VIAJE A PUNTARENAS UN 31 DE DICIEMBRE
Tenía dieciocho años cuando inicié una relación formal con la que cinco años después sería mi esposa. Ella es la tercera de seis hermanos, y sus padres una pareja formada por un Despachador de trenes del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico y una maestra de escuela.
Algunos conociendo mi afición por los trenes se dejaron decir en forma jocosa, que yo había iniciado mi noviazgo, para hablar de trenes con el futuro suegro. Pero no fue así.
Resultó que unos tres años después, para un fin de año mi suegro me comentó: “Había sacado unos tiquetes de los que me dan por ser funcionario del ferrocarril, pero se van a perder porque vencen el 31”. Entonces le pregunté:
–“¿y… quién puede usarlos?” (Era el 30 de diciembre), y me respondió,
–“yo nada más tengo que decir quién los usa y se los entregan”.
Entonces le dije que si me daba uno, yo iría. Entonces mi futuro cuñado, Jorge Santiago, exclamó:
–¿Puedo ir yo?, por lo que quedamos en ir los dos al día siguiente.
Llegamos a la estación poco antes de las 9 de la mañana, pues el tren salía a las 9:15, presentamos los tiquetes y nos montamos en el tren de once coches y la locomotora 23.
No voy a comentar en detalle el viaje pues sería repetir las bellezas que ofrecía a la vista del viajante, esa linda, vía a Puntarenas. Pero sí diré que llegamos pasado el mediodía al “puerto”. Nos bajamos del tren y comenzamos a caminar por el “Paseo Cortés”, al poco rato el sol de esas horas, nos hizo buscar sombra y tomar algo, por lo que fuimos donde están las sodas, iniciando la entrada del muelle, hacia el Oeste. Pedimos un “Churchill” y lo disfrutamos mucho por el calor que hacía. Fuimos luego al muelle y al poco rato como eran las 2:30 nos acercamos a la estación, para tomar el tren de regreso, ya que debíamos estar en San José, para alistarnos e ir al baile de fin de año. Una pequeña pero inolvidable aventura ferroviaria.
