TIEMPOS DE ESCUELA

Mis aventuras ferrocarrileras tenían su mayor importancia en la Northern, por las razones ya apuntadas. Pero no hay que olvidar que vivía a las 50 varas (luego metros) de la línea del Pacífico que unía los ferrocarriles, por lo que ese punto era mi entretenimiento entre semana. La 11 era la que pasaba con mayor regularidad por ahí, que en ocasiones no podía con la pendiente que había del patio del Pacífico a Ambos Mares. Por lo anterior era frecuente verla hacer varios intentos fallidos y al no poder subir, cortaban el tren y dejaban parte del mismo en la avenida 2 entre calles 17 y 19. Hoy día esto provocaría una congestión vial de locos. La máquina llevaba la mitad de los carros hasta Ambos Mares y regresaba por el resto. En otras ocasiones, previendo el problema, enviaban máquinas de las grandes como la 1 o la 8 que no tenían problema para llevar cualquier carga.
Con mucha frecuencia cuando oía venir el tren, corría hasta la esquina y buscaba algún clavo para ponerlo en la vía y tener según yo, una linda “espada”, una vez que el tren pasaba. También ponía tapas de botellas de cerveza o refrescos, que aparecían tiradas por ahí. O sea una entretención derivada del paso del tren.
Estuve en la Escuela Juan Rudín en primer grado, la cual estaba ubicada 100 metros al Oeste del Colegio de Señoritas sobre la avenida 6 calle 1, y era el único del barrio que iba a esa escuela, entonces para el segundo grado me pasaron a la Buenaventura Corrales para que me fuera con los primos Fernández Baudrit y Trejos Fonseca, que vivían, a la par y al frente de mi casa, respectivamente.

Aparte de la compañía, la Buenaventura tenía una ventaja ferroviaria, y es que en ese tiempo, el parque España casi no tenía árboles y desde cualquier ventana de la escuela en su costado Este, era posible ver con claridad el “puente negro” que está en la línea que lleva a Heredia y Alajuela, además que el límite de patio(se conoce con este término, una área de protección en la cual los trenes que llegan deben estar atentos y bajar su velocidad porque puede ser que la locomotora de patio esté haciendo maniobras ) estaba un poco pasado de este puente hacia Heredia.
Apenas ingresábamos al aula, y después de que la maestra nos revisara las uñas, las manos, los zapatos y el uniforme, teníamos que mantenernos de pie a la par del pupitre a esperar que todos estuviéramos en nuestro lugar y que ella entrara. Solo entonces, nos podíamos sentar, luego que ella saludaba con un “buenos días”. En ese momento, que serían las 6,58 o 6,59, quizá las 7.01, el pito del tren de pasajeros que venía de Alajuela me obligaba a volver a ver el puente para observar pasar el tren y sobre todo el detalle más importante: cuál locomotora venía con el tren. Además durante la mañana con cierta frecuencia pasaba la 10 en sus labores de acomodo del patio. Y a lo mejor, algún tren extra de carga con destino a cualquier lugar situado por donde pasaba esa vía.
Indudablemente era linda mi escuela.
Estando en cuarto o quinto grado, no puedo precisar exactamente el año, mi compañero José Francisco Carreras Rodríguez, con quien tenía y mantengo una excelente amistad, un día me dijo:
–“Que dice mamá que si te gustaría ir a almorzar a mi casa el miércoles, que necesita saber si tu mamá te deja ir a casa.”
Le dije que preguntaría para ver si me dejarían. Al día siguiente le contesté a Carreras,
–“Sí me dejaron, decile a tu mamá que sí voy a ir”.
Con los estatutos en regla, entonces venía el intercambio de amigos, le dije además
–“Eso sí, yo voy a tu casa pero con la condición que nos vayamos caminando por la línea del tren”.
Así lo hicimos y a la salida caminamos hasta San Pedro de Montes de Oca, adonde vivía Carreras. Claro, al llegar doña Mary estaba toda asustada y brava por la tardanza, pero fue una aventura inolvidable.
