EL SILENCIO
Y… el silencio volvió a la vieja casona.
Se terminaron los pasos de pies pequeños, de vocecitas hablando cosas a veces no entendibles por el abuelo sordo, y en una mezcla de inglés y español discusiones baladíes, sobre asuntos de interés sólo de ellos. Ya no hay el sonido del viejo piano, tocado por todos, algunos con cierto ritmo, otros casi aporreándolo, pero con interés evidente por la música.
O la nieta que le dice al abuelo: «sentate que voy a bailar y quiero que me veas» lo que para el abuelo significó un doble gusto porque pudo ver algo repetido cuando la madre de esa nieta le pedía, muchos años antes, exactamente lo mismo. Se acabó el reguero de juguetes por toda la casa que hicieron pensar al abuelo, que por lo menos habían disfrutado esas vacaciones en su casa.
Los múltiples «abuelo» o «Lolo» ya no se escuchan y los numerosos besos y abrazos ya no se reciben. En fin, el silencio se apoderó de nuevo de la casona que por unos días se estremeció con el jolgorio de los nietos y que hizo que el abuelo recordara tiempos idos cuando los hijos parecían disfrutar de la vieja casona. Y…el silencio retornó.

