VIAJES A TORO AMARILLO
Tendría yo unos 14 años cuando mi hermano mayor, José Francisco, a quién le encantaba la cacería, me dijo:
–“¿No te gustaría ir conmigo a Guápiles, este fin de año?”,
–“sí, claro”, le respondí, pero de seguido agregué
–“quién sabe para qué papá y mamá me dejen ir”.
No supe de qué manera consiguió el permiso, lo cierto es que me dejaron ir. Y entre temeroso y feliz recogí en un costal un poco de ropa y un par de zapatos extras y estuve listo para partir el 26 de diciembre. Toda una aventura que nunca olvidaré.
Salimos puntualmente de la estación a las 12:20 p.m. en el tren llamado el Pachuco. Dos locomotoras, la 46 y 47, tiraban del tren; cuatro coches de pasajeros y el carro salón era la composición del tren. Yo por supuesto iba embelesado observando todo lo que se me ponía al frente de mis ojos. Como ya he narrado en varias oportunidades el viaje, me limitaré a decir que alrededor de las cuatro de la tarde, estábamos cruzando el puente sobre el río Reventazón y al otro lado en la estación de La Junta estaba un tren de pasajeros con la locomotora 35 adelante.
–“Ahí está el tren” me dijo mi hermano,
–“tenemos que transbordar, coja sus cosas y prepárese para correr a coger campo, porque ese tren siempre va repleto”.
Y no fue cuento, entre empujones, madrazos, y quejidos, conseguimos un lugar y estuvimos un rato a la espera de la partida. El Pachuco siguió su marcha hacia Limón y nosotros comenzamos a movernos, pasando otra vez el puente del Reventazón y luego de que el brequero hiciera el cambio, dejamos la vía principal y entramos en la llamada “Línea Vieja” una recta que parecía interminable nos llevó por una moderada pendiente y pronto nos detuvimos en una estación llamada Cairo. Esta fue la primera de una cantidad de paradas que incluyeron las estaciones de La Francia, Herediana, Germania, Williamsburg, y en cada una de ellas, el tren se detuvo, algunos bajaron, otros subieron, se veía que descargaban cajas de cerveza, sacos de azúcar, muebles, y un sinfín de cosas pues, para estos pueblos, la única vía de comunicación era el ferrocarril. Las siguientes estaciones fueron Destierro, cuyo nombre me dejó impactado, Pocora, Las Mercedes, Las Delicias, Empalme Parismina y a las 5 de la tarde pasadas habíamos parado en 10 oportunidades y un tramo recorrido de sólo ¡¡¡10 millas!!! Y seguimos, una parada más, pero no pude encontrar el rótulo con su nombre, pero se veía pequeño. Luego llegamos a Guácimo con una bifurcación de vías que según me dijo mi hermano la que tomaba a la derecha era el ramal de Roxana y es como una recta; y a la izquierda, que fue hacia donde tomó el tren la que iba para Guápiles, y aún faltaban otras estaciones y otras paradas: La Selva, que para mí ese nombre sobraba, era entendible viendo todo aquel verdor por todo lado, luego Angelina, Jiménez, Colonia, Diamantes, y ya eran pasadas las 6 de la tarde, y había obscurecido. Una débil claridad artificial, nos señalaba que pronto llegaríamos a Guápiles pero faltaba una última estación: La Emilia, a la que llegamos finalmente a las 6:20 p.m. Pero mi hermano me dijo:
–“No te movás” porque tenemos que seguir.
Resulta que el tren prácticamente vacío lo llevaban hasta Toro Amarillo donde existe un sistema de cambiavías que permite darle vuelta al tren, y esa era la última parada en la cual nos bajamos. Recorrimos unas 22 millas en unas dos horas y media e hicimos 20 paradas incluida la última. ¡Todo un record!
Pero es justo reconocer que observando lo aislado de las poblaciones y lo difícil de las comunicaciones, el tren jugaba un papel muy importante en la vida de todas esas personas que vivían en una zona muy hermosa y rica, luchando con el ambiente que parecía ahogarlos. Uno veía en el camino las casas a la orilla del tren, pero también calles de piedra o de tierra que desembocaban en los distintos pueblos y que llevaban a otras localidades que no estaban a la orilla de la vía del ferrocarril. ¿Qué sería de ellos sin el servicio del tren?
Bueno, no contaré detalles de la cacería porque realmente siempre fui muy mal cazador, por lo que la fauna de esa localidad podía invitarme a ir con todo gasto pago, sabiendo que el daño iba a ser mínimo.
Generalmente las idas a Toro Amarillo eran o a fin de año o en Semana Santa por los días feriados. Siempre regresábamos el 30 o 31 de diciembre para estar con la familia y recibir el nuevo año.
