MI PRIMER VIAJE EN TREN A PUNTARENAS
Para la gente de mi época, ir a Puntarenas en tren era una peregrinación natural, encantadora, necesaria, o llámela como quiera pero era ineludible ir hasta la playa a pasar vacaciones y muchísima gente de todas las clases sociales lo hacía.
En mi caso, no fue la excepción. Un año, que no puedo asegurar cuál, pero creo que debe haber sido 1951 porque yo tendría unos 7 años, papá nos dijo que nos iba a llevar a conocer el mar a mi hermana Doris y a mí, que junto con mamá nos íbamos a ir un sábado y regresábamos el domingo porque él, tenía que trabajar sin falta, el lunes. Para mí lo más emocionante era el viaje en tren, claro ni me imaginaba cómo era el mar.
Así, un sábado, fuimos en “carro de alquiler” (no había taxis en ese tiempo) hasta la estación del Pacífico para tomar el tren que salía de San José a las 9:15 a.m. Primera vez que llegaba a esa estación. No sabía hacia dónde volver a ver, pero lo primero que me llamó la atención fueron las locomotoras a escala que estaban en una urna. Una eléctrica y la otra de vapor. Embelesado con ellas haciendo fila para entrar al tren. Papá había hecho la fila para comprar los tiquetes y nos llamó para que nos montáramos. El gentío era fenomenal, 15 coches de pasajeros nos esperaban para ubicarnos en alguno de ellos. Rápidamente nos sentamos en un asiento para cuatro dos de frente y dos de espaldas al movimiento del tren. Por más que me asomaba no podía ver el número de la locomotora que nos llevaría. La 11 permanecía en un apartadero cerca de la entrada Oeste del patio. La reconocí por su particular apariencia, no porque viera su número. Numerosos carros de carga se encontraban acomodados en los distintos apartaderos, entre los que había de todo, tanques, planos, cajón, cabuses, ganaderos, etc., Algo que me llamó la atención fue que la rueda del breque de los carros cajón estaba abajo y no arriba como los de la Northern, por lo que le pregunté a papá la razón de ello. Él me explicó que era por razones de seguridad, porque los brequeros podrían ser golpeados con una descarga eléctrica si se subían a los techos como en el otro ferrocarril. A las 9:15 en punto, sonó una campana y el tren comenzó a moverse. El corazón me brincaba, quería ver para todo lugar y llevármelo en la mente. El tac, tac de las ruedas de hierro pronto se convirtieron en un tac tac tac tac, y fueron aumentando en velocidad poniéndole un ritmo muy agradable. Llegamos a La Sabana y se veían varios aviones cerca del edificio, y una avioneta se preparaba a despegar. De inmediato entramos a un sector de cafetales a ambos lados de la vía, y por fin pude ver el número de la máquina que nos llevaba, era la 4. De pronto habíamos llegado a la estación de Pavas, donde hicimos la primera parada. Seguimos y el paso por los dos puentes que encierran a la planta de Electriona, le pusieron una emoción especial:
–“uyyy que alto”,
–“yo no puedo ver”
–“mira que montón de piedras mamá”
y una gran cantidad de comentarios cada vez que pasamos por esos inolvidables puentes. Luego el panorama cambió a siembras de caña de azúcar y luego de pasar un puente más pequeño y no tan alto, llegamos a San Antonio de Belén. Otra parada, en donde se bajaron varias personas que iban para el balneario de Ojo de Agua. Seguimos y pasamos por San Rafael de Alajuela, y Ojo de Agua (la estación), en donde en un apartadero estaba la locomotora 6 con un tren extra de carga, dejándonos la vía libre para pasar. Seguimos entre fincas con potreros o áreas sembradas de frijol, maíz, arroz y hasta maní. En los potreros se veían vacas, terneros y algunos caballos. Cerca de las casas, infaltables, las gallinas cuidando pollitos, y gallos de colores vistosos. En algunas era posible ver cerdos de diferente edad. Llegamos a otro puente de regular tamaño y alguien dijo que era el puente sobre el rio Ciruelas. Casi de inmediato llegamos a una estación especial de forma triangular y una vía que partía desde dos puntos de la línea a Puntarenas hacia Alajuela, según me explicó papá. Era la estación de Ciruelas. De ahí en adelante la topografía cambió un poco, se veían montes de diferente forma y altura, y la vía, inició un descenso para llegar a Turrúcares, donde estaba esperándonos la locomotora 1 con otro tren de carga.
Continuamos bajando un poco más hasta llegar a Cebadilla, en donde vimos un motocar con dos carritos unidos por unas piezas de metal, sobre estos carros había gran cantidad de herramientas como palas, picos, barras, clavos de vía, y algunos durmientes nuevos. Después de Cebadilla sigue la vía bajando y da una curva muy larga y después de otra curva, en sentido contrario desembocaba directamente en el más impresionante de los puentes de ferrocarril, el puente sobre el Rio Grande. ¡Qué sorpresa y qué cantidad de gritos y comentarios!. Aunque este puente es más alto y más largo que los de Electriona, es menos impresionante porque tiene unas piezas de metal anchas a los lados que le dan al viajante un poco de tranquilidad. En cambio en los citados de los ríos Torres y Virilla, el puente permanece bajo el tren sin ninguna pieza que ayude a observar el puente, por lo que el agua del río se ve en forma directa desde la ventana en donde uno está ubicado.

Ejemplo de un “motocar” 
Ejemplo de un motocar para cuadrilla o funcionarios del ferrocarril.
