CERRO EL ABEJONAL

Publicado en el diario La Nación
El cerro, cuyo nombre aparece en el encabezado, nunca lo hubiera individualizado de las numerosas elevaciones de ese sector, de no haberse presentado la circunstancia de que un día sábado, que me dirigía para Santa Marta de Tarrazú, en donde tengo una pequeña finca, llevé a mi familia, incluido mi padre, por la ruta de Tarbaca, Rio Conejo, Frailes y luego tomé el desvío que hay a un lado del cementerio de San Cristóbal Sur con el fin de enrumbarme hacia San Pablo de León Cortes.
Sabía que estaban asfaltando ese último trecho de la carretera, pero en recientes ocasiones no había habido problema para llegar a mi destino. No fue así ese día. Una vez llegado al punto más elevado del camino, en donde la carretera parece rodear al hermoso pueblito de San Antonio, un señor con bandera roja en mano, me impidió continuar y me informó que por tres horas no iba a ser posible el paso. Ante el inesperado inconveniente le pregunté si conocía un camino alterno que me permitiera evitar el tener que esperar o el regresar para dar la vuelta por Santa María de Dota. Me dijo que, en días anteriores, algunos vehículos de doble tracción se habían metido por el Abejonal (primera vez que oía ese nombre en el sector) y que esa ruta salía a San Pablo; no tenía nada más que devolverme unos quinientos metros y que a mano derecha había un camino de lastre, que me metiera por ahí.

En efecto, así lo hice, y luego de subir unos tres kilómetros llegué a la cima del cerro, la cual aparece completamente desprovista de vegetación debido a que en algún momento la explotaron como tajo, y tuve que detenerme ante el extraordinario panorama que tenía ante mis ojos. Hacia el norte, las laderas del cerro son casi verticales, lo que da la sensación de estar en un balcón natural de 2138 m de altura. La vista es indescriptible, todos los pueblos por los que acababa de pasar, más otros más, como los San Juan, Sur y Norte, Corralillo, San Isidro y muchos otros, imposibles de identificar, se observan como en un gran portal; y alzando un poco más la vista se adivina el valle intermontano en donde está la capital, ya que es posible ver el volcán Irazú, el cerro Zurquí, las Tres Marías, el cerro de El Inglés y el volcán Poás.
Hacia el oeste se divisa el imponente, y desgraciadamente deforestado, cerro El Dragón o Caraigres, así como el cañón de los ríos Tarrazú y Grande de Candelaria.
Hacia el este se distingue la carretera Interamericana y la localidad de El Jardín en ruta que conduce a Santa María de Dota. Los vientos Alisios empujaban nubes sobre ese sector lo cual limitaba algo el panorama.
Hacia el sur, se observa claramente San Marcos de Tarrazú, San Lorenzo y el cerro La Laguna y supongo que en condiciones adecuadas de clima, debe observarse el océano Pacífico. Es difícil describir con palabras toda aquella perfección y pensé que estando tan cerca de la carretera, es un lugar ideal para hacer un observatorio turístico y explicarles así a nacionales y extranjeros los parajes que fácilmente se identifican y las cadenas montañosas que lo rodean; en fin hubiera querido quedarme horas, pero debíamos continuar. El camino hasta ahí era de piedra, luego sigue de tierra y bajar por ahí fue una aventura. Llegamos finalmente a San Pablo.
Pero lo que interesa decir es que recientemente regresaba de la finca con un sobrino que no conocía esa ruta y le dije que si le gustaría conocer el Abejonal. Como ya nos había oído, a mí y a mi familia, hablar de este sitio, accedió y nos desviamos por la citada ruta.
¡Qué desencanto, qué tragedia! Aquel lugar obviamente mantenía la portentosa panorámica, pero con ese intelecto que tenemos los costarricenses para atraer turismo, en vez de encontrar un mirador acondicionado con asientos, servicios sanitarios y por qué no, hasta con binoculares para precisar los mil lugares que se pueden divisar, nos encontramos que alguna municipalidad (supongo yo) tuvo la sorprendente idea de depositar la basura ahí, por lo que había bolsas plásticas , latas de cerveza, restos de televisores, en fin, para que describir todo aquel monumento a la insensatez humana. El viento que a esa altura sopla en ráfagas realmente fuertes, se encarga de romper las bolsas y distribuir su inmundo contenido por los alrededores. Todo un desastre ecológico. Realmente me sentí mal, deprimido le dije a mi sobrino que regresáramos y de camino no pude dejar de pensar en cómo desperdiciamos y echamos a perder nuestro país. Me cuestioné si el Ministerio de Turismo se enterará de estas cosas, si los vecinos del lugar sabrán la lluvia de porquería que les cae gracias a la inteligencia de quién sabe que municipalidad, ¿aprobará el IFAM estos lugares para botar basura? ¿Conocerán los estudiantes de la zona de esta peligrosa práctica?
Ante una acción tan poco inteligente quisiera pedir a aquellos que han leído hasta aquí, que hagamos algo para limpiar el bello cerro y ofrecer así al paseante la posibilidad de disfrutar de un panorama realmente impresionante y por qué no, educativo.
No permitamos que el día de mañana utilicen el cráter del volcán Irazú como sustituto de relleno de Río Azul.
