PASEO A ACAMPAR EN LA FINCA DE MI TÍO

De mis años de colegio, recuerdo con mucho cariño, la amistad que siempre tuve con Edgar Salgado León y Rodrigo Cedeño Gómez. En muchas oportunidades fuimos a la finca de mi tío Alfonso Fernández aprovechando los viajes que en su “pick up” realizaba o sábados en la tarde o domingos por la mañana, situada en un sector intermedio entre San Rafael y Ojo de Agua en la provincia de Alajuela. Y compartimos muy agradables momentos. 

Pero quiero mencionar una ocasión muy especial en que acordamos ir a pasar dos días en tienda de campaña. Yo les propuse que fuéramos en tren. Pedimos nuestros respectivos permisos con Alfonso, y con nuestros padres, quienes aceptaron que lo hiciéramos. Con todo en regla, nos propusimos estar listos a las nueve de la mañana en la estación del ferrocarril al Pacífico para irnos en el tren de las 9:15 a.m.

Cada uno con su mochila con algo de ropa, algo de comida y, Edgar y yo, con nuestras respectivas escopetas, una calibre 44 de él y la 16 que me había regalado mi hermano. Y ahí estuvimos puntualmente y nos montamos en el tren.

El recorrido ya lo he narrado, anteriormente, por lo que me limitaré a decirles que oímos las historias de Salgado, sobre su papá, que había sido ferrocarrilero, con gran interés. 

Nos bajamos en la estación de San Rafael, y con las cosas al hombro iniciamos la marcha hacia la finca, que quedaba como a unos tres kilómetros de distancia. 

Al llegar saludamos a Noé Castillo que era el mandador de la finca y le expusimos nuestros planes, que incluía que Juana, su mujer, nos preparara en la mañana el café para lo cual le entregamos una bolsa y unos huevos que habíamos comprado en una pulpería en San Rafael, y nos fuimos a buscar adonde armar la tienda de campaña. Nos ubicamos en un sector de la finca, que había sido sembrado pero ya la cosecha se había recogido y la tierra permanecía suave para que no fuera tan dura la dormida. Era cerca de donde había un molino de viento para extraer agua del subsuelo.

Fueron muy agradables las dos noches que pasamos y disfrutamos viendo las estrellas y conversando “muchachadas” sobre el colegio, o algunas aventuras que nos habían pasado con las “cacerías” de los pobres animales que habíamos encontrado. Comimos a veces emparedados hechos en el sitio por nosotros y en otras ocasiones le pedimos auxilio a doña Juana, que nos ofreció aparte de los desayunos correspondientes, unos platos de arroz y frijoles que al ser cocinados en cocina de leña, los disfrutamos muchísimo, acompañado por un fresco de limón ácido “legitimo” que hicieron que aquello fuera un verdadero manjar.

Pero todo tiene su fin, y no había más remedio que regresar para lo cual alistamos todo de nuevo y a caminar de regreso a la estación para tomar el tren que nos llevaría a San José.

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