¿POR QUÉ ESTAMOS HOY AQUÍ?

5 de Agosto del 2017.

Fiesta de primos en AMPO

Voy a tratar de contestar esta pregunta de varias formas. Primero tendría que señalar algo que es obvio, como es el lazo familiar. Segundo tengo que indicar la calle 19 entre avenidas 2 y 6. Tercero, la época que nos ha correspondido vivir.

Así planteado el asunto, quiero referirme al lazo familiar, señalando a mi abuelo Ceferino Fernández Alvarado y a mi abuela Manuela Aguilar Fernández, como los promotores de esta reunión. Ellos trajeron al mundo a cinco hijos, de los cuales está en primer término, la abuela, bisabuela y tatarabuela y a la larga, me quedo corto en señalar algo más: Emilia, de la cual descienden la mayoría de ustedes. José Francisco, que creo que ninguno de los presentes conoció por su muerte prematura. María del Pilar, la Tía, con mayúscula, a quién nadie puede olvidar. Alfonso, cuyo matrimonio con Lucía Baudrit hizo más unido el vínculo familiar con buena parte de los presentes. Y finalmente Adrián, mi papá y de mis otros tres hermanos que se hayan hoy aquí.

Llego entonces al segundo punto, calle 19 entre avenidas 2 y 6. Lugar de encuentro para los primos en nuestra niñez y juventud. Casa de Papa Juan y Nana; a la par casa de José Joaquín y los Trejos Fonseca; al frente casa de Alfonso y los Fernández Baudrit. Y a la par la casa de Tía, donde vivíamos los Fernández Herrera, junto con ella. Ese núcleo familiar nos permitió relacionarnos de una manera tan fuerte que hoy estamos aquí para dar fe de eso. Los Baudrit Trejos, los Chamberlain Trejos y los Macaya Trejos, aunque vivían en otros sitios llegaban con frecuencia a visitar a los abuelos y a la Tía con mayúscula. 

Sería de no acabar contar todos los episodios que vivimos en esa época dorada, pero los invito a recordar las Semanas Santas con los fariseos jugando naipe en la mesa del apartamento de Tía los viernes Santos. O las Navidades, en donde el intercambio de regalos, era inevitable y muy esperado, junto con los tamales, las ensaladas, manzanas, uvas y peras las cuales, hoy se encuentran, éstas tres últimas, por doquier pero que en ese entonces sólo se podían comer en esa época y casi que sólo en esa ocasión. Los cumpleaños de cada primo en cada casa, incluyendo los que no vivían ahí, porque íbamos adonde Fabio y Aurelia, o adonde Hugo y Eugenia, o adonde Enrique y Virginia para celebrarle a todos los primos y pasar un rato agradable con todos.

Finalmente, como tercera causa, la época que nos correspondió vivir, era una época de vida sencilla, crecimos recién terminada la Segunda Guerra mundial y fuimos influidos en nuestros juegos por ese episodio difícil en la vida de la humanidad. Jugábamos… en la calle, casi sin automóviles: bate, rayuela, de guerra, en fin cosas simples pero que nos hacían vivir con alegría y crecer sanamente.

Pero… quiero agregar algo de mis primos hermanos que ya hoy no están con nosotros. Citaré unos pocos recuerdos de cada uno como homenaje a los buenos momentos que nos hicieron vivir. 

En orden de edad, comenzaré por Aurelia, necesitaría como una enciclopedia para hablar de esta inolvidable prima. Les diré que fue mi primera patrona, pues fui empleado de la tienda que ella tenía en su casa, y me salvó, de tener dinero, en la época de vacaciones. Pero. ¿Cómo no citar a Fabio, quien junto con ella nos dio la oportunidad de vivir la época de Pizote, que muchos recordamos como una referencia en nuestras vidas? Las tortillas de Emilia, Vidal, los tuzos, las fogatas, las visitas de los decanos, las guerras de terrones, sólo para citar algunas cosas imborrables, que las vivimos gracias a ellos. Agradecimiento eterno.

Y de Eugenia, mujer trabajadora al máximo, siempre sonriente que me regaló la primera flor de santa Lucía que recibí en mi vida, diciéndome: “Santa Lucía en Enero, todo el año dinero”. Y Hugo, con quién tuve la oportunidad de ir a muchos sitios en la “machincha” y de quién aprendí mucho con su ejemplo y trato amable. ¡Imposible olvidarlos!