Una curva más y llegamos a la estación de Río Grande, que sirve a la población de Atenas. Aquí se subieron varias señoras con canastos repletos de comidas, gallos de pollo, empanadas, huevos duros, alborotos, melcochas y gran cantidad de frutas, como mangos, mandarinas y naranjas. Por ahí apareció un señor vendiendo pericos. Comimos un gallo de pollo y un huevo duro. ¡Deliciosos! Nuevamente accionó el pito el maquinista y lentamente nos pusimos de nuevo en marcha. Algunas estaciones pequeñas, pero con su nombre bien puesto, nos permitieron ver por dónde íbamos transitando. Balsa, Tornos, Mangos, y llegamos a Escobal, en donde nos esperaba la máquina 9 con tren de carga compuesto por unos carros de volteo cargados con piedra, y un cabús amarillo, posiblemente para arreglar la vía cerca de Cebadilla en donde vimos el motocar de reparación de vías. Seguimos y llegamos a Quebradas, donde estaba la máquina 3 con un tren de pasajeros. Seguimos, y la línea continuaba bajando y con una curva a la derecha entramos en una especie de cañón rodeado de montes y llegamos a la estación de Concepción. Aquí nos encontramos con otro tren de pasajeros que era tirado por la máquina 5, llevaba como el nuestro 15 coches de pasajeros. Fue interesante ver a las vendedoras que se habían montado en el tren en Río Grande, bajarse y subirse al otro tren. Igual se pasaron al nuestro otros vendedores que venían en ese tren y ofrecían marañones en caja, caimitos, y mango verde entre otros.
Seguimos el viaje y pudimos ver el tren de la máquina 5 donde iba subiendo al frente de nosotros, un recuerdo especial fue ese momento. Al pasar por la estación de Dantas, que tiene un tajo de donde se extrae la piedra para la vía, vimos un tractor que estaba acumulando material para cargarlo en carros de volteo, que estaban en una espuela cerca de donde estaba el tractor.
El tren no se detuvo y seguimos el viaje, la siguiente parada fue Hacienda Vieja, en donde se bajaron algunos pasajeros y subieron otros. Lentamente partimos y pasamos por la estación de Marichal, para finalmente llegar a Orotina. El calor se hizo sentir y papá nos consiguió unos refrescos de zarza. Ahí el movimiento de la gente fue notorio, se bajaba y subía del tren mucha gente, y estuvimos detenidos un tiempo mayor que en las otras estaciones.
Al fin reanudamos viaje, la estación de Mastate quedó atrás e hicimos una pequeña parada en Coyolar. La siguiente parada fue en Cascajal, luego de pasar las estaciones de Pozón, Muñoz, Ceiba e Hidalgo sin detenernos. En Cascajal se bajaron algunos de los vendedores y continuamos.
Llegamos a Jesús María, pasando antes por Kilómetro 81 y Uvita, en donde no hubo paradas. Partiendo nomás de la estación entramos en el puente largo pero de poca altura sobre el río Jesús María. Y muy cercano, al final de una curva, entramos al túnel de Cambalache, que se hizo largo y oscuro por la gritería de la gente y el llanto de algún niño. Al salir de ese túnel llegamos a la estación de Salinas, donde una apreciable cantidad de pasajeros bajó del tren, que con sus maletas en mano no podían ocultar que iban a pasar unos días de vacaciones. Saliendo de Salinas, vimos por primera vez el mar. ¡Qué belleza! Queda uno embelesado ante ese espectáculo que se ve por primera vez. No hay palabras para describir ese momento…fantástico. Pasamos Figueroa sin detenernos y llegamos a Mata de Limón donde bajaron la mayoría de las personas que, indudablemente iban a pasar ahí unos magníficos días de verano. Seguimos y otra magnifica vista del mar pero casi a nivel de donde estábamos. El tren se movía a velocidad y llegamos a la siguiente estación que era Caldera, y el calor le hizo gala al nombre. Después de esta parada, el tren inició en un trecho corto, la subida por una escarpada cuesta, la montaña, hasta llegar a una planicie cuya primera estación fue Cabezas, luego Pan de Azúcar, y luego Gregg. En esta planicie y entre cada estación el tren iba muy rápido, después de Gregg, comenzamos un suave descenso y pudimos ver nuevamente el mar, y el puente majestuoso del río Barranca, para finalmente llegar a la estación de ese nombre. Gran cantidad de carros cajón y planos se veían en el patio de la estación, que contaba con varios apartaderos así como edificios que parecían bodegas. Ya eran pasadas las 11 de la mañana y el calor se hacía sentir con fuerza. Entre Barranca y Puntarenas el tren paró para que se bajara mucha gente en las distintas estaciones: Santa Rosa, La Rioja, El Roble, San Isidro, Carrizal, Chacarita, Cocal y finalmente, llegamos a Puntarenas con el tren con menos pasajeros.
Nos bajamos del tren y a caminar a buscar hospedaje. Fue difícil encontrar un lugar donde pasar la noche, pero después de varios intentos conseguimos habitación en la Pensión Castalia. A ponernos el vestido de baño. Doris y yo tuvimos que esperar un poco por mamá y papá que tardaron un tanto mientras se cambiaban y decidían como nos íbamos a acomodar en el cuarto.
De ahí a comer algo porque ya iban a ser la 1 de la tarde. Y luego no podíamos entrar al mar hasta que pasaran dos horas para hacer la digestión.
Bueno, este viaje lo llevo muy cerca del corazón por muchas razones, pues fue el primer viaje largo en tren, la primera vez que anduve en el ferrocarril eléctrico, la primera vez que vi el mar, y la primera y última vez que me di una ardida que me enseñó que tenía que usar protección para los rayos del sol durante el resto de mi vida.

Me encantó y me hizo recordar los maravillosos paseos en tren a Puntarenas que hicimos muchos ticos en nuestra juventud. Muy bien narrados todos los detalles de ese maravilloso recorrido
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Muchas gracias doña Estela, fue un viaje inolvidable. Gracias por su comentario!
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