se recuerda con alegría.
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