MIS INICIOS CON LA NORTHERN

Pasó el tiempo y quizá los años, y un día le dije a mi papá que si él me llevaría a ver trenes “un día”. Resultó que el sábado de esa semana me dijo:
–“Hoy en la tarde, después de almuerzo y después que haga la siesta te voy a llevar a ver trenes”.
Esas palabras fueron celestiales. Papá trabajaba los sábados, hasta las once y media en la librería Trejos y me dijo eso antes de salir de la casa en la mañana. Comprenderán que las horas se me hicieron años, esperando ese momento.
Salimos de la casa como a las dos de la tarde, en dirección al patio de trenes de la Northern. Al llegar, mi padre me llevó por una acera que corría paralela a la línea principal en su costado norte y que terminaba en unas escaleras de cemento que servían para alcanzar el nivel de la calle 23 que conduce a Barrio Escalante. Esa acera desapareció para dar cabida a una calle en tiempos más o menos recientes. Para una mejor ubicación es el sector sur de lo que fue la Aduana Principal.

Entonces, en una posición privilegiada, papá se sentó en la parte alta de la tapia que quedaba casi a nivel de la última grada y yo, pues subía y bajaba las gradas en una especie de intranquilidad, esperando que algo ocurriera. Los carros cajón, unos de color rojo, otros plateados se encontraban en las espuelas que servían a Solera y Cía., edificio que estaba al frente de donde nos encontrábamos, y a la bodega de encomiendas del ferrocarril que se ubicaba en el sector en que hoy se encuentra la locomotora 59 y el busto de don Tomás Guardia. A espaldas de donde estaba mi papá había dos líneas que conducían al costado Este de la aduana y que se bifurcaban en varios apartaderos y espuelas que se encontraban llenos de carros cajón, y planos cargados con cantidad de autos, pick up, y hasta tractores. En el patio principal, había otros carros pero alineados en un solo apartadero. La única locomotora que se veía era la 10, que papá me dijo que era la “máquina de patio”, término que no entendí sino luego de mucho tiempo. La 10 estaba quieta como aguardando alguna actividad.
Al rato de estar nosotros ahí, en la lejanía sonó un pito. Venía un tren, lejano aún, pero íbamos a tener acción. El corazón se me agitó y no podía estar quieto. ¡Qué emoción!. Poco a poco se fue acercando el sonido del pito conforme iba pasando por los cruces de calles, hasta que lentamente se acercó una locomotora “ñata”, la 43, me asustó porque tenía “cara” de mala, unas ventanas pequeñas al frente y una superficie plana, de color negro, como el resto de la locomotora, en donde aparecía el número 43 de linda forma y completamente blanco, pero por debajo se veían las llamas de la caldera, y el conjunto se me antojó de susto, las ventanas me parecían ojos y era casi como ver la cara del diablo. Rápidamente busqué la proximidad de papá, quien me tranquilizó con algunas palabras y entonces pude ver pasar el tren a escasos metros de donde estábamos, un carro cajón de color plateado, cinco carros planos, cargados de tucas (madera proveniente de Limón para los aserraderos del Valle Central) y un cabús de color amarillo, un poco manchado por la humedad, era la conformación del tren; el cual lentamente entró en el patio y se detuvo en uno de los apartaderos.

De inmediato, la 10 se puso en movimiento y voy a referirme a algo que no he mencionado y que era único. Se sabe que la carretera que lleva a Guadalupe pasa por el costado Este del patio de ferrocarril. Pues en ese punto existió una caseta elevada en donde estaba el operario de los brazos de madera que bajaban cada vez que pasaba un tren o una locomotora. Para eso sonaba una campana de aviso y comenzaba a bajar dos brazos sobre la calle impidiendo el paso de vehículos, pero del otro extremo bajaban unos brazos pequeños para impedir que los peatones pasaran. Observar ese movimiento era una de mis atracciones favoritas.
Volvamos a la 10, que una vez puesta en movimiento llegó hasta un cambiavía que todavía existe, se detuvo y luego de que el brequero hizo el cambio, se dirigió al tren recién llegado. A la 43 ya la habían despegado y estaba entrando a un apartadero especial que servía de taller. (Hoy en día ese apartadero aún existe y es donde llegan los trenes de Heredia. Se reconoce porque tiene unos huecos adonde los mecánicos podían introducirse debajo de la locomotora para revisarla y arreglarla si fuera necesario). Separaron, el carro cajón, de los cargados con tucas y la 10 con el cabús y el carro cajón subió la cuesta al frente de donde nos encontrábamos y se metió por la línea que conducía a la Aduana y dejó en uno de los apartaderos el carro cajón plateado. En eso escuchamos otro pito en la lejanía, se acercaba otro tren. La 10 rápidamente se retiró de los alrededores de la Aduana y se dirigió con el cabús hasta el sitio donde estaba a la espera de trenes. El cabús lo dejó a un lado de los carros cargados con tucas.

