MI ENCUENTRO CON LOS TRENES ELECTRICOS DE JUGUETE A ESCALA

En mis tiempos de preadolescencia y adolescencia, era costumbre, que un cuerpo en vías de desarrollo permitiera que uno pudiera realizar sin mucha dificultad, tareas de adulto. De ahí que buscara la posibilidad de ganar algún dinero durante la época de vacaciones escolares; en labores de pintura, mandados, hacer los portales navideños a quienes no podían dedicarle tiempo a eso (en lo cual fui un experto, con varias clientas fijas para que les pusiera el portal); o algún trabajo de temporada en el comercio. En todas participé. Recuerdo haberle pintado a Tía la cocina de su apartamento, la casa a tío Edwin; haberle hecho varias veces el portal a Maruja García, a Lela, (una tía de mamá), y a doña Viria Carrillo, entre otras. Mi primer trabajo remunerado en comercio, lo recibí de parte de Aurelia Trejos, quién tenía un bazar en su casa, y ella me dijo que necesitaba a alguien que le ayudara a acomodar cosas y a atender las clientes que llegaran.

Lamentablemente Adelaida, una prima muy querida, hija de Aurelia, falleció a raíz de la peste de la polio en marzo de 1954, y ella decidió terminar con el bazar, ante el trágico suceso.
Para diciembre del año,1954, no tenía adonde ir a trabajar para ganarme unos colones. Mis primos Trejos y Chamberlain, acostumbraban a trabajar en la librería de su abuelo, pero papá, que trabajaba también ahí no quería que yo fuera porque no quería que dijeran que un hijo de él estaba de vago y no daba rendimiento adecuado.
Y como no tenía donde trabajar, decidí ir a hablar con Agustín Trejos, gerente de la librería, y le expliqué el problema con papá, y le dije que si no tenía algún trabajo que yo pudiera realizar sin tener que atender al público para evitar su malestar. Me respondió positivamente ya que en el segundo piso podría doblar papel celofán, marcar mercadería y otros. Yo, feliz, comencé a trabajar ese diciembre con 10 años de edad. ¿Pero cuál es la relación con los trenes?
Resulta que en un estante detrás de donde trabajaba, había doce cajas con trenes eléctricos semejantes a los Marklin, que distribuían la Tienda Carlos Luis y las librerías Lehmann y Universal. Pero estos eran marca Trix Express, también alemanes.
Le pregunté a Agustín sobre ellos y me contestó:
–“Se trajeron el año pasado pero no se vendió ninguno… son una pega” añadió.

Yo los había estado observando y me fijé que eran 6 cajas con un tren de pasajeros y 6 con un tren de carga, todos con locomotora sin tender de tipo vapor.
Pasados unos días le propuse a Agustín que por qué no me dejaba hacer una pequeña maqueta para exhibirlos y que se publicara un anuncio en el periódico para ver si se vendían. Se rió y me dijo:
–“Si querés armáte uno y voy a ver si lo anunciamos”.
Ya autorizado, con unas cajas hice un túnel y monté una sencilla maqueta sobre una tabla puesta en una vieja vitrina que estaba abandonada en el segundo piso.
Yo me había preparado concienzudamente acerca de las ventajas del Trix sobre el Marklin y comenzaron a llegar los clientes. Nunca olvidaré el primer tren que vendí. Llegó un señor y me dijo:
–“No voy a comprar ningún tren, pero un hijo me tiene loco con que quiere uno, vengo solo a verlos ¿son Marklin?”
Y ahí, me aparecieron habilidades desconocidas sobre mi capacidad de convencimiento. Le puse a funcionar el de la maqueta y luego de un rato el señor dijo:
–“Bueno, me lo llevo”.
¡Nunca me había sonado más bonito el idioma español! Le dije que debíamos ir abajo para envolverle la caja y bajé orgulloso como nunca porque en la segunda planta funcionaba la administración y todos estaban pendientes de ese primer cliente.
Sólo me queda agregar que vendí las doce cajas “que eran una pega” y como en febrero del año siguiente Agustín me llamó para decirme que si podía ayudarle para ver qué otras cosas podían pedirse, para el nuevo año. Así comenzaron a llegar cajas más variadas, locomotoras, líneas, cambiavías, equis, carros sueltos de pasajeros y carga, bombillos para repuesto y las señales para parar o iniciar la marcha de los trenes automáticamente, y repuestos para los motores.
Un día, para las vacaciones de medio año del año 1955, me llamó Agustín para decirme que habían llevado una locomotora de las que había vendido en diciembre, porque no funcionaba. Que si yo podía verla porque no había nadie que supiera como hacerlo.
–“Pero yo tampoco” respondí.
–“Bueno”, me contestó, “pero alguien tiene que hacerlo, así que, ve vos, a ver que podés hacerle”.
Me senté en un pequeño escritorio y estuve viendo por fuera la locomotora y pensé
–“Para armar algo, tiene que haber un punto último que se usó para ensamblar todas las piezas”. ”Hay que buscar cuál es ese punto”.
Y me di cuenta que en la chimenea de la máquina había un tornillo disimulado y me dije:
–“este debe ser”
Así que comencé por aflojarlo pensando en que si no podía, lo volvía a poner todo en su lugar y me declaraba incapaz de arreglarlo. Al sacar el tornillo, la carcasa de la locomotora salió fácilmente, y pude conocer cómo era el motor y la parte interna de éste. Observé que tenía mucho aceite, por lo que se me ocurrió sacar un segundo tornillo que sostenía una pieza de baquelita con dos piezas que luego supe que eran los “carbones” del motor. Los saqué y le limpié todo el aceite que pude, y en el engranaje vi enrollado un pelo. Me encontré un tercer tornillo, debajo del motor, al quitarlo, se separó del engranaje y pude agarrar el pelo y retirarlo cuidadosamente. Terminé de limpiar todas las trazas de aceite y procedí a armar las piezas nuevamente según las había quitado. Al poner finalmente el tornillo en la chimenea, suspiré y me dije
–“Ojalá funcione, porque si no, no sé qué será”
Lo probé y funcionó. ¡Qué alegría!
Pero todavía faltaba encarar al propietario y explicarle cuál había sido el problema. Así que le informé que si se le trababa el tren otra vez, no le pusiera aceite porque podía dañar el motor y que lo mejor sería traerlo a la librería para darle el mantenimiento adecuado.

Así transcurrieron los años en los cuales siempre estuve trabajando en la librería mientras pasé por el colegio y la universidad. La última vez que llegué a instalar el “tren de la ventana” fue siendo funcionario del Servicio Meteorológico, ya que lo instalé un sábado y como éste quedaba al frente del llamado “Castillo Azul”, hoy Asamblea Legislativa, bajaba luego de la salida del trabajo hasta la librería que estaba situada al “pie de cuesta de Moras” para saber si había alguna locomotora para arreglar, ya que me había convertido en todo un “experto”.

Interesante experiencia, en el año 1992 compre toda la existencia de vías, desvíos, cables, transformadores etc, de la marca Trix Express y Trix Internacional lque tenía la Librería Trejos, la cual estaban cerrando. Ahora (Nov. 2021, tengo cerca de 25 locomotoras y 100 vagones Trix Express ), los cuales aprecio mucho, por fin, conocí la historia inicial de la marca en Costa Rica. Gracias don Rodrigo……
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