José Joaquín y Clarita, ¡cuántos recuerdos!, entrar a la casa y oír el concierto número 5 de Beethoven, era lo más corriente, o ver la olla de jocotes cocinándose, o la berenjena, que en ese tiempo sólo adonde ellos la veía porque Abel, el verdulero ambulante se las llevaba. Un día estábamos jugando con las bolas de vidrio, al frente de la casa de ellos, y salió Jose de la casa y nos dijo: “móntense, en el carro que los voy a llevar a conocer algo nuevo”. El carro era el Chevrolet 47 de Papa Juan, y tomamos rumbo a San Pedro, pero en la intersección de Sabanilla, cruzamos como para ir hacia ahí, pero más adelante nos metimos por una callecilla de tierra que recuerdo que estaba llena de charcos, porque había llovido, y llegamos al frente de adonde está hoy en día la facultad de Agronomía de la UCR. Nos pidió que nos bajáramos y una vez a la orilla de la cerca, nos dijo: “aquí se va a construir la Ciudad Universitaria”.

Las fiestas de cumpleaños en casa de los Trejos, recuerdo las melcochas de Amelita y las piñatas que eran una tinaja de barro y tenía uno que estar muy despierto para que no le cayeran pedazos en la cabeza.  Lindos e inolvidables recuerdos con ellos.

Enrique y Virginia, otro montón de recuerdos de donde entresaco las idas a temporar Enrique, Gabriel y yo, a Coronado o a Birri. En un jeep al que Enrique le daba cigüeña imaginaria, en el frente de la palanca de marchas, fingiendo que no subía una cuesta.  Él nos preparaba la comida y al final abría una lata de melocotones. Recuerdo un cumpleaños que se vistió de mago y nos hizo una representación de magia, de lo más simpática. El atuendo era un turbante y la bata de levantarse, cerraba el atuendo. ¡Inolvidable! Con frecuencia Virginia me invitaba a almorzar con lo que yo me iba con Gabriel de la escuela Buenaventura a la casa. Muy ceremonioso el almuerzo que iniciaba con una oración de gracias. Las jugadas de escondido en aquel caserón eran de antología.

Agustín y Maruja, eran del barrio en esa época, ya que vivían en la casa de Papa Juan y Nana. El primer recuerdo que tengo de Tin, fue el día que regresó de la revolución. Me acuerdo que llegó con uniforme militar y un vendaje en uno de sus brazos, ya que lo habían herido en un combate. Muchos años después y cuando Aurelia había quitado la tienda, me dio trabajo en el segundo piso de la Librería, porque papá no quería que le dijeran que un hijo suyo “estaba perdiendo el tiempo en vez de atender a los clientes”. Entonces entre marcar mercadería y doblar papel celofán vi unas cajas con trenes que, a decir de Tin, no se habían vendido, que eran una pega. Con el permiso de él monté una pequeña maqueta y ahí comenzó una larga trayectoria, con la venta de trenes, en la librería. Tendría yo unos 13 años y terminé cuando ya era profesional y casado, trabajando en el Servicio Meteorológico. Recuerdo haber montado la última maqueta de la ventana una tarde una vez que salí del trabajo. Pero con Maruja hay toda otra historia. Un día en diciembre, siendo yo un chiquillo me dijo que si yo no le pondría el portal, con lo cual ya tenía varias clientas que me pagaban algo, por ese trabajo. Un poco más adelante, fui cobrador oficial de sus trabajos culinarios, me llevaba en el carro Corvair en las tardes e íbamos a diferentes barrios, Escalante, Yoses, Otoya o Amón, entre otros. Ella me daba el recibo y yo iba a tocar la puerta de la casa y esperar a que me pagaran. Gracias a ambos por tanta oportunidad.

Y llegamos a Cristina, que por su carácter un poco aislado, no puedo aportar mucho, solo que la estimé como a sus hermanas y hermanos. Recuerdo que los primos jugábamos con frecuencia, de pasar una bola por un enrejado que había sobre el portón de la casa de Papa Juan y ahí pasábamos tardes enteras tratando de ver quién podía pasar la bola a través del enrejado más veces. Pues un día, cayó la bola y yo le di una patada con tan mala suerte que se fue directo a una lámpara que había en la entrada de la casa y el estruendo que hizo al romperse hizo que saliera Tina, furiosa por el daño sufrido por la casa. Demás está decirles que el chancho tuve que quebrarlo para pagar la lámpara.

Finalmente, cambio de familia, para referirme al último primo hermano, que ya no está con nosotros. Arnoldo, quién fue mi compañero por años de ir a la escuela y luego al Liceo. Teníamos formas de ver la vida completamente opuestas, pero fue un primo muy cercano, siete meses mayor que yo, a quién estimé mucho y fue mi compañero con el que estudié bachillerato. Se fue para Italia, hizo su vida allá y vino con la enfermedad que terminó con su vida.

A todos ellos les brindo un homenaje especial con estas palabras porque todos tuvieron influencia en mi vida. Que en paz descansen y gracias por todo lo que me brindaron.

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