Poco a poco se fue oyendo más próximo el nuevo tren que se anunciaba. Apareció otra locomotora “ñata” (así les decía yo, pero en realidad son locomotoras que no arrastran un tender o carbonera porque el combustible y el agua lo llevan en tanques junto a la caldera). Era la 40, igual de asustadora que la 43 por su diseño, pero ya con la experiencia vivida no me asusté tanto pero por si acaso me acerqué a papá otra vez. Pero la sorpresa es que venía otra ñata, la 42 unos cuatro carros atrás de la 40. Un lindo tren conformado por dos carros planos que traían dos vehículos nuevos cada uno. En uno de ellos había dos automóviles y en el otro dos pick up. Le seguían en su orden, dos carros tanques plateados con letras TEXACO en color negro, y un carro cajón de color rojo, luego la 42 y detrás de ésta dos carros cargados de tucas y al final un cabús amarillo, de madera.
Lentamente, pasó al frente de donde estábamos y lo fueron llevando hasta el apartadero junto a donde estaban los cuatro carros con tucas.

Nuevamente sonó un pito de otro tren. No hubo movimiento de la 10 ni de las recién llegadas. El nuevo tren se aproximaba con mayor rapidez y en eso apareció la 53 una locomotora con tender y el tren de pasajeros. Un carro cajón rojo, un carro correo y tres coches de pasajeros. Entró directamente en el patio y en la vía real o principal. Se detuvo y de inmediato se bajaron una buena cantidad de pasajeros. A continuación se movió la 10 y comenzó a acomodar todos los carros que habían traído esos trenes.
Papá me dijo
–“¿Bueno, nos vamos? Entonces le dije:
–“Esperemos uno más, nada más” No muy convencido me contestó: –“Bueno, pero solo uno más”.

Satisfecho con haber conseguido un rato más, me dediqué a disfrutar del trabajo que hacía la 10, que fue acomodando todos esos carros. Los carros que venían con los automóviles fueron llevados hasta la aduana, por lo que otra vez tuve la oportunidad de ver el otro lado de la locomotora. Me llamó la atención que al tren de pasajeros nada más le quitaron el carro cajón de color rojo. Intrigado por eso le pregunté a papá qué pasaba, que al pasajeros no lo movían. Él me dijo que ese tren salía a las 5 de la tarde para Alajuela y regresaba, hasta el día siguiente, a las 7 de la mañana.
Al rato suena un nuevo tren aproximándose, ya cerca veo la locomotora 51, que traía dos carros para ganado de color plateado, un carro plano vacío, un carro cajón de color rojo y al final un carro de pasajeros de color verde. Mi papá de inmediato me informa:
–“Ese es el local”.
Años después entendería que era el tren local. Bueno ahora no tuve más remedio que aceptar cuando papá me dijo:
–“¿Nos vamos?”.

Comenzamos a caminar para pasar por la vía de Guadalupe, y vi la 10 que se preparaba para acomodar los carros que había traído el “local”. El maquinista de la 10 me saludó cuando yo le levanté la mano para saludarlo a él. Realmente motivado y muy agradecido con papá por haberme llevado a pasar la tarde ahí, lancé un suspiro de aceptación y nos dirigimos a casa. Habíamos caminado unas 200 varas (como se decía antes, con el tiempo se convirtieron en metros sin que le agregaran ni un centímetro a las calles), cuando escuché el pito de una locomotora y le dije a papá.
–“Ese debe ser el «pasajeros» a Alajuela”.
El asintió. ¡Inolvidable tarde de sábado!
Debo agregar que esos sábados en la tarde se multiplicaron muchas veces mientras no tuve edad suficiente para andar solo por la calle, (en mi tiempo con unos ocho años de edad era posible andar por San José sin que hubiera ningún peligro).
Además con el correr de los años, llegué a dominar el sonido de todas las máquinas de vapor que llegaban a la estación del Atlántico, de modo que en el lugar que yo estuviera que se podía escuchar el pito del tren, yo sabía cuál locomotora estaba accionando su pito. La más fácil de identificar era la 55 porque tenía un sonido muy agudo.
Años más tarde estando en casa de don Francisco Salgado, porque un grupo de amigos nos reuníamos ahí. Y en eso escuché la 57 y me dije: “llegó el pasajeros”. Al poco rato llegó don Francisco, que era maquinista, y le dije
–“¿Ud traía la 57?, y un tanto desconcertado me dijo
–“¿Y cómo sabe que era la 57?
–“Por el pito”, le contesté. Él se sonrió.
